
por Eric Toussaint
[Cuando a finales de la década de 1950 se inició la ola de independencias africanas, Estados Unidos se enfrentó a una situación sin precedentes. Los imperios coloniales europeos que dominaban gran parte del continente desde finales del siglo XIX se desintegraban rápidamente. En menos de dos décadas, varias decenas de nuevos Estados alcanzaron la soberanía, sin embargo, a ojos de muchos dirigentes africanos esta independencia política no era más que un primer paso. Dirigentes como Kwame Nkrumah en Ghana, Patrice Lumumba en el Congo, Ahmed Ben Bella en Argelia, Julius Nyerere en Tanzania, Modibo Keïta en Malí o Sékou Touré en Guinea Conakry defienden la idea de que una verdadera emancipación supone también el control de los recursos naturales, la industrialización, la cooperación entre los Estados africanos y una reducción de la dependencia respecto a las antiguas potencias coloniales. Más tarde, Thomas Sankara en Burkina Faso añadió a ello el tema de la condonación de la deuda.
Para Washington estas transformaciones se producen en un contexto dominado por la Guerra Fría. Los dirigentes estadounidenses se oponen al no alineamiento, al panafricanismo y al socialismo africano, así como a todo aquello que ponga en entredicho su acceso a los recursos estratégicos del continente.
Esta política adopta diversas formas según los períodos. En la década de 1960 se materializa en operaciones clandestinas, el respaldo a determinados golpes de Estado y el apoyo a dirigentes considerados favorables a los intereses occidentales. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos apoyó a varios regímenes autoritarios reconocidos como baluartes contra la expansión soviética o contra los movimientos revolucionarios. Tras la desaparición de la Unión Soviética la lucha contra el terrorismo se convierte en el principal marco de su compromiso militar en África. Por último, a lo largo de la década de 2020 la Administración Biden y posteriormente la segunda Administración Trump vuelven a situar a África en el centro de la competencia estratégica con China, dando prioridad al acaparamiento de minerales críticos, las infraestructuras de transporte y la seguridad de las cadenas de suministro.
El objeto de este estudio no es repasar el conjunto de relaciones entre Estados Unidos y cada uno de los países africanos, consiste en analizar las constantes de la política estadounidense en el continente a través de ciertos episodios muy reveladores: la lucha contra los líderes panafricanistas de la década de 1960, el apoyo prestado a aliados estratégicos como Mobutu o al régimen sudafricano del apartheid, la aparición del Mando África de los EEUU (AFRICOM) a partir de 2001 y más recientemente la reorientación de la política estadounidense ante el auge de China.]
I.Las independencias africanas y la lucha contra el panafricanismo (1957-1969)
La independencia de Ghana en marzo de 1957 marca un punto de inflexión fundamental en la historia del continente africano. Por primera vez una colonia del África subsahariana alcanza la soberanía bajo el liderazgo de un movimiento nacionalista de masas. Su principal líder, Kwame Nkrumah, no se limita a celebrar el nacimiento de un nuevo Estado, ya en su discurso de independencia afirma que “la independencia de Ghana solo tiene sentido si va unida a la liberación total de África”.
Un año más tarde la Guinea de Sékou Touré ofrece otro significativo ejemplo: el 28 de septiembre de 1958, durante el referéndum organizado por la Francia del general de Gaulle, los guineanos rechazan la Constitución de la V República y con ella el proyecto de “Comunidad Francesa” que debía mantener a las colonias africanas en un marco institucional dominado por París. Sékou Touré, líder del Partido Democrático de Guinea (PDG), rechaza una independencia limitada a la autonomía interna y reivindica el derecho de su pueblo a una soberanía plena y total. Guinea proclama su independencia el 2 de octubre de 1958.
Esta ruptura fue condenada de inmediato por Francia. En el momento de la retirada de la administración colonial, las autoridades francesas retiraron una parte importante de los equipamientos y medios materiales de que disponía la colonia, llegando incluso a inutilizar determinados edificios e instalaciones. Guinea se vio así confrontada desde su nacimiento a las consecuencias económicas y administrativas de su elección política.
No obstante, Sékou Touré inscribe a Guinea en el movimiento de lucha contra el colonialismo y el no alineamiento. Al igual que Nkrumah, considera que la independencia política solo tiene sentido si abre el camino a una verdadera autonomía económica y a la cooperación entre los pueblos africanos. Guinea prestó su apoyo a los movimientos de liberación que luchaban contra la dominación colonial, sobre todo en las colonias portuguesas, convirtiéndose en un lugar de acogida para militantes y organizaciones anticolonialistas.
Las trayectorias de Ghana y Guinea presentan diferencias, pero expresan una misma aspiración: transformar la independencia jurídica en una emancipación real. Es precisamente esta perspectiva la que inquieta a las antiguas potencias coloniales y a Estados Unidos, que busca preservar un orden económico internacional favorable a las potencias occidentales. Estas posturas resumen la ambición que animaba a una parte importante de los dirigentes africanos de la época. La independencia no debía conducir a la fragmentación del continente en Estados débiles y dependientes, sino a la construcción de una solidaridad política, económica y cultural capaz de resistir a las antiguas potencias coloniales y a las nuevas formas de dominación.
Nkrumah se convierte rápidamente en la figura más influyente de esta corriente panafricanista. Acoge en Accra conferencias que reúnen a dirigentes africanos, militantes anticolonialistas y representantes de los movimientos de liberación que todavía luchan contra la dominación portuguesa, británica o francesa.
En Washington esta evolución suscita una oposición cada vez mayor. Estados Unidos había apoyado oficialmente el principio de la descolonización, sobre todo para debilitar a los antiguos imperios europeos, pero no toleraba que surgieran gobiernos capaces de cuestionar el orden económico internacional dominado por las grandes potencias capitalistas e imperialistas. El problema no es solo ideológico; Ghana controla importantes exportaciones de cacao, mientras que otros países africanos disponen de recursos estratégicos esenciales para la industria occidental: cobre, cobalto, uranio, manganeso, cromo o petróleo.
La administración Eisenhower esperaba en un primer momento mantener buenas relaciones con Nkrumah, que realizó una visita oficial a Estados Unidos en 1958 y gozó de cierta simpatía entre la opinión pública estadounidense, pero tanto sus posturas a favor de la no alineación como su acercamiento al Egipto de Nasser, a la República Popular China y a la Unión Soviética, así como su apoyo a los movimientos revolucionarios africanos, alimentaron la animadversión de Washington.
El deterioro de las relaciones se aceleró a principios de la década de 1960. Ghana se enfrentaba a crecientes dificultades económicas, mientras que la oposición interna se fortalecía. En febrero de 1966, mientras Nkrumah se encontraba de viaje por China y Vietnam del Norte, un golpe de Estado militar lo derrocó. Archivos desclasificados revelan que la CIA conocía los planes de los golpistas y mantenía estrechos contactos con los opositores al régimen, mientras que altos cargos estadounidenses deseaban el derrocamiento de Nkrumah por parte de fuerzas prooccidentales. Para muchos dirigentes africanos la caída de Nkrumah supuso una advertencia: los proyectos de autonomía continental se topaban con la hostilidad de las grandes potencias occidentales.
Sin embargo, el episodio de Ghana no es más que el complemento de una crisis mucho más grave: la del Congo.
El Congo Belga consigue su independencia gracias a grandes movilizaciones populares el 30 de junio de 1960. Su inmenso territorio alberga algunos de los recursos mineros más importantes del mundo, como el cobre y el cobalto de Katanga o el uranio de Shinkolobwe utilizado para la fabricación de las bombas atómicas estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial. El nuevo primer ministro, Patrice Lumumba, encarna la esperanza de una independencia verdaderamente soberana.
Durante la ceremonia oficial celebrada en Leopoldville en presencia del rey Balduino, Lumumba pronuncia un discurso que rompe con la retórica de gratitud que esperaban las autoridades belgas. Denuncia las humillaciones de la colonización afirmando la voluntad del pueblo congoleño de controlar su propio destino. Este discurso provoca inmediatamente una fuerte oposición en Bruselas y Washington.
Pocos días después de la independencia el ejército congoleño se amotina, mientras que la provincia de Katanga, dirigida por Moïse Tshombe y respaldada por los intereses mineros belgas, se separa del país. Lumumba solicita la ayuda de la ONU para preservar la unidad del país y ante la insuficiencia de dicha ayuda recurre a la Unión Soviética para obtener apoyo logístico.
Los documentos desclasificados revelan que la administración Eisenhower consideraba entonces a Lumumba una grave amenaza para los intereses occidentales en África Central. Se encomendó a la CIA la misión de apartarlo del poder, barajando diferentes planes de asesinato. En septiembre de 1960 el presidente Joseph Kasa-Vubu anuncia su destitución, mientras que el coronel Joseph-Désiré Mobutu toma el control del ejército con el apoyo de Estados Unidos y Bélgica.
Detenido, trasladado a Katanga y posteriormente entregado a las autoridades secesionistas, Lumumba fue ejecutado el 17 de enero de 1961.[1]Durante mucho tiempo los Gobiernos belga y estadounidense minimizaron su responsabilidad en este asesinato, pero las investigaciones parlamentarias belgas y estadounidenses, así como los trabajos de numerosos historiadores, han demostrado la implicación de las autoridades belgas y el papel central que desempeñó la CIA en los esfuerzos por eliminar políticamente a Lumumba.
El impacto de este suceso trasciende con creces las fronteras del Congo. Para gran parte de la opinión pública africana y del movimiento de los no alineados, el asesinato de Lumumba se convierte en el símbolo de la intervención de las potencias occidentales contra los dirigentes que pretenden controlar las riquezas de su país y llevar a cabo una política independiente.Al mismo tiempo otras experiencias de soberanía africana despiertan también la desconfianza estadounidense.
En Malí, Modibo Keïta emprende una política de planificación económica, desarrolla las empresas públicas y trata de reducir la dependencia respecto a la antigua potencia colonial francesa. En Tanzania, Julius Nyerere elabora el proyecto del Ujamaa, una forma de socialismo africano basada en las comunidades rurales, al tiempo que apoya activamente a los movimientos de liberación del sur de África. En Argelia, Ahmed Ben Bella transformaba Argel en la capital del Tercer Mundo revolucionario, acogiendo a militantes anticolonialistas y revolucionarios como el Che Guevara y a representantes del FLN vietnamita, del MPLA angoleño, del PAIGC de Guinea-Bissau[2] o del CNA sudafricano. En todos los casos los responsables estadounidenses actúan para combatir por cualquier medio la constitución de una red transnacional de solidaridad tricontinental (África-Asia-América Latina) antiimperialista y revolucionaria.
Uno de los objetivos es la figura de Mehdi Ben Barka. Opositor marroquí y antiguo presidente de la Asamblea Nacional, Ben Barka se convierte en uno de los principales organizadores de la Conferencia Tricontinental prevista en La Habana para 1966. Su proyecto tiene como objetivo acercar a los movimientos revolucionarios de África, Asia y América Latina desde una perspectiva antiimperialista global. Su secuestro en París en octubre de 1965 en una operación en la que participaron los servicios de seguridad marroquíes y franceses, provocó fuertes reacciones a nivel internacional. Existen indicios serios que demuestran que los servicios estadounidenses estaban al corriente de la operación contra Mehdi Ben Barka y se habían infiltrado en los servicios de seguridad marroquíes. A raíz de las solicitudes formuladas en el marco de la legislación estadounidense sobre el acceso a los documentos administrativos (FOIA), la CIA reconoció en 1976 que poseía más de 1 800 documentos relacionados con Ben Barka y su caso.
A finales de la década de 1960 el balance era desastroso para la corriente panafricanista radical. Lumumba había sido asesinado, Nkrumah derrocado, Ben Bella apartado del poder por el golpe de Estado de Boumédiène, Nasser había perdido la Guerra de los Seis Días iniciada por Israel en 1967 y otros muchos dirigentes se enfrentaban a presiones económicas, diplomáticas o militares. La Organización para la Unidad Africana creada en 1963 sobrevivió, pero sus ambiciones federalistas se vieron considerablemente reducidas.
Para Washington este período supone un importante éxito estratégico. Estados Unidos logró impedir la formación de un bloque panafricano capaz de llevar a cabo una política económica coordinada y de poner en entredicho el acceso occidental a los recursos del continente. Pero esta victoria abre una nueva etapa: la del apoyo a regímenes aliados encargados de garantizar la estabilidad del orden regional durante la Guerra Fría.
Tras haber contribuido a apartar o eliminar a varios líderes panafricanistas, Washington se dedica a consolidar un orden regional basado en aliados considerados fiables. Al mismo tiempo, los movimientos de liberación del sur de África se convierten en uno de los principales escenarios de la Guerra Fría en el continente.
II. De Mobutu a la Sudáfrica racista: consolidar un orden regional favorable a los intereses de Washington (1965-1991)
El objetivo de Washington ya no es solo impedir el surgimiento de gobiernos considerados hostiles, sino consolidar un entorno político estable que garantice la defensa de los intereses occidentales en una región donde se concentran importantes recursos mineros y energéticos. Esta estrategia llevó a Estados Unidos a apoyar varios regímenes autoritarios presentados como baluartes contra el comunismo. El caso más emblemático es el del Congo, que pasó a llamarse Zaire en 1971.
Tras su primer golpe de Estado en septiembre de 1960 y su toma definitiva del poder en noviembre de 1965, el general Joseph-Désiré Mobutu se impuso progresivamente como uno de los principales aliados africanos de Washington. Durante casi tres décadas su régimen recibió una considerable ayuda militar, financiera y diplomática de Estados Unidos, al que se sumaron Bélgica y Francia. A pesar de la corrupción sistémica, la severa represión de la oposición y la malversación de una parte importante de los ingresos mineros, Mobutu goza de un apoyo constante por parte de las sucesivas administraciones estadounidenses.
Este apoyo no se explica únicamente por el anticomunismo manifiesto del líder zaireño. Zaire ocupa una posición geográfica central en África y posee recursos estratégicos de primera importancia. El cobre y el cobalto de Katanga son indispensables para varias industrias occidentales, mientras que el país constituye una base logística esencial para las operaciones llevadas a cabo contra los movimientos de liberación del sur de África. Para Washington la estabilidad del régimen de Mobutu se presenta como una condición para la preservación del equilibrio regional.
Con el paso de los años, Mobutu transformó el Estado en un sistema de clientelismo en el que los recursos públicos alimentaban un considerable enriquecimiento personal. Mientras la deuda externa aumentaba y las infraestructuras se deterioraban, el presidente zaireño acumulaba una fortuna privada estimada en varios miles de millones de dólares. Sin embargo, el Banco Mundial y el FMI siguieron apoyando a su Gobierno durante gran parte de la Guerra Fría, lo que ilustra la primacía de las consideraciones geopolíticas sobre las exigencias de buena gobernanza que a menudo se invocan en otros contextos. El apoyo de Washington a Mobutu se inscribe en una estrategia más amplia de defensa del orden capitalista e imperialista en África, ya sea en su forma colonial o neocolonial.
La complicidad de Washington con el Portugal colonialista y la Sudáfrica del apartheid
Esto queda demostrado por su apoyo a Portugal, que se negó obstinadamente a conceder la independencia a sus colonias africanas. Bajo el mandato de António de Oliveira Salazar y posteriormente de Marcelo Caetano, Lisboa libró largas guerras coloniales en Angola, Mozambique y Guinea-Bissau con el fin de preservar lo que consideraba provincias de ultramar. Estados Unidos protegía a su aliado portugués, de hecho, Portugal ocupaba un lugar estratégico dentro de la OTAN y Estados Unidos concedía especial importancia al mantenimiento de sus instalaciones militares en el archipiélago de las Azores, esenciales para las conexiones aéreas y navales entre Norteamérica, Europa y Oriente Medio. Esta prioridad estratégica llevó a Washington a aceptar la prolongación de las guerras coloniales portuguesas hasta la Revolución de los Claveles de 1974.
La complicidad de Washington con el Portugal colonialista y la Sudáfrica del apartheid queda ilustrada también por la negativa del Banco Mundial, dominado por Estados Unidos, a aplicar las sanciones decretadas por la ONU contra los regímenes de Lisboa y Pretoria[3] . Cabe destacar el apoyo financiero del FMI a Sudáfrica en la década de 1970[4]. Al mismo tiempo, Sudáfrica ocupaba un lugar igualmente importante en los cálculos estratégicos estadounidenses. Desde la llegada al poder del Partido Nacional en 1948, el régimen del apartheid imponía una segregación racial institucionalizada que suscitaba una condena cada vez mayor en la escena internacional. Los gobiernos estadounidenses denunciaban oficialmente esta política, sobre todo en los foros de las Naciones Unidas; sin embargo, la condena tuvo durante mucho tiempo consecuencias prácticas muy limitadas.
Las consideraciones geopolíticas y económicas influyen de manera decisiva en esta actitud. Sudáfrica cuenta con importantes reservas de oro, platino, cromo, manganeso y otros minerales indispensables para la industria occidental. También controla el cabo de Buena Esperanza, ruta marítima esencial cuando el canal de Suez está cerrado. Sobre todo, Pretoria se presenta ante Washington como un socio clave en la lucha contra los movimientos apoyados por la Unión Soviética y Cuba en África meridional.
Esta convergencia se hizo especialmente patente durante los mandatos de Richard Nixon y Ronald Reagan. A partir de principios de la década de 1980 la denominada política de “compromiso constructivo” defendida por el subsecretario de Estado Chester Crocker dio prioridad al diálogo con Pretoria frente a las sanciones económicas que, según Washington, podían reforzar a los movimientos revolucionarios. Esta orientación suscitó fuertes críticas tanto en el seno del Congreso estadounidense como en el movimiento internacional de lucha contra el apartheid. En 1986 el Congreso aprobó finalmente la Ley Integral contra el Apartheid (Comprehensive Anti-Apartheid Act), que imponía sanciones contra Sudáfrica a pesar del veto del presidente Reagan.
Liberia constituye otro ejemplo revelador del apoyo prestado por Washington a un régimen autoritario durante la Guerra Fría. El 12 de abril de 1980 el sargento mayor Samuel K. Doe derrocó y asesinó al presidente William Tolbert en un golpe de Estado militar. Washington consideró al régimen de Doe como un aliado anticomunista de primer orden en África Occidental. La administración Reagan reforzó considerablemente esta relación y en 1981 envió 100 Boinas Verdes y un destructor a Liberia para manifestar su apoyo al gobierno militar de Doe, mientras que la ayuda económica y militar estadounidense aumentaba considerablemente durante la primera mitad de la década de 1980.
Sin embargo, es en Angola donde las contradicciones de la política estadounidense se manifiestan con mayor claridad. Cuando Portugal se retiró en 1975, tres movimientos reclamaban el poder: el MPLA, el FNLA y la UNITA. Muy pronto la guerra civil angoleña se convirtió en un conflicto internacional. El MPLA recibió el apoyo de Cuba y de la Unión Soviética, mientras que el FNLA y sobre todo la UNITA de Jonas Savimbi contaron con el respaldo de Estados Unidos, el Zaire de Mobutu y Sudáfrica.
La administración Ford autorizó ya en 1975 una amplia operación clandestina de la CIA, conocida como “IA Feature”[5], destinada a impedir la victoria del MPLA. A pesar de esta intervención, el envío de varias decenas de miles de soldados cubanos permitió al Gobierno angoleño conservar Luanda y asegurar su supervivencia.
Durante los años siguientes, la UNITA siguió siendo uno de los principales beneficiarios de la ayuda estadounidense en África. La administración Reagan incrementó aún más este apoyo en el marco de la “doctrina Reagan”, cuyo objetivo era respaldar a los movimientos armados que luchaban contra los gobiernos aliados de Moscú. Jonas Savimbi fue recibido en Washington como líder de la resistencia anticomunista, mientras que las operaciones militares sudafricanas continuaban en territorio angoleño.
La solidaridad internacionalista de Cuba
Para Cuba, por el contrario, la intervención en Angola responde a una lógica profundamente diferente. Fidel Castro considera el compromiso cubano como un acto de solidaridad internacionalista con los movimientos de liberación africanos. Entre 1975 y 1991, cerca de 400 mil soldados cubanos prestaron servicio sucesivamente en Angola. Su presencia contribuyó a impedir el colapso del MPLA frente a las ofensivas de la UNITA y del ejército sudafricano.
El enfrentamiento alcanzó su punto álgido durante la batalla de Cuito Cuanavale, entre 1987 y 1988, ganada por los cubanos y sus aliados, lo que modificó profundamente las relaciones de poder regionales[6] . Los acuerdos posteriores condujeron a la retirada progresiva de las tropas cubanas, pero también a la independencia de Namibia y a la retirada de las fuerzas sudafricanas de ese territorio. Nelson Mandela subrayará en varias ocasiones que la resistencia angoleña y la intervención cubana desempeñaron un papel decisivo en el debilitamiento del régimen del apartheid. Según él, la derrota militar sudafricana en Angola contribuyó a que resultara inevitable el inicio de las negociaciones que unos años más tarde conducirían a la liberación de los presos políticos y al fin de la segregación institucionalizada.
Nelson Mandela destacó que la ayuda prestada por Cuba desempeñó un papel decisivo en el debilitamiento del régimen del apartheid
Mientras estos cambios transformaban el sur de África, una nueva generación de líderes africanos intentaba relanzar el proyecto de soberanía económica del continente. Entre ellos, Thomas Sankara ocupa un lugar singular. Tras llegar al poder en Burkina Faso en agosto de 1983 Sankara emprendió profundas reformas sociales, agrarias y administrativas. Fomentó la autosuficiencia alimentaria, luchó contra la corrupción, llevó a cabo una ambiciosa política a favor de la emancipación de las mujeres y criticó abiertamente los mecanismos de dependencia financiera que vinculaban a los Estados africanos con los acreedores del Norte.
Thomas Sankara, la deuda y el cuestionamiento del orden económico internacional.
En el centro de esta contestación se encuentra la cuestión de la deuda externa. Para Sankara la cuestión de la deuda no es solo un problema financiero, representa un instrumento político que limita la soberanía de los Estados africanos. Según él, aceptar indefinidamente el reembolso de deudas contraídas en condiciones a menudo impuestas por las antiguas potencias coloniales equivale a mantener una forma de dependencia tras el fin oficial de la colonización.
Este es el sentido de su famoso discurso pronunciado el 29 de julio de 1987 ante la Organización para la Unidad Africana en Adís Abeba[7]. Ante los dirigentes africanos reunidos en la capital etíope, Sankara hizo un llamamiento a la acción colectiva del continente contra el sistema de la deuda afirmando que, si Burkina Faso fuera el único país en negarse a pagar, quedaría aislado y amenazado, pero si todos los Estados africanos actuaran juntos podrían obligar a los acreedores a revisar sus exigencias.En este discurso Sankara vincula directamente la cuestión de la deuda con la del desarrollo y la soberanía, declarando:
“La deuda no se puede saldar, porque si no pagamos nuestros prestamistas no morirán. Pero si pagamos, seremos nosotros quienes moriremos”.
Thomas Sankara vincula directamente la cuestión de la deuda con la del desarrollo y la soberanía
Más allá de la frase su intervención defiende una concepción global del desarrollo: lucha contra la pobreza, soberanía alimentaria, inversión en servicios públicos, emancipación de las mujeres y rechazo a las políticas impuestas desde el exterior. Unas semanas más tarde, el 15 de octubre de 1987, Sankara fue asesinado durante el golpe de Estado que llevó al poder a Blaise Compaoré. Las circunstancias exactas de su asesinato siguen siendo objeto de debate pero las principales responsabilidades de los actores burkineses implicados en el golpe de Estado están ya ampliamente demostradas. No se ha demostrado la implicación directa de Estados Unidos, a diferencia de lo ocurrido en el caso de Lumumba o en ciertas operaciones de la CIA en África Central y Austral, sin embargo, la desaparición de Sankara se produce en un momento en que su discurso sobre la deuda y su voluntad de romper con las políticas de ajuste estructural cuestionaban directamente el orden económico internacional defendido por las instituciones financieras dominadas por las potencias occidentales.
La experiencia sankarista constituye uno de los últimos grandes episodios del período de la Guerra Fría en el que un dirigente africano intentó combinar la soberanía política, la transformación social y el cuestionamiento de los mecanismos económicos heredados de la dominación colonial.
Marruecos: apoyo a la monarquía y respaldo a las reivindicaciones sobre el Sáhara Occidental
Desde la independencia de Marruecos en 1956, Estados Unidos mantiene una relación privilegiada con la monarquía alauí. Durante la Guerra Fría, Washington considera al reino como un aliado estable frente a los movimientos nacionalistas radicales, socialistas o revolucionarios que cuestionan el orden regional dominado por las potencias occidentales.
Bajo el reinado de Hassan II, a pesar de un régimen autoritario marcado por una fuerte represión política durante los “años de plomo”, la monarquía marroquí se benefició del apoyo político y militar estadounidense. La defensa de los intereses estratégicos de Estados Unidos prevaleció una vez más sobre los principios democráticos proclamados.
Esta cercanía se pone también de manifiesto en la cuestión del Sáhara Occidental. Tras la retirada española en 1975 y la organización de la “Marcha Verde”, Marruecos toma el control de gran parte del territorio, lo que provocó un conflicto con el Frente Polisario, apoyado por Argelia. Durante la guerra del Sáhara Occidental, Washington prestó un importante apoyo político y militar a Rabat, considerando a Marruecos como socio estratégico en la lucha contra la influencia soviética en el norte de África.
En diciembre de 2020 la Administración Trump da un paso más al reconocer oficialmente la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental en el marco de los Acuerdos de Abraham. Esta decisión supone una alineación directa con las reivindicaciones de Rabat, rompiendo con la postura internacional basada en la organización de un proceso de autodeterminación bajo los auspicios de la ONU. El caso marroquí confirma una constante en la política estadounidense en África: Estados Unidos favorece sistemáticamente a las monarquías y regímenes autoritarios considerados socios fiables en detrimento de los movimientos populares, las reivindicaciones democráticas y los principios de autodeterminación.
III. De la “guerra contra el terrorismo” a la rivalidad con China: las nuevas formas de la estrategia de Washington en África (1991-2026)
- Tras la Guerra Fría: África en la estrategia estadounidense, entre la marginación y las intervenciones militares
El fin de la Guerra Fría altera profundamente el lugar que ocupa África en la política exterior estadounidense. Durante varias décadas el continente había sido percibido principalmente a través del prisma de la rivalidad con la Unión Soviética. La desaparición de esta última en 1991 parece reducir su importancia estratégica para Washington. Algunos responsables estadounidenses llegan a considerar que África se convierte en una preocupación secundaria en un mundo ahora dominado por la victoria estadounidense y el surgimiento de un “momento unipolar”. Sin embargo, este periodo no supuso una retirada de Estados Unidos. Este país siguió profundamente implicado en los asuntos africanos, aunque los medios de intervención evolucionaron. El apoyo directo a los regímenes aliados —una característica fundamental de su estrategia durante la Guerra Fría— ha ido cediendo terreno a formas de influencia más difusas: la condicionalidad de la ayuda, la influencia a través de la deuda y los recursos financieros, las presiones diplomáticas y tras el 11 de septiembre, una presencia militar creciente, junto a operaciones llevadas a cabo en nombre de la lucha contra el terrorismo.
La intervención estadounidense en Somalia en 1992-1993 constituye uno de los primeros ejemplos de esta nueva fase. Presentada inicialmente como una operación humanitaria destinada a facilitar el envío de ayuda alimentaria, se transformó en una intervención militar contra las milicias locales. La batalla de Mogadiscio en octubre de 1993, en la que murieron 18 soldados estadounidenses, llevó a la Administración Clinton a reducir considerablemente su implicación directa. El trauma somalí tuvo una influencia duradera en la política estadounidense en África: a partir de entonces Washington hizo mayor hincapié en formas indirectas de intervención, en particular el recurso a las fuerzas especiales, la formación y el armamento de las fuerzas de seguridad africanas, las alianzas en materia de seguridad y cada vez más, los programas destinados a moldear los entornos políticos africanos.
La década de los noventa también estuvo marcada por el genocidio de Ruanda en 1994 y por las guerras que asolaron posteriormente la región de los Grandes Lagos. La cautela estadounidense durante el genocidio ruandés, tras la experiencia somalí, fue objeto de numerosas críticas. Al mismo tiempo, Washington busca reforzar sus relaciones con determinados Estados africanos considerados socios fiables, en particular Egipto, Marruecos, Uganda, Ruanda y Etiopía.
El caso de Sudán: de la hostilidad hacia el régimen de Bashir a una cooperación pragmática y posteriormente a un apoyo prudente a la transición democrática
Sudán también ilustra las contradicciones de la política estadounidense en África. Tras su llegada al poder mediante un golpe de Estado en 1989, Omar al-Bashir instauró un régimen autoritario basado en el dominio del ejército, el islamismo político y una represión masiva de la oposición. Durante la década de los noventa el Gobierno sudanés mantuvo estrechas relaciones con movimientos islamistas internacionales, en particular con Osama bin Laden, que residió en Sudán entre 1992 y 1996.
En la década de los noventa, Washington endureció su política hacia Jartum: Estados Unidos incluyó a Sudán en la lista de Estados que apoyaban el terrorismo en 1993 e impuso amplias sanciones económicas al régimen en 1997. Tras los atentados de 1998 contra las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania, el enfrentamiento con Washington se agudizó aún más.
Sin embargo, la política estadounidense hacia Sudán evoluciona a principios de la década de 2000. Ante las guerras civiles que asolan el país y, en particular, ante el conflicto de Darfur a partir de 2003, Washington condena oficialmente los crímenes cometidos por las fuerzas gubernamentales y sus milicias aliadas. Pero al mismo tiempo, los gobiernos estadounidenses tratan de mantener un diálogo con Jartum con el fin de favorecer la estabilidad regional, la lucha contra el terrorismo y el proceso que culminó con la independencia de Sudán del Sur en 2011.
- El giro hacia la seguridad: la creación del AFRICOM y la militarización de la intervención de Estados Unidos en África
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 otorgaron a África un nuevo lugar entre las preocupaciones estratégicas de Estados Unidos, aunque este cambio ya había comenzado varios años antes. Los atentados con bomba contra las embajadas estadounidenses de Nairobi (Kenia) y Dar es Salaam (Tanzania) el 7 de agosto de 1998 marcaron un punto de inflexión importante. Estos atentados perpetrados por Al Qaeda causaron 224 muertos y más de 4 500 heridos. Aunque las embajadas estadounidenses fueran los objetivos, la gran mayoría de las víctimas eran kenianos y tanzanos: solo 12 de ellas eran estadounidenses. Los atentados demostraron que África no era simplemente un escenario periférico del incipiente conflicto yihadista transnacional, sino también un lugar donde las poblaciones locales estaban directamente expuestas a su violencia. Provocaron un refuerzo sustancial de la cooperación antiterrorista de Estados Unidos con los gobiernos de África Oriental, contribuyendo a allanar el camino para un cambio mucho más amplio en materia de seguridad que se produjo tras el 11 de septiembre de 2001. Los atentados del 11 de septiembre integraron a África en la “guerra mundial contra el terrorismo” liderada por Estados Unidos. Los grupos armados islamistas presentes en Somalia, el Sahel, la cuenca del lago Chad y otras regiones de África Oriental se convirtieron en objetivos cada vez más importantes. Esta evolución condujo a la creación en 2007 del Mando de Estados Unidos para África (AFRICOM), que entró en pleno funcionamiento en 2008. Por primera vez, todo el continente africano —a excepción de Egipto, que depende del Mando de Oriente Medio— pasó a estar bajo la responsabilidad de un mando militar estadounidense específico.
AFRICOM: una estructura militar estadounidense para el continente africano
La creación del AFRICOM ilustra una importante transformación. Durante la Guerra Fría África se gestionaba principalmente desde Washington a través de alianzas políticas, ayuda militar y operaciones secretas. A partir de entonces quedó integrada en una estructura militar permanente. El AFRICOM ha puesto en marcha programas de formación para las fuerzas armadas africanas, ejercicios militares conjuntos, operaciones de inteligencia y misiones de fuerzas especiales, así como capacidades de vigilancia aérea y con drones.
La base estadounidense de Camp Lemonnier, en Yibuti, se ha convertido en uno de los principales centros militares estadounidenses en África. Situada cerca del mar Rojo y del golfo de Adén, constituye una plataforma estratégica para la vigilancia y las operaciones militares en África Oriental, Oriente Medio y a lo largo de las principales rutas marítimas.
La política estadounidense en el Sahel se ha convertido en otro pilar fundamental de esta estrategia. Tras la intervención francesa en Malí en 2013 contra los grupos armados yihadistas, Estados Unidos proporcionó apoyo logístico, así como capacidades de inteligencia y vigilancia. La construcción de la base de drones de Agadez, en Níger, puso de manifiesto la creciente implicación de Estados Unidos en la región.
Sin embargo, esta militarización ha dado resultados dispares. A pesar de dos décadas de operaciones internacionales, los grupos armados siguen ganando terreno en varias regiones. Los golpes de Estado en Malí (2020 y 2021), Burkina Faso (2022) y Níger (2023) ponen de manifiesto una profunda crisis de la estrategia occidental en el Sahel. Las nuevas autoridades militares han denunciado la presencia francesa y en algunos casos han tratado de establecer nuevas alianzas, en particular con Rusia. En Níger la crisis ha puesto de manifiesto de forma especialmente clara los límites de esta estrategia tras el golpe de Estado de julio de 2023: las nuevas autoridades militares exigieron la salida de las fuerzas francesas y estadounidenses. Washington se vio finalmente obligado a retirar sus tropas de Niamey y en agosto de 2024 de su principal base de drones en Agadez.
- Obama, Trump y Biden: entre el discurso de la colaboración y el retorno de la competencia entre las grandes potencias
La Administración Obama intenta cambiar la imagen de la política estadounidense en África. El presidente estadounidense hace mayor hincapié en el desarrollo económico, la gobernanza y las alianzas con la sociedad civil. Sin embargo, este nuevo enfoque no supone un abandono de las prioridades estratégicas. Bajo el mandato de Obama, el AFRICOM prosigue con sus operaciones y la Administración estadounidense sigue considerando la estabilidad en materia de seguridad como una condición previa para el desarrollo económico.
La presidencia de Trump (2017-2021) introduce un tono diferente. El continente africano ocupa un lugar menos relevante en la comunicación presidencial, pero la estrategia estadounidense comienza a estructurarse cada vez más en torno a la competencia con China. La publicación en 2018 de la estrategia estadounidense para África por parte del asesor de seguridad nacional John Bolton, afirma explícitamente que Washington quiere impedir que Pekín y Moscú utilicen sus inversiones económicas y militares para aumentar su influencia.
Esta evolución se hace aún más evidente bajo el mandato de Joe Biden. Ante la expansión china en África, especialmente en el marco de la Nueva Ruta de la Seda, Washington busca ofrecer una alternativa. La cumbre Estados Unidos-África celebrada en Washington en diciembre de 2022 marca esta voluntad de reenganche. La Administración Biden hace hincapié en las inversiones privadas, las infraestructuras, las cadenas de suministro y los minerales críticos necesarios para las tecnologías verdes y digitales. Esta nueva orientación queda visiblemente de manifiesto con el corredor de Lobito.
- El corredor de Lobito: los minerales africanos en el centro de la rivalidad entre China y Estados Unidos
El proyecto del corredor de Lobito constituye el ejemplo más simbólico de la nueva política estadounidense en África. Esta infraestructura ferroviaria conecta las regiones mineras del sur de la República Democrática del Congo y de Zambia con el puerto angoleño de Lobito, en el océano Atlántico. Su objetivo es facilitar la exportación de minerales estratégicos, en particular cobre y cobalto. Estos recursos se han convertido en esenciales para las industrias del siglo XXI: baterías y vehículos eléctricos, tecnologías digitales e infraestructuras energéticas.
Sin embargo, China ocupa una posición dominante en varios segmentos de estas cadenas de valor. Las empresas chinas controlan una parte importante de la extracción y sobre todo de la transformación del cobalto congoleño. Para Washington, apoyar Lobito responde a un doble objetivo: ofrecer una alternativa a las infraestructuras chinas y garantizar el acceso occidental a los minerales indispensables para la transición energética. El proyecto se presenta oficialmente como una colaboración beneficiosa para todas las partes con los países africanos implicados, pero también ilustra la nueva lógica de la competencia geopolítica: las infraestructuras se convierten en instrumentos de influencia, al igual que lo fueron las bases militares durante la Guerra Fría.
- Trump II y la Estrategia de Seguridad Nacional 2025: rivalidad con China, control de los recursos y externalización de las fronteras occidentales en África
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025 convierte a África en un escenario explícito del enfrentamiento entre Estados Unidos y China: Washington busca frenar la influencia de Pekín, asegurarse el acceso a los recursos estratégicos de África e impedir que China consolide su posición económica y geopolítica en el continente. Esta evolución explica el creciente interés de Washington por los minerales de la República Democrática del Congo, el cobre de Zambia, el corredor de Lobito y las alianzas con determinados Estados africanos productores de recursos estratégicos. También explica la importancia cada vez mayor que se concede a las relaciones con Ruanda y la República Democrática del Congo. Los acuerdos entre Kigali y Kinshasa, respaldados por Washington, se presentan como una medida destinada a reducir las tensiones en el este de la RDC y a promover la estabilidad regional. Sin embargo, en realidad se inscriben en un contexto más amplio en el que Estados Unidos busca asegurarse el acceso a recursos minerales estratégicos como el coltán, el cobalto y los minerales necesarios para las nuevas tecnologías.
Trump también ha introducido una nueva dimensión en la presión que ejercen los Estados Unidos sobre los gobiernos africanos: persuadirles para que acepten a los migrantes expulsados de los Estados Unidos, incluidas personas que no son nacionales de los países que los acogen. Al igual que hacen los gobiernos de los países de Europa occidental, la Administración Trump ha recurrido cada vez con mayor frecuencia a las denominadas “deportaciones a terceros países”, tratando de alcanzar acuerdos con gobiernos africanos para que acojan a las personas que Washington desea expulsar del territorio estadounidense. Ruanda ha aceptado acoger a personas deportadas a cambio de ayuda financiera estadounidense, mientras que Esuatini también lo ha hecho. Otros gobiernos africanos, entre ellos Sudán del Sur y Uganda, se han visto envueltos en negociaciones sobre acuerdos similares.
Washington, al igual que los Estados europeos, deporta a África a migrantes o solicitantes de asilo
Estos acuerdos ilustran una transformación más amplia de las relaciones entre Washington y los gobiernos africanos. Estados Unidos busca cada vez más externalizar los costes humanos y políticos de su política migratoria transfiriendo la responsabilidad de las personas deportadas a países más pobres, a veces a cambio de ayuda financiera u otras ventajas. En algunos casos las personas deportadas no tienen ningún vínculo previo con el país africano que las acoge. Esto extiende a la política migratoria la lógica ya perceptible en la cooperación en materia de seguridad: se recurre cada vez más a los Estados africanos para que desempeñen funciones que sirvan a los intereses estratégicos estadounidenses más allá de sus propias fronteras.
No hay que perder de vista que la Casa Blanca está reforzando el uso del Banco Mundial y del FMI para consolidar su influencia en África, al tiempo que profundiza en las políticas neoliberales que ya se aplican ampliamente desde la década de 1980.
- Sudáfrica: nuevo punto de tensión con Washington
Por último, la relación con Sudáfrica ilustra una transformación importante. Durante la Guerra Fría, Washington consideraba a Pretoria un socio estratégico anticomunista. Hoy en día el país se ha convertido en un actor del Sur global, miembro de los BRICS e importante socio económico de China. La política exterior sudafricana, en particular su cercanía a Pekín y Moscú, su papel en el grupo BRICS y su actuación ante la Corte Internacional de Justicia en relación con Gaza, provocan fuertes tensiones con Washington. Bajo la segunda administración de Trump, estas tensiones se acentúan. Donald Trump acusa al Gobierno sudafricano de llevar a cabo políticas hostiles a los intereses de los afrikaners y amenaza con utilizar instrumentos económicos contra Pretoria. Elon Musk, originario de Sudáfrica, también interviene públicamente en estos debates, haciéndose eco de los ataques contra el Gobierno sudafricano. Ante la agresividad verbal de Trump y su chantaje con sanciones aduaneras, el Gobierno sudafricano tiende a hacer concesiones que, sin embargo, el inquilino de la Casa Blanca considera insuficientes.
Conclusión
Las operaciones clandestinas y el apoyo a regímenes autoritarios o dictatoriales considerados favorables a los intereses de Washington continúan
Desde el fin de la Guerra Fría los instrumentos del poder de Estados Unidos en África han cambiado, pero sus objetivos fundamentales siguen siendo los mismos. Las operaciones clandestinas y el apoyo a regímenes autoritarios o dictatoriales considerados favorables a los intereses de Washington continúan, la presencia militar estadounidense se ha consolidado y se han establecido nuevas alianzas en materia de seguridad. Ante la creciente influencia de China, Washington busca ahora recuperar parte del terreno económico y estratégico perdido en el continente.
Para garantizar su acceso a los recursos esenciales y preservar sus intereses geopolíticos, Washington pretende asimismo impedir cualquier resurgimiento de un panafricanismo progresista que pueda poner en entredicho ese dominio. A las distintas potencias que intervienen en África les conviene que se produzcan conflictos en el continente para debilitar la capacidad de resistencia y unidad de los pueblos. Si los pueblos africanos quieren alcanzar las condiciones para un desarrollo verdaderamente soberano, que garantice el ejercicio de los derechos humanos y respete la naturaleza, deberán oponerse a las pretensiones de Washington, así como a las de las demás grandes potencias, ya sean occidentales u orientales.
Se trata de romper con la lógica de la sumisión, la dependencia y la complacencia con potencias que siguen considerando a África como un espacio de rivalidad geopolítica y como una reserva de materias primas extraídas por una mano de obra mal remunerada, a costa de consecuencias humanas, sociales y ecológicas catastróficas.
La verdadera alternativa pasa por la reconquista de la soberanía de los pueblos africanos sobre sus recursos, sus decisiones políticas y su futuro.
El autor agradece a Sushovan Dhar, Christian Dubucq y David Otieno su revisión y sus consejos.
El autor agradece a Fernanda Gadea su revisión de la traducción al castellano.
[1]Éric Toussaint, “En memoria de Patrice Lumumba, asesinado el 17 de enero de 1961”, CADTM, publicado el 17 de enero de 2026,https://www.cadtm.org/En-memoria-de-Patrice-Lumumba-asesinado-el-17-de-enero-de-1961 consultado el14 septiembre de 2026
[2]El PAIGC desempeñó un papel clave en la liberación de Guinea-Bissau y Cabo Verde. Su líder, Amílcar Cabral, una de las figuras panafricanistas y revolucionarias más destacadas de África, fue asesinado en Conakry en enero de 1973
[3]Éric Toussaint, Banco Mundial. Una historia crítica, El Viejo Topo, Barcelona, 2022, capítulo 3, páginas 107-108,https://tienda.elviejotopo.com/catalogo/3536-banco-mundial-una-historia-critica.htmlconsultado el 14 de septiembre de 2026
[4]Éric Toussaint y Patrick Bond, “Sudáfrica: El apoyo del Banco Mundial y del FMI al régimen del apartheid”, CADTM, publicado en francés el 24 de abril de 2019, https://www.cadtm.org/Afrique-du-Sud-Le-soutien-de-la-Banque-mondiale-et-du-FMI-au-regime-de-l, consultado el14 de septiembre de 2026
[5]Véase el documento desclasificado elaborado por la CIA: “La guerra secreta de la CIA en Angola”, publicado el 12 de octubre de 2004, https://www.cia.gov/readingroom/docs/CIA-RDP88-01314R000100660020-1.pdf, consultado el 14 de septiembre de 2026
[6]En 2026, mientras Cuba ve amenazada su supervivencia por la falta de hidrocarburos debido al bloqueo impuesto por Washington, los dirigentes angoleños herederos del MPLA demuestran una total falta de reciprocidad y solidaridad con Cuba al no enviar petróleo a la isla caribeña. Los dirigentes angoleños, cuyo principal socio económico es China, quieren mantener las mejores relaciones posibles con Washington, aunque ello suponga abandonar por completo a quienes les ayudaron a costa de enormes sacrificios en la década de 1980
[7]Ver el vídeo del discurso de Thomas Sankara:https://www.youtube.com/watch?v=xKwv5RsVhl8 En francés: https://www.youtube.com/watch?v=DfzoToJEnu8&t=21s, consultado el14 de septiembre de 2026. Leer el texto de su discurso: https://www.cadtm.org/Discurso-de-Thomas-Sankara-sobre, consultado el14 de septiembre de 2026
Fuente: Viento sur









