Chile. La Tigresa de Occidente
Un día me felicitaba. Al día siguiente me calificaba mal, pésimo, como si yo —y no ella— hubiese ido a la caza de votos electorales con deplorables resultados. Y al día subsiguiente me citaba a su oficina para pedirme disculpas por haberme evaluado tan mal. Hasta que me echó del trabajo y me privó para siempre de seguir sus circunvoluciones meditativas.









