Venezuela: MCMachado, ¿Un ocaso anunciado?

Por José A. Amesty Rivera

María Corina Machado junto a Trump

María Corina Machado ha regresado a Venezuela después de varios meses fuera del país. Su llegada ha vuelto a colocar su nombre en el debate político nacional. Sin embargo, más allá de sus declaraciones y de las imágenes difundidas en las redes sociales, hay una pregunta que merece nuestra atención, ¿qué futuro político tiene Machado en esta nueva Venezuela?

Porque una cosa es regresar al país y otra muy distinta es recuperar el “protagonismo” político que se tuvo en determinado momento. Venezuela ha cambiado, el escenario internacional también y, sobre todo, las condiciones en las que Machado construyó su proyecto político ya no son las mismas.

Recordemos que María Corina Machado no es una recién llegada a la política venezolana. Su trayectoria está marcada por su vinculación con Súmate, organización que recibió financiamiento de la National Endowment for Democracy (NED), organismo estadounidense que financia organizaciones políticas y sociales en distintos países. También está su actuación durante el golpe de Estado de abril de 2002, su participación en las estrategias de confrontación política de 2014 y su respaldo a las sanciones económicas internacionales contra Venezuela.

No estamos hablando de diferencias personales, ni de simples discusiones entre dirigentes. Estamos hablando de decisiones políticas, que tuvieron consecuencias para el país y cuya responsabilidad debe seguir siendo objeto de debate público.

Particularmente grave ha sido su respaldo a las sanciones económicas y a las medidas de presión internacional. Durante años, Machado defendió que había que aumentar la presión contra el Gobierno venezolano, sin explicar suficientemente quiénes terminarían pagando las consecuencias de esas medidas.

Y, como suele ocurrir en estos casos, los grandes empresarios y los sectores privilegiados tienen más herramientas para protegerse, mientras los trabajadores, los pensionados, los enfermos y las familias humildes son quienes sufren buena parte de los golpes.

Desde nuestra visión de izquierda latinoamericana, no podemos aceptar que se utilice el sufrimiento de un pueblo como instrumento para conseguir objetivos políticos. Las diferencias con un Gobierno deben resolverse mediante la participación popular, el diálogo y los mecanismos políticos, no castigando económicamente a millones de personas.

Tampoco podemos olvidar las posiciones de Machado frente a la intervención extranjera, su respaldo a las estrategias de confrontación y sus relaciones con sectores conservadores de la política internacional. Todo esto forma parte de su historial y no desaparece porque ahora haya regresado a Venezuela.

Pero hay algo nuevo en la actual coyuntura que merece especial atención y que puede estar modificando profundamente el panorama político de Machado.

Durante años, la dirigente opositora sostuvo que la salida del Gobierno venezolano dependía, en buena medida, de la presión internacional, particularmente de EEUU; Washington era presentado como un aliado fundamental para conseguir el cambio político que ella reclamaba.

Sin embargo, las cosas han tomado otro rumbo. Después de los acontecimientos de enero de 2026, EEUU comenzó a negociar directamente con el Gobierno encabezado por Delcy Rodríguez. Se abrieron canales diplomáticos, se impulsaron acuerdos económicos y petroleros y se establecieron mecanismos de entendimiento entre ambos países.

Aquí aparece una paradoja política que no debemos pasar por alto; Delcy Rodríguez está haciendo precisamente algo que Machado reclamaba, es decir, negociar con Washington, buscar acuerdos económicos y abrir espacios para la recuperación de Venezuela. La diferencia es que lo está haciendo desde el Gobierno, con sus propias herramientas, con una dosis fuerte de pragmatismo, poniendo al pueblo como beneficiario de los acuerdos, y sin entregarle a Machado el protagonismo de esas negociaciones.

Esto coloca a la dirigente opositora en una situación bastante complicada. Durante años sostuvo que el Gobierno venezolano era incapaz de resolver sus diferencias con EEUU y que era necesario un cambio político para alcanzar ese objetivo. Ahora se encuentra con que el Gobierno al que ha combatido está negociando directamente con la Casa Blanca; ¿Y entonces qué le queda por ofrecer a Machado?

Si su propuesta consiste en negociar con EEUU, atraer inversiones, recuperar la producción petrolera y normalizar las relaciones internacionales, tendrá que explicar qué tiene de diferente su proyecto respecto a lo que ya está haciendo Delcy Rodríguez.

Si habla de recuperar la economía, tendrá que decir cómo piensa hacerlo: ¿Privatizará PDVSA? ¿Qué ocurrirá con las empresas públicas? ¿Qué pasará con los trabajadores/as, sus salarios, las pensiones, la salud y la educación? ¿Quién se quedará con los beneficios de la riqueza petrolera venezolana?

Porque no basta con hablar de inversiones y de crecimiento económico. La pregunta fundamental es quién se beneficia de ese crecimiento. No es lo mismo recuperar una economía para enriquecer a un pequeño grupo de empresarios/as, que hacerlo para mejorar las condiciones de vida de las grandes mayorías.

Y aquí está una de las diferencias fundamentales entre una visión neoliberal y una perspectiva popular y de izquierda. Para nosotros, el petróleo, el gas y los demás recursos naturales de Venezuela deben servir para mejorar la vida del pueblo, no convertirse en un negocio reservado para las grandes corporaciones y los grupos económicos privilegiados.

Ahora bien, ya sabemos el camino que está siguiendo el Gobierno de Delcy Rodríguez, no obstante, negociar con EEUU puede ser una necesidad práctica en las actuales circunstancias, pero eso no significa que deban abandonarse los principios de soberanía nacional y justicia social. Hay que vigilar las condiciones de los acuerdos, la participación de las empresas extranjeras, el papel de PDVSA y, sobre todo, cuánto de esa riqueza llegará realmente a los trabajadores y a las familias venezolanas.

El pragmatismo no puede convertirse en una excusa para sacrificar los derechos populares. No basta con producir más petróleo, si los trabajadores/as siguen recibiendo salarios insuficientes, si los pensionados no pueden vivir dignamente y si los hospitales y las escuelas continúan teniendo graves carencias.

Pero volvamos a Machado, ¿Estamos acaso ante el entierro político de María Corina Machado?

Es una pregunta que tiene sentido, aunque no debemos apresurarnos a dar por terminada su carrera política. Su regreso demuestra que todavía pretende mantenerse en la escena nacional. Sin embargo, las condiciones que favorecieron su liderazgo han cambiado considerablemente.

Su proyecto se apoyó durante mucho tiempo en tres grandes elementos: la confrontación permanente con el chavismo, la presión internacional y la expectativa de que Estados Unidos terminaría imponiendo las condiciones para una transición política encabezada por ella y sus aliados. Hoy, estos tres elementos enfrentan una realidad diferente.

El Gobierno venezolano está negociando directamente con Washington. EEUU mantiene relaciones de trabajo con Delcy Rodríguez, y las conversaciones políticas incluyen a sectores opositores que no necesariamente responden a la dirección de Machado.

En otras palabras, la dirigente que durante años aspiró a convertirse en la principal interlocutora de Washington para resolver el conflicto venezolano, ahora tiene que observar cómo se desarrollan negociaciones sin que ella ocupe el centro de la mesa.

¿Podrá reinventarse políticamente? ¿Será capaz de presentar ideas nuevas o seguirá repitiendo las mismas consignas de confrontación que han caracterizado su trayectoria?

Porque si Machado quiere ofrecer algo distinto, tendrá que empezar por revisar su pasado. Tendrá que explicar su respaldo a las sanciones, sus posiciones frente a la intervención extranjera y su participación en las estrategias políticas que llevaron al país a situaciones de violencia y confrontación.

También tendrá que aclarar su posición frente a las investigaciones y acusaciones que existen en su contra. Las responsabilidades políticas, no son lo mismo que las penales, y estas últimas deben establecerse mediante procedimientos judiciales con pruebas y garantías. Pero nadie puede pretender que su trayectoria quede fuera del escrutinio público.

Tampoco puede seguir presentándose como la representante de toda Venezuela. El país no está compuesto únicamente por sus seguidores. Hay millones de personas que se identifican con el chavismo, otras que se consideran opositoras/es, trabajadores/as independientes, campesinos/as, estudiantes y sectores populares que tienen sus propias aspiraciones. Una Venezuela democrática tiene que reconocer esta diversidad. No puede construirse sobre la exclusión de quienes piensan diferente.

Por esto, si Machado pretende ofrecer una propuesta realmente nueva, tendrá que explicar cómo piensa garantizar los derechos de los trabajadores/as, qué hará con las pensiones, cómo fortalecerá los servicios públicos y qué lugar tendrán los sectores populares en las decisiones económicas. También tendrá que demostrar que puede defender la soberanía nacional, sin depender de las decisiones de Washington.

Pero el asunto no termina en Machado. La izquierda venezolana también tiene mucho que revisar y hacer. No basta con denunciar a la derecha y al imperialismo. Hay que escuchar al pueblo, recuperar la confianza de los trabajadores/as, atender las necesidades de las comunidades y resolver los problemas concretos que afectan a la población.

No se puede hablar de socialismo mientras los salarios no alcanzan para vivir. No se puede defender la justicia social, mientras los servicios públicos se deterioran. No se puede pedir sacrificios al pueblo sin ofrecerle respuestas y soluciones.

La defensa de la soberanía debe ir acompañada de mejores condiciones de vida. De lo contrario, se corre el riesgo de convertir las grandes consignas políticas en palabras vacías.

Por esto, la actual coyuntura venezolana es mucho más que una disputa entre Delcy Rodríguez y María Corina Machado. Lo que está en juego es el modelo económico, el control de los recursos naturales, la relación con EEUU y el futuro de las mayorías populares.

Quizás estemos asistiendo al ocaso de una determinada manera de hacer oposición en Venezuela. Quizás Machado todavía consiga reorganizarse y encontrar otro espacio político. Pero para ello tendría que hacer algo que hasta ahora no ha demostrado suficientemente, presentar una propuesta diferente, asumir las consecuencias políticas de su trayectoria y explicar qué piensa hacer por quienes menos tienen. Su problema es que el pasado sigue presente y que la nueva realidad venezolana está cambiando las reglas del juego.

¿Será capaz de dejar atrás la confrontación permanente y ofrecer algo nuevo, o terminará siendo prisionera de su propio pasado?

Mientras tanto, desde una visión de izquierda latinoamericana, debemos insistir en que el futuro de Venezuela no puede decidirse en Washington, ni en los despachos de las grandes corporaciones, ni exclusivamente entre las cúpulas políticas nacionales, debe decidirse con la participación de su pueblo.

Porque, al final, la verdadera pregunta no es quién consigue el poder, sino para quién se gobierna, quién controla la riqueza nacional y quién se beneficia de ella. La riqueza de Venezuela debe estar al servicio de su pueblo y no de las élites económicas ni de los intereses imperiales.

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