
por Nadia Poblete Hernández y Paula Santana Nazarit
A 7 años de la revuelta popular de octubre del 2019, que repletó calles, plazas y paredes con deseos de transformación en todos los rincones del país, recordamos ese momento histórico en el que colectivamente imaginamos una vida digna y plena, creímos posible un mundo justo y ensayamos formas autónomas de organización, de solidaridad y de articulación frente a la represión estatal. En este breve escrito reflexionamos (auto)críticamente sobre el estado del feminismo y su transformación en un movimiento sin rumbo rebelde llegando a convertirse en un componente más de la fábrica de ilusiones del reformismo institucional, en consonancia con una política mundial de cooptación de los alzamientos y movimientos sociales.
I.
Una parte del mundo popular alzado de octubre pasó de la movilización callejera a la discusión normativa constitucional. Cautivados por el lenguaje democrático liberal que las cúpulas políticas desplegaron para salvarse de ser destronadas, estos sectores creyentes en la institucionalidad nos llevaron a enfrentar una serie de reveses. El poder seduce y cautiva -atrae y atrapa- las luchas rebeldes. Cautivó el lápiz y el papel, el dedo de Lagos, la primera mujer presidenta y el joven universitario de izquierda.
La izquierda en el (del) poder, con Boric y el Frente Amplio, el Partido Comunista y los socialistas, son parte de esa fábrica de ilusiones que una izquierda confiada consume una y otra vez. Hoy nuevamente están fabricando esos espejismos por lo que no hay desperdicio en recordar que bajo el gobierno de Boric se aprobó el TPP 11, más de 60 leyes represivas, se mantuvo el estado de excepción en Wallmapu, la prisión política de compañeros y compañeras que participaron en la revuelta, de luchadores del pueblo mapuche y de quienes han utilizado la acción directa contra este sistema, como Juan Aliste Vega quien falleció este domingo 11 de octubre bajo encierro y tortura, pese a su delicado estado de salud. El gobierno del otrora universitario, sin duda alguna, perfeccionó el carácter policial, militar y criminalizador del Estado chileno.
Se instrumentalizó al feminismo – con el aval de muchas compañeras- abonando con ello, a la actual crisis del proyecto emancipador de las mujeres; el que atraviesa uno de sus momentos más críticos, marcado por la atomización, institucionalización y cooptación, con consecuencias devastadoras para el movimiento.
El feminismo perdió su potencia emancipadora. Lo que algunas llaman la cuarta ola, que tomó forma en movilizaciones masivas no solo en Chile, sino en distintas partes del mundo, denunciando la transversalidad histórica, cultural y social de la violencia sexual, quedó atrapada en experiencias individuales, situando el problema en lo íntimo y entregando su abordaje a la institucionalidad gubernamental y particularmente a las universidades.
También se ha perdido potencia emancipadora al establecer alianzas con el poder político globalizador para acceder a cuotas de poder, creyendo en la posibilidad de un gobierno feminista, de un partido feminista, de una ONU feminista.
La injerencia de las instituciones (academia, Estado, corporaciones, agencias de cooperación, empresas, etc.) en el movimiento no es algo nuevo, pero en la última década la imposición de sus intereses prácticamente no se cuestiona, al contrario, colectivas y organizaciones feministas se adaptan a la narrativa estándar e insípida de los derechos humanos y la igualdad de género.
Seamos claras: ninguna institución puede ser feminista. La experiencia histórica nos refriega en la cara una u otra vez que la impronta de los movimientos sociales es su autonomía política, sin ella, pierden de vista el horizonte emancipatorio y se quedan enredados en la demanda de derechos autorizados por el sistema.
II
Hoy los poderes geopolíticos se encuentran en reconfiguración, librando guerras en distintos territorios, desarrollando tecnologías de vigilancia social, control de los cuerpos, guerra y extractivismo, acentuando la destrucción de las fuentes fundamentales de la vida: el ecosistema, lo comunitario y la integridad de lo humano; produciendo subjetividades vacías, disociadas y llenas de efectismo, sin duda se tiene como menta deshumanizar y cosificar la vida.
En este escenario, es cada vez más difícil pensar por nosotras mismas y establecer prioridades en sintonía con las condiciones concretas en las que vivimos. Mientras tratamos de reaccionar, un entramado de corporaciones tecnológicas (Nvidia, Microsoft, Apple, Google, Palantir, por nombrar algunas), empresas filantrópicas (Open Sciety, Ford Fundation, USAID, Mackenzie Scott, entre muchas otras) y organizaciones multilaterales como el Banco Mundial o la ONU, financian las agendas del capitalismo global y de la política feminista. Multimillonarios, empresarios y bancas privadas estadounidenses y europeas -la mayoría de origen israelita y/o sionista-, literalmente lavan su imagen con la causa feminista y monopolizan la “agenda progresista”, al mismo tiempo que están detrás de industrias destructivas que necesitan petróleo, minería, tierras, fuerza de trabajo, etc. al menor costo. ¿Por qué esto es un problema para el feminismo? Por varias razones, entre las más evidentes: Genera clientelismo y dependencia del movimiento, teniendo que ajustar sus prioridades a las de los financistas. Un ejemplo claro es la imposición de la agenda transgenerista a través del requisito obligatorio para acceder a fondos de incluir a personas trans y sus intereses, aun cuando no sea parte del trabajo de muchas organizaciones feministas. Tienen esta política, Fondo Alquimia en Chile y grandes redes como Prospera y AWID, estas últimas incluso excluyen de su narrativa a lesbianas. Los encuentros feministas y lésbicos latinoamericanos han tenido que sacrificar sus prioridades a cambio de apoyo de estos consorcios financieros. Esto no sólo atenta contra la autonomía del movimiento, sino que desplaza intereses políticos centrados en las mujeres y borra la diversidad de los movimientos sociales. La tecnocracia del género que marca la política de todas estas instituciones, sirve para reforzar estereotipos y desconocer las bases materiales de la opresión de las mujeres; no sólo despolitiza al movimiento de mujeres, sino también, alimenta y renueva al capitalismo en su versión tardía.
Asimismo, estas corporaciones impulsan como derechos condiciones de opresión que el feminismo históricamente ha rechazado: promueven la explotación sexual como trabajo (sistema prostituyente, pornografía, etc.) y el mercado reproductivo que disecciona y cosifica el cuerpo de las mujeres para el mercado, como el arriendo de vientres. Reflejo de esto es lo que sucede en la ONU, donde se está librando una verdadera batalla ideológica en su interior a partir de una campaña de desprestigio que ONU Mujeres ha emprendido contra la Relatora Especial de Naciones Unidas sobre la violencia contra las mujeres y las niñas, Reem Alsalem, por defender que la violencia contra las mujeres y niñas se basa en el sexo y que la prostitución es un sistema de explotación. Por otro lado, Amnesty International UK, pro régimen prostituyente, publicó una “lista negra” de organizaciones. Ambas instituciones mezclaron deliberadamente a grupos de derecha, provida, homofóbicas, con feministas, todas en el mismo saco de “antiderechos”. Prácticas claramente fascistas y patriarcales. Sin embargo, es justamente el sector del feminismo que resignifica la explotación sexual y reproductiva como derechos, el más favorecido por las políticas internacionales de cooperación. Así, reciben financiamiento sólo colectivas y organizaciones feministas que se alinean con las agendas regulacionistas. Todo esto forma parte de un establishment global de los derechos de las mujeres, compuesto por fondos de mujeres, ONG y feministas que se posicionan desde las instituciones y que recolectan los fondos de la cooperación internacional a nombre del movimiento de mujeres. En la década de los años 80’ y 90’, estos actores intervinieron al feminismo imponiendo una agenda clara y fragmentada: violencia de género y derechos reproductivos. Actualmente, es el deslavado tema de los cuidados que se impone, tergiversando lo que antes entendíamos como reproducción social y división sexual del trabajo considerando con ello la apropiación capitalista, la explotación de las mujeres pobres, migrantes, racializadas y la desvalorización social del trabajo reproductivo de las mujeres. Nuestras propuestas planteaban la distribución equitativa de estas responsabilidades, su socialización y comunitarización y no el traspaso al mercado ni al Estado.
No estamos siendo nosotras, las feministas organizadas en colectivas, en organizaciones territoriales, en grupos autónomos, quienes hacemos el contenido y las rutas, inventamos los conceptos anclados en la vida cotidiana, sino que son estas instituciones las que elaboran plantillas en serie que encasillan la lucha feminista y diluyen su potencia creadora y transgresora. El núcleo articulador de la institucionalización del feminismo es el individualismo, el borrado de las mujeres y de sus luchas históricas.
III
En un proceso de autocrítica, a fines de la década del 80’ y comienzos de los 90’ del siglo XX, surgió la corriente autónoma del feminismo autónomo latinoamericano que denunciaba el secuestro del movimiento feminismo por parte del Estado y las agencias internacionales, generando grupos de expertas, planificadoras y tecnócratas, arrinconando al movimiento a la política de lo posible y a las metas de los proyectos y los compromisos con las financistas.
Siguiendo este trazado, creemos urgente preguntarnos, ¿cuál es la política de las mujeres que necesitamos? Sin duda, esta política tiene una impronta: es la que se hace entre mujeres que politizan su experiencia común. Lo que sabemos hoy sobre la opresión de nuestro sexo es fruto de ese trabajo colectivo. Gracias a ese trabajo separatista, nos reconocemos hacedoras de la historia, nos rebelamos contra la violencia, conocemos y amamos nuestro cuerpo, valoramos nuestro trabajo y podemos reconocer los mecanismos explícitos e implícitos que genera el patriarcado para mantener las relaciones de dominación basadas en nuestro sexo. Incluso el feminismo que reivindica la lucha junto a los hombres (feminismo indígena, comunitario, decolonial, etc.) entiende y genera espacios políticos sólo entre mujeres, por ejemplo, las mujeres zapatistas.
El separatismo no implica desligarnos de las luchas populares, por ello, reivindicamos la revuelta del 2019 como parte también de nuestra historia. Octubre de 2019 puso de manifiesto el deseo popular de cambiar todo de raíz, coincidiendo con el carácter radical de las transformaciones que necesitamos las mujeres para destruir la opresión de clase sexual en interacción con otras opresiones.
Si el feminismo ha perdido su fuerza emancipadora, es urgente y necesario recuperarla. Es necesario radicalizar nuestras concepciones políticas. Para ello, debemos asumir la crítica, asumir responsabilidades, dejar la creencia casi religiosa en el Estado y situarnos desde ese lugar donde nunca se deja de sospechar del sistema de dominación. Hay que volver a saltar los torniquetes, volver a evadir las piedras con las que una y otra vez nos tropezamos. Así lo mostró la revuelta, retomar la potencia creadora de imaginarios que no quepan en las agendas institucionales, la energía colectiva que construye proyectos que dignifiquen la vida y se opongan a la cultura de muerte que se nos cuela por todos lados en estos días. Recuperar el feminismo emancipador es también recuperar la potencia transformadora de la revuelta.









