Milei y los “austriacos”, fascismo y dictaduras

Por Rolando Astarita

En repetidas oportunidades organizaciones de izquierda han destacado la relación, amistosa y colaborativa, de Javier Milei y su partido La Libertad Avanza (LLA) con defensores o incluso partícipes de la dictadura de Videla. Hay muchas evidencias de esa relación. Por ejemplo, la participación en el bloque legislativo de LLA de Victoria Villarruel, quien niega el terrorismo de Estado durante la última dictadura militar. O el papel de Milei como asesor del ex general Antonio Bussi, cuando este estuvo en el Congreso nacional. Asimismo, se ha señalado el apoyo de Friedrich Hayek (adalid austriaco de la “libertad”) a la dictadura de Pinochet.

Los partidarios de la escuela austriaca, sin embargo, niegan que Hayek haya apoyado al dictador chileno (véase aquí). Y más en general, sostienen que la escuela austriaca nunca apoyó o justificó dictaduras o regímenes de tipo fascista. Pero esto parece difícil de sostener a la luz de los hechos históricos y de los mismos textos que dejaron los referentes de la escuela austriaca.

Von Mises y el fascismo, y el derecho de rebelión

Si bien Mises reconocía que el fascismo era contrario a las ideas liberales, y que su política exterior empujaba al mundo a la guerra, sin embargo lo consideraba necesario, e incluso reivindicable, como reacción al socialismo y el bolchevismo. En Liberalism: A Socio-Economic Exposition, publicado en 1927, escribió:

“No se puede negar que el fascismo y movimientos similares que apuntan al establecimiento de dictaduras están llenos de las mejores intenciones y que su intervención ha, por el momento, salvado a la civilización europea.  El mérito que el fascismo por lo tanto ha ganado para sí vivirá eternamente en la historia. Pero si bien esta política ha traído la salvación por el momento, no es del tipo que podría prometer un éxito continuado. El fascismo fue una emergencia provisional [an emergency makeshift]. Verlo como algo más sería un error fatal” (véase aquí; énfasis nuestro).

Pocos años después, Mises fue consejero en el régimen austro-fascista de Engelbert Dollfuss. En 1933 Dollfuss y el derechista Frente Patriótico dieron un golpe de Estado, disolvieron el Parlamento e impusieron un régimen represivo autoritario. En 1934 se estableció un Estado corporativo, imitación del fascismo italiano. El régimen suprimió el laicismo en la enseñanza; destruyó a los sindicatos; y prohibió a varios partidos políticos. Todo lo cual no constituyó impedimento para que Mises fuera economista jefe de la Cámara de Comercio de Austria y consejero de Dollfuss, hasta que este fue asesinado en julio de 1934. Mises era judío y posteriormente tuvo que escapar del nazismo. Pero esta colaboración con el régimen de Dollfuss, y su reivindicación del fascismo italiano no deberían ser pasadas por alto cuando se hace balance de algunas trayectorias y de la posición de la escuela austriaca frente a dictaduras.

Por otra parte, y en un plano más general y teórico, en La acción humana Mises precisa que “El principio del gobierno mayoritario o gobierno por el pueblo recomendado por el liberalismo no aspira a que prevalezca la masa, el hombre de la calle”, sino a que “los electores confieran el poder a los candidatos más competentes” (p. 181, Unión Editorial, 2011; énfasis nuestro). Pero eso debe lograrse “convenciendo a los conciudadanos y no echando los tanques a la calle”. Sin embargo, se opone al derecho a rebelarse contra las tiranías, “por ilegal e insoportable que la opresión resulte”. Es que una revolución “es invariablemente un acto ilegal que desintegra el orden constitucional establecido”. Por eso, “lo que nunca puede hacerse es promulgar un ‘legal derecho a rebelarse contra la opresión’” (véase p. 348, nota). Como botón de muestra de lo que implica este planteo, preguntémonos cómo se aplica a la sublevación de estos días contra el régimen dictatorial teocrático iraní. O a la resistencia a la opresión de tantas dictaduras y regímenes represivos. Bonita forma de “defender la libertad”.

Hayek y la dictadura de Pinochet

Hayek fue discípulo de von Mises y también destacado referente de la escuela austriaca. Visitó Chile por primera vez en noviembre de 1977, invitado por la Universidad Técnica Federico Santa María. En 1974 había recibido el Premio Nobel y por lo tanto cuando viajó a Chile ya era una figura pública (nos basamos en B. Caldfwell y L. Montes, “Friedrich Hayek y sus dos visitas a Chile”, Estudios Públicos 137, verano 2015, pp. 87-132 aquí).

Durante su visita a Chile, en 1977, Hayek se entrevistó con Pinochet. Al día siguiente El Mercurio (18/11/1977) destacó en primera plana que habían conversado “sobre el tema de la democracia limitada y el gobierno representativo”. Hayek había señalado que la democracia ilimitada “no puede funcionar porque… crea una serie de fuerzas que después destruyen al régimen democrático”. Pinochet se había mostrado muy interesado en la idea y Hayek pidió a su secretaria que le enviara una copia del capítulo “A Model Constitution” de Law, Legislation and Liberty. Por entonces la dictadura estaba elaborando una nueva Constitución. Hayek también alabó la política económica de la dictadura y sostuvo que el costo social era “un mal necesario que rápidamente se va a superar”. Chile, dijo, “constituye un ejemplo a nivel mundial”.

Pocos días después, en una entrevista a la revista Ercilla, sostuvo que la recuperación económica chilena era “extraordinaria”, y que estaba asombrado por el grado de prosperidad que encontraba en el país gracias a la libertad económica. Una afirmación en línea con Friedman y los Chicago Boys que por entonces decían que el mundo estaba asistiendo al “milagro chileno”. El periodista observó que, sin embargo, las tasas de interés en Chile sí eran libres, pero no los salarios y el tipo de cambio. Hayek admitió que no conocía esa circunstancia, y dijo que el tipo de cambio fijo era “muy dañino”. Sin embargo, los salarios no podían ser libres, y eso era lo importante: “El verdadero problema es la fijación de salarios y sueldos. Ninguna economía puede funcionar a no ser que los sueldos y salarios estén equilibrados”. Es que si los salarios son inflexibles (a la baja) “se transforman en un obstáculo para el buen funcionamiento del mercado”.

Después de esa primera visita a Chile, Hayek denunció lo que consideraba una campaña internacional de difamación contra el régimen de Pinochet. En un artículo publicado en 1978 en el journal conservador Politische Studien sostuvo que “el régimen de Pinochet es injustamente sometido a una campaña de propaganda negativa”. Y se quejó porque la prensa internacional distorsionaba la realidad “tanto de Chile como de Sudáfrica” (donde crecía la resistencia contra el apartheid y el régimen racista).

Ese mismo año, el 3 de agosto, el diario inglés The Times publicó una nota de Hayek en la que este decía: “En los tiempos modernos ha habido numerosas instancias de gobiernos autoritarios bajo los cuales las libertades democráticas estaban más seguras que bajo las democracias”. Pone como ejemplo la dictadura de Salazar, de Portugal, (en 1962 había enviado al dictador portugués un ejemplar de Los fundamentos de la libertad). Sigue la carta al Times: “Más recientemente yo no pude encontrar una solo persona incluso en el muy calumniado Chile que no estuviera de acuerdo en que la libertad personal era mucho mayor bajo Pinochet que lo que lo ha sido bajo Allende”. También pide reflexionar sobre el hecho de que, tal vez con excepción de lo que ocurre en la democracia directa basada en la asamblea de todos los ciudadanos, “una democracia nunca puede crearse sino debe ser el producto de la decisión autoritaria de unos pocos… Después de todo, algunas democracias han sido posibles solo por el poder militar de algunos militares” (véase aquí).

En el mismo sentido, en su segundo viaje a Chile, en un reportaje a El Mercurio, 12 de abril de 1981, declaró que “la democracia necesita de una buena limpieza por un gobierno fuerte”. También: “… prefiero a un dictador liberal y no a un gobierno democrático carente de liberalismo”. Estas posiciones están en sintonía con el planteo de que hay que proteger el orden constitucional “contra los abusos de la democracia” (véase el siguiente apartado). Ese año la Sociedad Mont-Pelerin realizó su congreso en Chile; entre sus miembros había amplio consenso en que la dictadura de Pinochet había salvado a Chile del comunismo y que en lugar de hablar de los derechos humanos había que destacar el progreso económico.

Democracia “a lo Hayek”

La defensa de la dictadura de Pinochet por parte de Hayek debe ponerse en el marco de su enfoque más general. La idea central es que la democracia debe ser limitada, y esencialmente subordinada a la continuidad y buen funcionamiento del mercado y el sistema capitalista. Con este punto de partida, en Los fundamentos de la libertad cuestiona que sea conveniente ampliar siempre y todo lo posible la democracia, y plantea que no es mejora cada extensión del derecho de sufragio universal adulto. “Tampoco resulta obvio que la representación proporcional sea mejor por cuanto parece más democrática. Difícilmente se puede sostener que la igualdad ante la ley requiera necesariamente que los adultos tengan voto” (p. 230, Unión Editorial). También: “Las decisiones de la mayoría nos dicen lo que el pueblo quiere en un determinado momento, pero no lo que le interesaría querer si estuviera mejor informado, y, a menos que tales decisiones pudieran modificarse mediante la persuasión, carecerían de valor” (p. 240). Poco después afirma que si por algo se caracterizan las decisiones de la mayoría es “por la peculiaridad de ser necesariamente inferiores a las decisiones que los miembros más inteligentes del grupo adoptarían tras escuchar todas las opiniones” (p. 242).

Dado que explica la evolución de la sociedad por el progreso de las ideas, y piensa que las ideas nuevas “son generadas por pequeñas minorías que gradualmente convencen a la mayoría”, sostiene que es necesaria “una división de funciones entre quienes se preocupan principalmente de determinadas soluciones y los que se ocupan de ideas generales y de elaborar y reconciliar los diversos principios y acciones que las experiencias pasadas han sugerido” (p. 245). Esta última conformaría así una elite de especialistas, o profesionales, que manejaría las ideas abstractas y determinaría el curso general a seguir. “Tanto el hombre ordinario como el dirigente político obtienen de tales profesionales las concepciones fundamentales que constituyen el encuadre de su pensamiento y guían su acción” (p. 246).

Acorde con esta concepción, en Law, Legislation and Liberty propone la formación de una Asamblea Legislativa que debería poner límites a la Asamblea Gubernamental (encargada de las cuestiones cotidianas), y cuyos miembros solo serían elegibles entre personas de edad madura y que ya se hubieran probado “en los negocios ordinarios de la vida”. Durarían en su cargo 15 años, y se les garantizaría no estar sujetos a la disciplina partidaria. Esto es, una especie de asamblea de “notables” para sostener las tradiciones y creencias “que en las democracias exitosas han restringido, por un largo tiempo, el abuso del poder de la mayoría” (p. 108, vol. 3 Routledge, 1993). Pero aun así, la libertad podría ser suspendida cuando las instituciones fueran amenazadas y se hiciera necesaria la acción común “por el fin supremo de defenderlas o evitar cualquier otro peligro común para la sociedad” (p. 111).

Burke y Hayek

Es claro que Hayek adhería a ideas conservadoras y reaccionarias. Al respecto, su cercanía intelectual con el padre del liberalismo conservador, Edmund Burke, es significativa. Burke era crítico de la Revolución Francesa y sostenía que el Iluminismo había sido un movimiento “destructivo del intelecto humano”. Hayek también criticaba al Iluminismo, hablaba de la quiebra del proyecto racionalista cartesiano de una sociedad gobernada por un proceso de pensamiento consciente, y consideraba a Burke un precursor de su idea del “orden espontáneo” (básicamente, el rechazo de una construcción social racionalmente ordenada por seres humanos libres). Burke y Hayek abogaron por una concepción de la libertad “bajo el imperio de la ley y las reglas”. Ambos fueron defensores de las tradiciones que el Iluminismo criticó por “irracionales” (o consideró plagadas de supersticiones y prejuicios). Para Burke y Hayek la tradición corporizaba la experiencia colectiva de nuestros antecesores y condensaba más conocimiento que el que cualquier persona o grupo de personas pudiera adquirir a lo largo de una vida. Las tradiciones que sobreviven, decía Hayek, fueron transmitidas por una razón, aunque ella pueda ser inaccesible a un intelecto individual (véase L. C. Raeder, 1997, “The Liberalism/Conservatism of Edmund Burke and F. A. Hayek: A Critical Comparison”, Humanitas, vol. X N° 1, National Humanities Institute).

Un planteo que no puede estar más alejado de Marx, para quien “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos” (El dieciocho brumario de Luis Bonaparte). Pero por eso, la crítica tiene como objetivo mover al ser humano “a pensar, obrar y organizar su sociedad como hombre que ha entrado en razón, para que sepa girar en torno a sí mismo y a su yo real” (“Introducción a la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel”). En los austriacos, por el contrario, la preocupación es por mantener las ataduras de la sociedad de clases y al ser humano sometido a fuerzas sociales que no domina. Y a esto le llaman libertad (o libertad negativa). En Marx, la meta es la ruptura con las tradicionales estructuras sociales y políticas opresivas, y la superación de la alienación frente al trabajo y la mercancía. Es una concepción de libertad en sentido positivo, y radical.

Para terminar: el apoyo de Hayek a Pinochet o a Salazar, y antes el de Mises al fascismo, encajan en una concepción globalmente muy reaccionaria. Para esta gente la libertad primordial a defender es la del mercado y la de la propiedad privada del capital. Si estas son amenazadas, se justifican “los remedios de emergencia”, dictaduras y fascismos incluidos. No hay forma de negar estas vinculaciones. Son parte constitutiva de un sistema de pensamiento desarrollado, por décadas, y a través de muchísimos escritos. Agreguemos a Milton Friedman, que no pertenece a la escuela austriaca, pero es otro referente de las ideas de Milei, y también fue defensor y apologista de la dictadura chilena. La cercanía de LLA con un genocida como Bussi no debería asombrarnos.

Para bajar el documento: https://docs.google.com/document/d/1CDLJKxgVY5_VycKeN2ww1dSfPM0YpSSrdkRQ2u1ANlQ/edit?usp=sharing 

Fuente: https://rolandoastarita.blog/2022/12/11/milei-y-los-austriacos-fascismo-y-dictaduras/

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