Por Iñaki Gil de San Vicente

Si hay algo silenciado por la historia oficial, la escrita por las clases dominantes, es la lucha de clases, y más cuando el capitalismo se encuentra en la peor crisis de su historia. La burguesía necesita ahora mismo tres cosas fundamentales: explotar lo más posible a la clase obrera; reforzar la militarización para abrir nuevos frentes de guerra, y disciplinar a las burguesías y sectores sociales que dudan si sumarse o no a la guerra. En los tres casos, es una prioridad negar la existencia de la lucha de clases.
Sin embargo, una detallada investigación realizada por CGT de Catalunya muestra que en 2026 las huelgas ordinarias no las generales, baten records en comparación al año anterior: «En el primer semestre de 2026 el seguimiento de huelgas ordinarias, excluyendo las generales, ha sido mayor que las acumuladas en un periodo de 12 meses para cualquier año desde, al menos, 2012. Un total de 354.172 huelguistas que suman 903.396 jornadas de huelga ordinaria. Si sumamos las 76.494 personas que siguieron una huelga general en 2026, la práctica totalidad debida a la Huelga General en Euskal Herria por el SMI vasco, se alcanzan los 430.666 huelguistas en solo seis meses, mientras que el conjunto de jornadas de huelga por ambos orígenes roza el millón».
Además, tiende a crecer otra forma esencial de la lucha de clases como es el antifascismo. Se incrementan las concentraciones públicas contra la amenaza fascista en muchas partes, con participación mayoritariamente popular y obrera, y con asistencia creciente de juventud femenina. La consigna de «Que ser fascista vuelva a dar vergüenza», se opone en abierta pugna a la tendencia al alza del voto derechista, según indica el CIS en su reciente sondeo sobre la intención de voto en el Estado español. Una luz de esperanza aparece en la consigna ovetense de que ser fascista ha de dar vergüenza, porque la táctica suicida del reformismo para derrotar a los fascistas dejaba de lado tanto la movilización en la calle como el contenido axiológico, ético, que debe tener toda defensa de la libertad y toda batalla contra el irracionalismo criminal. Parafraseando al joven Marx, sentir vergüenza por la pasividad ante la opresión viene a ser como el león que toma impulso para saltar contra su presa.
Otra esperanza sobre el futuro la tenemos en el retroceso del opio religioso en sus dosis católicas. La Iglesia española es una fuerza de terror moral, reaccionario y capitalista. Ha ayudado de forma muy importante a las derrotas de los movimientos revolucionarios, santificando el franquismo y legitimando entre sus creyentes la llamada «transición». Según el CIS de mediados de 2026, en cinco años, desde 2019 a ahora, los católicos no practicantes han bajado del 45% a menos del 40%; los católicos practicantes han bajado de alrededor del 22% a poco más del 15% y los ateos han subido de poco más del 10% al 17% en cinco años. Dejando de lado los ateísmos diferentes y centrándonos en el marxista, el más coherente, el retroceso de la Iglesia puede ayudar y mucho a la lucha de clases siempre que los comunistas sepamos intervenir en este frente de combate.
La combatividad obrera al alza es combatida por el Estado, por el Gobierno, por los partidos reformistas y reaccionarios, por las instituciones, etc., porque además de exigirlo la burguesía, con la que se identifican, también lo exige el Ibex 35 que está cada vez más en manos de grandes grupos y corporaciones imperialistas. «Los fondos internacionales controlan el 48,7% de las acciones, el peso de las familias ha bajado notablemente hasta suponer solo el 15,8% del total; también se ha desinflado el peso estatal (4,1%) y el de los bancos y cajas (4%), se ha mantenido casi sin cambios la industria de la inversión colectiva española (5,8%), mientras que ha subido de forma notable la ponderación de las empresas no financieras hasta suponer el 21,6% del total». Toda inversión externa exige disciplina laboral, reducción de salarios y de derechos sindicales, mayores «favores» para sus negocios como, por ejemplo, impunidad para destruir la naturaleza, etc., y las fuerzas represivas, incluida la justicia, obedecen a sus amos.

Pese a que el proletariado oprimido nacionalmente es el que está en peores condiciones para resistir las exigencias de los capitales externos, no por ello fracasa su lucha nacional de clase como lo demuestra la derrota de la trasnacional portuguesa Altri en Galiza en febrero de 2026, derrota también política de la burguesía del país a manos del pueblo trabajador que plantea un modelo económico incompatible con el capitalista. El movimiento obrero asume la defensa y el uso cotidiano de su lengua nacional como un «Arma de clase […] Galicia es una nación y un pueblo con identidad propia: tenemos una cultura, una historia y un idioma propios, y son estas características las que nos hacen gallegos. Nuestro idioma es parte fundamental de nuestra identidad. El gallego fue siempre el idioma de la clase trabajadora gallega, fue lengua de resistencia y continúa resistiendo en condiciones muy difíciles.».
La lucha obrera también se enfrenta a la moderna explotación esclavista consistente en que la patronal galega le «roba» casi 200 millones de euros al no pagar las horas extras trabajadas gratuitamente. Esos casi 200 millones son parte de los 3.378 millones de euros anuales que la burguesía «roba» al proletariado en todo el Estado. Otras investigaciones indican que 2,5 millones de horas extras no se pagan, lo que equivale a 68.000 empleos.
De entre las múltiples formas de represión capitalista de las luchas obreras, destaca desde siempre las temibles «listas negras» aplicadas contra la clase trabajadora desde el último tercio del siglo XVIII, nada más surgir la lucha de clases entre el trabajo y el capital en EEUU. Ahora mismo tenemos una muestra vívida de su funcionamiento en la lista negra creada y vigente tras la dura huelga de 25.000 obreros en Cádiz. El poder intimidatorio y eficacia represiva radica en la invisibilidad de su funcionamiento. Manuel Balber, trabajador reprimido por ese método tan cruel tiene razón cuando dice que «Siempre han tenido listas negras, lo que pasa es que no se cuelgan en los tablones”». Además, cuando se denuncia públicamente la injusticia de las listas negras, casi de inmediato el reformismo acude para quitar gravedad a la injusticia, como es el caso de SUMAR que forma parte del gobierno español.
Las listas negras son muy difíciles de combatir precisamente porque resulta casi imposible demostrar fehacientemente su existencia, en especial las elaboradas por los servicios de inteligencia del Estado burgués, que vigilan que trabajadores «rojos» no sean admitidos en empresas estratégicas para el capital, sobre todo las militares, o sean expulsados si han sido identificados dentro. La militarización del capitalismo hace que la industria de la matanza humana infecte a toda la sociedad, volviendo estratégicas a cada vez más empresas aparentemente «civiles»:
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