
por Antonio García, Comandante del Ejército de Liberación Nacional de Colombia, ELN
El fascismo de hoy no promete a las sociedades una edad dorada. Pero sí asegura a una minoría privilegiada refugio, mientras el resto del mundo se desliza hacia el precipicio.
Naomi Klein y Astra Taylor, en su libro recién publicado «End Times Fascism: And the Fight for the Living World», lo llaman “fascismo del fin del mundo”: una alianza entre ultrarricos, fundamentalismos y nacionalismos extremos que no está interesada en salvar el planeta, sino en prepararse para sobrevivir a su destrucción, mientras ellos siguen engordando sus bolsillos.
El fascismo clásico europeo del siglo XX contenía una promesa para quienes pertenecían a la «comunidad» que el régimen consideraba legítima (nación, «raza», pueblo). Desde luego, promesa excluyente y criminal, pero seguía siendo una promesa de futuro con casa, trabajo, prosperidad, seguridad y grandeza nacional, para todos los que hacían parte de esa «comunidad»; así, ganó adeptos en la Europa deprimida por la gran crisis económica.
En cambio, el actual fascismo del fin del mundo afirma que no hay futuro común que preservar. Hay, apenas, lugares seguros para quienes puedan pagarlos. Esta es la mutación especialmente siniestra de la desigualdad actual.
El Gobierno de don Abelardo De La Espriella, uno de los integrantes de ese nuevo fascismo, prometió en campaña que estaría integrado por personas que nunca habían sido vistas por el Estado y que llegarían a transformar la política tradicional, los famosos «nunca». Pero una de sus primeras muestras de cinismo ha sido reorganizar el país con las viejas élites y las mismas concentraciones de poder económico, institucional y mediático.
El terremoto del 10 de agosto ofrece una imagen brutal de esta contradicción. El sismo de magnitud 7,4 afectó a 15 departamentos y dejó más de 150.000 viviendas afectadas y cerca de 600 edificios colapsados. Un mes después, el presidente entrega la primera y única vivienda que ha construido como una imagen poderosa, en la cual una familia recibe las llaves de una casa y don Abelardo puede decir que la reconstrucción ya comenzó.
¿Qué significa una sola casa reconstruida frente a una tragedia de tal magnitud? ¿Necesitará un mes para levantar cada una de las casas destruidas? Hagamos las cuentas. Decenas de miles de hogares siguen afectados, la infraestructura destruida, los servicios públicos ausentes, muchas escuelas en escombros, centros de salud cerrados, las vías averiadas y comunidades continúan esperando respuestas que no llegan.
En este fascismo del fin del mundo la política es una disputa por controlar el relato. No hace falta prohibir todos los periódicos ni cerrar todos los canales para debilitar la libertad de expresión (aunque está cerrando emisoras, programas que considera críticos e incluso despidiendo caricaturistas). Basta con convertir la información pública en espectáculo, hacer que el Gobierno sea el permanentemente protagonista y cada tragedia termine convertida en una oportunidad de propaganda.
Con estos instrumentos los ultrarricos, fundamentalistas y tecnócratas dueños de los medios de comunicación no tienen por qué presentarse con uniformes, marchas y discursos, simplemente practican una política que abandona lentamente la idea de un destino común y determinan que habrá ciudadanos de primera, de segunda y otros que quedarán fuera del refugio en un eventual apocalipsis.
Frente a esa posibilidad, no queda otra opción que no sea la defensa elemental de la vida. Porque si el mundo se acaba, al menos nos encontrará luchando unidos y con dignidad.
ADENDA 1: En tiempos de la política de «paz total» de Petro se capturó al «Comandante Araña» y ahora don Abelardo saca provecho extraditándolo a los Estados Unidos. ¿Vieron la valentía o «ardentía» -como el mismo dice-, expresándole improperios a un tipo encadenado de pies y manos?
ADENDA 2: En un gobierno se captura con trampas y en otro se posa de valiente. Cualquier parecido es pura coincidencia.
Fuente: ELN Voces


