Chile. Kast: la disputa del sentido común

por Alejandro Mora Donoso

Si la discusión abierta durante las últimas semanas tiene algún mérito, no es el de revelar secretos desconocidos sobre el funcionamiento de la política chilena. Su importancia radica en otra parte, vuelve visible una dimensión del poder que normalmente permanece oculta tras la contingencia, los discursos y la administración cotidiana del Estado.

En la columna anterior del ingreso de Kast sostuve que Chile comienza a ingresar en una etapa marcada por nuevas tensiones geopolíticas, disputas por la soberanía y una creciente centralidad de los dispositivos de seguridad y control. Sin embargo, todo proceso de reorganización política enfrenta un problema fundamental. Ningún orden puede sostenerse únicamente mediante instituciones, leyes o capacidades coercitivas, para eso necesita del visto bueno de la calle.

A medida que el escenario internacional se vuelve más inestable y los márgenes de autonomía de los Estados nacionales se reducen, la producción de consenso adquiere una importancia cada vez mayor. Ahora se entienden más los errores no forzados de Mara Sedini y el cambio urgente en La Moneda. También resulta necesario administrar las percepciones, organizar las expectativas colectivas y definir los marcos desde los cuales una sociedad interpreta aquello que le ocurre.

La disputa, por tanto, no se desarrolla solamente en el terreno económico o institucional. También ocurre en el plano de las representaciones.

¿Quién define cuáles son los problemas prioritarios del país? ¿Quién determina qué constituye una amenaza? ¿Quién establece los límites de lo razonable y lo posible?

Estas preguntas adquieren especial relevancia en un contexto donde la inseguridad, la migración, la incertidumbre económica y la crisis de representación se convierten en fenómenos permanentes. No porque dichos problemas sean ficticios, sino porque su significado político nunca es neutral.

Las sociedades no reaccionan únicamente frente a los hechos. Reaccionan frente a la interpretación de esos hechos.

Por ello, quizás la discusión más relevante que comienza a emerger en Chile no sea solamente sobre el tipo de gobierno que encabeza José Antonio Kast, sino sobre el tipo de subjetividad política que se intenta construir en esta nueva etapa. Una ciudadanía movilizada por la participación y los derechos produce dinámicas distintas a una ciudadanía organizada principalmente en torno al miedo, la incertidumbre y la demanda de protección.

En ese sentido, la pregunta sobre la soberanía adquiere una dimensión más profunda. Ya no se refiere exclusivamente a la capacidad del Estado para actuar con autonomía frente a las potencias globales. También remite a la capacidad de una sociedad para conservar autonomía intelectual frente a los relatos que buscan organizar su experiencia cotidiana.

Porque toda hegemonía necesita  poder material y una narrativa capaz de transformar determinadas decisiones históricas en sentido común.

Y es precisamente allí donde comienza una de las disputas más importantes del período que se abre. Kast necesita hacerse Gobierno.

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