Chile. La Tigresa de Occidente

por Daniel Pizarro

La Tigresa de Occidente me despidió del trabajo. Así como leen. Si alguno todavía sigue incrédulo, lo puedo repetir: la Tigresa de Occidente me despidió del trabajo. ¿Ahora sí? Yo pensaba que Miss Bolivia podría haberlo hecho, hasta le dediqué un relato que, de haber caído en sus manos, se habría convertido en una profecía autocumplida y entonces esta historia comenzaría por fuerza de otro modo: Miss Bolivia me despidió del trabajo. Pero no. Fue la Tigresa de Occidente, que unos meses antes había fulminado a Miss Bolivia y también a Ricitos de Oro como en esos golpes palaciegos en los que un dictador se adueña de todo el poder antes en manos de una junta de militares sediciosos.

Es como lo cuento: cada una de esas mujeres que ejercía un cargo de responsabilidad ejecutiva tenía además un sobrenombre que, de una u otra forma, calzaba con su personalidad y su estilo de mando, que en este estado de la situación parecen fundirse en un solo elemento químico, diría yo. Cualquiera con un mínimo de perspicacia podría suponer que se trataba de apodos más bien ofensivos o que buscaban ridiculizarlas poniendo el acento en algún defecto físico o de carácter, en el mal gusto u otro tipo de debilidad (todos tenemos una). Sin embargo, pienso más bien que lo ofensivo y lo ridículo era el intento de hacer pasar los peores vicios y conductas en el ejercicio del poder por pruebas de la liberación femenina. Dicho de otra forma: por dar a las mujeres oportunidad de comportarse en el trabajo como la caricatura de un hombre; por empeñarse en sacar a luz lo peor de un hombre, que perfectamente puede ser también lo peor de una mujer.

En esa institución pública de donde me despidieron —en cierto modo, lo admito, como una profecía autocumplida— existía incluso una gerencia creada ad hoc para tales propósitos, es decir, para promover que las mujeres, sin detenerse a pensar en nada, hicieran lo imposible por parecerse cada día más a la caricatura de un hombre. Veamos además qué clase de hombres. Seres descerebrados, engendros ávidos de trepar a cualquier costo, rastreros y serviles con los superiores, mezquinos, canallas y desgraciados con quienes se encontraran por debajo de ellos. Y finalmente lo lograron, cómo no. Dicha gerencia tuvo un éxito rotundo y consiguió perpetuar por intermedio de las mujeres una manera de dirigir la institución que siempre ha consistido en hacerla navegar en piloto automático por las tinieblas de la humanidad.

Admito también que esta historia podría no ser más que un espejo o un eco de esa otra que intitulé Miss Bolivia. Confieso aquí mi incapacidad para salir de los mismos temas o incluso del Único y Mismo Tema, que aunque escrito con mayúsculas como si pudiera ser objeto de tratados o una enciclopedia en varios tomos no me resulta para nada fácil de precisar, pues al fin y al cabo se trata de una situación de bordes imprecisos, sumamente difusa, que viene a ser punto por punto la sombra de mi vida o quizás mi vida vista como un Problema (también con mayúscula), o tal vez mi vida como algo equivalente a un problema sin solución.

¿Debo culpar de lo anterior a la Tigresa de Occidente? En parte sí, en parte no. Pues si bien ella tomó la decisión de ponerme de patitas en la calle, podría haberlo hecho cualquiera de esas otras mujeres empoderadas, como dicen hoy. Pues el acto de empoderarse —y no me refiero exclusivamente a las mujeres— viene a ser quizás uno de los factores que ha contribuido a hacer de mi vida un problema, en tanto estoy atrapado en una nebulosa de la que no consigo escapar. Juegos de poder podría ser el nombre de la nebulosa. Millones de personas o asteroides —como gusten— tratando de empoderarse por cuenta propia.

Se comprende que la Tigresa de Occidente era parte central de aquel juego. Desde el extremo opuesto del corredor la divisaba preguntándome cómo evitarla para que no me alcanzaran sus ocurrencias peligrosas, sus falsas amabilidades, o lo que fuera. A la distancia la veía con su ajustado vestido a rayas, un felino mayor en dos patas yendo y viniendo como un infatigable catalizador de las demandas de la alta dirección o un generoso ducto de desperdicios para verter toneladas de basura sobre las cabezas de los subordinados, cascadas de mierda cotidiana que recibían fingiendo una alegría extática por llenarse de ocupaciones estúpidas, la gran mayoría sin sentido. La Tigresa bailaba su danza atávica en medio de este trance. Venía de un mundo muy distinto y por lo mismo necesitaba demostrar más seguridad que nadie, más seguridad aun que el propio Dios. Demostrar que lo pasaba mucho mejor que Dios en la oficina. Había que creérselo.

En todos esos años jamás pude saber lo que pensaba la Tigresa de Occidente. Nunca supe quién era, aun cuando los indiscretos rumores me habían regalado unas cuantas hilachas de su biografía. Venía de la política, al parecer. Si digo al parecer es porque tampoco sé lo que a esta altura sea venir de la política; ignoro lo que sea venir y también lo que sea política. Pero la Tigresa venía. No sé de dónde, pero venía. Y llegó a la institución. No para echarme, por supuesto. Quién era yo. Vino para remover las piedras de su camino. Tampoco sé cuál era su camino. Pero tenía uno, sin duda. Y lo recorría. Antes —decían los rumores— había postulado a un cargo en el parlamento. Y le fue muy mal, se decía. Pésimo. Pero lo siguió intentando. Tampoco sé lo que intentaba. Hasta que lo logró. No sé lo que logró. Fue vicepresidenta de un partido político de centro izquierda. Así se definía dicho partido. Tampoco sé lo que sea ser de centro izquierda, sobre todo cuando pienso en la Tigresa de Occidente. Logró hacer muchos contactos, es natural. Pero, me digo, los contactos jamás podrían ser un fin en sí mismo sino que sirven para otra cosa. Tampoco sabría decir para qué otra cosa.

Cuán poco sabía yo de la Tigresa. Me desconcertaba relacionarme con ella; pues ella, pienso ahora, tampoco sabía lo que era relacionarse conmigo. Cuán pocas cosas sabía la Tigresa. Estoy seguro de que concentraba u orientaba sus ansias de saber hacia una sola Gran Cosa, vaga y difusa como la sombra de mi propia vida, pero muy distinta a ella. Un día me felicitaba. Al día siguiente me calificaba mal, pésimo, como si yo —y no ella— hubiese ido a la caza de votos electorales con deplorables resultados. Y al día subsiguiente me citaba a su oficina para pedirme disculpas por haberme evaluado tan mal. Hasta que me echó del trabajo y me privó para siempre de seguir sus circunvoluciones meditativas.

Jamás pude saber quién era, digo. Pero una vez nos quedamos a solas en un ascensor, varios pisos, y me preguntó sin preámbulos si me había metido con otras mujeres. Si había sido infiel. Eran unos siete u ocho pisos de bajada y se me hizo un número insuficiente como para desentrañar lo que se escondía tras una pregunta como esa. Habría necesitado por lo menos treinta pisos para sacar ideas concluyentes, pienso. Pero nada más fueron siete u ocho, y solo alcancé a recordar que antes me había dicho que su marido, su segundo marido, había sufrido una hemiplejia que le dejó como secuela la cara chueca. “Pobrecito”, creo que me dijo pensativa, y frunció la boca como para representar la deformidad de su marido, agregando después: “Igual lo quiero”, un poco resignada a su suerte. Íbamos entre el piso tercero y el segundo cuando, lento como soy, me pregunté si me estaría insinuando tener un romance con ella, quizás para resarcirse de la cara chueca del otro hombre, que al parecer le penaba en el corazón o lesionaba su idea de lo que ella se merecía en el amor. O si derechamente me proponía ir a un motel. O si me lo estaba ordenando en su calidad de superior jerárquico.

A la salida del ascensor, tras despedirnos, me pregunté qué consecuencias tendría hacerse amante de la Tigresa de Occidente. Y ahora que voy terminando esta historia me lo vuelvo a preguntar, sabiendo ya que me despidió de mi empleo de años. ¿Habría sido todo muy diferente? No lo sé. La Tigresa removía piedras de su camino. Despejaba obstáculos y personas con la sospechosa forma de escombros. Había llegado a la institución con un gobierno que se preciaba de progresista, o sea, por un camino también misterioso. E hizo lo imposible por mantenerse en el cargo en el gobierno siguiente, que se preciaba de pinochetista, y sin duda lo era de corazón. A muchos de sus miembros les encantaba el rojo de los comunistas, pero solo como sangre manando fuera de cuerpos sin vida. Y ella seguía allí, invicta y de pie. Sobre la cubierta de una nave de los locos.

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