
por Israel Dutra
Después de una primera vuelta electoral que dejó a la extrema derecha en una posición de fuerza, una inesperada oleada de movilizaciones juveniles comenzó a modificar el clima político brasileño. Cientos de manifestaciones reunieron a cientos de miles de personas en todo el país, recuperando una tradición de movilización popular que atraviesa algunos de los momentos decisivos de la historia reciente de Brasil, desde la campaña por las elecciones directas de 1984 y las protestas que condujeron a la destitución de Fernando Collor de Mello en 1992 hasta las jornadas de junio de 2013 y las grandes movilizaciones contra Jair Bolsonaro.
Flávio Bolsonaro llega a la segunda vuelta en una posición favorable. En las elecciones del 4 de octubre obtuvo el 47,03% de los votos válidos, frente al 45,16% de Lula, una diferencia de aproximadamente 2,2 millones de sufragios. La extrema derecha consiguió además importantes avances en las elecciones legislativas, mientras que el resultado presidencial fue recibido favorablemente por sectores del poder económico brasileño. La iniciativa política parecía haber quedado en sus manos, pero la irrupción de las movilizaciones juveniles comenzó a alterar un clima que anticipaba una victoria de Bolsonaro. El protagonismo de una nueva generación, menos condicionada por las experiencias de derrota y los cálculos electorales que pesan sobre buena parte de la izquierda brasileña, introduce un elemento de radicalización que trasciende la campaña presidencial.
La resistencia al avance global de la extrema derecha
El protagonismo de la juventud brasileña coincide con una nueva oleada de movilizaciones en distintos países. En Estados Unidos, las protestas contra Trump han contribuido a reactivar la oposición social a la extrema derecha, mientras que en Francia, España y otros países europeos se multiplican las expresiones de descontento juvenil. Aunque responden a contextos y conflictos diferentes, estas movilizaciones muestran que el avance electoral e institucional de las derechas radicales convive con una creciente disposición a la protesta. La movilización antifascista puede ir más allá de sus objetivos defensivos inmediatos y convertirse en una experiencia de politización y radicalización para una nueva generación, contribuyendo a reconstruir capacidades de acción colectiva que la izquierda ha perdido durante décadas.
La disputa brasileña adquiere una dimensión internacional particularmente importante en el contexto de la ofensiva de Trump sobre América Latina. Su política hacia Venezuela y Cuba, así como sus intervenciones en los asuntos internos de otros países de la región, expresan una voluntad de reafirmar la hegemonía estadounidense. Una victoria de Flávio Bolsonaro reforzaría esa orientación, al colocar al frente de la principal potencia sudamericana a un aliado político e ideológico de la extrema derecha estadounidense. Por su peso económico y político, el resultado de las elecciones brasileñas tendrá consecuencias que exceden ampliamente las fronteras del país y puede influir sobre la correlación de fuerzas entre las izquierdas y las extremas derechas en toda América Latina.
La irrupción de la juventud brasileña
El resultado de la primera vuelta había instalado un clima de desánimo entre los partidarios de Lula. Sin embargo, en los días siguientes comenzó a desarrollarse una respuesta inesperada, impulsada principalmente por sectores juveniles. Las primeras asambleas y protestas surgieron en la Universidad Federal Fluminense (UFF) y en el tradicional Colegio Pedro II, dos instituciones educativas de Río de Janeiro. Pronto se extendieron a otras ciudades, como Fortaleza y Belo Horizonte.
Durante el fin de semana, las manifestaciones se multiplicaron en las principales capitales y en numerosas ciudades medianas de todo el país. La concentración sobre la Avenida Paulista, en São Paulo, llegó a ocupar nueve cuadras. También tuvo un fuerte valor simbólico la protesta en Copacabana, en Río de Janeiro, el mismo escenario que Flávio Bolsonaro había elegido para lanzar su campaña electoral. Las movilizaciones continuaron durante los días siguientes. El martes 13 se celebraron nuevas manifestaciones en Porto Alegre y Brasilia, que reunieron, según los organizadores, a decenas de miles de personas.
Las organizaciones estudiantiles constituyen uno de los principales puntos de apoyo del movimiento. La Unión Nacional de Estudiantes (UNE) y los directorios centrales de estudiantes (DCE) recuperan así el protagonismo que habían tenido durante el «Tsunami de la Educación» de 2019, las multitudinarias protestas contra los recortes presupuestarios del gobierno de Jair Bolsonaro. Pero esta vez se han sumado nuevos actores, entre ellos las comunidades de seguidores de artistas populares, conocidas como fandoms. Agrupaciones de admiradores de Taylor Swift, Beyoncé, Lady Gaga, Anitta y BTS comenzaron a coordinarse después de la primera vuelta bajo la iniciativa «Fandoms com Lula».
Estas comunidades cuentan con una considerable experiencia en la organización de campañas digitales y pusieron sus redes de comunicación al servicio de las convocatorias, participando también en la organización de la multitudinaria manifestación del 11 de octubre en la Avenida Paulista. Su intervención muestra cómo formas de participación colectiva desarrolladas originalmente fuera de la actividad política pueden adquirir rápidamente un carácter militante. También revela las posibilidades de organización que ofrecen las redes sociales, incluso en un escenario marcado por el enorme poder de las grandes plataformas digitales sobre la circulación de información política y por la fortaleza de las redes de comunicación del bolsonarismo.
La movilización alcanzó también a los institutos federales de educación técnica y a las escuelas secundarias, y comenzó a incorporar a artistas y organizaciones sociales de distinta procedencia. Su protagonismo juvenil convive con la participación de militantes de generaciones anteriores, en una confluencia que ha contribuido a reactivar a sectores más amplios de la izquierda brasileña. El Partido Socialismo y Libertad (PSOL), cuyos militantes y figuras públicas han desempeñado un papel destacado en las protestas, es una de las organizaciones que participan activamente de este proceso. La combinación entre nuevas formas de participación y estructuras políticas con experiencia militante ha favorecido la rápida expansión de las movilizaciones.
La aprobación en el Senado de la propuesta para terminar con el régimen laboral conocido como 6×1, que permite trabajar seis días por cada uno de descanso, introdujo un nuevo elemento en la campaña electoral. La reducción de la jornada laboral es una de las demandas sociales más populares de los últimos años en Brasil y su avance legislativo representa una victoria importante para el movimiento que la impulsó. La presión política en torno a esta cuestión alcanzó incluso a Flávio Bolsonaro, que modificó su posición inicial, mientras que el senador Hamilton Mourão, exvicepresidente de Jair Bolsonaro, mantuvo su oposición a la reforma. El episodio puso de manifiesto las dificultades de la extrema derecha para posicionarse frente a una reivindicación con amplio respaldo social.
La combinación de las movilizaciones callejeras, la actividad en las redes sociales y el avance de la propuesta para terminar con el régimen 6×1 muestra que la extrema derecha perdió la iniciativa política. Queda por ver hasta qué punto esta nueva situación conseguirá modificar las tendencias electorales que favorecieron a Flávio Bolsonaro en la primera vuelta.
Una elección todavía abierta
Las encuestas más recientes sugieren que la distancia entre Lula y Flávio Bolsonaro se ha reducido hasta situarse cerca del margen de error. Al mismo tiempo, los niveles de rechazo al candidato de la extrema derecha comienzan a superar los del presidente. Aunque estos movimientos todavía son insuficientes para anticipar el resultado de la segunda vuelta, indican que la ventaja inicial de Bolsonaro podría estar debilitándose.
El resultado de la primera vuelta fue recibido con entusiasmo por los mercados financieros. El lunes posterior a las elecciones, el índice Ibovespa registró una suba del 7,7%, mientras que las donaciones de empresarios al Partido Liberal aumentaron considerablemente. Según una investigación de Folha de S.Paulo, el partido recibió unos 2,3 millones de reales de donantes empresariales durante los diez días posteriores a la votación, frente a apenas 85.000 reales registrados por el PT. El clima político comenzaba a presentar la victoria de Bolsonaro como inevitable, hasta que la irrupción de las movilizaciones juveniles puso en cuestión esa percepción.
Las posibilidades de una victoria de Lula dependen ahora de su capacidad para ampliar la base electoral de la primera vuelta. La tarea presenta dificultades considerables. Según Datafolha, entre los votantes de las candidaturas eliminadas, Bolsonaro obtiene el 46% de las preferencias, frente al 27% de Lula. En estas condiciones, la movilización de quienes se abstuvieron adquiere especial importancia. Más de 33 millones de brasileños no participaron en la votación del 4 de octubre, un universo heterogéneo cuya incorporación podría modificar el resultado de una elección extremadamente ajustada. El electorado femenino constituye otro terreno importante de la disputa. Las encuestas sugieren que Lula está ampliando su ventaja entre las mujeres, un segmento en el que el rechazo a la extrema derecha podría desempeñar un papel relevante.
La disputa electoral presenta desafíos diferentes según la región. En el Sur y el Centro-Oeste, donde la derecha mantiene una posición dominante, Lula necesita reducir la ventaja de Bolsonaro. En el Nordeste, su principal bastión electoral, el desafío consiste en ampliar la diferencia a su favor. Las grandes ciudades del Sudeste, especialmente São Paulo, Río de Janeiro y Belo Horizonte, pueden resultar decisivas para inclinar el resultado.
¿Como derrotar Flávio Bolsonaro?
La energía social liberada en los últimos días puede contribuir a una victoria de Lula si la campaña consigue asociarla con una perspectiva de mejora de las condiciones de vida. El avance de la propuesta para terminar con el régimen laboral 6×1 muestra el potencial político de las reivindicaciones sociales que cuentan con un amplio respaldo popular. El gobierno comenzó a adoptar algunas medidas en esa dirección, como el anuncio de una propuesta para garantizar el transporte público gratuito durante los fines de semana y nuevas iniciativas destinadas a aliviar las deudas de los hogares y los pequeños emprendedores. La ampliación de la educación pública y otras reformas que permitan mejorar las condiciones de vida podrían fortalecer esa orientación.
La importancia de esta agenda se vuelve más evidente al observar las motivaciones del voto. Según una encuesta de Datafolha publicada el 19 de octubre, el 41% de los electores de Flávio Bolsonaro menciona el deseo de cambio o alternancia entre las principales razones de su elección. Entre los votantes de Lula, en cambio, el motivo más citado es la protección social, mencionada por el 48%. La extrema derecha ha conseguido apropiarse de una parte importante de las expectativas de ruptura con el orden existente, mientras que el presidente aparece asociado principalmente con la defensa de conquistas sociales. Una estrategia antifascista limitada a la protección de las instituciones democráticas corre el riesgo de reforzar esa distribución de expectativas. La movilización de las últimas semanas ofrece una oportunidad para disputar la promesa de cambio, vinculando la lucha contra Bolsonaro con un horizonte de transformaciones sociales concretas.
La posibilidad de transformar la movilización (hemos tenido las mayores manifestaciones de la historia en ciudades como Porto Alegre, Brasilia, Recife y, posiblemente, Belo Horizonte) en una reversión de votos indica que es posible derrotar a Bolsonaro en el terreno político y electoral. Los indicadores en las redes sociales durante la última semana, a pesar del boicot abierto por parte de Meta, ya muestran a Lula con mayor iniciativa que su oponente de extrema derecha.
Los debates serán fundamentales. El primer debate, en TV Bandeirantes, fue muy pobre en cuanto a argumentos; Flávio se mostró agresivo y arrogante. Lula, a quien le costó adaptarse al formato del debate (y que, de hecho, no atraviesa su mejor momento como polemista), logró denunciar a Flávio como vinculado a las milicias, exigiendo el levantamiento de su secreto telefónico y bancario. El último debate tendrá lugar en Rede Globo, la mayor cadena de televisión del país, y debería ser aún más decisivo para la elección de voto de los indecisos.
La victoria de Lula sigue siendo una posibilidad, aunque el desenlace dependerá de que la movilización de las últimas semanas consiga alterar las tendencias electorales. La irrupción juvenil recuerda, por su magnitud y su capacidad de sacudir la vida política, a las jornadas de junio de 2013, pero esta vez se desarrolla alrededor de una confrontación explícita con la extrema derecha. Cualquiera sea el resultado del 25 de octubre, la experiencia puede dejar una huella duradera en una nueva generación de militantes y contribuir a reconstruir las fuerzas de la izquierda brasileña. Por ahora, lo decisivo es que una elección que parecía encaminarse hacia la victoria de Bolsonaro ha vuelto a convertirse en una disputa abierta. La última palabra todavía no está dicha.
Fuente: Jacobin









