Chile. La resistencia de la CAM sólo se entiende al interior de la lucha de clases

Por Enid Faúndez C.

“Que los poderosos no contaran con los pueblos indios no es de extrañar. Pero el reproche alcanza también a la izquierda ortodoxa latinoamericana. La que, todavía hasta el día de hoy, sigue sin contar a los pueblos indios con su propia identidad, su historia, su cultura, su tradición de rebeldía”.

Ejército Zapatista de Liberación Nacional (2006)

Rol represor del Estado

En el contexto del arresto del líder de la CAM, Héctor Llaitul, producto de la denuncia por Ley de Seguridad Interior del Estado (LSE) del 2020 y que se materializó en una orden de detención liberada en su contra por el Tribunal de Garantía de Temuco, nos lleva a reflexionar sobre el rol represivo del Estado chileno contra la diversidad de formas de lucha presentes en el territorio. Al parecer se nos impone desde “arriba” que las únicas reglas válidas del juego son las que dicta la democracia burguesa, dejando proscrito a todo aquel que instaure otras formas de resistencia para profundizar las contradicciones del modelo y darle un empuje a la lucha de clases.

El Estado es una forma de organización burguesa cuyo fin es sostener las condiciones del modo de producción frente del ataque de cualquiera que quiera ir contra el capitalismo y usará la fuerza en su multiplicidad de formas para mantener la sujeción al trabajo asalariado. Ejemplo de ello fue lo ocurrido durante La Guerra civil en Francia, donde a medida que se desarrolló y profundizó el antagonismo de clase entre el capital y el trabajo, el poder del Estado fue adquiriendo cada vez más el carácter de un poder nacional del capital sobre el trabajo, de fuerza pública organizada para la esclavización social, de máquina de despotismo de clase, tal como lo presentaba Lenin: “el Estado no se necesita en interés de la libertad, sino para someter”; por consiguiente, la libertad burguesa se plasma en un conjunto de átomos actuando para satisfacer intereses egoístas en una sociedad que niega el libre desarrollo de la mayoría de los individuos, y en la que las fuerzas productivas –y en primer lugar, las fuerzas del trabajo- están dominadas por la lógica de la ganancia. Podemos afirmar, que todo fortalecimiento represivo y de restricción de libertades democráticas son esencialmente para frenar la emancipación frente a la opresión del trabajo asalariado.

Colonialismo interno e inclusión subordinada

La opresión como tal no se da únicamente en una relación entre obrero-empresario; sino, en otras categorías que Gramsci denominó “subalternidad” (estar por debajo) producto que la sociedad se articula en torno a un sistema de dominación múltiple y donde imperan relaciones de sumisión que asumen diversas modalidades e involucran diferentes causalidades. Cabe señalar que el Estado chileno —así como en buena parte de América Latina- se ha desarrollado históricamente una expansión del capital a través de procesos de asfixia productiva, des-posesión y actividades contaminantes, desplegando políticas etnocidas y de asimilación forzada, con procesos de subordinación y ataque a las formas de propiedad colectiva de los pueblos originarios –en especial el pueblo-nación Mapuche-, y en segundo lugar, a un proceso de integración forzada a través de la deslegitimación de lengua y costumbres originarias así como la creación de numerosos dispositivos de integración a la nación chilena y en tercera instancia, a una política de desconocimiento y por tanto debilitamiento y desarticulación de las formas de organización social de lucha propia de los pueblos originarios.

Cabe señalar en este punto que dentro de la multiplicidad de formas de lucha, la Coordinadora Arauco Malleco (CAM) ha sido clara respecto de su situación de “doble dominación”, a manos del Estado y del capital. Héctor Llaitul, uno de sus principales líderes analiza al respecto: “La relación del Estado opresor y el Pueblo Nación Mapuche la caracterizamos de dominación con un permanente proceso de des-estructuración del mundo mapuche en todos sus aspectos. Básicamente, la imposición de una cultura dominante, winka, occidental, capitalista, en donde las ideas, los valores, la actitud penetran nuestra realidad y la distorsionan, lo cual resulta funcional para mantener intactos los intereses del sistema, donde la apropiación de las riquezas del territorio mapuche es la consecuencia. Frente a esto, levantamos la idea y la práctica de reconstruir nuestro mundo confrontándolo a la dominación”. Es entendible entonces, la posición de lucha contra el Estado en su amplitud de formas, porque este sistema político sigue reprimiendo con fuerza manifestaciones del pueblo descontento; democracia y paz bajo el capitalismo son elementos antagónicos e imposibles de realizar, porque el antagonismo de las clases y la opresión son irreconciliables. Pretender la defensa de la democracia a través de las armas para lograr la “paz” es un engaño a la clase obrera, solo sirve para desmoralizar al proletariado y mantener la dependencia al asistencialismo capitalista que mantienen eternamente las relaciones de opresión.

Son entonces, la tierra y la identidad los objetos estructurales de lucha y resistencia. Ante ello, como revolucionarios debemos reconocer estas resistencias indoamericanas como elementos activos de realización socialista y como praxis guiadas por la solidaridad y el respeto de la diversidad cultural e histórica, por ende no debemos negar el inmenso aporte existente en el crisol de luchas de los pueblos originarios y entender el rol represivo del Estado –en especial el chileno- contra la diversidad de luchas territoriales, como la respuesta conjunta entre derechas e izquierdas institucionales en defensa de la democracia burguesa y la mantención de las relaciones de opresión propias del modelo de producción capitalista. Esto nos lleva a concluir en la necesidad de una articulación más amplia del análisis de clase, cruzándolo con el étnico y con el género, con el objetivo de fortalecer una perspectiva crítica del capitalismo que resulte, simultáneamente, anticolonial y antipatriarcal; para que resulte un marxismo que deje atrás el eurocentrismo y pueda arraigar en -y nutrirse de- las tradiciones e historias subterráneas que han delineado los pueblos y comunidades de nuestro continente rebelde.

¡Sembraron despojo, cosecharán rebelión!

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