Chile. Plebiscito. La operación fue un éxito. Único detalle: murió el paciente

Por el momento solo quisiera comprender cómo es posible que tantos hombres, tantas aldeas, tantas ciudades, tantas naciones, soporten a veces un tirano aislado que no tiene sino el poder que ellos le dan, que solo puede dañarles en la medida que quieran soportarlo, y que no podría hacerles ningún mal si no prefiriesen aceptarle todo antes que contradecirlo.
(Étienne de la Boétie. Discurso de la Servidumbre Voluntaria. 1547)

Por Luis Casado

La significativa mayoría alcanzada por el Rechazo a la Nueva Constitución generó estupefacción, lo que no deja de ser estupefaciente. La incomprensión general se manifiesta de diversos modos, entre los cuales el cabreo no es el menos frecuente.

Desafortunadamente, ni el cabreo ni la incomprensión pueden sernos de utilidad a la hora de responder a la célebre cuestión planteada por Vladimir Ilich Ulianov: ¿Qué hacer?

De ahí que ofrecer una interpretación, arrojar alguna lucecilla que aclare la oscuridad del túnel, encender la candela que le evite a los pringaos seguir pisando la mierda en la que viven y caminan… sea obra útil.

Tony Blair solía decir: “la memoria de la opinión pública no dura más de ocho días”, lo que desafortunadamente aparece como una verdad incontrovertible. Chile vive una realidad que es el producto de medio siglo de crímenes e infamias. Tiempo prolongado que ha tenido la virtud de desdibujar la cuestión de fondo, –vivida cotidianamente no obstante–, sustituida por una decisión a propósito de un texto cuya principal característica consiste en que nunca fue puesto en práctica, y que por ende solo podía evocar ilusiones oníricas o bien temores de insomnio.

La pregunta del millón es de una sencillez bíblica: ¿Cuál es la cuestión de tensiona la vida pública desde hace pronto cincuenta años? Las reglas de la vida en sociedad, codificadas como conviene en las sociedades modernas en una Carta Magna llamada Constitución. Texto que en lo que conocemos como ‘democracia’ es, o debiese ser, redactado y aprobado por la ciudadanía, derecho inalienable que la Historia se encargó de denominar Soberanía del Pueblo.

Lo que envenena el cuerpo social es precisamente un Constitución impuesta en dictadura, redactada por un puñado de maleantes intelectuales al servicio de los poderosos que saquean las riquezas del país, explotan a su población y destruyen el ecosistema. Esa es la cuestión de fondo.

¿Cuál fue la pregunta del plebiscito? Esa a la cual cada elector debía responder en consciencia. Hela aquí:

«¿Aprueba usted el texto de Nueva Constitución propuesto por la Convención Constitucional?»

La Constitución en vigor, la mal parida, sigue allí, nadie pregunta nada al respecto, nadie debe pronunciarse en cuanto a su derogación simple y pura, a su eliminación como desecho de una mala digestión, así fuese solo por la impudicia de su origen, para no hablar de sus atroces consecuencias para la inmensa mayoría del país. ¿Acaso no fue eso lo que millones de chilenos salieron a rechazar a las calles obligando a la costra política parasitaria a reaccionar?

Pueden decir lo que quieran, la ilegitimidad del sistema institucional en vigor fue y es razón necesaria y suficiente para borrar de una pluma, como ilegal e inaceptable, todo lo obrado en ese ámbito por la dictadura y más tarde por los traidores a la democracia.

Sin embargo, todos, de Aylwin a Boric, acompañados de sus respectivos secuaces, aceptaron que la “evolución institucional” debía tener lugar en el marco y en los límites de lo decidido por la dictadura.

Todo, incluyendo las leyes electorales y sus curiosas modificaciones, se hizo al amparo y bajo la inspiración del genio de Jaime Guzmán, ese que se auto felicitaba de haber excretado un texto que, sea quien sea que esté en el gobierno, “le obligará a hacer lo que nosotros queremos”.

Luego, como en las caricaturas del deporte tarifado, se modifican las reglas, o se mantienen, en función de la conservación estricta de los intereses de quien debe ganar la competición de cualquier modo.

A nadie le pasó por la cabeza, sumidos como estaban en la repartición del pillaje, la idea de “borrón y cuenta nueva”. Plebiscitos van y plebiscitos vienen, la Constitución de la Dictadura sigue incólume, algo defecada por la incontinencia de Ricardo Lagos, pero sigue siendo ella misma en lo esencial.

¿Ocurrió algo parecido en la Alemania de la pos guerra? ¿Siguió en vigor la institucionalidad nazi mientras se reconstruía un modelo democrático?

¿Ocurrió algo parecido en la Francia liberada? ¿Siguieron en vigor las leyes promulgadas por los traidores colaboracionistas de Vichy mientras se reconstruía la República?

Chile es el único país del mundo en el que el agua y el mar fueron privatizados, y la evolución institucional se hace al abrigo, ¡y qué abrigo!, de las reglas de una dictadura.

Separar por años la masiva movilización popular de las decisiones que la nación exige no fue sino un expediente destinado a poner paños fríos y darse el tiempo de idear la congelación institucional.

Quienes concurrieron al Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución eran conscientes de estar usando lo que George Orwell llamó la Novlengua en su célebre libro “1984”. En esa lengua los étimos están invertidos. Paz quiere decir Guerra. Justicia quiere decir Arbitrariedad.

Toda la costra política parasitaria, deseosa de conservar la teta que es su privilegio vital, aplaudió hasta con las orejas. Y de ahí en adelante puso todo su empeño en hacerle perder toda credibilidad a la opción que ella misma impuso como una trampa: la Convención Constitucional.

Habida cuenta de las reglas electorales, disponían allí de la quinta columna necesaria, sin contar con las salidas de madre de quienes confundieron la Convención Constitucional con el Génesis de la Biblia.

No hacía falta mucho más para obtener el resultado constatado el 4 de septiembre. Los analistas más pedestres, junto con proclamar su eminente indignación, usando un expresión idiomática castiza muy común, decretaron que al pueblo de Chile le gusta que le den por el culo.

Sin mencionar siquiera que, desde diciembre de 1989, época en la que ‘regresamos a la democracia’ con la elección de Aylwin, todo, incluyendo los medios de comunicación masiva y la costra política parasitaria tarifada, concurre día a día a la adoración y a la divinización del modelo.

Caricaturalmente, ese lavado de cerebro busca transformar a los chilenos en una suerte de idealización del fenicio del siglo XI… La igualdad de oportunidades fue proclamada, todos podemos ser Luksic. La igualdad de oportunidades es lo que promete la Lotería: todos pueden ganar. En la realidad siempre gana uno solo. Y cuando se hace trampa en la Lotería…

Para la abrumadora mayoría del pueblo de Chile toda esta payasada se resume a la humorada que me comentó mi amigo argentino nacido en Uruguay, el eminente músico Julio César Pardo, autor del Gran Tango para Fagot y Orquesta:

“La operación fue un éxito. Único detalle: murió el paciente”.

Era lo que buscaban.

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