La aspiración comunista de Blas Infante y nuestra libertad

por Iñaki Gil de San Vicente            

«Hay dos clases de comunistas. La de aquellos que aspiran, mediante el esfuerzo propio, a engrandecer su vida para darla toda a la comunidad: y la de aquellos que esperan en que una colectividad, normalmente comunista, venga a satisfacer las exigencias de su propia vida individual, dispensándoles y redimiéndoles del dolor que partea el esfuerzo creador. Hay dos especies de comunistas. Comunistas del resultado del trabajo propio: y comunistas del resultado del esfuerzo ajeno. Comunistas que aspiran a dar: y comunistas que aspiran a recibir. […] Somos o aspiramos a ser comunistas de la primera especie. Y decimos, aspiramos a ser, porque nuestra modestia se resiste a concedernos el máximo honor de poder calificarnos con este nombre de comunistas, expresión cuyo concepto verdadero es la esencia de una pura y excelsa santidad».

                                    Blas Infante. La dictadura pedagógica. Edit. Hojas Monfíes. Granada 2021 p. 65.

La Editorial Hojas Monfíes ha publicado La Dictadura Pedagógica[1] escrita en 1921, sin duda la obra más perseguida del aún desaparecido Blas Infante Pérez, que aspiraba a ser comunista de los buenos, de los que arriesgaban su vida, y no de los burócratas, egoístas y apegados al dinero y a la comodidad.

Pero empecemos por la raíz, por la historia profunda de la lucha andaluza por su independencia. Los y las monfíes eran andaluces perseguidos por no desnacionalizarse, por no aceptar el catolicismo, por mantener sus costumbres, lengua, cultura, saberes, etc. Para seguir siendo libres tuvieron que desterrarse refugiándose sobre todo en los montes alpujarreños creando grupos armados para defender su identidad ante la apisonadora del imperialismo español. Mientras los monfíes resistían en su país, en Nuestramérica grupos de esclavos e indios, y más tarde mestizos y criollos, hacían los mismo creando palenques, comunas, etc., autoorganizados y armados. La valentía monfí volvió a demostrarse en la insurrección nacional de 1568 en las Alpujarras, aplastada a sangre, fuego y cruz, al igual que en Nuestramérica eran aniquiladas las comunidades libres, mientras que en Europa los Países Bajos se rebelaban ese año contra el imperio español comenzando una victoriosa guerra de liberación nacional burguesa de ochenta años.

Blas Infante era un ilustre notario independentista andaluz que aspiraba ser comunista, asesinado por el fascismo en el kilómetro 4 de la carretera de Sevilla a Carmona en agosto de 1936 y posteriormente sentenciado a muerte sin juicio en 1940. El Estado, la Monarquía y su Iglesia honran al criminal marqués de Queipo de Llano en la basílica de La Macarena, pero Blas Infante sigue desaparecido como tantas decenas de miles de personas dignas. Decimos «su Iglesia» porque España, Monarquía e Iglesia son una «unidad de destino en lo universal», según el eslogan franquista. Blas Infante vaticinó en uno de sus textos que: «Sin ser leído seré despreciado», pero quedó corto porque al desprecio se unió el odio y sobre ambos, el asesinato. 

Descubrimos una de las razones del odio que contra él sentía la burguesía cuando al analizar las causas de la revolución bolchevique contra la podredumbre del poder representado por Kerenski, dijo: «semejante al oligárquico español» (p. 129). Frente a la brutalidad oligárquica, Blas Infante proponía una estrategia hacia el «comunismo integral» en la que «La Revolución, viene a afirmar el concepto de solidaridad de la especie, asignando esta solidaridad, una finalidad inconcreta, que los más conscientes llegaron a formular en aumento de la potencia y de la felicidad humanas. […]  Convertir la manada en sociedad consciente» (pp. 138-139). Al emplear el término de «manada» Blas Infante se limitaba a repetir el lenguaje y la ética burguesa hacia la Humanidad como simple rebaño se fuerza de trabajo estabulado al que hay que impedir que tome conciencia de su inagotable potencial de construir la felicidad humana, el comunismo.

Granjeándose más odio y con su peculiar escritura y terminología que será explicada en el Prólogo, Blas Infante hace una crítica implacable del españolismo: «El pueblo español es en Europa el que menos ha identificado en la inteligencia y en el sentimiento estos tres conceptos, unos en Naturaleza. Potencia espiritual creadora de la vida. Posteridad triunfante. Eternidad» (p.168). Y sigue narrando con una demoledora crítica llena de ironía sutil las diferencias absolutas ante la valoración de la muerte y de la vida entre los prohombres representantes del poder español y la profunda filosofía popular de un enterrador andaluz: «“Tantah faitigah pa ná”», denunciado a la vez cómo y por qué el mismo, Blas Infante, sufrió la represión española –«las garras de un fiscal» — por cuestionar la dogmática religiosa sobre la vida y la muerte (pp. 168-169).

Es revelador que Blas Infante se sumase a los esfuerzos para dotar de ortografía propia a la lengua andaluza, derecho/necesidad vital para las naciones oprimidas especialmente ahora, cuando la industria político-cultural imperialista mercantiliza y aliena sus conciencias o las aniquila. Sin una ortografía propia, la lengua andaluza corre peligro mortal, y con ella la identidad de su pueblo que será destruida a la vez que destruye su cultura. El permanente impacto de Blas Infante en la identidad andaluza, tan menospreciada, se aprecia en Carlos Cano al decir que «ser andaluz es la forma que yo tengo de ser persona», conciencia de pertenencia enriquecida durante años de estrecho contacto con lo mejor de otras culturas. La dialéctica identidad /internacionalismo fue recordada así por Blas Infante retomando un lema asumido por el independentismo en 1913: «“Andalucía por sí; pero no para sí, sino para la Humanidad”» (p.193).

Por su peculiar terminología y escritura, la editorial ha encargado un Prólogo y una revisión a un capacitado grupo interdisciplinar dirigido por D. Juliá Díaz y M. Cano Cruz no sólo para que contextualice la obra después de un siglo de violentos cambios. El Prólogo muestra que Blas Infante no tuvo acceso a obras, borradores y cartas de Marx y de Engels que enriquecían y confirmaban la dialéctica entre la «infraestructura» económica y la «superestructura» ideológica, términos apenas utilizados por ambos amigos a lo largo de medio siglo de abundantísima cantidad de escritos de toda índole en los que sí se despliegan sutiles y minuciosas investigaciones sobre la compleja dialéctica de fuerzas múltiples, directas e indirectas, que chocan en  la unidad y lucha de contrarios que da vida a la realidad.

También indica el Prólogo cómo Marx profundizó esta visión dialéctica desde la década de 1860 cuando estudió con más detalle la evolución de las comunidades precapitalistas, de las formas de propiedad comunal y preburguesa, de las posibles diversas vías al socialismo que no tenían por qué seguir los pasos de los pocos países de Europa atlántica, cuando continuó adaptando El Capital a los nuevos problemas posteriores a la crisis de 1857, la de «Gran Pánico», cuando endureció su demoledora denuncia del colonialismo y dedicó más atención a las luchas nacionales, cuando releyó a Hegel y más adelante ayudó a Engels en el desarrollo de la dialéctica y otros textos…

El Prólogo contextualiza la crítica de Blas Infante a Lenin por la deriva economicista y burocrática que ya se apreciaba en la NEP de ese mismo año. Explica que la correcta crítica de Blas Infante a la burocratización de la URSS ataca sobre todo al dogmatismo mecanicista y lineal que se estaba imponiendo entonces, y que se expandió con Althusser y Marta Harnecker, por ejemplo, a la sombra de la desviación economicista ya asentada en la socialdemocracia, el estalinismo, el eurocomunismo y, más recientemente y pesar de su palabrería, en el ilusionismo podemita.

El Prólogo hace justicia a los marxistas que también criticaron la burocratización, denuncia en la que Lenin fue uno de los primeros en advertirla al crear el concepto de «Estado burocráticamente degenerado», al preguntarse sobre quién dirigía realmente a la URSS: los comunistas o los burócratas, etc. Lo cierto es que para 1921 el proletariado comunista y la militancia bolchevique habían sufrido una merma enorme, reduciéndose en gran número tanto por muertes directas en los campos de combate como por muertes por enfermedad en la retaguardia al asumir que eran esos «comunistas de primera» que lo daban todo, aplicando el barómetro de Blas Infante.

Muy probablemente, el notario andaluz desconociera la gravedad extrema del debilitamiento real de las fuerzas comunistas y revolucionarias en la URSS, y tampoco conociera al detalle los ásperos debates que surgieron en el partido bolchevique desde 1918 sobre los riesgos de burocratización, etc. Pero lo cierto es que su denuncia de 1921 de la burocratización era ya entonces muy pertinente, y lo es más ahora: ¿no son acaso «comunistas que aspiran a recibir», para utilizar su terminología, todos aquellos miembros de la «izquierda» que han terminado integrados en la gigantesca maquinaria burocrática que sostiene la «democracia» actual? Para hacernos una idea algo aproximada de cómo se formó la burocracia en la URSS, podemos ver cómo se modernizó la vieja casta en el Estado español en unas condiciones infinitamente menos extremas que en la URSS, y así comprenderemos también por qué el reformismo rechaza radicalmente el «comunismo integral» de Blas Infante.

Muchos años antes de que Weber escribiera sus tópicos superficiales y formalistas sobre la burocracia, el joven Marx había destripado y puesto a secar a la intemperie las vísceras del poder burocrático. Desde entonces es imposible entender la dinámica del poder sin el joven Marx y sin la pléyade de comunistas, anarquistas, etc., entre ellos Blas Infante, que profundizaron en sus ideas, tanto en la socialdemocracia anterior a 1914 y en la URSS desde comienzos de la década de 1920, como en la II República española antifranquista desde comienzos de 1937, como de la «transición» española desde 1975, etc. Tampoco se puede entender sin esas aportaciones la esclerosis de democracia burguesa al margen del cáncer burocrático que descompone sus entrañas. La «transición» es un ejemplo de libro de la muda de piel de la burocracia franquista según las necesidades del capitalismo del momento.

Es cierto que miles de advenedizos, chupópteros, pesebreros, oportunistas, etc., pasivos ante o condescendientes con la dictadura; además de miles de funcionarios, jueces, policías y torturadores, periodistas, curas, militares, catedráticos… que se acostaron franquistas fervorosos y se despertaron «demócratas de toda la vida», rellenaron parte de las estructuras creadas desde arriba y a todo correr durante la «transición» para sostener la nueva forma de acumulación capitalista protegida por la Monarquía militar y la OTAN. Pero lo realmente decisivo para la legitimidad de esa nueva forma de explotación fue que otros miles de sinceros demócratas, antifascistas y militantes revolucionarios de partidos, organizaciones, sindicatos, colectivos y grupos anteriormente clandestinos, algunos de ellos duramente golpeados por la dictadura, se entregaron en cuerpo y alma a enrojecer e izquierdizar desde dentro las «instituciones democráticas», creyendo que era posible.

Hubo éxitos, avances y conquistas necesarias que mejoraron las condiciones de vida y de trabajo de las clases explotas, es cierto, pero con al menos seis grandes costos demoledores a medio y largo plazo: Uno y básico, la impunidad absoluta de la burocracia franquista nunca depurada, sobre la que se añadían las nuevas burocracias acobardadas ante ella. Dos, imparable y acelerada integración de la izquierda en la burocracia global, debilitándose así su conciencia, realidad palpable para finales de la década de 1980. Tres, comienzo de corruptelas y luego corrupciones que pudrían al funcionariado ex izquierdista, con sueldos seguros y mejores que los obreros golpeados por la «reconversión industrial». Cuatro, fortalecimiento del nacionalismo español, y de los regionalismos y autonomismos burgueses porque los sueldos altos dependen de la continuidad del Estado de las Autonomías y de la fidelidad a las políticas estatales. Cinco, desprestigio social de las ex izquierdas, de sus sindicatos y partidos. Y seis, recomposición y crecimiento de las derechas y del neofascismo.

Esta burocracia se aferra a sus sueldos y más en las Autonomías en donde muy pocos sectores estarían dispuestos a luchar por una independencia que, al ser reprimida, arruinaría su relativamente buena vida. La experiencia catalana es el más reciente ejemplo de libro: se ha plegado a la legalidad española cuando ésta ha aplicado una parte pequeña de su gran potencial de terror, al igual que con algunas diferencias más honrosas había sucedido ya para entonces en Vascongadas y Nafarroa. Pero no sólo se oponen a una imposible independencia burguesa sino sobre todo a la independencia proletaria, la única posible. ¿Es creíble que esta burocracia acepte el riesgo de luchar por la «comunización», término empleado por Blas Infante para reivindicar la propiedad comunista de la tierra y los medios de transporte en su tiempo? Ahora, por pura necesidad urgente, tendría que haberse movilizado por avanzar en la apropiación comunista de todo lo necesario para luchar contra la Covid-19, contra el desmantelamiento de los servicios sociales, públicos, por la expulsión fulminante de los ejércitos imperialistas en sus naciones, y un largo etcétera.

El «comunismo integral» de Blas Infante lo es porque asume la integralidad de la emancipación humana, es decir, el hecho de que el comunismo no puede priorizar determinadas reivindicaciones sobre otras, posponiéndolas para más adelante bien para cuando las famosas «condiciones objetivas» estén dadas, bien para cuando se haya asentado irreversiblemente el núcleo comunista. La diferenciación de etapas, fases y procesos en el avance revolucionario viene impuesta por las lógicas velocidades relativas de los diversos niveles que forman la totalidad de la lucha revolucionaria. Siendo esto cierto, el error estratégico consiste en, primero, no defender siempre la integralidad estructural de todas las opresiones debido a la centralidad de la lucha entre el capital y el trabajo; y segundo y a partir de este silencio, mantener aisladas las luchas o peor aún, caer en la negación parcial o total de la integralidad de la lucha contra dictadura del capital. Un ejemplo de «comunismo integral» es el Manifiesto Comunista, otro es el Qué Hacer, otro Reforma o Revolución

Una prueba de la importancia que Blas Infante daba a la integralidad del comunismo, la tenemos en la importancia pareja que daba al comunismo afectivo, sentimental o de «amores» en el sentido que le da Blas Infante equiparable al «amor» defendido por el Che, por Hugo Chávez, etc. En el fondo de esta cuestión está el humanismo marxista basado en el potencial emancipador de la especie humana genérica. Publio Terencio escribió el -165 el axioma ético de «nada de lo humano me es ajeno», públicamente reivindicado por Marx en 1864. Existe el humanismo marxista porque exista la ética comunista, indisolublemente unidas. La ética es una fuerza material polivalente que actúa tanto dentro de la teoría marxista de la verdad como dentro de la teoría marxista de la violencia, por poner casos unidos, aunque no lo parezca, sin olvidarnos por tanto de la teoría de la plusvalía. El Capital destina radicalidad ética, afectiva, sentimental y «amorosa» por todas sus páginas.

Comunismo integral tiene por su misma integralidad un contenido de valores económico-sociales que Blas Infante expresa en el marco de su contexto: por ejemplo, la comunización de la tierra y de los transportes, de otras industrias y servicios. Aquí entronca con la propuesta de Marx y Engels y en concreto sobre que la independencia de Irlanda y Polonia solo es factible con la expropiación de la tierra en manos de las clases dominantes, y con otras medidas de independencia económica frente a los tentáculos británicos sobre todo en Irlanda. Y su propuesta de los valores económicos individuales hace parte del principio marxista de que el comunismo respeta la propiedad individual siempre que no surja de la explotación de otras personas, siempre que no sirva para crear grupos de presión que impulsen la transformación de la burocracia primero en nomenklatura, en casta con privilegios que facilite el acaparamiento ilegal  — «segunda economía»–  de propiedad socialista en sus manos para, llegado el momento, reinstaurar el capitalismo en medio del empobrecimiento generalizado.

La insistencia machacona de Blas Infante en la ética, en el «alma comunista», es aquí tan central como lo era en el Che y en tantas y tantas personas que aspiraban a ser comunistas. El «alma comunista», unida a una pedagogía sistemática e integral desde la primera infancia, deben ser junto a la democracia proletaria que dirige la desmercantilización, las fuerzas conscientes que vayan echando al basurero de la historia el fetichismo de la mercancía, el dopaje mental hacia el dinero, la cadena irracional del individualismo egoísta…

Los autores del Prólogo hacen un añadido muy oportuno consistente en plantear la necesidad del comunismo político que insiste en el desarrollo de todos aquellos medios de poder social, popular y proletario que, en su accionar directo y horizontal, garanticen con hechos la existencia de lo que el marxismo define como «gobierno barato», transparente y sencillo capaz de ser autoadministrado con la autoconsciencia de su autoextinción en el comunismo.

Pues bien, el mensaje de Blas Infante aporta entre otras tresgrandes perspectivas teóricas y prácticas para la lucha de los pueblos por su independencia socialista: Una, es imposible la libertad dentro de España, de su «izquierda» nacionalista o a lo sumo autonomista. En Andalucía, esa «izquierda» ha marginado y desnaturalizado todo lo posible a Blas Infante, quitándole toda su coherencia radical independentista y comunista; ahora, la derecha intenta simplemente destruir su memoria y la extrema derecha neofascista lo volvería a fusilar si pudiera. En realidad, la suerte que ha sufrido Blas Infante es esencialmente la misma que la sufrida por decenas de miles de revolucionarias de las naciones oprimidas.

Dos, esa libertad sólo será posible en la medida en que la aspiración al comunismo libere y despierte las conciencias alienadas de los y las trabajadoras, facilite su empoderamiento como la única fuerza legitimada y capacitada para acabar con el irracionalismo de la «unidad del destino en lo universal», es decir del destino en la cárcel universal que es el Estado español.

Y tres, el principio infantiano del comunismo como aspiración de plenitud humana que se construye en la praxis militante diaria, debe ser llevado a la práctica cotidiana, a los momentos e instantes más falsamente «íntimos» y a-políticos, en los que se enseñorea la dictadura del capital dentro de la lucha de clases en sus múltiples expresiones dentro de esa «intimidad» a-política, no es sino una de las fuerzas reaccionarias más masivas y públicas que sustentan a esa docilidad y sumisión a la que se enfrentaron Marx y Blas Infante.

IÑAKI  GIL DE SAN VICENTE

EUSKAL  HERRIA  30 de diciembre de 2021


[1] Puede encontrarse una muy buena presentación de la obra en

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