Colombia. Abelardo, «el escamoso»

por Comando Central del Ejército de Liberación Nacional de Colombia, ELN

La extrema derecha ha iniciado un proceso de imposición cultural, como toda imposición, a la fuerza y con métodos tramposos.

El presidente farsante es abiertamente incompetente e incapaz para ese cargo, pero puede representar el tipo de personaje que se requiere, para inocular una idea por vía de la incidencia y manipulación, a través de las empresas de comunicación, redes virtuales y aparatos ideológicos que hoy están aceitados para que funcionen.

De la Espriella no habrá leído a Gramsci y seguramente su práctica lectora sea bastante poca. Pero quienes lo manejan, sí. Detrás, o por encima suyo, están los verdaderos manejadores: la plutocracia de los Estados Unidos, que es la que traza la política del imperio e intenta frenar su caída, so pena de arrasar con lo que más pueda, el mundo si es preciso.

Parece que con la llegada de este espurio personaje y la relación inevitable con otros similares a él, que también gobiernan en el vecindario latinoamericano, algunos sectores han empezado a ver el monstruo cultural que Estados Unidos y las oligarquías criollas y cipayas vienen tratando de cimentar. El llamado neofascismo que hace algunos años empezó a expresarse con fuerza en Europa y que por vía de la imposición imperialista intenta diseminar en nuestra América.

En Colombia, el proceso de construcción de narrativas e idearios fascistoides, hace rato viene instalándose en la sociedad. La tragedia de los carteles del narcotráfico y sus capos fue vendida como “El Patrón”. Hasta la barbarie del paramilitarismo fue llevada a la pantalla para vender una historia falsa, sensibilizando y humanizando la bestialidad paramilitar y narcotraficante. Sin embargo, siempre tan sui generis, en el país el referente histórico inmediato de la juventud, es la rebeldía del Estallido Social de 2021. Incluso la llegada al poder por primera vez en la historia de un presidente con acento popular, esa es una esperanza.

Ese momento histórico prendió las alarmas en el imperio, que inmediatamente empezó a ‘apretar las tuercas’ que fueran necesarias. La primera de ellas, descalificar al presidente progresista, a la izquierda y cualquier expresión popular y rebelde. La fábrica de consentimiento trabajó como nunca antes para inventar, deslegitimar y manipular mentes, en función de impedir el ascenso de esa conciencia popular de clase, que se manifestó en 2021.

Poner presidentes lo han hecho siempre; lo importante aquí era no dejar crecer la conciencia de cambio y la vocación de poder desde el pueblo. En ello era importante retomar el simbólico cargo de presidente, que más allá de tener poder, logra tener mucha opinión; al fin y al cabo, funge como representante del país. Desde esa posición ahora siguen trabajando por la imposición cultural, desprovistos de figuras relevantes, fascistas serios o serias; han echado mano de una peligrosa narrativa trabajada desde hace años. Cabe recordar que, como su nombre lo dice, los conservadores no innovan, ellos conservan, imitan, refritan; entonces vuelven a la ley del estafador, el vividor, el de la plata fácil, el mentiroso ‘echao pa’lante’.

Incluso antes de las apestosas narrativas de la cultura traqueta, ya nos vendían bonachones personajes que eran verdaderos representantes de una cultura que los capitalistas le inoculan a las mayorías empobrecidas. Pedro “el escamoso”, por poner un ejemplo, un sujeto pobre, agrandado, mentiroso, mujeriego, vividor, pero un ‘bacán’.

Ahora bien, la verdadera representación de esos simbolismos no es otra cosa que el arribismo, el individualismo y el patriarcado, expresiones intrínsecas al modelo capitalista criminal, que somete al hambre a países enteros y transmite genocidios.

Esas son las características de personajes como el impuesto presidente de Colombia, un criminal cuyas actividades han sido referenciadas como fraudulentas, que se ha arrodillado en toda la escala de representaciones del poder: arrodillado a los paramilitares de las AUC, arrodillado a los narcotraficantes y arrodillado a la plutocracia de los Estados Unidos, hasta que encontró su protagonismo en la desesperada necesidad de un títere de esa condición.

Detrás de Abelardo, el farsante, hay una verborrea retórica que puede ser hasta graciosa. El peligro es que detrás de ese parapeto hay un imperio necesitado de recursos de manera voraz. Y una derecha cipaya dispuesta a cumplir los deseos de su rey y posar de salvadora. De nuevo, el cuento de los mostrencos que surgen a la sombra de traicionar, para creerse cercanos al poder.

En toda esta intención, las empresas de comunicación y las ‘cloacas virtuales’ son los pilares fundamentales, el lugar perfecto para la falsedad anónima; basta ver el caso Cerimedo con sus granjas de bots, simulando opiniones y manipulando mentes. Ahora bien, detrás de cada micrófono en esas emisoras de la manipulación, hay sujetos de carne y hueso que han decidido actuar como sicarios de la verdad.

Es el momento de regresar con más fuerza y derrotar a los criminales, que pretenden devolver a Colombia a los tiempos del fascismo criollo. Urge identificar a los promulgadores e instigadores del destripamiento contra el pueblo, influencers y opinadores a sueldo, funcionarios locales, regionales y nacionales. Es momento de que sea el pueblo el que tome las riendas y nos dispongamos a luchar por la vida y el futuro del país.

Queda claro que es necesaria la renovación de caudillos engreídos y movimientos acostumbrados a pactar con el enemigo. Debe ser desde una condición popular: jóvenes, mujeres, campesinos, indígenas, trabajadores, pueblo todo y en función de las mayorías.

ELN Voces

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