La biblioteca argentina del marxismo

por Horacio Tarcus

La biblioteca argentina del marxismo

Con la notable excepción del primer volumen de El capital, que fue impreso en Madrid en 1898 y ampliamente comercializado en la Argentina, para el año 1900 la cantidad de textos marxistas editados y disponibles en el país apenas superaba la docena de folletos. Las personas interesadas en esa lectura debían complementar la escasa oferta de edición nacional con títulos provenientes de España, como Miseria de la filosofía de Marx en la antigua trad. de José Mesa, o El origen de la familia de Engels en la versión de Eusebio Heras para Sempere. Quien quisiera conocer los escritos de Marx y Engels sobre las revoluciones de 1848, la lucha de clases en Francia (hasta el golpe de Luis Bonaparte) o los debates con los bakuninistas (durante los años de la Asociación Internacional de los Trabajadores) debía acudir a las ediciones italianas de Luigi Mongini de Roma, que en la primera década del siglo XX Avanti! de Milán compilaba y reeditaba como Opere di Marx-Engels-Lassalle, en 8 vols.

Hubo que esperar hasta la década de 1940 para que las editoriales argentinas comenzaran a traducir obras clásicas de la cultura marxista como El proceso a los comunistas de Colonia, Herr Vogt e Historia crítica de la Teoría de la Plusvalía de Marx, La situación de la clase obrera en Inglaterra y La guerra de los campesinos en Alemania de Engels; al igual que la Correspondencia de Marx y Engels. Hasta ese momento, estudiosos como Aníbal Ponce o Emilio Troise habían tenido que recurrir a ediciones francesas, como la compilación de obras de Marx y Engels al cuidado del traductor Jacques Molitor que publicó el editor Alfred Costes en París entre 1924 y 1939 en pequeños volúmenes en rústica y agrupados en series: Œuvres philosophiques, Œuvres politiques y Œuvres économiques. Figuras como Rodolfo Mondolfo y Carlos Astrada, que disponían de ediciones del marxismo clásico y contemporáneo en sus idiomas originales porque habían formado sus bibliotecas en Europa, constituían casos excepcionales. Gracias a su condición de políglotas, a los servicios comerciales de importación de libros y a sus nutridas redes epistolares, lograron ir actualizando sus respectivas bibliotecas con nuevos títulos también en la Argentina; en el caso de Astrada, luego de su retorno de Alemania en 1933 y en el de Mondolfo, luego de que se instalara en el país en 1938.

A mediados del siglo XX, la situación había cambiado considerablemente. Las principales obras de Marx y Engels estaban disponibles en Buenos Aires[1], años antes o incluso décadas que en México, Santiago de Chile, Montevideo, Río de Janeiro, La Habana o Bogotá. Sin embargo, hubo dos excepciones. Los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 de Marx, que en 1938 la editorial mexicana América había dado a conocer en traducción directa del alemán[2], iban a publicarse en la Argentina treinta años después, en 1968. La ideología alemana de Marx y Engels, que la editorial mexicana Vita Nuova había publicado en forma parcial en 1938, fue editada por primera vez íntegramente por Pueblos Unidos en Montevideo en 1958.

Hacia mediados de la década de 1970 se registra en la Argentina la mayor cantidad de obras de Marx y Engels disponibles en castellano[3]. El surgimiento de la nueva izquierda coincidió con una creciente demanda de bibliografía marxista y con un proceso de profesionalización de editores y traductores, de modo que desde finales de la década de 1960 las nuevas ediciones comenzaron a reemplazar a las antiguas ediciones socialistas y comunistas, cuyas traducciones eran en su mayoría indirectas. Gracias a la labor de los Cuadernos de Pasado y Presente y a las ediciones de Signos e, inmediatamente, la casa argentina de Siglo XXI, los lectores del ámbito hispano pudieron acceder en pocos años a traducciones directas del alemán de obras cardinales como El capital y Grundrisse, munidas de introducciones y notas críticas, que daban cuenta de las variantes. También accedían a un corpus complementario, que incluía Introducción general a la Crítica de la Economía Política/1857 o El capital, libro I, capítulo VI (inédito). Por su parte, Pasado y Presente ofrecía versiones actualizadas de textos socialistas y comunistas, incorporaba al canon autores olvidados o soslayados como el joven Lukács, Rubin, Korsch o Pannekoek; además, ponía en diálogo los textos clásicos con los debates contemporáneos que tenían lugar en Italia, Francia y Gran Bretaña acerca de conceptos como los de partido político, formación social o división capitalista del trabajo.

Las obras de los autores clásicos de la socialdemocracia —Bebel, Bernstein, Kautsky, Turati, Plejánov, Guesde, Vandervelde, Jaurès, Deville, Lafargue, De Man— no siempre estuvieron disponibles, de modo que el lector argentino debió acudir a las ediciones españolas de fines del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo XX para constituir su biblioteca socialista, que luego Claridad reeditó y contribuyó a completar.

Ya hemos visto que La mujer en el pasado, en el presente, en el porvenir de August Bebel fue un verdadero best seller de su época, editado reiteradas veces en toda Hispanoamérica, ya fuese en la versión censurada de Emilia Pardo Bazán (1893) o en la (autorizada por el autor) de Enrique Díaz-Regt (1906). En la Argentina se conoció una coedición con España en 1906 y nuevas ediciones en 1919, 1941 y 1981[4]. Numerosos testimonios lo colocan, junto con el Manifiesto Comunista, como un texto clave de iniciación al socialismo.

Hemos visto que los socialistas argentinos comenzaron editando folletos. El socialista Antonino Piñero había traducido La cuestión agraria de Kautsky para el periódico La Agricultura (1900) y, durante las dos décadas que siguen, Acción Socialista de Marinoni y editorial Claridad ampliarán la oferta con otros títulos del mismo autor. Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia de Eduard Bernstein, texto clave, fue traducido del alemán por Enrique Díaz-Regt para Sempere, mientras que la réplica de Kautsky, La doctrina socialista, fue traducida del francés en 1910 por Pablo Iglesias y Juan A. Mella para la Librería de Francisco Beltrán de Madrid. Ambas versiones fueron reeditadas por Claridad de Buenos Aires en 1966, aunque ya a comienzos de la década de 1970 el público lector tenía la expectativa de versiones más rigurosas.

José Aricó advirtió esta falta; en 1974 Siglo XXI de Argentina volvió a traducir La cuestión agraria de Kautsky, aunque desde el italiano. Sin embargo, el golpe militar de marzo de 1976 le impidió continuar desplegando en Buenos Aires el plan de ediciones de clásicos del socialismo, de modo que el proyecto se retomó en Siglo XXI de México. En 1979 se conoció la primera versión española del clásico de Otto Bauer, La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia (en trad. de Conrado Ceretti, Rodolfo Burkart e Irene del Carril). En la misma colección apareció en 1980 por primera vez en castellano El socialismo y los intelectuales de Max Adler (versión de Alfonso García y Manuel Planas) y en 1982, La concepción del Estado en el marxismo del mismo autor, así como una edición crítica de Las premisas del socialismo de Bernstein[5]. Según vimos, estas últimas obras publicadas en México no ingresarían a la Argentina hasta 1984, en los albores de la transición democrática.

También vimos que la literatura bolchevique comenzó a circular en una fecha tan temprana como 1919, primero con los libros y folletos de Documentos del Progreso y luego con La Internacional. La aparición de Problemas en 1939, y más tarde el despliegue del aparato editorial comunista, aseguraron un acceso continuo a ese material en el mercado. Los sellos trotskistas primero, y Pasado y Presente después, hicieron su aporte publicando la obra de aquellos autores de la biblioteca bolchevique que los comunistas habían excluido.

El acceso a los autores de la nueva izquierda también fue inmediato. La aceleración de los tiempos en la segunda mitad de la década de 1960 y principios de la de 1970 era tal que los libros llegaron a publicarse en la Argentina apenas uno o dos años después de que apareciera la edición original en francés, italiano o alemán. La imaginación al poder, un pequeño libro sobre los acontecimientos de mayo de 1968, apareció en Buenos Aires traducido al español por Insurrexit en agosto de ese mismo año. Combats étudiants dans le monde, el volumen que prepararon anónimamente seis estudiantes franceses después de los acontecimientos de mayo y que publicó Seuil también en 1968, lanzó menos de un año después Galerna (Las luchas estudiantiles en el mundo, 1969). Una obra más voluminosa (casi 300 páginas) como Le mouvement de mai ou le communisme utopique de Alain Touraine, publicado a finales de 1968 en París por Seuil, apareció en Buenos Aires dos años después, editado por Signos[6].

Incluso obras como El modo de producción asiático (antología de textos de Marx y Engels preparada por el antropólogo Maurice Godelier) o Hegemonía y dominación en el Estado moderno, una compilación de textos de Nicos Poulantzas, se publicaron por primera vez en formato libro en la Argentina antes que en Francia. Los editores argentinos más inquietos seguían el pulso de las novedades no solo en los catálogos de las editoriales europeas sino también en los avances que ofrecían las revistas culturales.

Al considerar en conjunto los tres ciclos, es posible observar el proceso de profesionalización del libro marxista, tanto en lo que hace a la traducción como a la edición en general. Hemos visto que los proyectos editoriales socialistas fueron gestionados por militantes que tenían otros oficios o profesiones (Domingo Risso era carpintero; Juan Marinoni, impresor; Ángel M. Giménez, médico; José A. Lebrón y Rómulo Bogliolo eran contadores, Juan Antonio Solari vivía del periodismo cuando no ocupaba cargos públicos). Los únicos editores profesionales o profesionalizados del socialismo fueron Antonio Zamora (propietario de Claridad), Andrés Alfonso Bravo (titular de El Quijote) y Luis Pan (titular de Líbera). Juan B. Justo, Antonino Piñero y Roberto J. Payró trabajaron también ocasionalmente como traductores, impulsados a la tarea por un compromiso militante.

El ciclo comunista conoció un mayor grado de profesionalización, pero las funciones del propietario, editor, director de colección y prologuista, etc., siempre estuvieron subordinadas a la política partidaria. Carlos Dujovne fue un editor remunerado mientras estuvo al frente de Editorial Problemas (1939-1947), pero no volvió a ejercer el oficio después de esta experiencia. Los gerentes de las casas editoras comunistas, como en los casos de Cartago, Fundamentos y Anteo, también fueron funcionarios rentados a tiempo completo. Las casas editoras de los compañeros de ruta (Sara Maglione de Jorge, Bernardo Edelman, Raúl Larra) gozaron de cierto grado de autonomía relativa respecto del Partido Comunista, lo que les permitió alcanzar un grado mayor de profesionalización en el campo editorial. Tanto las editoras partidarias como las de los compañeros de ruta recurrieron a traductores ocasionales o de medio tiempo (figuras como los hermanos Alicia Ortiz y Néstor Ortiz Oderigo —musicólogo y divulgador de temas de la diáspora africana— o Raúl Sciarretta, quien alternaba la traducción con la docencia); pero en los proyectos más estables tendieron a prevalecer los más fogueados como Floreal Mazía, Matilde Alemán, Patricio Canto, Hugo Acevedo y Ariel Bignami.

El proceso de profesionalización se profundizó durante el ciclo de la nueva izquierda: las nuevas casas editoriales, si bien estaban vinculadas tangencialmente a proyectos políticos, eran sociedades comerciales independientes. No estaban sujetas a una autoridad política heterónoma. Sus editores y sus traductores ya no eran militantes rentados por un partido y, si lo habían sido alguna vez, en ese momento debían vivir de su labor profesional. Mangieri, Aricó, Granica, Álvarez, Schapire, Schavelzon, Schwartz y Pérez son exclusivamente editores; Del Barco, en cambio, pudo articular la edición con la docencia. Spivacow abandonó su actividad de matemático para consagrarse a la edición, y lo mismo hicieron Divinsky y (parcialmente) Serebrisky y Natalio Wisniacki con la con la abogacía. Si bien acudieron a traductores ocasionales, pudieron contar con personas afianzadas en el oficio como Pedro Scaron, León Mames, Horacio Ciafardini, Aníbal Leal, Noemí Rosenblatt, Juana Bignozzi y Silvia Delpy, a quienes hay que sumar colegas ya activos durante el período anterior, como Floreal Mazía y Hugo Acevedo.

El cierre de un ciclo

En suma, para comienzos del año 1976, el lector argentino tenía a disposición un vasto caudal de ediciones nacionales de cultura marxista, algo que no ocurría en ningún otro lugar de América Latina. A esto se añadían las ediciones que hasta entonces se importaban más o menos libremente, sobre todo de México (Grijalbo, Era, Extemporáneos), Uruguay (Pueblos Unidos), Chile (Quimantú, hasta que la destruyó el golpe de 1973), Colombia (Oveja Negra) y Venezuela (Monte Ávila, Tiempo Nuevo). E incluso de España, pues a partir de mediados de la década de 1960, durante el franquismo tardío, la cultura marxista comenzó a reverdecer gracias a editoriales emergentes como Ciencia Nueva, Ariel, Alberto Corazón, Taurus, Castellote y A. Redondo.

Este complejo entramado político-librero-editorial, que había sufrido sus primeros embates en una atmósfera de censura, intimidación y amenazas que se prolongó a lo largo de los años 1974 y 1975, fue definitivamente desarticulado por el golpe cívico-militar de marzo de 1976. Al día siguiente del golpe, un capitán de navío ingresaba a la sede de Eudeba acompañado por oficiales y soldados armados para tomar posesión de la editorial y llevar a cabo una «depuración» del catálogo. El 2 de abril de 1976, apenas ocho días después del golpe, un «grupo de tareas» ingresó a las oficinas de Siglo XXI de Argentina y secuestró a dos miembros del equipo, Alberto Díaz y Jorge Tula. El primero recobró la libertad un mes y medio después, el segundo fue puesto a disposición del Poder Ejecutivo y permaneció un año en prisión. El editor Carlos Pérez fue secuestrado el 8 de mayo de 1976 y permanece desaparecido. Editores como Alberto Burnichon, Roberto Santoro y Héctor Fernández corrieron la misma suerte; también varios integrantes de sus equipos. El 16 de febrero de 1977 fueron detenidos Daniel Divinsky, Kuki Miller y Amelia Hannois de Ediciones de la Flor; permanecieron cuatro meses en prisión.

El CEAL recibió duros embates: Daniel Luaces, uno de sus trabajadores, había sido asesinado por la Triple A en diciembre de 1974. En julio de 1976 otro de sus empleados fue secuestrado y encapuchado junto a su esposa. Después de intimidarlos, los liberaron dos días después. El 7 de diciembre de 1978, fuerzas de seguridad confiscaron el depósito que el CEAL conservaba en Avellaneda, Provincia de Buenos Aires. Por orden judicial, el 26 de junio de 1980 fueron incineradas 24 toneladas de libros y fascículos de ese sello en un terreno baldío de la localidad bonaerense de Sarandí[7]. Entre tanto, el químico David Jacovkis, «marido de Miriam Polak, importante figura de Eudeba en los comienzos del CEAL, [era] detenido y torturado junto a su hijo». Siete de sus colaboradores internos (Atilio Cattáneo, Ignacio Ikonicoff, Marta Brea, Graciela Mellibovsky, Diana Guerrero, Conrado Ceretti y Claudio Azur) fueron secuestrados y permanecen desaparecidos. Los obreros Juan Campos Araujo, Benito Villamayor, Alberto Giovanoli, Alejandro Nicoletti, Aníbal Contizanetti, Roberto Gutiérrez, Jorge Cufre, Andrés Avelino Somer y Héctor López, así como el chofer Eugenio Florio, fueron detenidos tras la sustracción de los libros y permanecieron presos varios días[8]Karina Micheletto, «Ricardo Figueira y Amanda Toubes recuerdan la quema de libros del CEAL: Eran unos tipos que ni sabían prender el fuego», Página/12, 23 de marzo de 2017..

En marzo de 1976 la mayor parte de las editoriales de la nueva izquierda dejó de existir. Granica trasladó su sede a Barcelona, De la Flor centró su catálogo en el comic y el humor gráfico, Schapire y Galerna debieron alterar vertiginosamente su línea editorial. Muchos editores se retiraron a la actividad privada y cultivaron el bajo perfil durante el exilio interior. Otros tantos partieron al exilio: Juan Granica a Barcelona, Willy Schavelzon, José Aricó, Jorge Tula y Alberto Díaz a México, Daniel Divinsky y Kuki Miller a Caracas.

Las librerías corrieron una suerte semejante. Isabel Valencia, de Trilce, fue secuestrada por un «grupo de tareas» y otro tanto sucedió con su socio Horacio Fernández poco después. Como vimos, la vecina Cimarrón cerró sus puertas en 1977. El bibliosistema de la avenida Corrientes resultó profundamente afectado por las frecuentes razzias policiales en los cafés emblemáticos y los controles sobre las librerías. Hernández permaneció cerrada durante un año, mientras sus dueños aguardaban en el exilio y su yerno Eduardo Mora pasaba por distintos centros de detención.

La bibliografía marxista fue preservada en los sótanos por algunos libreros como Hernández o Sirera, a la espera de tiempos mejores. Otros optaron por anticiparse a confiscaciones o destrucciones, y despejaron sus locales de material «comprometedor», como hicieron el editor Juan Granica en 1976 con sus propias publicaciones antes de partir al exilio o la librería Fausto, según recordaban dramáticamente sus empleados. Sin embargo, esta precaución no impidió que su local de la avenida Corrientes quedara clausurado por varios días[9].

Los libros prohibidos que se guardaban en los sótanos constituyen el símbolo elocuente de una cultura marxista que sobrevivió durante siete años en la clandestinidad, en las «catacumbas», según la expresión sinónima que se popularizó. En las postrimerías de la dictadura militar, y sobre todo durante la transición democrática, comenzaron los rituales del desentierro[10]. Los editores retornaban del exilio, los intelectuales proscriptos reconquistaban la universidad y recuperaban el espacio público. En 1984 dos exiliados que acababan de regresar al país, Elvio Vitali y Ricardo Nudelman, abrían en el centro de Buenos Aires —Marcelo T. de Alvear y Riobamba— la primera sede porteña de la Librería Gandhi, que comenzaba a importar los libros de Siglo XXI y Pasado y Presente, hasta hacía pocos meses prohibidos en la Argentina. La cultura marxista comenzaba a renacer, acogida ahora en los medios universitarios, aunque sin alcanzar la irradiación y la intensidad que la habían caracterizado en los años sesenta y setenta del siglo pasado, cuando el marxismo era un sinónimo de la actualidad de la revolución.

Notas

↑1Sobra decir que no incluimos aquí algunos escritos de Marx que luego serían considerados fundamentales. Así, los Grundrisse (Elementos fundamentales para la crítica de la economía política), que habían sido publicados en alemán por primera vez en versión completa en Moscú en 2 vols. en 1939 y 1941, solo hallaron repercusión después de la guerra, y se publicaron nuevamente en alemán por Karl Dietz de Berlín en 1953. Las eds. it., fr. e ing. sólo aparecieron a fines de la década de 1960. La 1ª trad. cast. a partir de la ed. fr. fue tarea de Mario Díaz Godoy para Ediciones de Ciencias Sociales de La Habana (2 vols., 1970 y 1971). La ed. argentina se publicó en 3 vols., entre 1971 y 1976. Durante el ciclo comunista, el lector argentino apenas pudo conocer un fragmento en 1966, el borrador de las llamadas «Formen» (formaciones económicas precapitalistas), en la ed. de Platina antes citada, con trad. de Ariel Bignami y Floreal Mazía y estudio preliminar de Eric Hobsbawm. La publicación de la obra completa, como veremos, formará parte del ciclo de la nueva izquierda. Ver H. Tarcus, La biblia del proletariado, ob. cit.
↑2Jorge Fuentes Morúa, «El exilio alemán en México y la difusión del marxismo», Pacarina del Sur, año 1, nº 3, México, abril-junio de 2010.
↑3En mi registro bibliográfico de las obras de Marx y Engels editadas en la Argentina, se verifica una curva ascendente con 12 eds. en 1970, 27 en 1971, 32 en 1972 y un máximo de 77 en 1973. La curva desciende a 31 obras en 1974 y 30 en 1975, para caer abruptamente tras el golpe militar de 1976. Ver Las ediciones argentinas de Marx y Engels, Témperley, Tren en Movimiento, 2026.
↑4Augusto [August] Bebel, La mujer en el pasado, en el presente y en el porvenir, Valencia, F. Granada – Buenos Aires, Viuda de Serafín Ponzinibbio, 1906. Biblioteca de Cultura reeditó esta misma versión en 1919 en 2 vols. Otras fueron publicadas por las editoriales comunistas Problemas (1941) y Estudio (1981).
↑5Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia. Problemas del socialismo. El revisionismo en la socialdemocracia, México, Siglo XXI, 1982.
↑6Horacio Tarcus, «El Mayo argentino», Revista del OSAL, nº 24, Buenos Aires, Clacso, octubre de 2008, pp. 161-180.
↑7Hernán Invernizzi y Judith Gociol, Un golpe a los libros. Represión a la cultura durante la última dictadura militar, Buenos Aires, Eudeba, 2002.
↑8Karina Micheletto, «Ricardo Figueira y Amanda Toubes recuerdan la quema de libros del CEAL: Eran unos tipos que ni sabían prender el fuego», Página/12, 23 de marzo de 2017.
↑9Claudia Schvartz (ed.), Fausto, ob. cit.
↑10Tomás Alzogaray Vanella, Gabriela Halac y Agustín Berti, La biblioteca roja. Brevísima relación de la destrucción de los libros, Córdoba, Documenta/Escénicas, 2017.

Fuente: Jacobin

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