
por Rolando Astarita
El objetivo de esta nota es facilitar algunos de los datos relevantes de la situación en que se encuentra la economía argentina. Nos basamos en informes de organismos gubernamentales, consultoras, cámaras empresarias e informes de organizaciones gremiales. No pretendemos originalidad, simplemente dar una visión medianamente abarcadora de problemas, en especial los que afectan a la situación de la clase obrera y los sectores populares en Argentina, entre fines de 2023 y el presente. Aunque agregamos algunas consideraciones adicionales. Comenzamos pues con la evolución del PBI.
Estancamiento de largo plazo
En los últimos 15 años se alternaron años de crecimiento y de retroceso del PBI, dando como resultado un estancamiento en el largo plazo. Más precisamente, en 2023 el PBI cayó 4,5% y en 2024 disminuyó otro 1,3%. En 2025 aumentó 4,4%, pero a) Hubo más meses de estancamiento que de expansión; y b) con sectores claves para el empleo como industria manufacturera, construcción y comercio en crisis. Los sectores que decididamente se expandieron fueron energía, minería y agro. En el 1T 2026 creció 2,3% interanual y 0,7% trimestral, empujado por energía, minerales y agro. Esto es, un crecimiento débil, y esencialmente desestructurado. Si se excluyen energía, minería y agro, la economía argentina sigue e los niveles de noviembre de 2023. Y en 2023 el PBI apenas había aumentado en relación a 2012. De hecho, a fines de 2024 el PBI por habitante estaba al nivel de 2011 (según el Banco Mundial). Esto es estancamiento de largo plazo. Subrayamos, la recuperación, débil, de la economía en 2026 debe ponerse en este contexto.
Industria manufacturera y un argumento falaz
Uno de los sectores más afectados es la industria. De acuerdo al Índice de Producción Industrial manufacturero, (INDEC), la variación acumulada interanual, a junio 2026, fue -2,2%. En algunos rubros la caída es enorme. En junio la variación acumulada interanual en textiles prendas de vestir, cuero y calzado fue – 17,1%; en minerales no metálicos y metálicas básicas, – 3,3%; productos de metal, maquinaria y equipo – 12%; otros equipos, aparatos e instrumentos – 16,5%; automotores y otros equipos de transporte – 10,7%; muebles y otras industrias manufactureras – 3,8%. Alimentos, bebidas y tabaco el crecimiento fue prácticamente nulo (+0,1%). Hubo crecimiento en madera, papel y edición (+3,7%); y refinación de petróleo y químicos (+5,5%).
Todo indica que en julio continuó la crisis. Según ADIMRA (Asociación de Industriales Metalúrgicos), en julio la actividad del sector cayó 4,4% interanual; en los 7 primeros meses del año La caída acumulada fue del 5,5%. Audemus, la consultora de Matías Kulfas, dice que la industria se encuentra con un nivel de actividad 8,8% inferior al promedio de 2023.
Otro indicador importante es la utilización de capacidad instalada. En junio el promedio fue 59,1% (contra 58,9% en junio de 2025). En los sectores textiles; productos del tabaco; industria automotriz; metalmecánica (excluida automotriz); y productos de caucho y plástico, la utilización de capacidad va del 46,6% al 41%. La baja utilización de capacidad afecta negativamente a la inversión (véase más abajo). El retroceso también se refleja en el peso de la industria dentro de la economía. En 2023 la participación de la industria manufacturera en el valor agregado bruto era del 19,4%; en 2025 fue del 15,8%.
En este punto conviene responder un argumento falaz de defensores del gobierno. El mismo dice que el crecimiento económico, en una economía capitalista, siempre es desigual, con sectores dinámicos y otros retrasados. En realidad, es la visión de Perroux, del desarrollo basado en los polos de crecimiento; también de los seguidores de Schumpeter –con énfasis en el cambio tecnológico desigual-; y del propio Marx. En relación a este último, su énfasis en el desarrollo desigual de las diferentes ramas de la actividad económica fue parte esencial de su crítica de la teoría de la acumulación de Ricardo (con su defensa de la ley de Say). Pero nada de esto tiene que ver con el argumento de Milei y compañía. En Perroux, Schumpeter y Marx, las ramas más dinámicas tienen efectos de arrastre sobre las más atrasadas. En esa dinámica, desaparecen las empresas más atrasadas tecnológicamente. Pero no desaparece el sector industrial de conjunto, como parecen pretender los ideólogos de la LLA.
Construcción y comercio
La construcción experimentó una mejora en los primeros seis meses de 2026. El Indicador sintético de la actividad de la construcción (ISAC) cerró el semestre con un avance de 2,8%. Pero fue uno de los sectores que más cayó en lo que va del gobierno de Milei: 11% desde 2023. De nuevo, aquí no hubo “efecto arrastre” alguno.
En cuanto a la situación del comercio mayorista, según el INDEC (Encuesta de autoservicios mayoristas) en mayo el índice de ventas a precios constantes cayó 2,3 % respecto a igual mes de 2025, y el acumulado enero–mayo registró una caída de 3% con respecto a 2025. Según una encuesta del INDEC, más del 27% de los supermercados y autoservicios mayoristas en Argentina evalúan su situación comercial como «mala».
Desempleo, cierres de empresas, trabajo informal
En 1T 2026 la tasa de desempleo fue 7,8%. Prácticamente igual al 1T de 2025. Son 1.765.000 personas. Tengamos presente que, según el método para medir el desempleo, basta con haber trabajado una hora en la semana para calificar como “ocupado”. Tampoco se considera desempleados a quienes han dejado de buscar empleo por desaliento.
Los niveles de desempleo, y de trabajo precario, conectan con el elevado número de empresas que cierran o reducen personal. Según CEPA (Centro de Economía Política Argentina) desde noviembre de 2023 hasta mayo de 2026, desaparecieron 30.633 empresas. En ese período el número de empleadores bajó de 512.357 a 481.724, una caída del 6%. Desde noviembre de 2023 se perdieron 411.613 puestos de trabajo registrados, una caída del 4,2%. En ese lapso los trabajadores registrados pasaron de 9.857.173 a 9.445.560.
Particularizando, entre noviembre de 2023 y mayo de 2026 en la industria manufacturera se perdieron 97.312 puestos de trabajo. En la construcción, en el mismo período, los puestos de trabajo se redujeron en 80.399. En transporte y almacenamiento los puestos de trabajo perdidos fueron 72.480. En Administración pública, defensa u seguridad social obligatoria, la caída fue de 72.312. En Servicios profesionales, científicos y técnicos se perdieron 27.620 puestos. En Comercio al por mayor y menor, reparación de automóviles y motocicletas la caída fue de 24.103 empleos. También hubo pérdidas de puestos de trabajo en Actividades administrativas; Intermediación financiera y servicios de seguros; Servicios de alojamiento y de comida; Enseñanza; Servicios artísticos, culturales, deportivos y esparcimiento; Servicios inmobiliarios; Servicios de asociaciones y servicios personales; Información y comunicaciones; Suministro de agua, gestión de residuos; Servicios de organizaciones; Suministro de electricidad, gas, vapor y aire acondicionado. Solo crecieron Explotación de minas y canteras (+3604); Salud humana y servicios sociales (+14.624) y Agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca (+22.473).
En contrapartida, crece el número de trabajadores monotributistas y los precarizados. Según el INDEC, en 1T 2026 de un total de 9,7 millones de asalariados, el 37,9% (3,676 millones) no tenían descuento jubilatorio. Por otro lado, del total de los ocupados 13,5 millones (comprende asalariados y no asalariados), el 44,2% (casi 6 millones) está en la informalidad. Estos no hacen aportes jubilatorios, no tienen cobertura social y no acceden a derechos laborales. En el sector agropecuario el 66,1% de los trabajadores asalariados está en negro. En pesca la informalidad llega al 12,5%. Dice CEPA: “En la era Milei, los únicos puestos de trabajo que se generan son informales. Entre el primer trimestre de 2024 y el mismo período de 2026 se crearon 603.600 empleos no registrados, mientras que en paralelo se destruyeron 246.000 puestos de trabajo registrados». También: “Argentina consolida un mercado de trabajo cada vez más vulnerable, desprotegido y sumergido en la informalidad”.
En el mismo sentido, el Observatorio Económico Social de la Universidad Nacional de Rosario (informe reproducido por La Nación), dice que la informalidad en la industria pasó del 32,2% en el 4T 2016 al 41,9% en 3T 2025. El cuentapropismo subió del 21,1% en 2017 al 24,51% en 2025. En 2025 el 34,3% de los trabajadores informales vivían en la pobreza. Visto en perspectiva, se pueden interpretar estos desarrollos como un debilitamiento estructural de la capacidad de resistencia de la clase obrera frente al capital.
Caída de salarios
Los salarios formales en 2026 son 7% menores, en términos reales, que en el primer semestre de 2023. Según Nadin Argañaraz, director del Instituto Argentino de Análisis Fiscal (IARAF), respecto de noviembre de 2023 los salarios privados registrados se encuentran 1,6% por debajo, mientras que los del sector público están un 17% abajo (35,2% los nacionales y 9,3% los provinciales). En lo político institucional, esta ofensiva se acompaña del cercenamiento de derechos fundamentales que ha conquistado la clase obrera. Entre ellos, y en primerísimo lugar, el derecho de huelga.
Consumo
Desde 2023 a 2026 el consumo masivo en Argentina se redujo un 10%. En 2026 sigue sin recuperarse. En julio el Índice de Consumo Privado (ICP-UP) de la Universidad de Palermo cayó 1,2% frente a igual mes de 2025 y sumó 8 meses consecutivos de baja interanual. El consumo masivo, que representa cerca de la mitad del gasto de los hogares, cayó 1,7% interanual en julio y acumula una baja de 2,4% en el año. El consumo de carne vacuna cayó 1,8% y acumula 12 meses consecutivos de baja. Las ventas de combustibles disminuyeron 1,9% interanual.
Inversión
Según Orlando Ferreres, la inversión Bruta Interna Fija ronda del 13,6% al 20% del PBI. El nivel sustentable (o sea, que al menos repone el capital constante utilizado) se calcula en 20% del PBI. En el primer semestre de 2026 la inversión cayó 7,6% con respecto a igual periodo de 2025. En junio tuvo la octava caída interanual consecutiva. La inversión per cápita es un 21,8% más baja con respecto al récord de 2018. Según Fundar la inversión en el primer trimestre representó el 14,3% del PBI.
En agosto continuó la tendencia: la inversión en agosto de 2026 tuvo una caída del 25,8% interanual; la contracción para los 8 primeros meses del año fue del 21,5%. En detalle, la inversión en maquinaria y equipos tuvo una baja interanual del 23,7%. La importación de equipo durable cayó 42,8% interanual y la inversión en equipo nacional aumentó 4,6%. Las inversiones atadas al RIGI, por ahora, consisten más en promesas a futuro que en realizaciones concretas. Esto a pesar de los enormes beneficios con que el gobierno busca atraer capitales.
Por otro lado, en agosto la inversión en construcción, tuvo una baja interanual del 27,6%, acelerando con respecto a julio, cuando la baja fue de 16,3%. La inversión pública está completamente frenada. Desde que asumió Milei más de 2.300 obras en ejecución quedaron detenidas. Se trata de rutas, hospitales, puentes, cloacas, escuelas y redes de agua potable. El Gobierno incluso se apropió de los fondos recaudados para la obra pública que debían destinarse a inversión en obra pública para cubrir el déficit fiscal y “timbear” en el mercado financiero. Según una investigación de Alconada Mon, para La Nación, entre 2024 y mayo de 2026 el SisVial (Sistema Vial Integrado) recaudó $1.503.252 millones y el gobierno solo ejecutó $394.406 millones en obra pública. En mayo de 2026 más de $1 billón permanecían sin aplicarse a obras y estaban mayormente invertidos en títulos públicos y plazos fijos. Pero la inversión en obra pública es fundamental para la reproducción de lo que algunos marxistas han llamado “capital constante social”, esencial para la acumulación del capital. También para la reproducción de la fuerza de trabajo (educación y cuidados de salud). En la medida en que estas condiciones se degradan, disminuye la inversión, con ella el consumo; y baja aún más la inversión, etcétera. La economía argentina está lejísimos de las tasas de inversión del 30% del PBI o más, propias de una Corea del Sur o China.
Interludio sobre consumo, inversión y ahorro
Señalamos algunas cuestiones que están en el centro de la relación entre consumo, inversión y ahorro. La primera se refiere al consumo en tanto presunto factor dinamizador de la demanda, y de la inversión. Es que, según el keynesianismo “ad usum”, la manera de aumentar la inversión es aumentar el consumo. El planteo se basa en el llamado principio de aceleración: si “ponemos dinero en el bolsillo de gente”, aumentan la demanda y el ingreso; y en consecuencia aumenta la inversión destinada a satisfacer esa demanda incrementada. El aumento inicial de los salarios puede ser bajo la forma de subsidios, contratación de trabajadores por el Estado, o algún mecanismo parecido.
Es una propuesta en principio atractiva. Sería un circuito virtuoso de “altos salarios, alto nivel de actividad, elevada inversión”, basado en una suerte de colaboración entre el capital y el trabajo. Sin embargo, en la realidad las cosas no funcionan así. Es que en el sistema capitalista el salario depende de la decisión del empresario de invertir. Esto es, el capitalista adelanta capital variable –compra de la fuerza de trabajo- y el trabajador genera plusvalía utilizando los elementos del capital constante, también provistos por el capitalista. El pago de salarios, por consiguiente, debe entenderse en este contexto, no está en el aire.
En segundo término, es importante la relación entre ahorro e inversión. El enfoque habitual de los economistas burgueses es que el ahorro precede, y decide, la inversión. Esto es, el “agente” (no se distinguen clases sociales) recibe un ingreso y decide cuánto consumir y cuánto ahorrar, teniendo en cuenta sus preferencias temporales y la tasa de interés prevaleciente. Establecido así el ahorro, este fluye automáticamente a la inversión, gestionada por el empresario. En este esquema entonces, el aumento de la inversión depende del ahorro. Por lo tanto, sigue el razonamiento, si se quiere aumentar la inversión es necesario aumentar el ahorro (o sea, bajar el consumo). En este punto entra en juego el llamado ahorro forzoso (en el centro de la polémica Keynes – Hayek en los 30). El ahorro forzoso ocurre cuando los precios suben más que los salarios. Ese plus de ahorro entonces iría a la inversión. Un programa “de austeridad” a costa de los salarios, tiene esta lógica: el ahorro es el elemento dinámico.
La crítica de Keynes a ese esquema es que el aumento del ahorro (baja del consumo) deprime la demanda, de manera que el capitalista no tiene incentivo para invertir. En consecuencia aumenta el desempleo, bajan los salarios, y también bajan los precios que, en el esquema de Keynes, dependen de los salarios. Puede desatarse entonces una espiral descendente de caída del producto y los salarios, como ocurrió en la Gran Depresión. Alcanzando entonces cierto piso, la mejora de la rentabilidad (eficiencia marginal del capital), por la caída de los costos salariales, induce al capitalista a retomar la inversión (véase capítulo 19 Teoría general,). Pero en el mientras tanto la depresión arrasa con la economía.
Frente a este escenario, Keynes invierte el razonamiento: el elemento dinámico, sostiene, no es el ahorro, sino la inversión. Esta es decidida según la rentabilidad prevista, en comparación con la tasa de interés. Si aumenta entonces la inversión, por multiplicador aumenta el ingreso, lo que a su vez aumenta el ahorro (que depende del ingreso, no de la tasa de interés). Y el aumento del ahorro permite financiar la inversión. Todo el peso se pone en la inversión, no en el ahorro previo. La inversión es el factor dinámico, no el ahorro. Tiene cierto parecido con Marx, en el sentido que lo decisivo para el crecimiento económico es la decisión del capitalista de acumular la plusvalía, adquiriendo más fuerza de trabajo y medios de producción para producir más plusvalía.
Aquí pasan a primer plano los determinantes de la inversión. Aplicado el criterio a la situación de la economía argentina, el problema no es la falta de ahorro, sino que de inversión. Sectores de medios y altos ingresos, y en buena medida también las empresas, atesoran dólares en lugar de destinar las plusvalías a la inversión productiva. Otras expresiones de esta falta de inversión las tenemos en el riesgo país (por encima de 500 puntos al momento de escribir esta nota); y las inversiones de argentinos en el exterior (propiedad inmobiliaria; paraísos fiscales); la escasa Inversión Extranjera Directa hacia el país (véase más abajo).
La debilidad de la inversión ocurre pues en un escenario de baja demanda (caída de los salarios y jubilaciones); elevado endeudamiento de los hogares; paralización de la obra pública; altas tasas de interés; tipo de cambio artificialmente bajo (dólar barato, sin sustento en el nivel de productividad de la economía); y ausencia de demanda de crédito por parte de las empresas. En este último respecto, el permiso por parte del Banco Central a los bancos para que oferten créditos en dólares (hasta el 15% de sus depósitos en dólares) no tendrá mucho efecto sobre la inversión. Todo esto con el telón de fondo de incertidumbre política. En especial, la posibilidad real de que la olla a presión de la explotación sin límites termine estallando. En este marco, toman relieve los planteos del enfoque de la estructura social de la acumulación, que hemos tratado en otras notas (aquí).
Deuda pública, aumenta más rápido de lo que aumenta el producto (M: millón de dólares)
La caída de la actividad económica tiene como consecuencia una caída de la recaudación fiscal. A esto se agrega la reducción de impuestos, en especial, las retenciones a las exportaciones del agro. De conjunto entonces en el primer semestre hubo una caída acumulada real de la recaudación del 4,6%. En contrapartida, la deuda pública aumenta a una tasa superior a lo que aumenta el producto. Concretamente, la deuda de la Administración Central, en dólares, al 31/12/2025 era de 455.077 M. Al cierre del 1T 2026 la deuda fue de 483.854 M. Un aumento de 28.777 M, o 6,3%.
Balance del mercado cambiario, enero – junio de 2026
Terminamos este repaso con la situación del sector externo. Su importancia viene marcada por el hecho de que, históricamente, los programas de “ajuste” asentados en la sobrevaloración de la moneda como medio de control de la inflación, han terminado en crisis cambiarias (verdaderos estallidos), acompañadas en muchos casos por crisis financieras y siempre con derrumbe de la economía y de los ingresos de los trabajadores. Pero el gobierno dice que esta vez es distinto porque hay una fuente de dólares que antes no existía. Se refiere, por supuesto, a la balanza energética y las exportaciones de minerales; además de las tradicionales del agro.
Algo de esto ocurre, pero es necesario relativizarlo. Para ver por qué, examinamos el resultado del mercado cambiario en el primer semestre.
Cuenta corriente (M: millón de dólares)
En el primer semestre el balance de cuenta corriente fue positivo en 3119 M. Se sostuvo principalmente por la balanza comercial de bienes, con un resultado positivo por 15.996 M. El sector oleaginosas y cereales aportó 14.0434 M. Los otros sectores (alimentos y bebidas; energía y minería, con superávit; industria automotriz; química, caucho y plásticos; y maquinarias y equipos con déficit) aportaron un neto de 8711 M. Por otro lado, la cuenta de servicios, en el primer semestre, fue deficitaria por 4312 M. En cuanto al ingreso primario tuvo un déficit acumulado de 8633 M (comprende salida de utilidades, dividendos, otras rentas y pago de intereses (entre estos, de la deuda pública).
Puede verse entonces que, si bien el aumento de las exportaciones de energía y minerales es importante, la situación externa es frágil. El superávit en la balanza de bienes ocurre en un contexto de un bajo nivel de importaciones (refleja del estancamiento de la economía). El déficit del sector servicios (en el cual viajes y turismo tiene mucho peso) también es expresión de esa debilidad.
Cuenta financiera
En lo que respecta a la cuenta financiera cambiaria, en el primer semestre fue positiva por 535 M. El sector privado no financiero tuvo un déficit acumulado de 2975 M. Comprende la compra de billetes y transferencias de divisas sin fines específicos. Esto es, buena parte del superávit obtenido por la balanza de bienes financia la compra de dólares; muchos de los cuales se inmovilizan en cuentas bancarias. En junio 1,5 millones de personas compraron billetes; 715.000 vendieron. Por otro lado, la inversión extranjera directa fue de apenas 304 M (de nuevo, véase la ausencia de efecto RIGI).
A modo de conclusión
Claramente, permanece el riesgo de salidas repentinas de capitales. El tipo de cambio no está acorde a la productividad. La economía crece de manera extremadamente desigual, con estancamiento de largo plazo de la industria, la construcción y con la inversión en retroceso. El riesgo país permanece elevado, con alta dependencia de la economía del endeudamiento. En tanto, la ofensiva contra el trabajo, contra las condiciones de vida de las masas empobrecidas, no cede un milímetro. Es respaldada, además, por la inmensa mayoría de las cámaras empresarias, por encima de diferencias y tensiones que existen en el seno de la clase dominante. El conflicto central se plantea en términos de clase.
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