
Camila Azeñas Uzquiano en “Análisis del proceso insurreccional en Bolivia: Paradoja Señorial, Bloque en el Poder y Potencia de las Masas”, interpreta la crisis política boliviana de 2026 como una crisis orgánica del Estado y de la dominación de clase, utilizando las categorías teóricas de René Zavaleta Mercado, Nicos Poulantzas, Antonio Gramsci y Vladimir Lenin.
La autora sitúa el origen inmediato del conflicto en la promulgación de la Ley 1720, que habría buscado flexibilizar la protección constitucional de la pequeña propiedad campesina en beneficio del agronegocio. Esta medida se sumó a otras decisiones del gobierno de Rodrigo Paz Pereira, como la eliminación del Impuesto a las Grandes Fortunas, el retorno de la DEA, la reducción de subsidios a los combustibles y reformas administrativas consideradas antipopulares. Como respuesta, se desarrolló un amplio ciclo de movilizaciones: bloqueos de carreteras, una marcha indígena desde Pando hasta La Paz, huelgas de hambre, vigilias y un cabildo masivo en El Alto.
El texto sostiene que estos acontecimientos no constituyen una crisis coyuntural de gobierno, sino la expresión de una crisis de hegemonía. Retomando el concepto zavaletiano de sociedad abigarrada, la autora describe a Bolivia como una formación social donde coexisten múltiples temporalidades, identidades y proyectos históricos. En este contexto, el bloque dominante —encabezado por la burguesía agroindustrial cruceña y acompañado por sectores financieros y comerciales— sería incapaz de construir un proyecto nacional capaz de integrar a las mayorías populares.
La autora denomina esta limitación estructural “paradoja señorial”: las élites participan plenamente del capitalismo global, pero conservan una visión excluyente y colonial que les impide ejercer una dirección política legítima sobre el conjunto de la sociedad. Por ello, cuando fracasan los mecanismos de consenso, recurren crecientemente a la coerción y a medidas de excepción.
El análisis también examina la crisis del MAS. Según la autora, el partido no fue derrotado principalmente por la oposición, sino por sus propias contradicciones internas, el agotamiento de su modelo político y la pérdida progresiva de credibilidad. Este vacío permitió el ascenso electoral de Rodrigo Paz, aunque sin una base social sólida. El vicepresidente Edman Lara es presentado como una figura que ayudó a dotar de legitimidad popular a un proyecto político que, una vez en el gobierno, se alineó con intereses empresariales y geopolíticos externos.
Finalmente, Azeñas plantea que las movilizaciones han generado gérmenes de un poder alternativo, expresados en cabildos, juntas vecinales, organizaciones campesinas y coordinadoras sindicales. Sin embargo, advierte que aún no existe una dirección política nacional capaz de articular esas fuerzas. Por ello, el desenlace permanece abierto entre dos posibilidades: la construcción de un nuevo poder popular o la cooptación del movimiento por otra fracción de las élites políticas. Según la autora, el principal desafío consiste en transformar la energía insurreccional existente en un proyecto político propio capaz de disputar efectivamente el poder del Estado.
Para leer el texto completo: Análisis del proceso insurreccional en Bolivia


