Chile. El eterno retorno

por Rodrigo Pizarro

Kein Wesen kann zu Nichts zerfallen! Das Ew’ge regt sich fort in allen.

Goethe

(¡Ningún ser puede reducirse a nada! Lo Eterno late siempre en todos ellos.)

Cuando me separé de mi mujer me fui a vivir con mi madre, que ya empezaba a dar señales de padecer Alzheimer o una demencia senil. Sin embargo, los síntomas todavía no eran concluyentes. En cierto modo maté dos pájaros de un tiro, porque no tenía dinero suficiente para arrendar algo por mi cuenta y tampoco para contratar una cuidadora para ella, y muchísimo menos, por supuesto, para hacer ambas cosas a la vez, como Dios manda. Pero en mi situación no mandaba Dios, así que me mudé al barrio de mi infancia, que en el imaginario colectivo era tenido cada día más por un símbolo eminente de movilidad social, con edificios que poco a poco iban cambiándole la cara a sus manzanas de viviendas añosas, algunas señoriales, otras más sencillas; la gran mayoría, en todo caso, venidas a menos. La decrepitud no era un rasgo que se advirtiera a simple vista desde las veredas; en cambio, bastaba con poner un pie en el interior para ser recibido por un tufo a abandono bajo una atmósfera en penumbras, por un mobiliario más propio de una tienda de antigüedades baratas y, sobre todo —o como explicación de lo anterior—, por los moradores, ancianos que apenas sobrevivían con sus pensiones de vejez, con notoria excepción de quienes se habían jubilado de las Fuerzas Armadas y en sus casas cundía la prosperidad inherente a un régimen de pensiones costeado a expensas del conjunto de la sociedad, lo cual sí podía apreciarse con toda evidencia desde las veredas. Pero eran los menos, digo. La mayor parte de las casas había experimentado sucesivas ampliaciones que las fueron deformando con horribles excrecencias adosadas a los cuartos traseros, en los patios o sobre los tejados, de donde también uno podía colegir una cierta historia relacionada con el crecimiento de las familias y el menoscabo de los ingresos.

Nada de aquello podía adivinarse desde el exterior, así que el aura de prestigio y tradición seguía extendiéndose sobre el barrio y tal vez los únicos que obtenían provecho de este estado de las cosas eran las empresas inmobiliarias, que parecían haber radiografiado la situación hasta en sus mínimos detalles y venían con sus heraldos negros a ofrecer ventajosos precios por los terrenos, siempre, en sus palabras, un poco por encima del valor de mercado, deslizando a modo de amenaza subrepticia que también se encontraban en conversaciones con los dueños de los terrenos colindantes, quienes ya se mostraban dispuestos a vender, lo cual los expondría, en caso de una negativa de su parte, a que sus propiedades quedaran convertidas en casas isla, invendibles, desvalorizadas, rodeadas de colosos de diez pisos o más que les arrebatarían el sol, les traerían sombras perennes, falta de privacidad, congestión vehicular y ruidos molestos de los nuevos vecinos, es decir, todo aquello que las mismas inmobiliarias propiciaban con sus afiebrados negocios amparados en las normas vigentes para el desarrollo urbano.

De todo aquello, para mí lo más característico del barrio eran las mudanzas. No fue algo que descubriera de un día para otro sino con el paso de las semanas, mientras me ocupaba de cuidar a mi madre (cada vez más). La primera impresión, que podría haber atribuido a una coincidencia, se fue consolidando con el tiempo. Cuánto ir y venir de vecinos. Vehículos de distintos tamaños cargaban y descargaban muebles y artículos del hogar, especialmente los fines de semana. Durante esos días era posible observar entre cinco y diez mudanzas simultáneas en unas pocas cuadras a la redonda, y no exagero. La mayor parte del ajetreo se producía por lejos en los edificios nuevos. Era un trasiego constante de arrendatarios. Quienes se iban lo hacían con ademanes furtivos, como implorando que nadie los reconociera; lo hacían, diría yo, bajo un sentimiento de humillación y derrota por haber sido incapaces de sostenerse en un barrio con más áreas verdes que el promedio, que en todo caso tampoco era demasiado alto. Los que se iban solían mudarse a lo sumo en un camión de tres cuartos, incluso era más común observar furgones utilitarios y camionetas con montañas de objetos, de lo que uno concluía que los esperaban por lo menos otros cinco o seis viajes para terminar de cargar todas las cosas que en tiempos de mayor bonanza habían comprado con el método de despacho a domicilio, reduciendo aún más los espacios de los departamentos. En cambio, quienes llegaban al barrio lo hacían comúnmente en camiones de alto tonelaje, donde podrían caber hasta dos elefantes. Al pie del camión, supervisando el traslado de las cosas, podía verlos sonreír con una expresión que traslucía sus deseos de integrarse lo antes posible con los nuevos vecinos, de mimetizarse con ellos y hasta de borrar cualquier traza de sus lugares de origen, como si creyesen que por fin habían arribado a la tierra prometida guiados por un Josué neoliberal que los hacía cruzar el Jordán. En su alegría real veía reflejada mi propia desazón. Si me encontraba en el patio delantero regando la camelia, daba media vuelta al interior diciéndome como pretexto que no debía dejar a mi madre sola por mucho rato. Dos horas más tarde, a veces sonaba el timbre y eran ellos, los nuevos vecinos con sus sonrisas indelebles a pesar de la fatiga. Venían a presentarse y yo me conocía el libreto de memoria, pues era el mismo de siempre. Con cualquier excusa, por cualquier camino, conducían el diálogo hacia la delincuencia que en sus mentes asolaba como una peste el país, y que daban por hecho sería el puente que facilitaría el encuentro, el tema que nos hermanaría en el alma. ¿Robaban mucho? ¿Sí? ¿No? ¿Podían dejar la casa sola? ¿Qué precauciones había que tomar? ¿Qué clase de alarma teníamos en casa? ¿Cuántas cámaras de seguridad y de qué tipo? Etc., etc. Hermanados en el miedo a la delincuencia, unidos en la condición de propietarios de bienes, identificados antes que nada como ciudadanos susceptibles de sufrir un robo.

Hasta que un día, una tarde de sábado, vi una camioneta blanca cargando objetos de la casa de esquina. Allí vivía Uma, la venezolana. Para mí era Uma, pero más adelante sabría que ante otro vecino más o menos de mi edad o quizás algo más joven se hacía llamar Casandra. Me sorprendí bastante porque no podía encontrar un nexo entre ambos nombres ni menos imaginar que se llamara Uma Casandra o Casandra Uma, aunque todo podía ser. Quizás se presentaba de una forma u otra según quién tuviera al frente, pensando en los efectos que producían esos nombres. En todo caso a mí me gustaba más Casandra, por sus reminiscencias mitológicas, y confieso que sentí algo de celos cuando el vecino me lo contó, quizás por tratarse de la primera mujer en quien me había fijado desde mi separación. A eso de las nueve de la noche, en la ventana de la cocina la veía pasar trotando por el frente mientras preparaba algo de comida para cenar con mi madre. Buzo deportivo ajustado y un cintillo blanco ciñendo su pelo azabache. La veía entre la camelia, los arbustos y las ligustrinas como una intermitente y fugaz silueta originaria de una dimensión que me parecía perdida por largo tiempo, tal vez para siempre: las mujeres. En un acto que no esperaba de mí, un día le propuse salir a trotar juntos. Esa tarde Uma —o Casandra— andaba paseando al perro labrador. Su respuesta fue lo suficientemente vaga y elusiva como para no sonar descortés y a la vez asegurarse de que mi invitación se diluyera en las ondas del tiempo. Era alguien con experiencia y tacto, presentí, y lo lamenté aún más.

Tampoco el perro labrador le pertenecía, como supe después. Lo sacaba a pasear quizás en parte de pago por una habitación que alquilaba en la casa de esquina. También las referencias a su vida pasada y actual eran elusivas y cuando creía haber juntado dos piezas para formarme una idea más precisa, un nuevo dato venía a desarmar mi hipótesis anterior. El día en que la vi más efusiva conmigo andaba paseando el perro. Ya la había invitado a trotar y por un instante mis esperanzas renacieron para hacerse cenizas al instante siguiente. Abrió los brazos olvidándose del labrador y me abrazó: “¡Trump va a invadir Venezuela!”. Jamás se me cruzó por la mente aprovecharme de las circunstancias. Nunca pensé en invitarla a brindar con champán a la casa de mi madre por esa extravagante manera de concebir la liberación de un país. Hoy, al recordarlo, me pregunto qué pensará de lo ocurrido años después en su tierra con el mismo desquiciado de Donald Trump. ¿Correría a abrazarme? Como sea, estoy seguro de que ni una Uma ni tampoco una Casandra aceptarían brindar con un hombre de mi edad que ha vuelto a vivir con su madre.

En casa de mi madre sobraban los crucifijos. Me los encontraba por todos los muros y encima de los muebles. Si digo sobraban es porque tengo una vaga noción de la cantidad de crucifijos que es razonable poseer en un hogar, pero no podría dar una cifra exacta. La medida de mi madre era como para alguien que vive aterrorizado por los vampiros. Había toda clase de crucifijos, de distintos materiales y tamaños. El más grande estaba tallado en madera oscura y colgaba en el living. Uno podía verlo desde el momento en que ponía un pie en la casa, quizás como para dar la impresión de que en este hogar Cristo los recibía a todos sin hacer distinciones. La efigie inclinaba la cabeza hacia la derecha, lo cual se asociaba a la bendición y la gracia, según averigüé en internet. Tenía mucho tiempo para instruirme en toda clase de asuntos, la inmensa mayoría inanes y superfluos, que solo me servían para matar las horas. No supe qué grado de importancia atribuirle a esa información. La Biblia no se pronunciaba al respecto, pero a lo largo de los siglos se había producido un consenso estético entre los artistas para retratar a Jesús con la cabeza caída hacia ese lado.

Además de crucifijos había cruces, relicarios, rosarios, vírgenes con y sin el Niño Dios, estampitas y pesebres navideños. En algún momento de su viudez a mi madre se le había desatado una pasión iconográfica que no le recordaba de los tiempos en que mi padre aún estaba vivo. Quizás su presencia refrenaba esa manía coleccionista que la había ido poseyendo en los últimos quince años; en realidad, no lo sé.

Habíamos terminado de cenar cuando sonó el teléfono fijo en la mesita de esquina, junto a un pequeño Cristo cromado cuya textura me hacía pensar en los robots de última generación que aparecen en la saga de Terminator. Mi madre se levantó para contestar. Se quedó un instante de pie con el auricular en la mano apuntando hacia mí. Rodeada de crucifijos la vi más pequeña que nunca, como si se estuviera encogiendo día tras día.

—Te llama Roberto.

Pensé en mi hijo, que se llamaba igual que yo, igual que mi padre, igual que mi abuelo. Teníamos esa costumbre familiar algo ridícula de heredar el nombre a través de las generaciones como una forma de perpetuar el linaje; hasta aquí ninguno de los Robertos se había atrevido a interrumpirla, como temiéndose una desgracia o una maldición. A menudo me preguntaba si mi hijo lo haría. Tomé el auricular sin siquiera cuestionarme el hecho de que estuviese llamando al teléfono fijo de la casa para comunicarse conmigo si tenía mi número de celular en la agenda de su propio móvil. Hacía un par de años estaba viviendo en Antofagasta por su trabajo en una compañía minera, algunos días subía al yacimiento en una modalidad de turnos de cuatro por tres o cinco por dos, no lo tenía muy claro, mientras su mujer permanecía en la ciudad. Problemas económicos no tenía ninguno, lo sabía, pero me rondaba una inquietud por su vida sentimental amenazada, a mi modo de ver, bajo ese sistema de turnos, por lo que salté hacia el teléfono para escuchar su voz. Lo que oí del otro lado de la línea fue la grabación de una mujer que invitaba a regularizar los pagos por la mantención de la tumba de mi padre en el cementerio. Desde antes de mi separación —probablemente desde que perdí el empleo— nos habíamos olvidado completamente de pagar las cuotas mensuales.

A la casa de esquina se había mudado una familia con hijos. Unos padres más o menos jóvenes, dos hijos pequeños. Lo hicieron al poco tiempo de la partida de Uma y este hecho me hizo pensar que la venezolana también me había ocultado una parte de su relación con el hombre a quien alquilaba la pieza, que a lo mejor salió corriendo tras ella adonde fuese que hubiera ido. Los nuevos vecinos no parecían tan ávidos de contacto con los habitantes del barrio ni tan ansiosos por mimetizarse con el entorno, lo que de inmediato estimuló mi simpatía por ellos. Desde la cocina los veía cruzar en bicicleta los fines de semana, en orden creciente desde el hijo menor hasta el padre. Iban y volvían pedaleando por el mismo camino y en el mismo orden dando una inequívoca impresión de armonía familiar. La madre se llamaba Romina y cuando se presentó en el grupo de conversación vecinal pidió que la llamaran Romy. De inmediato pinché su foto de perfil de WhatsApp para apreciarla mejor. Eran la familia ejemplar: ella, su marido y los niños en un día de excursión a las montañas. Entonces pensé: tratamos de fijar la alegría con alfileres clavados en el tiempo, de la misma manera que buscamos inmortalizar el linaje reproduciendo un nombre por generaciones. La idea subyacente, tan consustancial a la naturaleza humana —nadie colecciona fotos de funerales o velorios—, me hizo un nudo en la garganta. Andaba triste, arrastrando la tristeza. No hoy, no ayer; triste desde hace meses o tal vez años. Había llegado a creer que ese halo de tristeza era inherente a mi persona y era lo que terminaba por alejar a la gente de mi lado, pues a nadie le gusta vivir en un eterno funeral o velorio. La gente se cansa o termina por entristecer. No era la delincuencia lo que se propagaba como una peste; era la tristeza.

Con esos pensamientos me fui a la cama después de acostar a mi madre, que además de encogerse se iba ensimismando cada día más. Sin ninguna resistencia se entregaba a mis cuidados hasta en los quehaceres más íntimos, como vestirse y desvestirse, lavarse y peinarse. Como si intuyera que estaba llegando el tiempo de abandonarse a un río donde pronto no serían ya mis manos sino las de la muerte las que se las llevarían muy lejos… Qué pensamientos me venían esas noches.

Cuando me metía entre las sábanas sonó el celular. Era Roberto, que llamaba tarde, mal y nunca. “Hijo”, alcancé a decir y oí unos sollozos. Su mujer se había largado y, por lo que logré entender, no fue de la manera más delicada. Un día regresó de la mina y no la encontró. Le había dejado una nota explicativa con razones que a él le resultaban incomprensibles, totalmente injustificadas. No podía decirle que las cosas eran así, que la ruptura de una relación —así lo veía yo—, más allá de cualquier motivo que se aduzca, es a fin de cuentas una decisión que se afirma en el vacío (o en el infinito) para ser tomada. Ninguna razón te parecerá razonable, hijo. Eso pensé decirle, pero no lo hice. En cambio, le propuse que se viniera a vivir con nosotros, es decir, a la casa de una abuela que estaba perdiendo la memoria y la razón. Nada más oírme supe que había dicho una insensatez. Era como invitarlo a vivir en un cementerio. Con alivio oí que me preguntaba: “¿Estás loco?”.

El tiempo transcurría con una regularidad tan abrumadora y disolvente que mi historia con Romina —o Romy— me tuvo en vilo durante más o menos seis meses, los que vistos en retrospectiva parecieron durar un solo día. Leyendo los mensajes en el grupo comunitario descubrí que había cambiado su foto de perfil en WhatsApp. Nunca más la vi pasar en bicicleta con su marido, ese hombre joven, entusiasta, que parecía echarse encima con efusión el peso de las responsabilidades familiares. Incluso el orden creciente del pedaleo ya no se respetaba; a veces iba el niño mayor primero, a veces la madre, a veces el más chico. Algo se había roto, evidentemente, pero no me atrevía a preguntárselo, ni sabía cómo hacerlo.

Fue ella la que un atardecer me abordó mientras barría las hojas de la vereda. Supuse que volvía del trabajo. Mirando hacia el patio me preguntó cómo se llamaban las flores rojas junto a la ventana. “Son camelias”, dije. Le encantaban. Cada vez que pasaba por enfrente de la casa sentía deseos de tocarlas. No sabía nada de flores, me advirtió sonriendo, pero se conocía casi todos los recorridos del Transantiago. La invité a pasar para que palpara su textura carnosa, como de piel, y aproveché de contarle que mucho antes, cuando era niño, había otro árbol de camelias en la esquina opuesta, pero se había marchitado de la noche a la mañana, algo inexplicable, como si hubiera recibido una maldición.

Nos sentamos en una banqueta del patio y en menos de una hora nos contamos la vida entera. No sé qué habrá pensado de la mía y tampoco sé cuánto habré captado de la suya, pues acumular información nunca es lo mismo que ganar conocimiento. Esa tarde se inició algo como una amistad entre dos personas que estaban solas, y no por voluntad propia. No fue el miedo a la delincuencia lo que nos hizo intimar; fue el miedo a la soledad.

A la mañana siguiente, mientras avanzaba hacia la mesa del comedor con la bandeja del desayuno para mi madre, la campanilla del teléfono fijo hizo añicos el silencio y por un instante pensé que podía ser Romina, sin considerar que no le había dado el número de la casa ni que ella no tenía cómo conseguirlo. Mi madre se levantó para contestar a una velocidad muy superior a la que mostraba en sus desplazamientos habituales. Su reacción me hizo pensar que quizás esperaba una llamada importante, pero no podía imaginar de quién pues a decir verdad casi todos sus parientes cercanos habían muerto.

El sol de la mañana, un espléndido sol que se vertía como miel por el ventanal, envolvía su figura con una luz que parecía transportarla hacia otro mundo. Extendió el auricular hacia mí estirando el brazo y me dijo impertérrita:

—Te llama tu mamá.

Por mis búsquedas en internet ya creía entender las diferencias entre el mal de Alzheimer y la demencia senil. Sabía que el primero es propiamente una enfermedad diagnosticable, reconocible entre otras, en cambio la segunda es un cuadro o un síndrome relacionado con el deterioro de las funciones cerebrales, cuyas causas pueden ser múltiples. Según internet la demencia ya no se consideraba un diagnóstico médico real y cuando se lo comenté al geriatra que atendía a mi madre me preguntó de dónde había sacado eso. Mi respuesta le encendió la cara. Quizás estaba de acuerdo con internet, pero no podía tolerar que los pacientes o sus acompañantes se las dieran de doctores. Esa costumbre generalizada era lo peor para la medicina verdadera y sobre todo para los pacientes, que se arriesgaban con tratamientos sin ninguna base científica. No podía ser que internet estuviera reemplazando a los médicos. Yo pensaba que en cierto modo los médicos habían reemplazado a los curas, no porque sus métodos fueran similares sino por la forma en que las personas se relacionaban con ellos. Ni por un segundo pensé en comentarlo con el geriatra. Me había costado mucho conseguir hora con un especialista y era de esperar que una vez dentro del sistema los tiempos de la salud pública fluyeran a mayor velocidad.

Estábamos en la etapa de los exámenes clínicos para diagnosticar el problema. O dicho de otra forma: para saber por qué mi madre me había pasado el teléfono diciendo que me llamaba ella misma. La cuestión más apremiante, al menos para mí, era saber en quién estaba pensando cuando me alcanzó el auricular. Mi respuesta tentativa es que pensaba en su marido, mi padre, pues de seguro, ahora que me iba a acercando a la edad en que había fallecido, cada día nos parecíamos más. Mi madre me había confundido con mi padre. Una equivocación concluyente. Por algunos momentos mi madre había retrocedido veinte, treinta o más años en el tiempo y eso es lo que sucede cuando se padece el mal de Alzheimer.

El tiempo de los exámenes clínicos coincidió más o menos con el tiempo de mi amistad con Romina. Tengo el recuerdo de estar mirando —tratando de entender— las imágenes de laboratorio en la antesala de la consulta y cambiar el foco de atención hacia la pantalla del teléfono, donde había descubierto una nueva fase en las evoluciones de mi vecina, que iba exponiendo en su perfil de WhatsApp y probablemente —y con mayor elocuencia— en sus cuentas de redes sociales, a las que no podía acceder pues no me había inscrito jamás en ninguna. Las imágenes de laboratorio presentaban evidencias del deterioro neuronal de mi madre, pérdida de volumen de la corteza cerebral y en el hipocampo y una acumulación anormal de proteínas que no hacían presagiar nada bueno, y una impresión análoga me producían los cambios de look que iba exhibiendo Romina, cada vez más lejos de una madre en etapa de crianza, cada vez más cerca de una mujer independiente, moderna, decidida, incluso desafiante, lo que fuese que esto pudiera significar.

Sin embargo, al tratarla en persona me parecía estar ante la misma mujer de siempre, ajena a cualquiera de sus metamorfosis digitales, que eran al mismo tiempo la patente introyección de estereotipos sociales y el disimulo de sus verdaderos sentimientos. Para mí se trataba de una mujer desamparada, y no precisamente porque su marido la hubiese dejado por otra mujer, como supe en una de nuestras conversaciones en la banqueta del patio, mientras su madre se quedaba al cuidado de los niños. Desamparada desde mucho antes, no desde ayer. Cuando volvía sobre su historia de vida, en circunvoluciones que a veces iban desvelando una nueva capa de su ser, el daño oculto bajo su piel se me ofrecía a los sentidos como las hojas secas que cubrían la tierra, y en un arrebato terapéutico fantaseaba con instarla a palpar las hojas carnosas de la camelia como si el mero contacto con ellas, con su tersura, pudiera sanarla, no sabía bien de qué.

De una herida profunda, probablemente. De algo irremediable, me decía. Romina visitaba su niñez con las palabras y se le iban desprendiendo hojas secas. Su padre había sido conscripto para el 73. Mal año para hacer el servicio militar. Presenció cosas horribles, quizás también participó en algunas. Pero jamás les contó nada. Y nunca dejó de ser un pinochetista acérrimo. Sin embargo no hizo carrera en el Ejército, sino que fue taxista. Trabajó como una bestia, en palabras de Romina, pero ni así pudo pagar la universidad de sus hijos. Durante los fines de semana ella atendía un call center para costearse los estudios universitarios. De aquel esfuerzo, de aquella voluntad y empuje emanaba toda su fuerza de carácter y al mismo tiempo una condena, algo que la había cegado y dañado para siempre, me decía yo, nublándole la razón y convirtiéndola en víctima de esas energías sociales que la impulsaban a mostrarse como la persona que no era ni sería jamás, y que no la ayudarían en nada a lograr lo que verdaderamente quería y necesitaba. Había pasado por varias cirugías plásticas. Me enseñó fotos de juventud en el teléfono: parecía otra mujer. Rinoplastia, extracción de grasa de las mejillas, implantes mamarios, liposucciones, bótox, modernos tratamientos de exfoliación y depilación permanente. En un momento de insólita confianza, con la camelia por testigo, llegó a decirme que se había blanqueado el ano aplicándose rayos láser. Por un segundo lo tomé como una incitación a ir más lejos, pero últimamente había dado más de un paso en falso, así que asentí como quien se entera de un dolor del alma.

Era un dolor del alma, y por eso Romina no podía discriminar entre las cosas que me contaba cuando pasaba por la casa para saludar. Yo la ponía al corriente de los males de mi madre y de cómo su empeoramiento me iba confinando a una vida cada vez más entregada a sus necesidades elementales, como si el Alzheimer trajera aparejada una cadena para arrastrar cada vez más hacia su calabozo a las personas que se encontraban alrededor. Romina me miró no con aire de reproche, pero sí de desacuerdo, y pronunció una frase bastante confusa de la que solo retuve la palabra abnegación. Al oírla volví a verla en su puesto del call center, de estudiante, y la imaginé atendiendo todas las llamadas y requerimientos del mundo. Me había enamorado de ella. ¿Atendería mi requerimiento también? No llegué a saberlo; esa misma tarde me contó que se mudaría porque la habían despedido del trabajo y ya no le alcanzaba la plata para pagar el arriendo. Tendría que buscarse un barrio más económico, más acorde con su nueva realidad, enfatizó como la persona más juiciosa del planeta. Nos despedimos con un abrazo.

Al entrar en la casa me dio la bienvenida el gran Cristo crucificado con su cabeza inclinada hacia la derecha. Miré hacia la izquierda y encontré a mi madre sentada a la mesa del comedor delante del mismo té con que la había dejado más de una hora atrás, acompañada por la lámpara de pie a sus espaldas que dibujaba un círculo de luz en el cielo y otro en el piso. Me intrigó que no se hubiera movido de allí, lo habitual era que me esperase acostada para que la ayudara a desvestirse y ponerse el camisón de dormir. ¿Había olvidado darle algún remedio? Puse los dedos en la taza y noté que estaba fría. Iba a preguntarle si quería rellenarla con agua caliente cuando sonó el teléfono en la mesita de esquina. Mi madre se encontraba más cerca y no me dio opción de contestar. De nuevo estaba parada allí con esa expresión vaciada de sentido, nula, y el auricular en su brazo alargado hacia mí.

—Te llama Dios.

Cogí el teléfono, pero ella no lo soltó. Nos quedamos mirando con el auricular compartido en nuestras manos. ¿Dios Padre? ¿Dios Hijo? ¿Dios Espíritu Santo? Podría haberle preguntado cuál de todos para saber qué respondía y dimensionar el grado de avance de su enfermedad. Se lo arrebaté de un tirón, ofuscado, y me lo pegué al oído. Buenas tardes, oí. Era la voz de un desconocido. Pero no era Dios. Era un hombre, alguien que llamaba del cementerio o en nombre de la empresa que administraba sus terrenos. Me habló de un acto administrativo ocasionado por el fin de la concesión, producto de las cuotas impagas. Se expresaba a propósito en una terminología leguleya para ponerme la pata encima; pero, a fin de cuentas, se trataba de que mi padre sería exhumado de la tumba al día siguiente, de forma inapelable, y sus restos serían vertidos en la fosa común dispuesta para tales casos, o sea, los morosos. Nada del otro mundo, pensé. También en la muerte se sufrían los efectos del Alzheimer. “Todo bien, mamá”, le dije mientras colgaba.

Deja un comentario