
por Wilmar Castillo
El progresismo obtuvo un respiro con la victoria electoral de Lula Da Silva que entra a gobernar en su cuarta administración, el siguiente año. Pero la victoria de Lula no es exclusivamente del progresismo, ni tampoco hay que desconocer el aporte organizativo y movilizador de esta fuerza política-electoral. Por eso, la perspectiva de este acontecimiento se amplía gracias a los torrentes populares que inundaron calles y redes sociales digitales en la campaña presidencial, pero especialmente en la última etapa de la segunda vuelta, donde derrotaron al heredero político del clan familiar Bolsonaro.
Cada quien se hecha sus flores
Tanto progres como vocerías y militancia de otras fuerzas populares y políticas protagonistas de la campaña de Lula, estarán señalándose como protagonistas de la campaña. Sin embargo, hay que reconocer la diversidad de organizaciones y de individualidades que pusieron su esfuerzo para que no volviera el Bolsonarismo al gobierno nacional. A pesar de este aspecto práctico, el progresismo ha tomado como inspiración esta victoria electoral del pueblo brasilero y debería también tomar como aprendizaje autocrítico, que hay errores que reconocer y corregir en clave de unidad y acción con otros/as.
Una limitante que se expone en los pocos análisis que he conocido sobre la campaña del Partido de los Trabajadores (PT), es seguir pensando que los retos que tiene la cuarta administración de Lula deben resolverse en el Congreso; y dos, que las comunidades movilizadas deben limitarse a “presionar” a los congresistas a favor del programa del gobierno nacional. Deberían reconocer autocríticamente el carácter utilitarista que tienen de base social y de su capacidad movilizadora hacía intereses electoreros. Por el contrario, la cuarta administración de Lula debería aprovechar el limitado margen de maniobra que tiene en el Estado para potenciar las capacidades organizativas, movilizadoras y de poder de esas comunidades, tanto militantes como del sector votante indeciso que terminó inclinándose por el PT, para que la voluntad de defender la soberanía nacional empiece a materializarse en el territorio y haga carne en la cotidianidad de las poblaciones urbanas y rurales.
La pretensión no es que el progresismo cambie su forma de pensar y hacer política, sino que la honestidad y la humildad impregnen los puentes de unidad que todavía mantiene con otras expresiones políticas de los pueblos. Pues sin este cambio al interior, seguirán actuando como un obstáculo frente a la gente que construye territorialidad propia y exige al Estado-moderno que corra la cerca de las transformaciones estructurales varios metros más cerca del socialismo.
En últimas, lo que se expone en el espejo brasilero es un reto fundamental en la lucha de clases de Nuestra América: dialogar y construir un proyecto de sociedad entre diferentes visiones de vida y de maneras de vivir en el mundo (dentro de la clase popular). Pues el otro reto fundamental externo tiene dos caras: enfrentar el cerco fascista que tiene Brasil bajo los gobiernos miembros del Escudo de las Américas; y luchar contra esos gobiernos fascistas al interior de sus naciones.









