Gabriel Boric y José A. Kast: una misma ecuación

por Marcos Roitman Rosenmann

En momentos de crisis, las soluciones de coyuntura acaban nublando los análisis hasta reducirlos a una diatriba: de lo malo, lo menos malo. Hacer de la necesidad, virtud. A partir de ese momento, todo se vuelve manipulación. Se busca justificar un voto, un compromiso o una decisión para tranquilizar conciencias. Dios o el diablo. Blanco o negro. El mundo que viene será catastrófico. Volveremos a las cavernas. Para unos el comunismo, para otros el nazifascismo. José Antonio Kast y Gabriel Boric se imputan defectos y virtudes. Se retuerce la historia. Desde la candidatura de Apruebo Dignidad, apoyar a Kast presupone el retorno del pinochetismo, la excrecencia del régimen. ¿Alguna vez se ha ido? Para sus adherentes, Gabriel Boric representa la izquierda, el cambio, las libertades, la democracia. ¿Olvidan que firmó los acuerdos de paz y por una nueva Constitución, en noviembre de 2019?

Sin embargo, la realidad es tozuda. Si nos apegamos a los hechos, ninguno podrá gobernar sin pactos, acuerdos y recurrir a sus aliados naturales. No podrán formar gobierno. Carecen de cuadros, de personas cualificadas para llevar a cabo sus programas. Sus candidaturas están huérfanas de proyecto. En este contexto, Gabriel Boric se rodea de militantes del Partido Demócrata Cristiano, socialistas, PPD, es decir la vieja Concertación y Nueva Mayoría. Y José Antonio Kast hace un guiño e incorpora a militantes de UDI, Renovación Nacional, Evópoli y funcionarios del gobierno de Sebastián Piñera.

Gabriel Boric, apela a su juventud, 35 años. Por el momento su trayectoria ha sido zigzagueante. Y José Antonio Kast, más allá de la estridencia y las declaraciones altisonantes, no es Jair Bolsonaro, ni Donald Trump. Su pasado lo delata, ex secretario general de UDI. Su poder real está en el nicho de Chile Vamos. Además, su candidatura es resultado de una debacle de la derecha, pero no tiene capacidad para imponer sus delirantes sueños de caudillo trasnochado. En definitiva, ambas candidaturas responden a la pérdida de confianza y deslegitimación de las coaliciones sobre los cuales se levantó el modelo chileno.

Los comandos electorales de los candidatos se han apresurado a debatir ocultando esta realidad. Hijos del proceso de descomposición del neoliberalismo, no son sus enterradores. Así, mientras Boric apela a los votantes del Partido socialista, radicales, PPD, Democracia Cristiana, MAPU, partido Humanista y la vieja guardia de la izquierda, Kast reclama los votos del Partido de la Gente, de Franco Parisi (12.83 por ciento), Sebastián Sichel y Chile Vamos (12.75 por ciento). Pero también se atreve a solicitar el beneplácito de los democristianos anticomunistas.

En un mero ejercicio de aritmética electoral, los votantes de la derecha suman, con 27.92 obtenido por Kast, 51.5 de las papeletas emitidas en primera vuelta. Por otro lado, Gabriel Boric, con 25.80 por ciento; 7.61 por ciento, Marco Enrique Ominami, y 1.47 por ciento de Eduardo Artés, hacen 46.5 por ciento. Sabemos que este método es una tendencia, Pero de tener continuidad en la segunda vuelta, la derecha tendría una leve ventaja sobre Gabriel Boric, llegando a ganar las elecciones.

Boric debía centrar la campaña en atraer el voto de la abstención, del ciudadano descontento, cuya protesta se expresa en no acudir a las urnas. Pero todo parece indicar que su discurso se ha centrado en convencer a quienes acuden regularmente a sufragar, menos de 50 por ciento del electorado. Boric trata de revertir el voto de 7 por ciento de electores potenciales, suficiente para cantar victoria. Ese es el verdadero drama, de ahí el empate técnico. Se gobierna para minorías sociales, para los sectores medios. Las clases populares son meros receptáculos de las políticas pensadas para la clase media, acrecentar su poder adquisitivo y sus opciones de consumo. ¿Qué otra cosa es el progresismo? Más de 50 por ciento de la población se abstiene y para ella no ha existido un discurso, una mera alusión al cambio real a la esperanza, a recobrar la fe en la acción política.

Han sido cuatro décadas administradas por un partido trasversal, con momentos de tensión controlada, hasta la detención de Pinochet en Londres, en 1998. La necesidad de salvar al dictador y apuntalar el modelo obligó a cerrar filas y buscar vías de escape. Así, Ricardo Lagos, en 2005, ya presidente, fue el encargado de eliminar a Pinochet de la Constitución ¿Cómo? Lagos se convirtió en el firmante de una reformada Constitución. El pecado original del neoliberalismo se había redimido. El golpe de Estado, el asesinato político, la tortura, la muerte de miles de chilenos, desaparecían del horizonte constitucional.

La revuelta de los estudiantes en 2006, la represión al pueblo mapuche, la criminalización de las protestas, la privatización de los recursos hídricos, la entrega a las trasnacionales de la minería del litio, el cobre, los metales raros, la firma de los tratados de libre comercio, los megaproyectos extractivistas desde la Patagonia hasta Arica, se sintetizan en la rebelión popular de octubre de 2019 y la convención constituyente, hoy degradada. Por consiguiente, en estas elecciones no se juega el futuro democrático de Chile, más bien, se antoja una disputa por forjar una nueva versión del pacto que terminó por sepultarla. Hoy, ni Gabriel Boric es la solución, ni José Antonio Kast es el problema. Ambos son parte de una misma ecuación. Luego vendrán los mea culpa. Si no, tiempo al tiempo.

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