Mito y estafa del libre mercado

Por Luis Casado

Uno de mis temas favoritos: el libre mercado no existe. Dicho así provoca erisipela, razón por la cual hay que rajarse con alguna explicación de preferencia breve y clara. Por lo demás los ejemplos sobran: aquí haré uso de uno de ellos, un golpe a la cátedra que hasta ahora nadie ha comentado.

El mercado es el lugar de encuentro de la oferta y la demanda. La teoría que aprenden los economistas asegura que los mercados que satisfacen una serie de condiciones, que ya veremos, llegan a un equilibrio natural entre oferta y demanda. Marie-Esprit León Walras (1834-1910), economista francés inventor del invento, la bautizó Teoría del Equilibrio General (TEG) y muy contento de sí mismo propuso su propio nombre para el premio Nobel. Detalle menor, había que demostrar la teoría. Ahí se chivó la TEG porque, en la realidad, quienes intentaron probarla… probaron exactamente lo contrario (Sonnenschein, Mantel y Debreu, 1972-1974).

Según Walras para que el mercado esté en competencia “pura y perfecta” hay que reunir algunas condiciones:

a) la atomicidad de los agentes económicos (diversidad de compradores y vendedores) en modo tal que ninguno de ellos pueda, por sus decisiones, influir los precios del mercado. En competencia pura y perfecta no existen Microsoft, ni Apple, ni Facebook, ni Amazon, ni los monopolios, ni los oligopolios, ni las centrales de compra. ¡Aleluya!

b) la calidad de los productos presentes en el mercado es homogénea: la decisión de compra se produce únicamente en función del precio. En competencia pura y perfecta da igual que el producto sea chileno, alemán, marroquí o chino: todos son iguales o comparables.

c) los vendedores tienen igual acceso a la información sobre las mejores técnicas de producción y sobre los precios propuestos. En competencia pura y perfecta no hay secretos industriales, ni derechos sobre el pinche know-how. El derecho de autor y las patentes salen sobrando.

d) los productores son independientes unos de otros. En competencia pura y perfecta no hay nada que se parezca a los ‘carteles’, ni a la colusión, ni a los trusts, ni a los acuerdos a espaldas del consumidor. ¡Alabao!

e) la competencia es reputada ‘completa’ si los mercados de capitales y del trabajo respetan las mismas condiciones. En competencia pura y perfecta no hay sindicatos, ni de patrones ni de asalariados ¡un paraíso! El acceso al mercado es igual de fácil para todos.

No escapa a tus luces que este tipo de mercado, modelizado por Walras y utilizado por la inmensa mayoría de los economistas para sus calculitos, no existe ni existirá nunca. Lo que hay es un desorden de dios padre y señor mío que facilita la dominación de los tiburones que se comen a los peces chicos.

Para más inri, el mercado de competencia pura y perfecta de Walras exige que se verifiquen algunos axiomas y teoremas. No se trata de entrar en los arcanos de su delirio ni de explicar con manzanas lo que no tiene explicación, sino de recordar que el mercado del que nos hablan es simplemente una volada sin marihuana:

El primer axioma sostiene que la relación de preferencia (del consumidor) es completa, lo que significa que el consumidor es asopado, pero no tanto como para no distinguir entre dos ofertas diferentes (dos cestas de productos).

El segundo axioma indica que la relación de preferencia es reflexiva, o sea que el consumidor prefiere ligeramente una cesta a otra, aun cuando ambas contienen productos estrictamente iguales.

El tercer axioma es brillante: impone la transitividad de las preferencias: si el consumidor prefiere un producto A a un producto B, y al mismo tiempo prefiere el producto B a un producto C, debe por fuerza preferir el producto A al producto C (¿hay alguien que sigue?).

Por ahorrar espacio en basura no te explico más de estas chulerías, visto que aún hay otras condiciones muy merecedoras de admiración y solaz. Entre ellas las que exigen la monotonicidad y la convexidad de las preferencias. Por si fuese poco, hay dos tipos: la simple convexidad y la estricta convexidad. Para no hablar de un montón de virguerías inventadas para que la teoría –que hace agua por todas partes– no se derrumbe al primer cuestionamiento (entre ellas la de los rendimientos decrecientes…).

Cumplidas las condiciones descritas, las fuerzas anónimas del mercado hacen converger los precios propuestos hacia un precio único (curiosamente, nadie compra ni vende hasta que ese precio único aparece…). Ese precio único, llamado ‘precio de equilibrio’ hace coincidir las cantidades ofertadas con las cantidades de la demanda, eliminando así los excedentes y la escasez. No lo digo yo: lo dice la teoría.

“Si el conjunto de los mercados de bienes y de factores de producción reuniesen esas condiciones, el sistema funcionaría en un estado de equilibrio general conforme un óptimo económico. En efecto, en un tal estado la sociedad asigna sus recursos del modo mas eficiente posible: los compradores afectan sus presupuestos a los gastos que les procuran un máximo de satisfacción; los recursos en trabajo y en capital movilizados para la producción se desplazan de los mercados excedentarios (precio a la baja) hacia los mercados de escasez (precios en alza). En el equilibrio nadie desea modificar sus decisiones. La oferta total se ajusta en función de las señales que envían los precios.”

Colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Eso estudian los economistas. Peor aun, adoptan lo que precede como dogma de fe y por eso son como son. No les queda sino transformarse en sicarios del gran capital, salvo muy honrosas excepciones.

Si la realidad muestra otra cosa, se empeñan en conformar la realidad a sus teorías: es la realidad la que se equivoca como dijo el premio Nobel de economía 1982, el inolvidable Georges Stiegler. He aquí un ejemplo.

La Unión Europea impone el ‘libre mercado’ y la ‘libre competencia sin trabas y sin sesgos’ porque eso pusieron en la Constitución de la UE (que rechazaron en un plebiscito los franceses y los holandeses, pero… ¿a quien le importa?).

Francia disponía de la electricidad más abundante y mas barata de Europa, gracias a que Charles de Gaulle decidió desarrollar centrales atómicas. Así, más de un 70% de la electricidad producida proviene de 56 reactores nucleares de diferencia potencia. Francia exportaba electricidad, y el Estado recibía cada año una suma colosal para sus presupuestos.

Pero… la UE obligó a privatizar EDF con el objeto de introducir la ‘libre competencia’ para bajar los precios (sic). Entonces comenzaron los problemas. El precio de la electricidad subió que es un primor. Por ejemplo, a principios del año 2021 el precio del MWh era de 50 euros, y en diciembre del mismo año el MWh llegó a 222 euros: un aumento del 444%. ¿No es lindo el libre mercado?

Un organismo especializado informa:

“El precio de la electricidad evoluciona en Francia dos veces al año, ¡y está en alza constante desde hace más de 10 años! Esas evoluciones (subidas de precio) pesan mucho en la factura energética de los hogares: en promedio 90 euros más por mes desde 2017 y la tendencia no debiese cambiar.”

Lo curioso es que en Francia solo hay un generador de electricidad, la compañía EDF, que fue pública y que privatizaron. Para generar ‘libre competencia’ obligaron a EDF a venderle electricidad a voraces empresas privadas que no generan un cuesco, ni tienen red de distribución. Justo el nombre y el servicio de facturación.

EDF, por fuerza, debe venderles la electricidad a precio de costo, perdiendo miles de millones de euros cada año. Tales ‘empresas’ le revenden luego la energía a los hogares, obteniendo una jugosa comisión. Es notable que incluso la red de distribución era (y es) pública, pero es puesta al servicio de estos tiburones.

Gracias a la ‘libre competencia’ la electricidad llega a precios indecentes que millones de hogares no pueden pagar. Mejor aun: la misión de EDF cambió: de herramienta del desarrollo industrial de Francia se transformó en generadora de lucro. Para obtenerlo no hubo nuevas inversiones, y el mantenimiento de las centrales nucleares, digan lo que digan, se hizo a la chilena. Hoy en día, 32 reactores, de los 56 existentes, están parados por fallas técnicas. EDF ostenta pérdidas colosales, razón por la que el Estado, o sea Emmanuel Macron, un liberal dogmático, decidió renacionalizar EDF. Para pagar los arreglos, desmontar las centrales vetustas, construir nuevas, y equilibrar las cuentas. ¿Quién pagará? Nosotros, los consumidores que alguna vez fuimos ciudadanos. La eficiencia del ‘libre mercado’ es asombrosa…

Mientras tanto Francia carece de la cantidad de energía eléctrica necesaria para el consumo cotidiano, hogares y empresas incluidos. La sequía redujo la generación hidráulica y obliga a las centrales nucleares aun en servicio a disminuir la refrigeración de los reactores, creando un problema mayor en las aguas de los ríos y poniendo en peligro la fauna y la flora.

Todo esto se vio venir hace mas de una década, cuando el dogma del ‘libre mercado’ impuso las privatizaciones y la ‘libre competencia’. Pero el dogma es el dogma.

Entretanto… ¿cuál es el comportamiento de los ‘competidores’ de EDF? Le aconsejan a sus consumidores cambiar de proveedor y anular sus contratos. No es broma: ¡he aquí eminentes empresas que no quieren conservar sus clientes!

“Iberdrola (empresa española), le aconseja a sus clientes que llegan a fin del contrato (unos 10 mil particulares) buscar otro proveedor, porque no pueden impedir la explosión de las tarifas.” Si prolongamos los contratos dice Iberdrola, “estaríamos obligados a repercutir el alza de tarifas de la electricidad que es astronómica…”

Ohm Energies dice lo mismo. OHM Energies despide a sus clientes y les recuerda “que pueden anular sus contratos en cualquier momento durante un plazo de tres meses”.

Lo cierto es que estos ‘competidores’ que no producen nada empiezan a perder dinero, y la libre competencia ya no les interesa.

Ahora, compara este mercado real con el que inmortalizó Walras, ese que adoran los economistas, y dime: ¿en qué se parecen? En nada. El discurso de los ‘expertos’ no es sino una estafa más en un mundo en el que la estafa misma es un mercado.

La prensa europea, que le echa la culpa de todo a Putin y a Rusia aun cuando este desastre comenzó hace cinco décadas, informa:

“Electricidad: los elevados precios aceleran el desastre de los proveedores alternativos”
“Diez veces más elevados que hace tres años, los precios de la electricidad no le permiten a los pequeños proveedores ser competitivos.”

¿Cómo pueden ser competitivos estos ‘pequeños proveedores’ que no producen un KWh de energía y se limitan a especular con la producción de la empresa que fue nacional?

La Teoría del Equilibrio General, la eficiente asignación de recursos que ofrece el mercado, los precios de equilibrio, todo eso se fue al diablo. Nadie invierte en este mercado de escasez en el que los precios suben de manera “astronómica”. La prensa se limita a constatar:

“Las ofertas bajaron fuertemente estos últimos meses y cada vez mas distribuidores le aconsejan a sus clientes regresar con EDF”.

Desde luego sabíamos todo esto desde hace 50 años. Pero al neoliberalismo solo le interesa el saqueo de la riqueza de cada país y la de sus ciudadanos. Lo demás, todas las estúpidas teorías, sirven apenas para disfrazar la estafa.

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