Chile. A partir del cinco de septiembre

Por Ricardo Candia Cares

Como sea que resulte el plebiscito del cuatro de septiembre, fecha de fundaciones y nacimientos, la izquierda deberá avocarse a la construcción en serio de una mayoría política y social que dé cuenta de lo que pasa en Chile. La izquierda, esa cosa rara que se configura hoy por hoy como un laberinto de intenciones e ideas dispersas, personalismo y ausencia de proyectos.

Pero asumamos que fracasa la ofensiva mentirosa y desvergonzada de la ultraderecha.

Y que la pérdida de posiciones del lado de la nueva Constitución, en la que se han empeñado sectores que intentan burlar la voluntad del pueblo por la vía de acordar modificaciones a la propuesta constitucional entre cuatro paredes y un cielo raso, no es suficiente para desprestigiar del todo la propuesta.

Y supongamos que los partidos políticos que en un momento estuvieron al borde del colapso definitivo, no logran imponer sus cartas acomodaticias.

Y, finalmente, pongámonos en el caso en que la pérdida de iniciativa, originalidad e inteligencia de los sectores que no han sido capaces de un trabajo unitario/articulado ni de proponer un proyecto de largo plazo, no alcanza a ser advertida por la gente común.

Entonces, por la superposición de esas condiciones, gana el Apruebo y se logran asentar las bases para la real y necesaria transición democrática, esa que quedó pendiente el ya lejano 1991.

Esa deuda histórica, la madre de todas las otras.

Puestos en ese evento victorioso, lo que queda es imaginarse el escenario, la conducta, rol de las fuerzas antineoliberales para asumir eso que se viene.

Una de las cosas interesantes que ha traído el enfrentamiento entre los sectores de la ultraderecha y todos los demás, es que ha dejado claro que -dicho en un lenguaje que ya no se usa-, la contradicción fundamental sigue siendo entre neoliberalismo y democracia.

A partir del retiro de los militares no hubo un proceso de restauración democrática, de verdad, reparación y justicia como la que el pueblo chileno que fue puntualmente reprimido, arrasado, violentado, explotado, aterrorizado durante diecisiete años, merecía de sobra.

Lo que hubo fue una administración pausada y con trazas democráticas de la mejor herencia de la tiranía. Y si se quiere, una rendición incondicional de la izquierda que no solo creyó lo que se prometió, sino que dejó abierta de par en par la puerta para el anclaje de lo que no pudo hacer la dictadura y su ilegitimidad de origen y cometido.

De modo que la concentración de la riqueza, la superexplotación de los trabajadores, la depredación de la naturaleza, las ciudades abarrotadas y en el más completo caos, el país absolutamente dependiente de los vaivenes del extranjero, con derechos sociales inexistentes, con una justicia, salud y pensiones que dan pena y vergüenza, en fin, todo, es resultado necesario de ese acuerdo traidor que la falacia llamó transición democrática.

En este contexto histórico debe leerse lo que sucede con el enfrentamiento brutal del que somos espectadores y protagonistas.

Lo transitorio define aquello que no es del todo pasado y ni del todo futuro. Es una especie de bisagra que conecta dos dimensiones de una misma realidad cuya mecánica depende de las fuerzas que se involucren en su movimiento.

Y esa contradicción, desde el punto de vista de los intereses populares, depende en total medida de la capacidad de las fuerzas antineoliberales para ponerse de acuerdo en una proceso de transición democrática real y actual.

En sus mejores pasajes el texto propuesto para una nueva constitución evidencia que la pulsión que cursa es la superación de un modelo inhumano, basado en el lucro, la explotación y la ausencia de derechos sociales, culturales y políticos.

Por eso la ultraderecha y cierta gente que da pena, despliega todos sus recursos para cruzarse a lo que puede ser un impulso democrático y se refugia en su costumbre inveterada: mentir, amenazar, aterrorizar.

Es mucho lo que se juega.

O podría jugarse si consideramos que, por sí sola la Constitución, esta o cualquier otra, no opera si no es mediante leyes que la particularizan en hechos concretos.

Y es en este capítulo preciso en donde deberían sonar las alarmas de las instancias de izquierda o antineoliberales: enfrentar este proceso de transición por lo menos con algunas ideas colectivas que den sustento a un movimiento social y político capaz de llevar adelante este cambio de fase: es decir, la cosa no termina el cuatro de septiembre a las seis de la tarde: ahí comienza.

¿Seguirán los dirigentes políticos de esta nueva era asilados en sus propias trincheras, o tumbas según se mire, en sus proyectos individuales alegando que sus banderas son las que se yerguen con la verdad, muestran el camino y definen el futuro?

Los actuales dirigentes jóvenes que han llegado a la política fueron puntual y enérgicamente críticos de la manera anquilosada y antigua de hacer política, del egoísmo de los viejos cuadros, de lo rígido de los partidos veteranos, de las corbatas y las genuflexiones: ¿dejarán de lado sus parcelas particulares y pondrán su energía, inteligencia y capacidad para discutir algo de alcance más grande que supere aquello que criticaron?

¿Tendrán la valentía de asumir el trabajo colectivo?

Vale la pena preguntarse si la lectura que hace esta nueva generación de políticos incorpora la necesidad de un radical avance democrático al punto de que se entronizaría una Constitución cuyos mejores pasajes son revolucionarios respecto de lo que hay.

Resulta legítimo preguntarse si se impulsarán iniciativas unitarias/articuladoras de corto, mediano y largo plazo ahora que se agudiza, o agudizaría, la esencia de la lucha de clases que no es otra cosa que la pelea por el poder.

Visto desde una perspectiva amplia, aunque no exenta de la necesaria crítica, la llegada del presidente Boric al gobierno es un hecho que apunta en el sentido correcto si se quiere transformar al país. El solo hecho de que hace diez años el presidente y los máximos cuadros del actual gobierno eran dirigentes estudiantiles, debe incomodar la siesta de los poderosos: es un dato relevante si se mira lo que viene o puede venir.

Como sea que se mire, con todo y sus falencias y errores, con renuncias y acomodaciones, con autogoles y desatinos, quienes dirigen el país eran hasta hace poco dirigentes sociales que lograron desbancar a la casta/costra política que venía jugando a la sillita musical en La Moneda.

Es decir, se puede.

Agregue usted que, como sea que se haya acordado, el poner en juego la constitución del 1980/2005, vino a desordenar al plan maestro de los poderosos.

Y vea que la gente, haciendo caso omiso no solo a las negociaciones mal vistas, arrinconadas, secretas, entreguista o como quiera denostarlas, votó mayoritariamente por una nueva constitución.

Algo está pasando, algo huele mal.

Todo lo que le falta a este momento de la historia tiene que ver con la falta de una izquierda asentada en este tiempo, con ideas y decisiones.

Se alza una responsabilidad de tono mayor entre quienes han impulsado y caracterizado esta fase cuyo rasgo más notable es el terror de la ultraderecha enfrentada a una cosa nebulosa que les causa miedo.

Se trata de encauzar esa energía que ha logrado en breve lo que muchos dudamos que se podría: está a punto de comenzar la democratización del país.

¿Qué iniciativas se impulsarán para intentar caminos articulados?

En este trance histórico los colectivos disímiles, novedosos, paritarios, despelotados, inorgánicos que han logrado en gran medida y en los hechos superar la gestión de los partidos tradicionales, y los movimientos sociales que han hecho manifiesto su compromiso con la Nueva Constitución, no tienen más que asumir un proceso de construcción de una mayoría político-social que será necesaria para que la Nueva Constitución funcione.

Ahora pongamos por caso que gana el Rechazo.

En ese caso habría que hacer exactamente lo mismo.

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