Por Alfonso Insuasty Rodríguez*

La guerra cognitiva disputa el sentido común, fabrica miedos, emociones y enemigos para orientar percepciones e inducir decisiones colectivas. Mientras los pueblos se fragmentan y enfrentan, avanzan el despojo, la subordinación geopolítica y la pérdida de soberanía. Comprender el fenómeno electoral hoy, exige, por ello, mirar más allá de las urnas, hacia la disputa por las subjetividades, la memoria y el sentido de la realidad.
La posesión de Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia, el 7 de agosto de 2026, no puede leerse únicamente como un desenlace electoral. Ocurre en medio de la reconfiguración de las derechas latinoamericanas, una renovada disputa geopolítica por la región y una creciente confrontación por territorios, recursos estratégicos y derechos sociales. Se inscribe, además, en una tendencia global: la transformación de la política en una industria capaz de fabricar personajes a la medida de sociedades previamente preparadas para consumirlos.
No existe necesariamente un único centro de fabricación. Lo que emerge es la convergencia de intereses corporativos, grandes medios, plataformas digitales, iglesias, consultorías políticas, industrias culturales y tecnologías de segmentación. Desde Trump, hasta sus subordinados Zelensky, Milei, Bukele, Noboa, Kast, Fujimori y, en Colombia, De la Espriella responden a contextos distintos, pero expresan una mutación del liderazgo, el gobernante convertido en personaje, la política en una tarima teatral y la adhesión a posturas ruidosas sin fondo, en experiencia emocional.
Durante décadas, reality shows, entretenimiento, chisme convertido en información, opinión desplazando al conocimiento, coaching, autoayuda, influencers y determinadas corrientes del evangelicalismo político han contribuido a una pedagogía social de la simplificación, todo debe ser inmediato, emocional, conflictivo y consumible. Se configura así una subjetividad individualizada, altamente estimulable y vulnerable a narrativas simples. No solo se fabrica el personaje; también el público dispuesto a reconocerlo, consumirlo y elegirlo.
La tecnología acelera este proceso, medios, plataformas, análisis de datos, inteligencia artificial y sistemas algorítmicos permiten segmentar públicos, adaptar mensajes y amplificar emociones. El resultado es paradójico, sociedades saturadas de información, pero debilitadas en su capacidad de producir conocimiento; hiperconectadas pero fragmentadas; permanentemente opinando pero cada vez menos deliberando. Una disociación colectiva epistémica y valorativa que diluye las fronteras entre hechos y opiniones, conocimiento y espectáculo, responsabilidad y decisión.
Esta transformación tiene, además, una dimensión estratégica; la antigua guerra psicológica buscaba afectar la moral, las percepciones y la conducta del adversario; la actual guerra cognitiva amplía ese campo hacia la disputa por la atención, las representaciones sociales, la memoria, las emociones y, finalmente, la capacidad de inducir o condicionar decisiones colectivas.
En términos gramscianos, se disputa el sentido común pues, ya no basta con controlar la información, importa definir qué merece atención, quién aparece como amenaza, qué debe recordarse, qué debe olvidarse y qué decisiones terminan pareciendo naturales o inevitables. La inteligencia artificial, la vigilancia, el análisis masivo de datos, las plataformas y la segmentación algorítmica conforman una nueva arquitectura de influencia. Las fronteras entre Estado, industria tecnológica y aparato de seguridad se vuelven más porosas; el dato adquiere valor estratégico y el control digital prolonga, en otra escala, antiguas relaciones de poder.
La psicología social crítica ayuda a comprender el mecanismo. Los trabajos de Juan David Villa Gómez, en diálogo con Ignacio Martín-Baró y otros autores latinoamericanos, e incluso un autor israelí Martín Bartal, muestran cómo miedo, memoria, identidad, polarización y representaciones sociales intervienen en la manera en que las sociedades interpretan el conflicto y toman posición frente al otro.
Cuando una narrativa convierte al adversario en amenaza moral o existencial, la deliberación cede ante la reacción afectiva. La guerra cognitiva no busca solo convencer, procura inducir percepciones, orientar emociones y condicionar decisiones. Mientras las sociedades se enfrentan por memes, insultos y enemigos prefabricados, pueden avanzar transformaciones sobre territorios, recursos, bienes públicos y derechos sociales.
Esta disputa adquiere dimensión geopolítica en un escenario de pérdida relativa de hegemonía estadounidense, competencia por recursos estratégicos y crisis del orden civilizatorio occidental. El despojo ya no requiere únicamente fuerza, necesita sociedades fragmentadas, confundidas y emocionalmente movilizadas. La guerra cultural puede convertirse así en condición de posibilidad del despojo.
La nueva dominación tampoco necesita necesariamente dictaduras militares, puede resultar más eficaz producir gobiernos electoralmente legitimados, culturalmente agresivos y estratégicamente subordinados, capaces de presentar la dependencia como virtud nacional, la militarización como seguridad, la desigualdad como mérito y la protesta como amenaza.
Esto no significa reducir toda elección de derecha a una conspiración externa, significa reconocer que las democracias son también campos de disputa cultural, económica, tecnológica y geopolítica. Por eso, la pregunta decisiva no es solo quién gana una elección, sino qué condiciones culturales, psicosociales y tecnológicas hacen que determinadas opciones aparezcan como deseables, inevitables o como la única salida posible.
Colombia importa
Colombia importa por su posición geográfica, biodiversidad, recursos, dos océanos, peso regional y su histórica relación estratégica y subordinada con Washington. La llegada de De la Espriella ocurre, además, en un contexto de renovado interés estadounidense por el hemisferio y de disputa global por los recursos estratégicos latinoamericanos.
Por ello debemos estudiar documentos oficiales, doctrinas militares, intereses económicos, redes empresariales e infraestructura tecnológica para hacer visible la estructura real del poder detrás del espectáculo.
Recuperar la capacidad de pensar, la respuesta popular no puede limitarse a denunciar la manipulación, hay que disputar la fábrica misma del sentido. Fortalecer medios y redes latinoamericanas de comunicación e investigación popular, desarrollar alfabetización digital y algorítmica, investigar quién financia y amplifica determinadas narrativas, recuperar memoria e identidad histórica y defender los datos como bienes colectivos.
Y, sobre todo, reconstruir comunidad. La emancipación exige comprender colectivamente qué sentimos, quién produce las condiciones de esos sentimientos y hacia dónde pretende conducirnos. La batalla decisiva es recuperar la capacidad de pensar sin tutelas, recordar sin amnesias inducidas y decidir sin que los algoritmos hablen en nuestro nombre.
Las luchas por la liberación hoy exigen terrenos de disputa más amplios. Más de quinientos años de colonialismo son también quinientos años de resistencia y luchas emancipadoras. Nuestra liberación tendrá que ser también, cultural, tecnológica, comunicacional, ecológica y epistémica. Cuando el poder convierte al pueblo en audiencia, nuestra tarea es convertirlo nuevamente en sujeto histórico.
Que no nos roben también la capacidad de imaginar, la Madre Tierra no es un inventario de recursos; nuestros pueblos no son mercados electorales; nuestra memoria no es mercancía; nuestra indignación no puede ser materia prima para algoritmos de dominación. Frente al miedo, organicemos desde la dignidad; frente a los enemigos fabricados, reconstruyamos comunidad; frente al despojo, defendamos los bienes comunes; frente a la colonización de la memoria, recuperemos nuestras historias, memorias e identidades; frente al espectáculo, hagamos de la política una herramienta de transformación colectiva.
La guerra cognitiva pretende conquistar la mente antes que el territorio. Nuestra tarea histórica es impedir que conquisten ambas.
No basta con resistir, hay que encontrarnos, pensar juntos, conspirar (respirar juntos), recuperar nuestras agendas y reconstruir desde abajo la capacidad de decidir sobre nuestro destino. La soberanía comienza allí donde recuperamos el derecho a pensar, recordar, imaginar y luchar sin tutelas.
Nuestra América está viva reclama su libertad y autonomía, los pueblos que resisten siguen teniendo la última palabra.
* Alfonso Insuasty Rodríguez es docente investigador de la Universidad de San Buenaventura. REDIPAZ, Grupo Autónomo Kavilando y Red Latinoamericana de estudios en geopolítica, seguridad y bienes estratégicos.


