
por Xavier Contreras
Este 8 de octubre se ha conmemorado el 59 aniversario del Día del Guerrillero Heroico. En 1967, en esa fecha, los serviles militares bolivianos al servicio de Estados Unidos anunciaban la muerte del celebérrimo comandante Ernesto Che Guevara, mientras fraguaban cómo asesinarlo y, luego, cómo hacerlo desaparecer para siempre. Al día siguiente de aquel año, un subordinado fue comisionado para cometer el crimen contra un prisionero indefenso y herido. El matarife de turno tuvo que darse valor con una buena dosis de alcohol. Luego, el cadáver del guerrillero fue llevado a Vallegrande y exhibido como trofeo de guerra. El efecto fue exactamente contrario al deseado por los asesinos: un Che con los ojos abiertos quedaba en las retinas del mundo, recordando su hombría y consecuencia con los ideales que en vida sustentó.
Desaparecidos sus restos, la leyenda creció. El tiempo avivó el sentimiento popular no sólo del continente, sino de la humanidad entera. Desde entonces, su figura, su pensamiento, su acción, sirven de ejemplo a pueblos en lucha. Se le puede distinguir en las protestas palestinas que el sionismo intenta acabar a sangre y fuego, en las muchedumbres que en Irán festejan a diario las bofetadas que le propinan a Trump, en aquellas guerrillas épicas de Vietnam que terminaron por obsequiar al imperio otra vergonzosa derrota, con huida incluida… y así, sucesivamente, en las diversas luchas que en nuestro continente tienen al Che Guevara como estandarte y guía.
Frente a esa realidad, el imperio reacciona iracundo. Intentó ahogar en sangre y con desapariciones forzadas a la terquedad de la historia, instrumentando un Plan Cóndor con decenas de miles de víctimas en el Cono Sur, haciendo de la tortura una ciencia en la que instruía a sus “defensores de la democracia” y de los valores occidentales y cristianos. El fracaso del intento es evidente. Así que ahora, “Escudo de las Américas” de por medio, se ha propuesto borrar por las buenas y por las malas todo vestigio del Che, de Fidel, de los símbolos de nuestros pueblos indígenas y originarios. Pollo Paz Pereira, presto siempre a bajarse los pantalones cada vez que se lo pide Marco Rubio, ha instruido la pronta eliminación de la Whipala y otros símbolos patrios, asumidos de manera democrática por los pueblos del Estado Plurinacional en una histórica Asamblea Constituyente. A la par, una iniciativa parlamentaria intenta, por la vía de una ley, desterrar para siempre la efigie, la memoria, el pensamiento y todo aquello que recuerde al Che, prohibiendo el uso de su nombre para designar espacios públicos. En algún cuartel, ante soldados cuya disciplina los obliga a oir en posición de firmes, un oficial da una perorata lamentable. Apela al carácter de “extranjero” para desacreditar al insigne guerrillero, ignorando que, en esa lógica, habría que desterrar la imagen de nuestros Libertadores Simón Bolívar y Antonio José de Sucre, nacidos en Venezuela. Desde hace décadas, la sabiduría popular calificó a estos rastreros de uniforme con el rótulo de gorilas.
Pero, en el otro extremo, la historia es siempre fidedigna. No en vano, herido en combate, el Che fue llevado en hombros de un minero, Simeón Cuba Sanabria (Willy), bien boliviano, a despecho de sus detractores; como tampoco es casual que unas mujeres de pueblo enfrentaran en la escuelita de La Higuera a la soldadesca para entregar un plato de sopa de maní a un hombre valiente.
En contraste, el rosario de genuflexiones de Paz Pereira al amo yanqui, no resuelve ninguno de los graves problemas que agobian al país y que castigan al pueblo trabajador. Explotación, saqueo de los recursos naturales en cualquier parte del mundo, opresión e injusticia. Esas y no otras, son las razones por las cuales, el Che y su ideario seguirán reproduciéndose en el espíritu, el corazón y la mente de los pobres, de los desposeídos, de los postergados.
Los Cerimedo de turno podrán, momentáneamente, ofuscar y confundir a los pueblos; pero más temprano que tarde, la luz diáfana del Che y de sus heroicos compañeros termina siempre abriéndose paso entre la niebla, mostrándonos en el cada vez más cercano horizonte, la alborada de la vida, el día del amor y la hermandad.









