Economía crítica y crítica a la economía: Bernard Maris… ¡Despierta! Se volvieron locos

Por Luis Casado

En más de una ocasión le he rendido homenaje a quien fue, involuntariamente, mi mentor en Economía, el gran Bernard Maris. Su libro “Carta abierta a los gurús de la economía que creen que somos imbéciles” debiese ser de lectura obligada en Harvard y en Chicago, gracias a lo cual no habría economistas pelotudos y el mundo iría mejor.

La lectura de Maris permite desenredar el enredo. Si empujas el vicio hasta leer a Frédéric Lordon e incluso a Jacques Sapir, todo el edificio teórico de la economía estándar, –esa que justifica la miseria, el hambre y la escasez de los pringaos, y la riqueza, el hartazgo y la abundancia de los privilegiados– se derrumba como un castillo de naipes marcados.

Así supe que para la teoría económica estándar el tiempo no existe, o bien que cuando hay contradicción entre la teoría y la realidad es la realidad la que se equivoca (George Stigler, premio Nobel de Economía 1882), y caleta de otras virguerías apañadas, como por ejemplo que los monopolios y los carteles no existen, para no hablar del carácter ontológico de la información por excelencia: los precios.

Si como la inmensa mayoría de los economistas no sabes nada de economía, no te inquietes. En Electricidad puedes deducir todo el encatrado teórico a partir de la fórmula u=R*i: basta con darse el trabajo. En Economía solo debes conocer la Ley de la Oferta y la Demanda (si los precios suben la Oferta sube, si los precios bajan sube la Demanda) y saber que toda intervención externa al mercado es caca. Apréndetelo de memoria y exígele tu diploma a la Universidad de Chile, o a la Católica, a Harvard o a la London School of Economics, ahorrándote años de estudios inútiles y el billete que cuestan.

Los dogmas mencionados desaparecieron en combate, en medio de la crisis fresquita del día de ayer y las ominosas amenazas de estanflación confirmadas por los bancos centrales para el día de mañana.

Un elemento mayor del desastre en que estamos inmersos tiene que ver con la celebérrima Ley de la Oferta y la Demanda en el ámbito de la energía. Su escasez, generada por la incuria, la incompetencia y la irresponsabilidad de gobiernos ineptos e inaptos, llevó al G7 –grupo que reúne a los siete países más importantes del planeta según ellos mismos, a saber: Alemania, Canadá, Francia, Italia, Japón, Reino Unido y los EEUU–, a ponerle techo al precio de la energía, por cojones. Así como lo lees. Ya no es la Ley de la Oferta y la Demanda la que fija los precios, sino siete mandamases del género cantamañanas que ni siquiera tuvieron la delicadeza de informarle al FMI, ni al Banco Mundial, ni a Harvard, ni a la London School of Economics, que derogaron la Ley dejando empelotas a los economistas boludos, o sea a los economistas.

El economista suizo Michel Santi anunció la buena nueva el 13 de septiembre pasado, del modo que sigue:

“La limitación de los precios del petróleo decidida hace algunos días por el G7 es una medida original, inédita, que tenemos que tomar muy en serio.»

Yo tomé en serio a Michel, al punto de publicar algunas de sus notas. Canto pues la palinodia y reconozco que este mamífero no es sino otro economista. Osa afirmar que la medida, –que envía a los círculos octavo y noveno (Fraude y Traición) del infierno la teoría económica–, es original e inédita. Ni lo uno, ni lo otro. ¿Hace falta dar ejemplos para probarlo? No contento con hacerse responsable de esta patochada, Michel abunda en la bobería:

“Los países miembros de este club exclusivo rehusarán pues comprarle su petróleo a Rusia a un precio que supere un cierto nivel que será fijado ulteriormente. Rusia podría adelantarse y rehusar venderle petróleo a naciones que juzga hostiles. No obstante tenemos que descartar inmediatamente esta hipótesis porque los ingresos ligados al petróleo representaron en los últimos años hasta 40% de los ingresos del Kremlin”.

Sin embargo Rusia no dijo nada. Fue Noruega, país miembro de la UE, ahora principal proveedor de energía en Europa, el primero en declarar que la limitación del precio del petróleo se la podían meter en los fundillos: “Eso no resolverá la cuestión de fondo –dijo Jonas Gahr Støre, primer ministro noruego– que consiste en que no tenemos suficiente energía”.

Lo que me lleva a considerar que la teoría que condena toda intervención externa al libre mercado, incluso cuando dicha intervención tiene por objeto corregir los defectos del libre mercado, no es tan asopada.

Una de las principales razones del desastre energético que puso a los países de la UE al borde de la apoplejía tiene que ver con la “organización del mercado de la energía” que obligó a introducir el libre mercado en países que no tenían ningún problema. Habida cuenta de los resultados (los ‘libres competidores’ cobran hasta trece veces el precio de costo de la energía que revenden), la UE se propone modificar “la organización del libre mercado”. ¿Alguien me sigue?

De modo que el otro principio fundador de la libre competencia, ese que declara que “toda intervención externa al mercado es caca”, también se fue a las pailas, por culpa de los libremercadistas.

Lo curioso es que Bernard Maris previó toda esta payasada y publicó su libro hace 20 años, aseverando en ese momento (2003) que la teoría económica estaba muerta desde hacía al menos 30. Hace pues medio siglo que la teoría del libre mercado quedó como lo que es, una estafa, gracias a la obra de numerosos economistas libremercadistas –Sonnenschein, Mantel, Debreu, Nash y muchos otros– que intentando probar la muy mentada TEG probaron exactamente lo contrario.

Si mañana por la mañana escuchas en la radio, o lees en la prensa, que la inflación y la recesión perduran y nos llevan a un abismo de proporciones… piensa un instante en Bernard Maris, asesinado a tiros por integristas islámicos en París, en lo de Charlie Hebdo, el 7 de enero del 2015.

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