Vaticano, autoritarismo y antisemitismo (VII)

Por Felipe Portales

Al asumir Eugenio Pacelli como Pío XII en marzo de 1939, no sólo dejó completamente en el olvido la crítica al racismo y antisemitismo nazi formulada en el proyecto de encíclica Humanis generis unitas; sino que le envió un caluroso saludo a Hitler (ver John Cornwell.- El Papa de Hitler. La verdadera historia de Pío XII; Planeta, Barcelona, 2005; p. 235); y para el 50° cumpleaños del dictador nazi (20 de abril) le encargó a su nuncio en Alemania, Cesare Orsenigo, que “congratulara al Führer cálida y públicamente” (Michael Phayer.- The Catholic Church and the Holocaust 1930-1965; Indiana University Press, Bloomington, 2000; p. 45).

Además, en el mismo abril, levantó la prohibición de 1926 de Pío XI respecto de Action Francaise, movimiento católico ultraderechista francés que en los años 30, actuando de facto, “perpetuó el antisemitismo con gran éxito, particularmente en los sacerdotes mayores” (Ibid.; p. 12).

Pero la principal diferencia con Pío XI no estuvo en el mayor o menor antisemitismo, sino en el profundo progermanismo de Pío XII, combinado con –todo indica- una obsesión narcisista de que él podría convertirse en un efectivo mediador entre los nazis y los anglosajones. El hecho es que Pío XII no formuló ni la más mínima condena de la genocida invasión de Alemania a Polonia que provocó la segunda guerra mundial y que estaba destinada a eliminar la católica nación polaca. Esto pese a la indignación del episcopado polaco por dicho silencio que llevó al cardenal primado de Polonia, August Hlond, a manifestar que él dudaba “que era la voluntad de Dios que las atrocidades y las medidas anticristianas (de los nazis) fueran pasadas en silencio” (Ibid.; p. 23). Y pese a que la agresión alemana a Polonia se combinó con una invasión del este de Polonia ¡por la Unión Soviética!, cuya extensión era considerada por el antisemitismo católico (y laico) de la época como el más eficaz instrumento para la dominación mundial de los judíos y la destrucción de la cristiandad…

Todo ello llevó a concluir al sacerdote e historiador, John Morley, que si Pío XII “se negó a actuar” a favor de los polacos, “luego a fortiori, los judíos, no importando cuanto peor serían sus tribulaciones, difícilmente podían esperar que hiciese algo por ellos” (Vatican Diplomacy and the Jews during the Holocaust; Ktav Publishing House, New York, 1980; p. 146). Tampoco hubo condena pública alguna del Vaticano cuando Hitler invadió Bélgica, Holanda y Luxemburgo en mayo de 1940, pese a la presión en este sentido de Paris y Londres (ver Cornwell; pp. 271-2). Esto último, a su vez, condujo al cardenal francés de la Curia, Eugene Tisserant, a enviarle una carta al cardenal arzobispo de Paris, Emmanuel Suhard, en junio de 1940 (hecha pública solo en 1964), en que le decía: “Temo que en el futuro la historia le reprochará a la Santa Sede haber seguido una política de conveniencia para su propio y exclusivo beneficio, y poco más” (Carlo Falconi.- The Popes in the  Twentieth Century. From Pious X to John XXIII; Little Brown and Company, Boston, 1967; p. 261).

Luego del silencio respecto de Polonia, fue también tremendamente impactante y reveladora la actitud vaticana respecto de Croacia, Estado creado en abril de 1941, luego de la invasión alemana de Yugoslavia y dirigido por los ustachas, movimiento fascista “católico” que provocó un verdadero genocidio de serbios, judíos y gitanos. ¡Nunca recibió una crítica pública de las autoridades vaticanas! Por el contrario, en mayo de 1941, el arzobispo de Zagreb, Aloysius Stepinac, le consiguió al jefe de gobierno ustacha, Ante Pavelic, una audiencia con Pío XII, y en ella el Estado croata recibió “el reconocimiento de facto de la Santa Sede. Ramiro Marcone, abad del monasterio benedictino de Montevergine, fue nombrado inmediatamente delegado Apostólico en Zagreb” (Cornwell; p. 282). Y los nexos de la Curia vaticana con el gobierno croata los llevaron adelante los obispos Domenico Tardini y Juan Bautista Montini (futuro Pablo VI).

La ofensiva genocida ustacha se efectuó desde un principio, ya que la resistencia yugoslava a la invasión alemana no tuvo pausa. De este modo, según recuentos de 1999, “487.000 serbios ortodoxos y 27.000 gitanos fueron asesinados entre 1941 y 1945 (…) Además de ellos, murieron unos 30.000 de los 45.000 judíos: de 20.000 a 25.000 en los campos de la muerte ustachas y otros 7.000 deportados a las cámaras de gas” (Ibid.; 283). Asimismo a los serbios sobrevivientes se los bautizó forzadamente o se los expulsó del país. Incluso, “sacerdotes, siempre franciscanos, participaron activamente en las masacres. Muchos de ellos se paseaban armados y llevaban a cabo con extraordinario celo sus acciones asesinas (…) Otros franciscanos mataron, prendieron fuego a casas, saquearon pueblos y arrasaron los campos bosnios a la cabeza de bandas ustachas” (Ibid.; p. 284). El peor de todos fue indudablemente Miroslav Filipovic, quien “dirigió el infame campo de concentración de Jasenovac, donde perecieron 40.000 prisioneros serbios y judíos. Entre los cautivos había 24.000 niños, la mitad de los cuales fue asesinada” (Phayer; p. 38). Otros sacerdotes tristemente célebres fueron Bozidas Bralo, jefe de la seguridad de la policía en Sarajevo, y Dyonisy Juricev, que “escribió en el periódico Novi List que ya no podía considerarse pecado matar a niños de siete años” (Ibid.).

A tanto llegó la brutalidad de los ustachas que, a principios de junio de 1941, el general alemán (austríaco), Edmund Glaise-Horstenau, señalaba que “los ustachas se han vuelto locos de furia” (Cornwell; p. 284). Y “en el Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores italiano se guarda registro fotográfico de algunas de esas atrocidades: mujeres con los pechos cortados, ojos reventados, genitales mutilados… así como de los instrumentos de la carnicería: cuchillos, hachas, ganchos de colgar carne” (Ibid.). Además, “los fascistas croatas no hicieron secreta su intención de convertir o matar a los serbios y a los judíos” (Phayer; p. 38). Y el increíble comportamiento del episcopado croata puede constatarse en una larga carta enviada por el arzobispo Stepinac de Zagreb al dictador genocida Pavelic, en el que citaba también opiniones de otros obispos croatas. Primero, le señalaba que “nunca hubo una ocasión tan espléndida como ahora para que ayudemos a Croacia a salvar incontables almas” (Cornwell; p. 285). Y le comentó “entusiastamente las conversiones en masa”. Y como crítica le añadió “que deplora las ‘estrechas opiniones’ de las autoridades que atacan incluso a los convertidos y ‘los cazan como si fueran esclavos’. Señala algunas matanzas conocidas de madres, chicas y niños de menos de ocho años, que llevan a las montañas ‘y arrojan vivos a profundas simas’” (Ibid.). Y que “en la parroquia de Klepca, setecientos cismáticos (serbios ortodoxos) fueron asesinados. El subprefecto de Mostar, señor Bajic, musulmán, declaró públicamente (como empleado del Estado debería refrenar su lengua) que sólo en Ljubina, setecientos cismáticos habían sido arrojados a un foso” (Ibid.; p. 285-6).

Con toda razón, John Cornwell concluye que “la carta revela la fractura moral implícita en el comportamiento de los obispos, que aprovechaban la derrota de Yugoslavia frente a los nazis para incrementar el poder y alcance del catolicismo en los Balcanes. Un obispo tras otro respaldan la promoción de las conversiones, aun concediendo que no tiene sentido arrojar vagones de cismáticos a los pozos de minas abandonadas. La incapacidad de los obispos para distanciarse del régimen, denunciarlo, excomulgar a Pavelic y a sus cómplices, se debía a su deseo de aprovechar las oportunidades ofrecidas por aquella ‘buena ocasión’ para construir una potente base católica en los Balcanes. La misma renuencia a desperdiciar la oportunidad para conseguir una influencia católica en el este predominaba en el Vaticano, y en definitiva en el mismo Pacelli” (p. 286).

Por otro lado, el diplomático de facto vaticano en Zagreb, Ramiro Marcone, informaba reveladoramente respecto de la persecución de los judíos el 23 de agosto de 1941 que aquellos habían sido obligados a usar una estrella amarilla en su vestimenta, agregando: “La mal tolerada insignia y el odio de los croatas hacia ellos, como también las desventajas económicas a que son sometidos, a menudo produce en los judíos el deseo de convertirse a la Iglesia Católica. Motivos sobrenaturales y la silenciosa acción de la gracia divina no pueden excluirse a priori en esto. Nuestro clero facilita su conversión, pensando que al menos sus niños serán educados en escuelas católicas y por lo tanto serán más sinceramente cristianos” (Morley; p. 150)…

El Vaticano mismo ni siquiera reprendió al gobierno “católico” ustacha en privado. A lo más, Juan Bautista Montini (futuro Pablo VI) y Doménico Tardini en conversaciones con diplomáticos croatas “aludían cautelosamente a ello mostrándose convencidos y aliviados por los desmentidos que recibían” (Falconi; p. 260). Así, por ejemplo, en marzo de 1942, Montini preguntó explícitamente sobre los rumores del exterminio de serbios por Pavelic al representante croata en el Vaticano: “¿Es posible que estas atrocidades hayan sucedido? ‘Mentiras y propaganda’ le contestó (…) a lo que Montini le replicó que él había visto las acusaciones con ‘considerable reserva” (Phayer; p. 37). ¿Podía creer Montini que, si efectivamente el gobierno croata era criminal, le iba a reconocer sus crímenes?…

Entre todos los líderes de la Curia, “sólo uno tuvo tormentosos encuentros con representantes ustachas y se atrevió a acusar a su gobierno de estos crímenes medievales que marcaron a la católica Croacia con una mancha indeleble (…) y ese fue el cardenal Tisserant” (Falconi; p. 260). Incluso, poco después de la guerra, Tisserant reconoció oficialmente que la Santa Sede “tenía una lista de sacerdotes que participaron en las atrocidades y que castigaremos a su debido tiempo para limpiar nuestra conciencia de la sangre con que nos mancharon” (Phayer; p. 38). Aunque no se ha sabido que aquello haya tenido lugar…

Es cierto que el arzobispo Stepinac y la mayoría de los obispos siempre le pidieron “moderación” a Pavelic. Incluso, en la primavera de 1942, Stepinac dijo públicamente que ‘estaba prohibido exterminar a gitanos y judíos porque se los considere de raza inferior’” (Ibid.; p. 85); y “en julio y octubre de 1943 Stepinac condenó los asesinatos por motivos raciales explícita y francamente” y “sus denuncias fueron leídas en los púlpitos a lo largo del territorio” (Ibid.; p. 46). Sin embargo, Stepinac (ni el Vaticano) “nunca cortó sus vínculos con el régimen fascista” (Ibid.; p. 85), ni mucho menos lo condenó, por lo que el genocida régimen de Pavelic siguió considerándose frente al mundo como “católico”.

Lo anterior es lo que lleva a concluir a John Morley que el récord del Vaticano en Croacia es “particularmente vergonzoso”, porque Croacia “era un Estado que orgullosamente proclamó su tradición católica y cuyos líderes se describían a sí mismos como fieles a la Iglesia y al Papa” (p. 165).

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