
por Manuel Acuña Asenjo
Líderes ausentes
Asignemos a la palabra ‘ausencia’ un significado más amplio. Digamos que, para estos efectos, entendemos por ‘ausencia’ no solamente la falta de presencia física de un personaje importante sino su incapacidad para llevar adelante los propósitos que se ha impuesto. Hechas estas aclaraciones, preguntémonos si acaso podría la ausencia de un ‘líder’ al interior de una sociedad trocarse en un factor determinante, y definir de ese modo el rumbo de lo que en ella acontece. Es la pregunta que se hacen algunos investigadores a propósito de las elecciones que se realizarán en noviembre, en Estados Unidos, y que podrían debilitar el protagonismo que hasta ahora ha ejercido Donald Trump no solamente en USA sino en todo el orbe.
Con todo, la pregunta no es fácil. Exige definir conceptos, ante todo. O, lo que es igual, precisar los términos empleados al formularla para evitar equívocos.
Un líder no es un líder
La palabra ‘líder’ —y consecuentemente el vocablo ‘asumir el liderazgo’—, se emplea constantemente para referirse a la conducción que ejerce o puede ejercer la máxima autoridad de una nación, llámese presidente, primer ministro o rey; por extensión se aplica a quienes toman la conducción de las organizaciones dentro de esa nación. Presume, obviamente, el ejercicio de poder, por lo que más se asemeja a lo que vulgarmente se conoce como ‘caudillo’.
De todas maneras, el vocablo ‘líder’ es una entelequia. No es lo que parece. Obedece a la creencia de muchos en el sentido de suponer que existen seres superdotados capaces de dar solución al sinfín de tribulaciones que padece una población. En la práctica, el líder es una invención, un sujeto con carisma al que se le atribuyen cualidades que no posee y, sin embargo, parece ejercerlas porque cuenta con un destacamento de consejeros que lo auxilian en su función.
La palabra ‘líder’ es un anglicanismo (‘leader’); deriva del verbo sajón ‘to lead’ que quiere decir guiar, dirigir, orientar.
En la teoría social, esos personajes, más que ejercitar el poder, son ‘factores de unidad’, personas que aúnan en torno suyo a muchas otras, pero en general representan los intereses de quienes los han colocado en el lugar o posición en que se encuentran. Esta interpretación nos parece más adecuada y refleja con mayor exactitud la naturaleza del individuo que aparece como el máximo representante de un Estado/nación.
Fungibilidad del liderazgo
La función de un ‘líder’ dentro del modo de producción capitalista es, por consiguiente, resolver las contradicciones que puedan producirse al interior de una sociedad y alterar la normal marcha del sistema vigente. Esta función hace del mismo un sujeto esencialmente fungible, lo cual quiere decir que, en ausencia suya, cualquiera que ejerza esa labor puede asumir dicha labor. Es parte de la representación política de la clase y fracciones de la clase dominante. Por lo mismo, no es diferente al trabajador que es una pieza más en el engranaje productivo. Por lo mismo, es un personaje fundamentalmente intercambiable. No es indispensable sino, por el contrario y consecuentemente, esencialmente permutable. Por mucho que haya quienes crean lo contrario. Es parte de un sistema; en tal calidad, en tanto dicho sistema perdure, si expirase o sufriese un brusco deterioro, ha de ser reemplazado por otro que sea capaz de desempeñar idéntica función.
En consecuencia, presidentes o líderes que se incapacitan o pierden el apoyo de quienes los han elegido, podrían o deberían ser permutados por otros. De lo cual ha de concluirse que, desaparezca o se inhabilite el ‘líder’ de una formación social, siempre será reemplazado por otro que preserve los intereses del Bloque en el Poder.
Rol del líder en el desencadenamiento de una crisis
El ‘líder’, no obstante, cumple un destacado rol en los períodos de crisis. Resuelve o busca resolver, por una parte, las dificultades que puedan presentarse en la marcha del sistema. Esta función la cumple en el ejercicio de las facultades que posee como representante del régimen político vigente, generalmente, en virtud del proceso eleccionario o del que estatuye el ordenamiento jurídico existente.
Las contradicciones han de resolverse en el funcionamiento mismo del sistema dependiendo del carácter que tenga la crisis que se enfrenta.
Carácter de la crisis actual
A nuestro parecer, sin embargo, la crisis actual no presenta rasgos que puedan identificarla como una de aquellas que usualmente afectan al sistema capitalista.
No cabe en la clasificación que hiciera Nikolai Kondratiev; por consiguiente, no es una onda corta; tampoco una larga. No puede decirse, de igual manera, que sea ‘cíclica’. Por ende, para solucionarla no basta idear una nueva forma de acumular, aplicarla y esperar que se agote para inventar otra y otra. No. Nuestra idea es que estamos en presencia de una crisis estructural: el desarrollo experimentado por las fuerzas productivas ha llegado a un punto tal que exige, perentoriamente, un drástico cambio en las relaciones de producción. De lo contrario, como lo advierte un filósofo, puede abrirse “[…] una época de revolución social”.
Esta situación, sin embargo, acarrea un serio problema: las relaciones de producción se expresan jurídicamente en ‘relaciones de propiedad’. Y aquí radica el intríngulis. Porque, dadas las condiciones actuales, un cambio de las mismas es prácticamente imposible: no parece creíble que los actuales ‘propietarios’ de las grandes empresas que han realizado las transformaciones impulsadas por el espectacular avance de las fuerzas productivas quieran compartir el dominio que ejercen sobre esos inventos con el resto de la sociedad. Por el contrario, la tendencia que muestran es a concentrar cada vez más esa propiedad en sus manos y, con ella, realizar las transformaciones sociales que ellos desean en beneficio propio. Si bien es cierto que Bill Gates ha mostrado su buena voluntad en entregar parte de su fortuna a ciertas corporaciones, no es menos cierto que varias de esas organizaciones forman parte de su acervo empresarial y son muy pocas las que tienen el carácter de independientes. En un sentido similar podemos considerar a George Soros, que ayuda sólo a las organizaciones que evidencian claras tendencias socialdemócratas. Y a Jeff Bezos, que ha apoyado investigaciones sobre el cambio climático.
Desbrozando la maleza ideológica
Las sociedades no son entes uniformes: hay clases en su interior, clases que dominan y clases que son dominadas. Esas clases poseen fracciones. Son estas clases (y sus fracciones) las que determinan el comportamiento de los actores políticos. De manera que las reacciones ante una crisis de la naturaleza que sea, provocará en esas clases y sus fracciones ciertas reacciones. Y éstas no serán las mismas en todos los sectores.
Comportamiento de los sectores dominantes
Tratándose de la proverbial crisis, que se origina cuando las fuerzas productivas experimentan un desarrollo sostenido y las relaciones de producción tienden a permanecer inmutables, la situación es un tanto diferente a la que se presentaría en una crisis normal. No es raro que así suceda: como ya lo hemos aseverado, las relaciones de producción se expresan jurídicamente en ‘relaciones de propiedad’, por lo que jamás tolerarán cambio alguno en ellas. No es casualidad que la nueva representación política de los sectores dominantes frente a la crisis actual, como siempre lo ha hecho, se niegue a aceptar modificaciones en la expresión jurídica de las relaciones de producción sino incline sus preferencias hacia otras soluciones. Entre ellas, la aplicación de la fuerza. Pero no nos engañemos: la más alta expresión de la fuerza es la guerra. Eso lo sabemos. Y también lo sabe la nueva ‘elite política planetaria’. El uso de los canales institucionales no le basta para la realización de sus objetivos. Por eso la democracia es un lastre para ella. En esa situación las soluciones que ensayan los ‘líderes’ se reducen únicamente al empleo de las más groseras formas de aplicación de la fuerza. No es un simple capricho: la fuerza, la aplicación de la fuerza, fue y ha sido el instrumento más eficaz de dominación desde los albores de la civilización.
Hay algo más. No por otro motivo, en los períodos de crisis la sociedad produce a los sujetos que necesita para perpetuarse, personajes que reproducen con su conducta el deterioro experimentado por la sociedad en determinadas épocas. No son personas normales. Por el contario se trata de sujetos desmesurados, seres extravagantes, necrófilos, inmorales, casi caricaturas del ser humano normal, pero tremendamente peligrosos. No debe sorprender su lenguaje grosero ni su aspecto, a menudo grotesco; menos aún su constante atropello a las normas internacionales, su lenguaje directo y sin tapujos, su permanente agresividad. Y su conducta abiertamente delictual.
No es, por tanto, casual que tanto Steve Bannon como su más aventajado alumno (Peter Thiel) estén preparando a la humanidad para la guerra. Ni, tampoco que el líder mundial (Donald Trump) haya iniciado conflictos en todas partes con tal de no alterar las relaciones de producción vigentes en su expresión jurídica de ‘relaciones de propiedad’, ni que esto vaya a ocurrir en un futuro muy lejano. No. Esto ya está ocurriendo.
Comportamiento de los sectores dominados
Los sectores dominados no van a reaccionar de manera diferente a como lo han hecho a lo largo de la historia. Son reflejo de quienes los dominan, reproducen su forma de pensar, su cultura, su comportamiento en virtud de ese axioma según el cual “Las ideas dominantes de una época son las ideas de la clase dominante; aquel que posee el poder material posee también su poder espiritual”.
No debe sorprender igualmente que en muchas contiendas electorales el resultado sea adverso a las posiciones ‘de izquierda’. Solamente cuando se adquiere ‘conciencia de clase’ y se inicia el tránsito hacia otra forma de pensar y actuar es posible pensar en una victoria. Antes, un no despreciable porcentaje de personas ha de ser considerado, con justicia, ‘saco de patatas’.
Hay que elevarse de ese estado de postración. Crecer. Porque desgraciadamente entender cómo ha de ser la nueva sociedad no sucederá de la noche a la mañana: los sectores dominados no van a salir de un día para otro con la convicción cierta de saber ya cómo ha de ser la sociedad que desean construir.
Revisando a Machado
La concepción de lo que ha de ser esa nueva sociedad, la descripción de su arquitectura, de cómo ha de funcionar y han de relacionarse sus diversos componentes es parte de la historia de esa idea. Pero hay otra tan importante como aquella. Porque entre el objetivo perseguido y la estrategia para conseguirlo hay una relación muy estrecha: no en cualquier momento se puede empezar la ruta hacia esa nueva sociedad. Al contrario de lo que normalmente se cree, tal ruta no se improvisa sino ha de estar trazada con antelación. La atractiva sentencia de Antonio Machado en el sentido que no hay camino estatuido sino se hace camino al andar es una invitación al desastre. Los rasgos de esa ruta han de conocerse previamente. Y no es obra de especialistas. No es obra de grupos iluminados. Un sujeto especial, un ente colectivo, una sociedad entera ha de tomar en sus manos la tarea de construirlo. Al andar se constata solamente que la ruta previamente trazada se está recorriendo en la forma que se había previsto.
El momento de hacerlo es siempre. Porque así como en los períodos de crisis la sociedad entrega sus peores alimañas para ejercer la alternativa de la fuerza y resolver de ese modo sus contradicciones, también entrega el tiempo precioso para iniciar la ruta que lleva a la instalación de la nueva sociedad. Los períodos de crisis no son un lastre: constituyen el momento propicio para efectuar los cambios.
Crisis y estallido social
En efecto, son los períodos de crisis ―en los que tienen lugar los estallidos sociales―, los momentos en que los movimientos sociales irrumpen en la vida de una nación para reclamar por sus derechos conculcados. Son explosiones de rabia, estallidos de furor, manifestaciones por demandas exigidas a ‘líderes’ e instituciones que, al no ser satisfechas, se han volcado en contra de bienes públicos ―como los vehículos de la locomoción colectiva, las garitas de esos buses, el alumbrado público y los letreros comerciales―. Puesto que son movimientos que no se prolongan en el tiempo sino son esencialmente efímeros ―desaparecen a poco de haberse desencadenado― es necesario hacerlos perdurar.
Lo normal es que haya un motivo por el cual se desencadenan. ‘Detonante’ se le acostumbra llamar. En el caso de los sucesos acaecidos en Chile en 2019, su detonante fue el alza de los pasajes escolares; en el caso de los recientes estallidos en España y Francia, sus detonantes fueron el dramático desalojo de Maricarmen Abascal y las deplorables condiciones en que se encuentran las escuelas en algunas ciudades de Francia, respectivamente. Esos ‘detonantes’, o ‘chispas que incendian la pradera’, tienen la virtud de desencadenar respuestas colectivas que organizaciones sociales inteligentes pueden aprovechar para transformar la protesta ciudadana en un vasto y poderoso movimiento político ciudadano. O, como se decía en tiempos de la Unidad Popular, alzamientos que conduzcan a ‘convertir la victoria en poder y el poder en construcción socialista’.
¿Eso es todo?
No, no lo es. No es el fin de la misión. Por el contario, es apenas el comienzo. Porque no existe camino a una nueva sociedad si no está delineado el contenido de ésta. No puede construirse un camino que lleva a la nada. Se requiere tener un proyecto de nueva sociedad. La sociedad del futuro no se improvisa. Es necesario pensarla y construirla teóricamente. Comenzando por su estructura básica, su esqueleto. Y esta tarea tampoco es de una persona o grupo de iluminados. Es una tarea colectiva que deberá abordar temas tremendamente importantes como, por ejemplo, determinar si acaso esa nueva sociedad tendrá como base un nuevo modo de producción y, si eso es así, cuál será la estructura de ese nuevo modo de producir, si será, al igual que el actual, un conjunto que integren las fuerzas productivas y las relaciones de producción o no, y cuál va a ser la naturaleza de esos elementos.
¿Se podrá llamar a aquel modo de producción cooperativo? ¿O, tal vez, colaborativo? ¿E, incluso —por qué no—, comunista?
Referencias
Véase art. “El día después del profeta. Cómo las élites sobrevivirán a Trump”, de Alejandro Marcó del Pont, en ‘El Tábano Economista’, de 27 de septiembre de 2026.
Véase, de Karl Marx, ‘Prólogo a la crítica de la Economía Política’, documento disponible en INTERNET.
¿No es delito, acaso, comprar los votos de los sufragantes? ¿Por qué, entonces, se acepta que Trump ofrezca cinco mil dólares por cada voto a quienes concurren a sufragar para apoyarlo, a sabiendas que eso es cohecho (soborno), un delito establecido en la legislación?¿Y qué decir de la intervención abierta en los asuntos internos de otras naciones?
Véase, de Karl Marx, ‘Prólogo a la crítica de la Economía Política’, documento disponible en INTERNET.









