Por Jorge Galvez*

No fueron las películas de Hollywood quien derrotó al nazismo. No fueron los discursos vacíos de las potencias occidentales. Fue el pueblo soviético, armado de sacrificio, conciencia y heroísmo, quien sostuvo sobre sus hombros el peso principal de la guerra más brutal del siglo XX y aplastó a la maquinaria criminal de la Alemania nazi.
La Gran Guerra Patria fue una lucha por la supervivencia de los pueblos, por la dignidad humana y por el derecho mismo de la civilización a existir. Cuando las divisiones hitlerianas avanzaban sobre Europa, fue la bandera roja de la Unión Soviética la que se convirtió en el muro infranqueable frente al fascismo.
El precio fue inconmensurable, más de 27 millones de soviéticos muertos. Obreros, campesinos, soldados, mujeres, ancianos y niños entregaron su vida en una epopeya que no tiene comparación en la historia moderna. Cada ciudad resistida, cada trinchera defendida, cada fábrica levantada en medio de las ruinas fue una demostración de que un pueblo organizado y consciente puede derrotar incluso a la maquinaria de exterminio más monstruosa jamás creada.
Batalla de Stalingrado marcó el punto de quiebre de la guerra. Allí el Ejército Rojo no solo resistió, destruyó el mito de la invencibilidad nazi. En las calles cubiertas de sangre y nieve, el pueblo soviético cambió el destino de la humanidad. Desde Stalingrado comenzó la gran contraofensiva que terminaría años después con la bandera soviética ondeando sobre Berlín.
La imagen de la bandera roja levantada sobre el Reichstag no fue únicamente una victoria militar. Fue la victoria de los pueblos sobre la barbarie fascista. Fue la demostración de que el nazismo podía ser derrotado. Fue el símbolo más poderoso del siglo XX.
Mientras hoy muchos intentan reescribir la historia, minimizar el papel soviético o presentar la liberación de Europa como obra exclusiva de Occidente, los hechos permanecen intactos. La Unión Soviética abrió los campos de exterminio nazis. La Unión Soviética liberó Europa Oriental. La Unión Soviética destruyó el corazón militar del Tercer Reich. Sin el sacrificio soviético, el mundo actual sería irreconocible.
Si el nazismo hubiera triunfado, Europa habría sido transformada en una gigantesca prisión sometida al terror racial, al exterminio y a la esclavitud. La humanidad entera habría quedado bajo la sombra de un régimen construido sobre el odio y la deshumanización. Que hoy los pueblos puedan conservar su cultura y recordar libremente su historia se debe, en gran medida, al sacrificio del pueblo soviético.
Por eso cada conmemoración del Día de la Victoria en Moscú es un acto de memoria histórica. Es el recuerdo de millones de hombres y mujeres que entregaron todo para detener al fascismo. Es la reafirmación de que la resistencia y la soberanía popular puede cambiar el curso de la historia.
La sangre derramada por la Unión Soviética no pertenece solo al pueblo ruso ni a los pueblos de la antigua URSS. Pertenece a toda la humanidad. Cada trabajador del mundo, cada nación libre, cada pueblo que derrotó al colonialismo y al fascismo carga una deuda moral con aquellos combatientes soviéticos que resistieron en Leningrado, pelearon en Stalingrado y avanzaron hasta Berlín.
Intentar borrar esa verdad histórica es una forma de traición a los millones de mártires de la lucha antifascista.
Y mientras exista memoria, seguirá viva la verdad fundamental de aquella epopeya, la humanidad fue salvada por el sacrificio heroico de la Unión Soviética y del Ejército Rojo.
* Coordinador Nacional del Movimiento Soberanistas y Secretario Político del Partido del Trabajo de Chile
Fotos Conmemoración de los 81 años del Día de la Victoria – Plaza Ñuñoa – Santiago de Chile








Fotos: Pablo Ruiz – http://www.liberacion.cl
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