
por Alejandro Mora Donoso
Para quienes somos de izquierda, el 11 de septiembre es un lugar particularmente difícil. Para algunos más que para otros, lógicamente. Algunos lo vivieron bajo persecución, arresto, tortura y desaparición. Para otros, como yo, fue un recuerdo de infancia atravesado por el hambre y la pobreza.
Todos contamos algo del 11, moros y cristianos. En mi familia contaban cómo los marinos tenían sitiados a los ratis en Bilbao, en Talcahuano, a pocas cuadras de la casa, y cómo las balas se escuchaban mientras ellos se escondían en el patio. Yo escucharía otras historias años después, en las ollas comunes de comienzos de los años 80, mientras compañeros de trabajo de mi padre llegaban todos los días al sindicato para marchar contra la reforma portuaria.
El hambre estaba a la vuelta de la esquina. Las caras flacas, sin maquillaje, llenas de cansancio, son parte de lo que el 11 de septiembre significa para mí. Algo que entonces parecía lejano, casi incomprensible, pero que llevaba consigo un sentimiento de injusticia terrible. Un sentimiento que, para ser honesto, no pasa hasta la fecha. Yo no escogí nacer donde nací. Mucho menos escogí vivir lo que viví. Pero décadas después tendría que reconstruir mi propio relato, buscando explicaciones para entender el porqué de mi propia historia.
Escuché la grabación de Allende por primera vez en aquella olla común. Me echaron para afuera de la pieza donde la estaban escuchando, pero alcancé a oír, entre el humo del cigarro, la voz del Presidente despidiéndose. Yo lo veía como un héroe. Tenía apenas siete años y, por supuesto, no entendía mucho de nada. No podía comprender qué significaban aquellas palabras, ni por qué los adultos escuchaban en silencio, ni por qué aquella voz parecía tener una importancia que yo todavía no podía medir.
Todo ese tiempo quedó encapsulado en mis recuerdos y solamente unos diez años después tendría la madurez suficiente para comenzar a buscar la verdad sobre aquel 11 de septiembre. La pregunta era demasiado grande para mi cabeza de entonces. ¿Por qué las muertes? ¿Por qué la barbarie? ¿Por qué la división? ¿Qué había ocurrido realmente para que un país llegara hasta allí? Aprendería entonces algo de política, pero también algo mucho más incómodo: que detrás de la historia de los grandes acontecimientos existen historias pequeñas que no aparecen en los libros. La historia de los niños que crecieron con hambre, la de los trabajadores que perdieron sus organizaciones, la de las familias que aprendieron a vivir con miedo, la de quienes tuvieron que esconderse, la de quienes desaparecieron y también la de quienes, como yo, crecieron sin comprender del todo por qué sus vidas habían tomado un determinado rumbo.
Con los años fui entendiendo que el 11 de septiembre no fue solamente el día en que terminó el gobierno de Salvador Allende. Tampoco fue solamente el comienzo de una dictadura brutal, aunque aquello sea una verdad imposible de relativizar. Fue también el comienzo de una profunda transformación de Chile, porque aquello que estaba en disputa no era solamente quién ocupaba La Moneda. También estaba en disputa qué país se quería construir, quién debía tener el poder económico, qué significaba la propiedad, qué lugar tendrían los trabajadores, qué debía hacer el Estado y hasta dónde podía llegar la democracia cuando comenzaba a tocar los intereses de quienes siempre habían tenido más.
El 11 de septiembre fue el día en que el sueño de muchos se volvió la propiedad de pocos. Después del golpe vino una transformación profunda de la estructura económica chilena, pero también una transformación de las expectativas, de las posibilidades y de aquello que una sociedad podía imaginar como posible. El sueño de un Chile distinto, más justo, más próspero para muchos y no solamente para unos pocos, fue derrotado junto con un proyecto político, y sobre sus ruinas se construyó un país que todavía habitamos.
Por eso creo que el 11 de septiembre nos cambió a todos y todas, incluso a quienes nacimos después o éramos demasiado pequeños para comprender lo que estaba sucediendo. De esa idea no podemos escapar y tampoco deberíamos intentar escondernos. El 11 no terminó cuando terminó el bombardeo de La Moneda, ni cuando terminó la dictadura, ni siquiera cuando recuperamos formalmente está cuestión absurda y grotesca que hoy llamamos «democracia». Sus consecuencias siguieron caminando con nosotros, metiéndose en nuestras familias, en nuestros barrios, en nuestras oportunidades, en nuestras pobrezas y también en nuestras formas de entender el mundo. Los beneficiados fueron los menos y los costos los pagaron, de distintas maneras, quienes habían soñado con un Chile próspero para muchos.
Hoy quedan cada vez menos personas capaces de decir «yo estuve ahí». Quedan sobrevivientes, presos políticos, exiliados, trabajadores, militares, funcionarios, niños de entonces y familias que todavía cargan sus propias historias, pero el tiempo hace su trabajo y lentamente aquella generación comienza a desaparecer. Llegará un momento en que nadie podrá contarnos directamente cómo sonaron las balas, cómo se vivió el miedo, cómo se escuchó la voz de Allende por una radio o cómo se sintió perder un país conocido. Entonces quedarán los relatos. El mío es apenas uno de ellos.
Pero también está aquello que fui encontrando después, durante los años en que me convertí en comunicador social y comencé a conversar con esa historia grande de lucha. He tenido la oportunidad de escuchar a sobrevivientes, de conversar con jóvenes que protagonizaron aquellos años, con presidentes de cordones industriales, con revolucionarios de verdad, con personas que cargaron sobre sus cuerpos y sus vidas la historia que nosotros muchas veces conocemos solamente a través de los libros. Incluso, muchos años después, terminé compartiendo una habitación de hospital con un exmilitante del MIR. También pude conversar con familiares del Presidente héroe. Son encuentros que quizás para otros sean solamente episodios, pero para mí forman parte de una misma búsqueda, reconstruir ese relato para no olvidar, para entender de dónde venimos y, sobre todo, para no aceptar que el país que tenemos era el único país que podía existir.
Porque quizás esa sea finalmente la cuestión más profunda que me dejó el 11 de septiembre. Que un país puede cambiar. Que los sueños pueden ser derrotados, pero también que pueden volver a ser soñados. Que un Chile distinto es posible, pero que primero hay que atreverse a imaginarlo y después construirlo. Y eso es precisamente lo que quienes nacimos en la pobreza aprendemos de una manera particularmente dura, que las condiciones en las que nacimos no fueron escogidas por nosotros, pero tampoco tienen por qué convertirse en el límite de aquello que podemos imaginar para los que vienen después.
En ese aquel septiembre, no entendía de socialismo, capitalismo, imperialismo, propiedad privada ni lucha de clases. Entendía el hambre. Entendía las caras cansadas. Entendía que los adultos hablaban de cosas que no debía escuchar. Entendía que había miedo. Muchos años después aprendería que esas cosas aparentemente desconectadas formaban parte de una misma historia y que aquella historia también era la mía.
El 11 de septiembre nos marcó a todos y todas. Pero mucho más a quienes nacimos en la pobreza, porque muchas veces heredamos sus costos sin haber participado de sus decisiones. Y quizás por eso sigo buscando respuestas, conversando con quienes estuvieron, escuchando a quienes todavía pueden contar y tratando de reconstruir mi propio relato. No para quedarme atrapado en el pasado, sino para recordar algo que el tiempo, la derrota y la costumbre muchas veces intentan hacernos olvidar, que otro Chile fue pensado, que otro Chile fue soñado y que, mientras alguien sea capaz de volver a soñarlo, todavía es posible construirlo.
Viva el Pueblo, Vivan los trabajadores.









