Manifiesto de intelectuales árabes contra la normalización con «Israel»

Traducción Fausto Giudice

Y por la afirmación del derecho de los pueblos árabes a la autodeterminación

Si el pueblo decide vivir

el destino ha de obedecer

Y la oscuridad ha de disiparse

y los grilletes han de romperse

Abu-Al-kasem Asshabi

Nosotros, intelectuales, académicos, artistas, militantes del mundo árabe y de la diáspora, tomamos la palabra.

La tomamos hoy, en la hora en que la sangre de nuestro pueblo corre a raudales bajo las bombas israelo-occidentales, porque otra guerra se libra contra él, más silenciosa pero igualmente mortal: la de la normalización con «Israel», que corroe nuestra región, decretada por líderes corruptos contra la voluntad de sus pueblos, contra su memoria, contra su sangre derramada. Desde los Acuerdos de Abraham hasta el acuerdo marco firmado entre el Líbano e «Israel» en Washington, el 26 de junio de 2026: la traición se escribe ahora en serie. Lo denunciamos con la mayor firmeza.

Debemos llamar a las cosas por su nombre: este texto de acuerdo no es un tratado de paz entre iguales, es la formalización de una relación de sumisión con total desprecio por los sacrificios de una gran parte del pueblo libanés por la conquista de su tierra y su dignidad. Mientras los oficiales intercambiaban apretones de manos bajo el objetivo de las cámaras americanas, el ejército israelí seguía golpeando territorio libanés el mismo día de la firma. Un desfase que, por sí solo, dice mucho sobre la verdadera naturaleza del texto firmado: una capitulación envuelta en el léxico de la soberanía. Los líderes israelíes lo dicen sin rodeos: su proyecto va más allá de Hezbolá y la frontera sur del Líbano. Lo que está en juego es más antiguo. Es un “Gran Israel”, que desborda las fronteras de 1948 hasta el Líbano, Jordania y Siria. Un «Gran Israel» que revive el sueño de Jabotinsky de hacer del proyecto sionista una potencia regional que intimide a sus vecinos, se apodere de sus recursos, redibuje las fronteras a su antojo. Y en cada paso, vuelve la misma palabra para vestir esta expansión: legítima defensa. Como si conquistar pudiera conjugarse con defenderse.

La sucesión de guerras que golpean la región: Palestina, el Líbano, Irak, Sudán, Libia, Siria, etc., no es una serie de crisis independientes entre sí. Se inscribe en esta larga historia colonial: desde el congreso de Berlín (1878) hasta los acuerdos Sykes-Picot (1916) y la declaración Balfour (1917) hasta la confiscación de las revoluciones árabes de 2011, una misma lógica imperialista está en obra: entregar nuestras tierras y nuestros derechos a los apetitos voraces de las potencias occidentales. Hoy todavía, se trata de fragmentar para dominar. Hoy todavía, está en juego nuestro aniquilamiento. Normalizar no es la paz, es decidir nuestro aplastamiento.

En este proyecto de aniquilamiento, «Israel» juega un papel estratégico de primer plano. Está en la articulación de un imperialismo que, forjado en este largo siglo XIX, opera su transformación con la complicidad de algunos de nuestros Estados. Los Acuerdos de Abraham, que normalizaron las relaciones de cinco países árabes con «Israel», se inscriben en este nuevo momento imperial que, bajo la cobertura de la integración económica, busca, cueste lo que cueste, la salvaguarda de una ventaja hegemónica estadounidense en la región.

A esto es a lo que también trabaja el proyecto IMEC – Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa – anunciado en el G20 de Nueva Delhi en septiembre de 2023: consolidar la normalización de las relaciones entre «Israel» y los países del Golfo y ofrecer una alternativa a la Ruta de la Seda china. «Israel» es, por tanto, el nodo geográfico indispensable del corredor: la normalización no es un fin en sí mismo, sino la condición infraestructural de la hegemonía estadounidense en la región. Genocidio o normalización, dos vías hacia el mismo objetivo: hacer de la región árabe un mercado libre de mercancías e identidades.

Frente a esta realidad, solo una conclusión se impone: los Estados-nación de la región comparten no solo una lengua, una cultura y una historia, sino sobre todo una comunidad de destino estructurada por los mismos mecanismos de sometimiento y las mismas aspiraciones de liberación. El lema tunecino «Túnez libre y su capital Jerusalén», donde los manifestantes egipcios y marroquíes que blanden el lema «Palestina es una causa nacional» lo dicen claramente: la condición palestina es la condición de todos los pueblos de la región, en diferentes grados.

Nosotros, firmantes de este texto, conscientes de la amenaza existencial que representa el proyecto imperialista del Gran «Israel» para toda la región árabe, rechazamos que el agotamiento de nuestros pueblos, provocado por dos siglos de guerra perpetua, bloqueo y destrucción, sea presentado como una elección libre por regímenes árabes traidores, al servicio de sus amos occidentales. Rechazamos que una relación de fuerza basada en el genocidio y el aplastamiento de toda resistencia sea celebrada como paz.

Nosotros, firmantes de este texto, herederos de una larga historia de resistencia de los pueblos árabes contra el colonialismo y el sionismo, afirmamos en este manifiesto:



Primero: el rechazo de una paz sin reciprocidad y de toda forma de normalización con el Estado enemigo «Israel»

Los acuerdos de Oslo nos enseñaron esta lección: una paz negociada bajo coacción militar y económica, donde una de las partes impone a la otra el calendario, las condiciones y las garantías de su propia seguridad, no es paz. Es una rendición vestida con el vocabulario diplomático; es la garantía, en los hechos, de una fragmentación mayor y de una colonización israelí consolidada. Denunciamos la complicidad de una parte de las élites políticas, económicas e intelectuales árabes con el régimen de sumisión impuesto por el imperialismo occidental, con desprecio por los sacrificios de los pueblos de la región. Nos dirigimos en particular a los líderes árabes que, bajo la cobertura de la realpolitik, han elegido la vía del sometimiento en lugar de la de la dignidad. Exigimos la ruptura de todos los acuerdos de normalización. Recordamos que la legitimidad popular de cualquier poder en nuestra región también se mide por su capacidad para no traicionar, mediante acomodos diplomáticos, los principios que proclama. Desde las luchas anticoloniales hasta las revoluciones árabes, una misma lección se ha inscrito en el ADN de la región: ningún régimen colaborador sobrevive al desprecio por las aspiraciones de emancipación de su pueblo.

Segundo: la denuncia del proyecto del « Gran Israel»

Tomamos nota de las declaraciones oficiales israelíes que anuncian abiertamente la ambición depredadora y expansionista del proyecto colonialista israelí. Cuando un ministro israelí declara que el río Litani debe convertirse en la nueva frontera con el Líbano, cuando otro reclama planes de colonización para el sur del Líbano, no son deslices: es la confesión de una doctrina. Denunciamos con la mayor firmeza estas ambiciones expansionistas y recordamos que ningún acuerdo puede ser viable mientras esta máquina de guerra genocida no sea explícita y duraderamente descartada. Ningún acuerdo puede hacerse sin liberar toda la tierra ocupada y sin afirmar el derecho al retorno de todos los refugiados palestinos del 48 y del 67.

Tercero: la afirmación del derecho de los pueblos árabes a la autodeterminación como principio inalienable

Recordamos aquí el respeto debido a este derecho, consagrado por la Carta de las Naciones Unidas y por el derecho internacional, que sanciona la legitimidad de la lucha armada en contexto de dominación colonial y ocupación extranjera. Este derecho está unido a la dignidad de los pueblos colonizados que luchan por su supervivencia. Ninguna transacción geopolítica puede menoscabarlo. Ninguna relación de fuerza que, hoy como ayer, nos es desfavorable podría reducirlo. Reafirmamos aquí este derecho para el pueblo palestino, para el pueblo libanés, y para el conjunto de los pueblos árabes confrontados a la misma elección entre genocidio y dignidad. Saludamos el coraje de aquellos y aquellas que han elegido dignamente resistir y enfrentarse directamente a la máquina de destrucción israelo-occidental.

Cuarto: el rechazo de la solidaridad internacional puramente simbólica

La solidaridad internacional contemporánea se ha replegado ampliamente, especialmente a nivel gubernamental, hacia formas que no cuestan nada y no comprometen a nada: condenas diplomáticas sin seguimiento, ayuda humanitaria que alivia el sufrimiento sin atacar nunca sus causas estructurales, campañas de sensibilización que informan sin transformar. Estos gestos no son inútiles, pero permiten a los Estados y a las opiniones públicas tener la conciencia tranquila sin cuestionar nunca el orden imperialista que produce la opresión. Apoyar a un pueblo ocupado solo en las formas que no molestan a nadie es apoyar su sufrimiento, no su liberación. Es aceptar que los oprimidos esperen, tengan paciencia, negocien indefinidamente con quienes los oprimen, mientras el mundo mira con simpatía sin aceptar nunca pagar el precio político de un apoyo real a su emancipación por los medios que ellos consideran necesarios.

Quinto: la responsabilidad del intelectual árabe

Hacemos nuestra la exigencia formulada por Ghassan Kanafani o Bassel Al-Araj: los intelectuales procedentes de sociedades colonizadas o dominadas no pueden refugiarse en una neutralidad de fachada que, en los hechos, sirve siempre a los intereses de la parte más fuerte. Nuestro papel no es traducir la revuelta de nuestros pueblos a un lenguaje aceptable para los verdugos. No es pulir, edulcorar, hacer presentable lo que debe seguir siendo una insurrección. Nuestro papel es portarla, defenderla, con todas las herramientas de que disponemos, y ante todo rechazando cualquier normalización, ya sea intelectual, cultural o política. Denunciamos la guerra imperialista permanente que golpea esta región. Apoyamos, sin reservas, todas las formas de resistencia que se le oponen. Lo que queremos no es un armisticio disfrazado de paz, una pacificación que nos desposea en silencio. Lo que queremos es la liberación total y la soberanía plena y entera: sobre nuestras tierras, sobre nuestros recursos, sobre nuestros modos de producción. Nada menos.

Firmamos este manifiesto como intelectuales y militantes árabes, conscientes de que el silencio, en un momento en que se juega el futuro de toda una región, es en sí mismo una forma de abdicación. Elegimos no callar. Hacemos un llamamiento para acabar de una vez por todas con las negociaciones indignas y los compromisos vergonzosos que legitiman lo inaceptable, y para identificar claramente la amenaza central: la del proyecto expansionista del “Gran Israel”, que constituye el nodo estratégico del imperialismo occidental. Adoptamos la postura de un rechazo radical mostrado por las diferentes formas de resistencia en el mundo árabe, la única capaz de garantizar la dignidad individual y colectiva de los pueblos de la región a «distancia cero» de la máquina de destrucción, en el punto donde el borrado es más intenso.

Argelia venció, Palestina vencerá.

Primeros firmantes

Héla Yousfi, académica, Túnez

Layal Ftouni, académica, Líbano

Noureddine Amara, académico, Argelia

Omar Abdel Jawad, académico, Palestina

Mounira Khayat, académica, Líbano

Ghassen Ben Khalifa, periodista, Túnez

Hadeel Karkar, investigadora, Palestina

Fuente: Fausto Tounsi

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