Chile. Cuando mis jefes marchaban contra el sistema

por Alejandro Mora Donoso

Hace algunos meses, conversando con compañeros sobre movilización estudiantil y crítica al modelo, dije una frase que provocó algunas risas. Comenté que me gustaban mucho los estudiantes marchando y criticando el sistema mientras estudiaban, pero no me gustan tanto cuando salen y son mis jefes.

La frase parecía un chiste, pero no lo era del todo. Había, más bien, una intuición difícil de ordenar, algo sobre clase, lenguaje y poder que aparecía cada vez que escuchaba ciertas conversaciones políticas en espacios con gente relacionada con el mundo universitario. Porque mientras muchos estudiantes hablaban del capitalismo como una estructura abstracta que debía desmontarse, yo no podía dejar de pensar que varios de ellos terminarían administrando empresas, dirigiendo instituciones, ocupando cargos públicos o integrándose sin demasiada dificultad al mismo orden que criticaban. Y entonces la pregunta dejaba de ser qué tan radical era el discurso, para transformarse en otra cuestión, desde dónde se habla cuando se habla contra el sistema.

No creo que esto invalide la crítica estudiantil. Sería absurdo. Las movilizaciones estudiantiles en Chile han sido una de las pocas fuerzas capaces de romper el consenso neoliberal heredado de la dictadura y administrado por la democracia. Muchas de las discusiones que hoy parecen obvias sobre educación, desigualdad, endeudamiento o derechos sociales fueron abiertas precisamente por estudiantes movilizados hasta el estallido social. El problema no está ahí. El problema aparece cuando confundimos capacidad crítica con posición material.

Porque la izquierda chilena ha producido durante décadas análisis extremadamente sofisticados sobre neoliberalismo, hegemonía, colonialismo o captura del lenguaje. El texto reciente de Paloma Castillo   sobre la idea de proyecto político vuelve a demostrarlo con claridad. El diagnóstico existe. Existe hace tiempo. Lo que sigue faltando es otra cosa, una relación estable entre ese diagnóstico y las formas reales de vida popular.

Y quizás ahí la composición de clase importa más de lo que solemos admitir.

Durante años, gran parte de la izquierda chilena se desplazó desde sindicatos, poblaciones y espacios obreros hacia universidades, ONG, instituciones culturales y aparatos técnicos del Estado. Eso produjo una izquierda intelectualmente refinada, moralmente sensible y culturalmente crítica, pero muchas veces socialmente distante de las formas concretas de precariedad cotidiana. No porque sus integrantes sean hipócritas, sino porque toda posición social produce un modo específico de mirar el mundo.

Por eso a veces ocurre algo extraño, personas capaces de explicar brillantemente la explotación capitalista nunca han dependido realmente de los mismos trabajos, miedos o incertidumbres que organizan la vida de buena parte del pueblo. Y cuando eso sucede, el lenguaje político empieza lentamente a separarse de la experiencia material que dice representar.

Quizás por eso una parte importante de la población ya no se reconoce ni en la derecha ni en la izquierda, aunque sostenga intuiciones profundamente igualitarias sobre dignidad, abuso o justicia. No porque el pueblo se haya “despolitizado”, sino porque muchas veces el lenguaje disponible para nombrar esas experiencias parece venir desde afuera, como si hubiese sido producido en espacios sociales distintos de aquellos donde esa vida realmente ocurre.

Ahí es donde mi vieja frase sobre los estudiantes vuelve a aparecerme bajo otra luz. No era una burla hacia quienes marchaban. Era una manera torpe de nombrar una contradicción más profunda, el hecho de que el neoliberalismo chileno logró algo particularmente eficaz, producir sujetos capaces de criticar el sistema mientras se forman para administrarlo.

Y probablemente esa sea una de las razones por las que la izquierda contemporánea parece tan fuerte en el diagnóstico y tan frágil en la práctica. Porque no basta con tener razón sobre el capitalismo. También importa desde qué lugar social se construye esa razón, quién puede sostenerla materialmente en el tiempo y qué vínculos reales existen entre quienes piensan el cambio y quienes viven sus consecuencias más duras.

Tal vez el problema no sea solamente que la izquierda perdió el camino hacia el proyecto, como tantas veces se dice. Tal vez también perdió algo más difícil de recuperar, una experiencia compartida del día a día.

Un comentario en “Chile. Cuando mis jefes marchaban contra el sistema

  1. Disculpas pero esta critica ya se esta empezando a ser refrita y no le pega a nada. Es un bonito slogan para intentar de explicar la derrota de la izquierda en Chile y en el mundo, instalando en el relato un mal diagnostico y por ende una mala comprensión de la situación. Si bien la izquierda intelectual ha fracasado en varios puntos primero, en Chile nunca fue tan intelectual de por si. Todas sus criticas al sistema siempre tuvieron fuertes deficiencias en ellas mismas y siempre hubo vacíos gigantescos en el relato. Sin embargo, lograron mover la aguja política y la conciencia, a favor de las demandas sociales durante casi dos décadas. Pero segundo, y lejos lo mas importante, el fracaso de las izquierdas en el mundo occidental y en Chile, se debe principalmente al recrudecimiento de los esfuerzos y del relato de la ultra derecha. La reacción que establecieron a la amenaza de sus intereses fue, no solo muy intensa, sino que altamente perfida. La toma de los medios de comunicacion y las rrss para difuminar sus discursos reaccionarios fue casi de un solo golpe, y con los argumentos mas bajos. Mas alla de que la izquierda fracaso por sus propios errores, que los tuvo, fue por un ataque imprevisto de la derecha mundial, al ver una seria amenaza a sus intereses.

    Este tipo de criticas, mas que detectar el problema, parecen buscar aplausos entre aquellos decepcionados con el fracaso de los proyectos de la izquierda, que no se atreven a ver y a enfrentar la realidad del asunto, avalando subconcientemente los torpes argumentos difuminados por las rrss de la propaganda de la ultra-derechista. Es mas, cualquiera hubiese sido el discurso y la conexión de la izquierda con las capas populares, la reacción de la ultra derecha se abría adaptado de acuerdo al contexto.

    Entonces, mas que volver a reinventar la rueda y recomenzar de cero, que es lo que pareciera proponer el articulo, lo que no conllevaría a nada, es mejor dejar de refreír esta critica superficial y empezar a pensar como salir del zapato chino que nos encontramos y retomar los avances alcanzados. Claro, se deben mejorar cientos de puntos y volver a representar a los trabajadores, pero es innecesario abandonar el barco para construir algo que tomara medio siglo a navegar.

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