Chile. Secuestro de Soberanía: SS

Por Luis Casado

“La democracia es el gobierno del pueblo que ejerce su soberanía sin ningún impedimento.”
Charles de Gaulle.

“El pueblo tiene la palabra. La palabra del pueblo es la palabra del soberano.”
Charles de Gaulle.

Los materialistas tenemos por verdad revelada que las leyes, comenzando por la Constitución, no son sino el reflejo jurídico de un estado de dominación de clase.

Así, la monarquía concentra lo esencial del poder en un individuo, encarnación de la nación y del Estado, benefactor de la sociedad y poseedor -ex qualitès- de todas las aptitudes, facultades, capacidades y atributos necesarios para conducir los destinos de millones de súbditos cuyos deberes se resumen en la obligación de obediencia y lealtad al Soberano.

El monarca, -el Soberano-, se rodea de un areópago de notables, expertos y privilegiados cuya tarea consiste mayormente en servir de correa de transmisión para el funcionamiento del sistema, a cambio de una serie latrocinios y pillajes diversos y variados que constituyen su generosa remuneración.

Nicolas Fouquet, marqués de Belle-Île, vizconde de Melun y de Vaux, fue el Superintendente de Finanzas de Louis XIV. En esa época el equivalente de nuestro ministro de Finanzas (Hacienda) tenía tanto poder y metía tanto la mano en la caja que era considerado una suerte de virrey. Todos los Superintendentes de Finanzas atesoraron inmensas fortunas y vivieron en inimaginables residencias de ensueño como retribución a sus desvelos por las cuentas de la monarquía.

Excepto Fouquet, que exageró al punto de incomodar a Louis XIV quien, en el ejercicio de su ilimitado poder le hizo arrestar, condenar y encarcelar en las peores prisiones del reino. Fouquet murió en la muy fría fortaleza de Pignerol, en los Alpes, dizque envenenado en razón de una salud jodidamente sólida. El poder del rey era omnímodo.

La Revolución Francesa le puso fin a tanto desmadre desplazando a la aristocracia, clase parasitaria cuyo poder era de origen divino, y llevando al poder a la clase social que se ocupa de los negocios en un sentido panorámico.

Las leyes evolucionaron, comenzando por la Constitución. Visto que Dios no era invocable como origen del nuevo poder, surgió una idea apañada: la fuente del poder es la voluntad del pueblo expresada por medio del voto popular, universal y secreto.

Dicho así parece cosa de magia. No obstante, los nuevos amos se empeñaron desde el inicio en limitar la significación de los términos “popular y universal”.

Así, para votar había que ser poseedor de un cierto patrimonio: es lo que se llamó el sufragio censitario. Los pobres no votaban. Las mujeres tampoco: en esa época el hombre sabía lo que les convenía. Para mayor seguridad, límites de edad juiciosamente calculados dejaron a los jóvenes afuera. La Constitución y las leyes, una vez más, tradujeron jurídicamente los intereses de quienes manejaban el palito del emboque.

De ahí en adelante la lucha por la democracia -o sea por el poder del pueblo- buscó ampliar el derecho a voto a las más amplias capas de la población. No obstante, la democracia representativa se encargó de fijarle límites a los eventuales “representantes” populares: para ser candidato había que reunir una serie de cualidades de edad, de patrimonio, de educación, de residencia, de apoyo de notables y otras virguerías no menos eficaces.

De ese modo la Francia de la primera mitad del siglo XX había logrado establecer un régimen político en el que hacía su agosto un florilegio de partidos políticos de utilería, mediante el astuto expediente de definir grupos de notables cuya ciencia infusa les garantizaba la exclusividad del debate, la redacción e incluso el voto de numerosas leyes, incluyendo aquellas de dominio Constitucional.

Colegios electorales ad-hoc, definidos según las necesidades específicas de los privilegiados y los consejos de los “expertos”, determinaban la vida jurídica, legislativa, económica y social de la nación.

La Historia recuerda las III y IV Repúblicas como regímenes parlamentarios en los que prevaleció la inestabilidad política, el mangoneo de partidos sin base real, acuerdos espurios y presidentes mediocres, sin voluntad política y prestos a satisfacer cualquier capricho de los operadores parlamentarios, a tal punto que se ganaron con creces el apelativo de “pot de fleurs” o -traducido libremente al castellano- “paquete de claveles”.

Cuando el nazismo invadió Francia, el Parlamento cometió uno de los peores crímenes de los que se tenga memoria: 569 diputados (85% del Parlamento) le votaron los plenos poderes al mariscal Pétain, que llegó a colaborar con el invasor sin haber recibido ni un solo voto popular. Un puñado de dignos parlamentarios rehusó la canallada: 80 de entre ellos (12% del Parlamento) votó en contra.

De ahí en adelante Francia existió en el combate del General Charles de Gaulle (que había ganado tres batallas en la guerra contra el invasor…) y en la Resistencia del interior. A la Liberación Charles de Gaulle se apresuró en cambiar la Constitución con un eminente objetivo: la plena participación del pueblo francés. Charles de Gaulle fue el principal defensor de la República y el garante de la democracia y la soberanía de la Nación.

Sus peores enemigos estuvieron en la clase política parasitaria francesa, entre los notables, y en el ejército que fue hasta organizar un atentado terrorista en las inmediaciones de París. Militares armados con fusiles ametralladora le dispararon a su automóvil en un lugar llamado Petit-Clamart.

Él mismo, su esposa y su yerno, -un oficial del ejército-, salvaron la vida gracias a la diligencia del chofer del auto que aceleró hasta llegar a una base aérea en la que encontró refugio. Decenas de disparos destrozaron el vehículo, un DS, sin tocar a sus pasajeros.

Cuando en la chacota constitucional chilena se evocan los límites que imponen los poderes fácticos -cívicos y militares- la memoria de Charles de Gaulle les pone en el sitial que se merecen: el de payasos irresolutos que solo buscan sobrevivir y resguardar sus mezquinos intereses en medio de una repartija indecente.

Charles de Gaulle nunca aceptó limitar la participación del pueblo francés, y determinó que la decisión relativa a la Constitución de la V República debía ser votada mediante referendo, contrariamente a la vía parlamentaria -la de los “expertos”- que defendían los micro-partidos políticos indignos.

La idea central que presidió la visión de De Gaulle fue muy sencilla: sólo la fusión de la voluntad del pueblo de Francia con los líderes que él mismo designa puede garantizar la independencia y la grandeza del país.

Alguna vez le dijo a su ministro Alain Peyrefitte:

“Los franceses fueron desposeídos de su soberanía por el Parlamento. Ahora podrán saltar por encima de los intermediarios abusivos, por encima de los notables”.

Para ello, precisó:

“No hay que ser hábil, hay que ser claro y ofensivo”.

Charles de Gaulle tenía claro que las leyes, comenzando por la Constitución, no son sino el reflejo jurídico de un estado de dominación de clase.

Sin embargo, sin traicionar a su propia clase social pensó en el destino de todo un país, en la grandeza de Francia y en la necesidad de darle estabilidad política a largo plazo, en los intereses de cada cual, en la necesidad de unir al pueblo rechazando dividirlo para reinar.

Lo contrario es lo que hemos llamado un Secuestro de Soberanía, que como los Sicherheitsdienst del régimen nazi tiene las iniciales SS.

La pretensión de un grupito de iluminados de arrogarse la exclusividad del debate constitucional no es sino neofascismo disfrazado.

Prevenidos quedamos.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s