
Cuando cualquiera, o cualquier cosa, puede haber fabricado el trabajo entregado, la evaluación remonta hacia su fabricación. Tercera entrega de la serie sobre lo que la máquina le hace a la escuela, y sobre quién decidirá lo que se hace con el humano.
El estudiante ha entregado su trabajo. Tres días después, una voz lo interroga sobre él.
El punto de partida es neoyorquino, fechado y documentado hasta en sus prompts. En el otoño de 2025, en un curso de la Stern School of Business (Universidad de Nueva York), los trabajos preparatorios entregados por los estudiantes se vuelven « sospechosamente buenos ». Dignos, escribirá el profesor Panos Ipeirotis, de un memorando de McKinsey que hubiera sobrevivido a tres rondas de edición. Se pone a interrogar a los estudiantes en frío, en clase. Muchos de los que habían entregado un trabajo cuidado no pueden explicar elecciones elementales de su propia copia tras dos preguntas. Algunos no pueden responder en absoluto. El viejo sistema, en el que el trabajo entregado medía la comprensión, está, concluye, « muerto, desaparecido, kaput ». Su respuesta, concebida con su colega Konstantinos Rizakos, es « combatir el fuego con fuego ». Un agente de voz conduce exámenes orales personalizados. Tres modelos de lenguaje distintos califican las transcripciones. Todo ello cuesta 42 centavos por estudiante (unos 0,37 euros). La propuesta está publicada en su blog y desarrollada en artículo.
El dispositivo genérico que describen ahora los especialistas de la ingeniería pedagógica sigue este esquema en dos tiempos. El estudiante entrega su trabajo escrito, como siempre lo ha hecho. Dos o tres días después, lo defiende durante diez a quince minutos ante un agente de voz que ha leído su copia y adapta sus preguntas a las respuestas que recibe. La nota ya no sanciona el documento entregado, sino la capacidad de su presunto autor de responder de él.
Según la encuesta del Center for Democracy and Technology ya citada en esta serie, el 71 % de los docentes usamericanos declara que, cuando los alumnos usan la IA para sus trabajos, les resulta difícil saber si el trabajo entregado es realmente suyo. Y los detectores automáticos que deberían zanjar la cuestión se revelan inadecuados, con tasas de falsos positivos que impiden convertirlos en prueba. El trabajo entregado, ya se trate de una disertación, de un informe o de código, ha dejado de ser una señal fiable. Cualquiera, o cualquier cosa, puede haberlo fabricado, y nada en el objeto mismo permite decirlo. Ahora bien, toda la evaluación moderna reposaba sobre ese objeto. Cuando el producto ya no prueba nada, solo queda una dirección donde buscar la prueba: aguas arriba, hacia su fabricación.
El oral, forma antigua, vuelve a ser la prueba estanca. Y es la máquina que mató la copia la que administra la defensa.
La primera vía de remontada es la más vieja del mundo académico. La disputatio era el ejercicio de la universidad medieval en el que el candidato defendía oralmente sus tesis contra las objeciones, único medio de establecer que poseía lo que sostenía. La universidad de Pensilvania adosa ahora defensas orales a los trabajos escritos, en nombre de la integridad académica tanto como del espíritu crítico. Y un estudio de tres años, 290 estudiantes y 25 materias en una universidad australiana (Droulers, Krautloher & Shaeri, Teaching in Higher Education, 2026) concluye que la evaluación oral interactiva supera a la escrita en validez y en fiabilidad, reduce el fraude y cuenta con la preferencia de los estudiantes. Se puede hacer escribir la copia por la máquina. No se le puede hacer pasar el oral en el lugar de uno.
La objeción se conoce desde siempre. El oral no se generaliza: hacer defender cada trabajo de cada estudiante exige una masa salarial que el escrito había permitido precisamente economizar. Es incluso por eso que el escrito había ganado.
Esa objeción, eso sí, la levanta la máquina misma. El agente de voz que interroga al estudiante cuesta menos de medio dólar por sesión, no se cansa, e interroga en paralelo a tantos estudiantes como se quiera. La tecnología que destruyó el valor probatorio de la copia es enrolada para administrar la prueba que la reemplaza. Los fallos de la primera versión neoyorquina están documentados por sus propios diseñadores. La voz clonada del profesor es percibida como « gritando » a los estudiantes. Las preguntas se disparan en ráfaga pese a las consignas. Y el 83 % de los estudiantes juzga la prueba más estresante que el escrito, lo que se comprende: el 83 % nunca había pasado un oral en su vida. Aun así: el 70 % reconoce que el formato evalúa la comprensión real. La máquina destruyó el valor probatorio del producto, y es a la máquina a quien se confía la verificación del proceso. El lector de esta serie reconocerá el motivo. Lo reencontrará, ampliado, en el último episodio.
En Hangzhou, la prueba ni siquiera espera al trabajo. El bolígrafo mira escribir a la mano.
La segunda vía va más lejos, y la dejamos en reserva en la entrega anterior. En la Escuela del futuro del lago Xiang, cerca de Hangzhou, Gao Yilin, quince años, escribe sus fórmulas de matemáticas con un bolígrafo cuya punta contiene una cámara miniatura y cuyo cuerpo alberga un sensor de presión. Cada trazo, su forma y la fuerza aplicada, es captado como dato. « La IA lo analiza y le dice inmediatamente a mi profesor cómo abordé el problema y exactamente dónde me atasqué », explica la alumna. Momentos después de un control, su profesor se acerca a su pupitre. La respuesta era correcta, pero había una manera más simple de resolver la ecuación, y la alumna debería volver a pensarlo. Los datos de los bolígrafos permiten identificar rápidamente a los alumnos en dificultad, hasta su lugar en el aula. La instrumentación se extiende al plato del comedor, que cuenta las calorías, y a la pulsera que sigue el ritmo cardíaco en clase de deporte. « No es vigilancia, es una forma de cooperación entre el humano y la IA en la educación », asegura el director de la escuela, Ye Cuiwei.
La lógica es más radical que la del oral. El oral verifica el proceso a posteriori, interrogando la memoria de la fabricación. El bolígrafo capta el proceso en la fuente, mientras ocurre. Ya no queda nada que verificar, puesto que todo está registrado. La copia no es más que un subproducto de la traza. Nadie, en Hangzhou, busca tramposos. El dispositivo no responde a la contaminación del producto. Sirve al pilotaje fino de la progresión, apuntado hacia el concurso terminal que, como mostró la entrega anterior, permanece intacto. Los mundos y los móviles difieren, pero el desplazamiento de la prueba es el mismo.
El investigador no escapa. El artículo aparecerá con su nota de fabricación.
La tercera vía sube hasta el piso que la primera entrega de esta serie describió, el laboratorio. En su experimento de artículos firmados por la IA como « primer autor », la revista de la Universidad Normal del Este de China ha fijado un protocolo de publicación en tres piezas: el texto, la recomendación del comité y una nota que describe el proceso de escritura. La nota no es un ornamento. Es la confesión de que la firma ya no basta para establecer la procedencia del trabajo, confesión que señalábamos desde el primer episodio. El investigador, último eslabón de la cadena educativa, queda sometido al mismo régimen que la alumna de Hangzhou y el estudiante de Pensilvania. Lo que entrega solo vale documentado por la manera en que lo fabricó.
Tres pisos, una regla. Y en todas partes el instrumento nuevo apuntado hacia un objetivo antiguo.
Un colegio chino, universidades occidentales, una revista académica de Shanghái. Tres terrenos sin coordinación posible, con poblaciones diferentes (el alumno, el estudiante, el investigador) y móviles distintos. Y un solo desplazamiento: la prueba abandona el producto y remonta hacia el proceso. Cuando cualquier cosa puede haber fabricado el objeto, el objeto ya no atestigua nada. Solo atestigua la fabricación: observada en directo (el bolígrafo), reconstruida bajo interrogatorio (el oral), o declarada bajo protocolo (la nota). Es, a nuestro conocimiento, el resultado más sólidamente establecido de toda esta investigación, precisamente porque los tres terrenos son independientes.
La convergencia, eso sí, tiene una segunda cara. En todas partes, el instrumento nuevo está apuntado hacia un objetivo antiguo. En Occidente, la remontada hacia el proceso sirve para atrapar tramposos y para restaurar la vieja economía de la prueba, no para fundar otra. En Hangzhou, sirve para preparar mejor el mismo concurso. En Shanghái, sirve para dar credibilidad a un experimento institucional. En ninguna parte procede de una redefinición de lo que la escuela debe producir. El aparato de medida del régimen nuevo precede, en todas partes, a la cuestión de las finalidades. Y cada vía tiene su precio, que ninguno de los tres terrenos exhibe. El oral generalizado supone pagar humanos, o remitirse a la máquina para juzgar a los humanos. La captación en la fuente instala una infraestructura de vigilancia completa de la infancia, cualquiera que sea el nombre que se le dé. La nota declarativa vale lo que vale la palabra de quien la firma. La elección entre esos precios es política, no pedagógica.
El trabajo ya no vale más que como ejercicio. Y la máquina solo está prohibida en él para el alumno.
La entrega anterior estableció, ensayo aleatorizado mediante, que delegar el trabajo en la máquina destruye el producto de la escuela, el aprendizaje mismo. La presente entrega establece que el trabajo entregado ya no prueba nada. Junte las dos, y una consecuencia aparece que nadie asume en voz alta: la producción escolar ya no tiene ningún valor como producto, y sigue siendo indispensable como medio. La disertación que nadie leerá, el problema resuelto mil veces antes, el experimento de física de resultado conocido solo valen por la transformación de quien los fabrica. Como la pesa solo vale por el músculo que obliga a producir, y por eso nadie lleva una carretilla elevadora a una sala de musculación.
La escuela consecuente debería pues proscribir la herramienta en la mano del alumno: convertirse, a contracorriente del mundo entero, en el único lugar social donde el uso del instrumento universal estaría prohibido por principio a quienes allí se forman. Ninguna institución lo asume en esos términos. Todas se aproximan en la práctica, una prueba estanca a la vez: el oral donde la máquina no puede soplar, el control presencial, el trabajo defendido en persona. La asimetría resultante es el rostro real de esta escuela: la máquina proscrita en la mano del alumno, omnipresente en la de la institución, interrogando al estudiante, captando el trazo del bolígrafo, calificando sobre transcripción. La prohibición solo vale de un lado del pupitre. La inversión deshace la pregunta de la que partió este dossier. Ya no se trata de saber cuánta máquina hacer entrar en la escuela, sino cuánta escuela preservar de la máquina, y de precisar para quién vale la preservación.
El agente de voz, el bolígrafo y la nota pertenecen a alguien. La prueba ha remontado hacia el proceso. ¿Quién posee el aparato que registra el proceso, y, a través de él, al humano que allí se fabrica? Es lo que la última entrega afrontará.

Traducción: Francois Vadrot y Fausto Guidice
Fuente: Fausto Tounsi


