Bolivia. El rumbo a seguir

por Nuestra Palabra

Cuando estamos a punto de cumplir el primer año del gobierno más incapaz del siglo XXI, resulta no solamente prudente, sino imprescindible, preguntarnos cuál es el rumbo que debe seguir el movimiento popular boliviano. En medio de una crisis económica que golpea los hogares, deteriora las condiciones de vida y profundiza las incertidumbres, la ausencia de un liderazgo claramente identificado no puede convertirse en ausencia de pensamiento, de propuestas ni de horizonte político.

Es tiempo de volver la mirada hacia la Constitución Política del Estado, no para contemplarla como un conjunto de normas que establecen los límites de nuestra convivencia, sino para asumirla como un desafío histórico, como el punto de partida de un proyecto nacional capaz de impulsar a Bolivia hacia un futuro de soberanía, justicia social y dignidad colectiva.

Pero retomar el camino constitucional exige también un ejercicio de memoria y autocrítica. Reconocer en qué momento comenzaron a abandonarse las líneas estratégicas que inspiraron las grandes transformaciones nacionales, identificar las contradicciones que no supimos superar y recuperar aquello que quedó pendiente. Porque defender las conquistas del Proceso de Cambio no significa justificar sus errores, ni mucho menos renunciar a la posibilidad de profundizar sus transformaciones.

La justicia, la salud, la educación y la cultura deben recuperar su condición de pilares fundamentales de la construcción del Estado Plurinacional. No pueden continuar subordinadas a las urgencias administrativas ni a los cálculos circunstanciales del poder. La justicia debe dejar de ser un privilegio; la salud, una incertidumbre; la educación, una promesa inconclusa; y la cultura, una expresión secundaria de la gestión pública. Todas ellas constituyen derechos, pero también instrumentos esenciales para la descolonización, la igualdad y la afirmación de nuestra identidad nacional.

La industrialización de los recursos naturales debe volver al centro de la agenda nacional, pero con la determinación que exigen los desafíos del siglo XXI. No basta con proclamar la soberanía sobre nuestras riquezas mientras sus mayores beneficios continúen escapando de nuestras fronteras. Es necesario transformar nuestras materias primas, fortalecer las empresas públicas, recuperar el protagonismo productivo del Estado y construir una economía capaz de generar riqueza, trabajo y bienestar para el pueblo boliviano. Todo ello con solidez jurídica, visión política y sensibilidad social.

Tampoco puede quedar al margen la cuestión de la tierra, su distribución y su función social. La persistencia de estructuras de concentración económica y territorial nos recuerda que la transformación del Estado no se agota en su definición constitucional, sino que debe expresarse en cambios reales en las relaciones de poder, en la producción y en la distribución de la riqueza.

Retomar el Vivir Bien y la armonía con la Madre Tierra exige algo más que repetir consignas. Supone convertir estos principios en conciencia colectiva, en conducta política y en políticas públicas consecuentes. No podemos invocar la defensa de la naturaleza mientras toleramos su depredación, ni proclamar el respeto a los pueblos indígenas mientras sus territorios y sus derechos quedan subordinados a intereses económicos. El Vivir Bien debe recuperar su dimensión ética y convertirse en una de las mayores contribuciones que Bolivia pueda ofrecer al pensamiento universal.

Pero ningún proyecto nacional popular podrá reconstruirse únicamente desde los escritorios, las estructuras partidarias o la expectativa de que aparezca un nuevo conductor. Su fuerza debe nacer nuevamente de los trabajadores del campo y las ciudades, de los pueblos indígena originario campesinos, de las mujeres, de la juventud y de las organizaciones sociales, recuperando la participación democrática, la conciencia política y la capacidad de construir un destino común.

Bolivia no necesita solamente encontrar un nuevo liderazgo. Necesita, ante todo, recuperar un proyecto histórico que le dé sentido. Un proyecto que no reniegue de las conquistas alcanzadas, que tenga el valor de reconocer sus propias equivocaciones y que no confunda la defensa del pasado con la renuncia a construir el futuro.

Quizás el gran desafío de nuestro tiempo no sea preguntarnos únicamente quién debe conducir el movimiento popular, sino hacia dónde queremos conducir Bolivia, con qué proyecto de país y bajo qué principios irrenunciables.

Sobre estas interrogantes, y sobre las tareas pendientes de nuestra transformación nacional, abrimos hoy la reflexión y el debate.

Esta es Nuestra Palabra.

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