
por Manuel Acuña Asenjo
Explicación
Año a año, numerosos sectores populares celebran uno de los acontecimientos más maravillosos de la moderna historia de Chile: el estallido de 18 de octubre de 2019. Es justo que lo celebremos. Es nuestra ‘revolución de octubre’ aunque abortada. Pero no importa. Volverá a repetirse y, cuando ello ocurra, tal vez será imposible detenerla.
Hay, sin embargo, para muchos de nosotros, otro 18 de octubre. Y éste no es maravilloso sino tremendamente amargo. Ese día fueron asesinados Ricardo García Posadas, gerente general de la Compañía de Cobre Salvador, y los dirigentes sindicales Maguindo Antonio Castillo Andrade y Benito de los Santos Tapia Tapia., con quienes tuve estrecho contacto.
Cuando se cumplen 53 años de ese macabro suceso, realizado por un destacamento militar dirigido por el general Sergio Arellano Stark, he querido recordar a esos mártires reproduciendo el capítulo 35 de un libro referido al caso que editaré en breve.
Así, pues, abro un paréntesis en mi acostumbrada exposición teórica y recobro mi rol de defensor de los derechos humanos para rendir merecido homenaje a la memoria de todos ellos y, en especial, a la abnegación de sus cónyuges en momentos que fueron tan difíciles para ellas.
Capítulo 35. CÓMO SE ENTERÓ ROLLY DE LA MUERTE DE RICARDO
La ejecución de los tres prisioneros tuvo lugar el 18 de octubre de 1973.
Como todos los asesinatos perpetrados por la dictadura, se hizo en el más completo silencio. Ni siquiera a los propios condenados se les comunicó lo que sucedería. Por eso, nadie se enteró del hecho sino hasta varios días después. Ninguno de sus familiares lo supo; tampoco se les dijo que, en definitiva, aquella sería la suerte que correrían. Las mujeres no estaban, en suma, preparadas para semejante noticia.
Cuando el suceso llegó a conocimiento de ellas fue como el desplome de un campanario. Porque la muerte súbita de un ser querido no es un acontecimiento que pueda esperarse o suponerse. De ahí la terrible conmoción que produce. Al principio, incredulidad; luego, una espera y, finalmente, la realidad y el derrumbe.
María Lía Carvajal y Laureana Honores, cónyuges de Benito Tapia y Maguindo Castillo, respectivamente, recibieron el comunicado dos o tres días después de acaecido el hecho. No tengo información acerca de cómo reaccionó María Lía. De Laureana sólo tengo el testimonio de su hijo Maguindo Norberto que nos cuenta algo tremendo: “Yo por lo menos lo que recuerdo es que el 17 mi mamá llega en la noche a El Salvador, tarde, porque en esa época el viaje era larguísimo entre El Salvador y Copiapó. Le avisan que tiene que volver a viajar porque algo había pasado, cuando llega a Copiapó, incluso la llevan al hospital, porque dicen que deben darle calmantes por la noticia que los habían matado”.
Puedo, apenas, imaginarlas soltando un grito desgarrador y verlas correr, enloquecidas, a abrazar a sus hijos, pequeñitos aún, incapaces de comprender la inmensa tragedia que estaban viviendo sus pobres madres. Puedo imaginarlas, bañadas en lágrimas, cubrir con sus brazos esos cuerpos pequeñitos, como si temiesen que la crueldad de los militares también pudiese alcanzarlos y, en la realización de aquel rito, retener la vida o impedir que se la quitasen no solamente a esos niños sino también a quienes habían sido sus maridos. Pero, luego, la realidad… Y volver los ojos al papel. Una vez. No, dos. Tres y cuatro. Cien. Tal vez, mil veces, para leerlo y releerlo. Para convencerse una y otra vez de una realidad que estaban viviendo y que se negaban a aceptar. Un papel, un solo papel… Tan simple como eso… Con la misión de ser elocuente y comunicar que los seres más queridos para ellas, aquellos hombres a quienes tanto amaban, ya no estaban y jamás volverían. Que donde habían puesto todas sus esperanzas sólo quedaba la nada, la desolación más completa. Benito y Maguindo iban a salir en libertad, si, pero no de esa manera. No, no. De esa manera no se otorga la libertad…
La crueldad, sin embargo, no se manifiesta solamente con esos actos. Hay un rito que es necesario consumar. Y los institutos armados son diestros en ello. No son una universidad destinada a pregonar las maravillas de la vida. Por el contrario, en el arma hay, a menudo, perversión. Una perversión que, muchas veces, se manifiesta sin tapujos. Un verdadero culto a la crueldad. Una patología necrofílica. Y en esa misiva estaba manifiesta aquella perversión.
Fechada el 18 de octubre de 1973, comunicaba el poder militar, con esa frialdad tan escalofriante que posee, haber privado de la vida a los tres prisioneros. Comunicaba, además, que sus cuerpos les serían entregados a sus familiares, pero esos cuerpos no podrían ser retirados del cementerio donde serían enterrados y, finalmente, que solamente se permitiría la asistencia de cinco personas por familia para un entierro ‘sin ceremonia alguna’.
La desgracia y el sufrimiento unen a las personas, los lazos ancestrales de empatía se fortalecen en el ejercicio de la cooperación entre quienes tienen necesidades o entre quienes experimentan infortunios. Así también había sucedido entre María Lía, Laureana y Rolly. Por eso, María Lía sabía que esta última había ido a ver a un abogado de apellido Frigolett, a quien había contratado para ultimar algunos detalles relacionados con la defensa de Ricardo y, sabiendo que demoraría mucho en esa diligencia, corrió hasta donde sabía se encontraba.
El 18 de octubre, sin embargo, había ocurrido otro hecho.
Rolly había tomado entre sus manos el diario ‘Atacama’, en una de cuyas páginas aparecía publicada la lista de las trece personas que habían sido asesinadas por la comitiva de Arellano. Trémula ante la revelación, buscó, afanosamente, entre los nombres allí estampados, el de Ricardo, su marido. No estaba, sin embargo. Pero, intranquila como se encontraba, decidió hacer una visita al Regimiento. Se lo propuso a María Lía, cónyuge de Benito Tapia, y acompañada de ella llegó hasta el recinto militar pidiendo, de inmediato, hablar con uno de los oficiales a cargo del mismo. La comunicaron con el Mayor Carlos Enriotti Bley, quien también se desempeñada, en esos momentos, como Segundo Comandante del regimiento Atacama. Una vez en su presencia, Rolly le planteó sus inquietudes acerca de Ricardo a la vez que María Lía lo hacía respecto de Benito. Enriotti sabía lo que había sucedido con ambos prisioneros y, sin embargo, guardó silencio respecto del criminal hecho. Como buen miembro del Ejército que organizara Pinochet, ocultaba acontecimientos que no solamente conocía sino, además, hechos en los que, de una u otra manera, había participado en calidad de actor. Por eso, se limitó a bajar la cabeza y a prometer que se les enviaría una nota informativa respecto de los prisioneros. Chile estaba en manos de delincuentes. De acuerdo al relato de Rolly, «El día 18 de octubre apareció en el diario «Atacama» de Copiapó una lista de trece personas muertas por intento de fuga. No estaba su nombre… Intranquila, pedí una entrevista con un mayor de Ejército de apellido Enryotti (ella entendió Andreotti). Fui acompañada por la señora María Tapia, esposa del dirigente sindical Benito Tapia. Al exigirle mayores noticias sobre la suerte de nuestros cónyuges, bajó la vista, señalándonos que nos enviaría información por escrito esa misma tarde”.
Pero, como era de esperarse, la información no llegó sino días después. Porque la mentira se había institucionalizado a poco de consumarse el golpe militar. ‘Ya se les informará’, se escuchaba decir una y otra vez en los recintos carcelarios hasta los cuales se había conducido a los prisioneros. Pero eso jamás se cumplía. Y Rolly, que no ignoraba toda aquella siniestra práctica, decidió obtener información de otra manera.
Había contratado los servicios de un abogado de apellido Frigolett. Convencida que a él le resultaría más fácil obtener noticias acerca de lo que pasaba con su marido decidió concurrir una vez más a su despacho. Lo hizo como a las 18 horas de ese día, para manifestarle su preocupación. Sin embargo, como era de suponerse, Frigolett no había conseguido información alguna. Al menos, eso fue lo que le dijo. Tal vez fue así. O, simplemente, para evitarse malos ratos, no había intentado, siquiera, conseguirla. Lo cierto es que en el preciso momento en que trataba de calmarla con un simple ‘no se preocupe, nada le pasará… Ud. lo sabe… Recuerde que él es funcionario de las Naciones Unidas’, entró María Lía al despacho del abogado. No pidió permiso para hacerlo. Abrió la puerta violentamente y, bañada en lágrimas, con los ojos desorbitados, corrió hacia donde Rolly se encontraba, agitando un papel que sostenía en la mano, al tiempo que, enronquecida su voz por la emoción, balbuceaba con dificultad estas palabras:
“¡Los mataron!… ¡Los mataron!”
Acometida por fuertes sollozos que le sacudían el cuerpo por entero, abrazó con fuerza a Rolly, quien no pudo entender inmediatamente lo que sucedía, Concentrada como estaba en buscar artilugios jurídicos que pudieran ayudar al abogado a fortalecer la defensa que hacía de Ricardo la quedó mirando durante breves segundos, atónita. Entonces, de súbito, la verdad se le hizo presente con la fuerza de un huracán. Su relato señala, al respecto: «Pasaban y pasaban las horas. Me desesperé y decidí ir como a las 18 horas donde el abogado que había contratado, Frigolett, pidiéndole que hiciera algo. Y en el momento en que él me decía «a su marido no le va a pasar nada, recuerde que él fue funcionario de las Naciones Unidas», entró María Tapia con un sobre en la mano, los ojos muy abiertos gritando:…¡LOS MATARON!»·
En efecto, dentro del sobre, un papel insignificante, pésimamente redactado, notificaba lo siguiente:
Copiapó, 18 de octubre de 1973
En cumplimiento de una sentencia dictada por el Consejo de Guerra, de fecha 17 de octubre de 1973 y aprobada por la H. Junta de Gobierno, el día 18 de octubre a las 04.00 horas fueron ajusticiados, en fusilamiento, los reos Ricardo García Posadas, Benito Tapia Tapia y Maguindo Castillo Arredondo.
Los condenados serán entregados a sus familiares para su sepultación en la Morgue local, prohibiéndose la salida de los restos fuera del recinto del cementerio, conforme a las disposiciones penales vigentes para estos casos. La sepultación será sin ceremonia alguna y con asistencia de no más de 5 personas y debe realizarse hasta las 19.00 de hoy.
Secretario del Consejo
Rolly no era una mujer que perdiera la compostura; pero en ese momento lo hizo. Porque, de lo más profundo de sus entrañas brotó un sollozo que no fue tal. Fue, en verdad, un alarido, un grito que no era de ella, un rugido que parecía emanar del corazón mismo de la tierra. Enfrentada a una realidad que no solamente rechazaba sino jamás aceptaría, pero que se le imponía como una carga ineludible, necesitaba encontrar un culpable. Y lo tuvo a mano. Como ocurre casi siempre. Era el abogado que había contratado. No los militares. No los altos jerarcas del Ejército chileno sino el abogado. Entonces, se abalanzó sobre éste que, conmovido ante lo que sucedía en su oficina, se había puesto de pie. Rolly lo tomó de uno de sus brazos, remeciéndolo. El hombre, sin atreverse a reaccionar, la quedó mirando, como hipnotizado, mientras ella, totalmente fuera de sí, no cesaba de gritarle «¡Usted iba a defenderlo! ¡Usted tenía que defenderlo y no lo hizo! ¿Por qué?… ¿Por qué no lo hizo?»
Era verdad. El hombre sabía que eso era verdad pero, abrumado por los acontecimientos, solamente atinó a desplomarse, sobre el sofá que tenía junto a su escritorio mientras intentaba balbucear una explicación: «Pero, señora… ¡Si me dan horas y días para defender a criminales y para su marido no me dieron ni un minuto!…».
Fue la única defensa que pudo esgrimir. Si había tenido conocimiento de antemano sobre la muerte de los tres militantes de la Unidad Popular, en verdad, saberlo, de poco le hubiere servido. El daño estaba hecho. Y era irremediable. El relato de Rolly, tremendamente elocuente en este aspecto, señala:
«En ese momento remecí al abogado y le grité: ¡Usted tenía que defenderlo, por qué no lo hizo!» Y el respondió, temblando y desplomado en un sillón: «Pero, señora, si me dan horas y días para defender a criminales y para su marido no me dieron ni un minuto».
Rolly tomó en sus manos el papel en donde se le notificaba de la muerte de su marido. En ese momento, la acometió un profundo cambio. Había vuelto a ser la mujer de Ricardo García, aquella de quien él se había prendado en las tardes de los mimos de Noisvander: la que era capaz de ahogar sus emociones para enfrentar mejor el infortunio, la mujer fuerte, la que debía seguir luchando en la vida por el futuro de sus hijos. Nada podía ya hacer por Ricardo que no fuese rescatar su memoria y obtener justicia para él y para los suyos. Y, tomando por uno de sus brazos a María Lía la invitó a salir. Fuera del despacho del abogado, acercó su rostro al de ella para decirle que iría de inmediato al cementerio, tal cual estaba indicado en el comunicado de la autoridad militar.
No contaba Rolly, sin embargo, con un inconveniente adicional que era el cierre del camposanto. A pesar de aquello, lo hizo. Fue al cementerio a sabiendas lo que eso significaba para ella. Pero allí sólo encontró nuevamente otras pruebas del culto a la crueldad que practican las dictaduras. Su relato es muy detallado en este aspecto: «Corrí al cementerio, pero allí no se me permitió ver sus restos. Ese día el toque de queda se adelantó para las 20 horas, por lo tanto fui obligada a abandonar el Camposanto”.
No se dio por vencida. Sabía que podía estar, temprano, al día siguiente, en el cementerio. No contaba, sin embargo, con un hecho cierto: la perversión es más rápida que la virtud.
“A la mañana siguiente, fui a primera hora al cementerio y el cuerpo de Ricardo ya había sido sepultado. Sólo se leían sus nombres en un pedazo de madera. Luego las cruces, al igual que las sepulturas, desaparecieron. Hasta hoy no sabemos dónde están enterrados».
El dolor de Rolly no paró allí. Para la dictadura era necesario denigrar el nombre de Ricardo y ésta nueva forma de causar dolor al prójimo llegó dos días después, en la forma de una crónica publicada en el diario de Atacama. Con letras destacadas podía leerse allí que Ricardo había sido “[…] sentenciado por incitar a la violencia y por intento de paralizar el mineral […]”.
Rolly diría más tarde sobre el particular que eso era un infundio, algo que no podía ser, una “[…] cosa bastante difícil puesto que estuvo preso desde el 12 de septiembre de 1973″.
En los diversos trámites que se vio obligada a realizar en los días posteriores al asesinato de su marido, recibió dos distintos certificados de defunción. El primero, extendido en 1973, asegura que la causa fue «ejecución militar»; el segundo, obtenido años más tarde, trata de ser más preciso: «impacto de balas».
Un amigo de Ricardo, el geólogo Patricio Villarroel, quien fuera detenido el mismo 18 de octubre, horas después del ‘fusilamiento’, le aseguró a la viuda que, en el regimiento, todos sindicaban como responsable de los asesinatos a un grupo militar que viajó desde Santiago en helicóptero: «Vinieron de Santiago y no te olvides de un nombre: Arellano Stark”.
Referencias
Varios autores: “Historia de los ejecutados políticos y detenidos desaparecidos de Atacama en la dictadura cívico-militar 1973-1990”, editado por Eduardo Herrera Caballero, Editorial Talleres Sartaña, Concepción, 2019, pág. 113.
Verdugo, Patricia: “La caravana de la muerte”, Editorial Sudamericana Chilena, pág. 46.
Verdugo Patricia: “Los zarpazos del puma”, pág. 65.
Verdugo, Patricia: “La caravana de la muerte”, Editorial Sudamericana Chilena, pág. 46.
Verdugo Patricia: “Los zarpazos del puma”, pág. 65 y 66.









