José Saramago: Cien años que iluminaron al mundo

Por Luz Marina López Espinosa

Más que presenciada, fue una escena vivida por el niño. Cuando su humilde e iletrado abuelo supo que iba a morir, fue a cada uno de los árboles de su pequeño huerto y abrazándolos, llorando se despidió de ellos.

Ya el destino del niño había quedado marcado. La vida había hecho su trabajo, y a él solo le correspondía cuando fuera grande y aprendiera a escribir, contarlo todo. En realidad, variaciones sobre un mismo tema. Y esas fueron veintitrés novelas entre muchos otros escritos. Por eso ya famoso y laureado, decía que si él tuviera escudo de armas, en uno de sus cuartos aparecería un hombre abrazando un árbol. Sí. Porque es verdad; de ahí salió todo.  Tanto genuino mágico realismo en esa real y mágica escena, troquelaron el alma del niño con las virtudes y firmezas del hombre, el intelectual y el escritor que después sería: solidario, meditativo, sensible y sintonizado con lo dramático de la circunstancia humana; la social y la política. Y militante. Sí. Militante comunista que fue la forma que encontró de proyectar esos talentos y convicciones.

Saramago fue una conciencia social de su siglo. Porque su literatura – arte, ¿Quién lo duda? -, fue una constante y severa requisitoria sobre el poder y la democracia, y la impostura de la justicia y la libertad que uno y otra nos prometen. Mejor lo dicen sus famosas sentencias: “No es que sea pesimista. Es que el mundo es pésimo”; “Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica. Porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia” ; “Las conciencias permanecen en silencio más de lo que deberían”; “El mundo debe ser otro y no esta cosa infame”; “¿Qué clase de mundo es este que puede mandar máquinas a Marte, pero queda impasible ante la masacre de Seres humanos?”

Es acerca de mucho sobre lo que José reflexiona en sus obras. El virtuoso manejo de la metáfora y la ironía lo puso al servicio de denunciar un mundo y una historia que exigen rectificaciones. Ahí están entonces la ceguera de los videntes que por conveniencia no quieren ver, la deshumanización de los que por su posición en la sociedad más compasivos  debían ser, la pérdida de los valores, el gran relato de Portugal desde su posición de imperio al actual ocaso, la larga noche de Oliveira Salazar y cuándo no imposible faltara, la “Revolución de los Claveles”  la más épica y poética de cuantas rebeliones haya habido, en la cual como era forzoso, José estuvo hombro a hombro con el pueblo levantisco . Esto último en su bello libro “Alzado del suelo” que lo proyectó internacionalmente.

Y también, claro, en su obra Saramago se ocupó de una radical defensa y legitimación de la izquierda en todo momento y circunstancia, aun en esta que alcanzó a vivir cuando los corifeos del capitalismo decretaron “el fin de la historia”, y a esos sus militantes declararon “dinosaurios”. Y en esta causa sí que volcó y demostró talento, convicción y recursos literarios. Los cantos de sirena de la democracia liberal y la socialdemocracia, a él menos que a nadie pudieron engañar. “No es malo tener una ilusión. Lo malo es ilusionarse” decía como a propósito. Cuánta razón tenía y se la reconoció la historia contemporánea, cuando detrás de aquellos discursos vinieron las guerras y la furia del capitalismo salvaje. Verdadero “Ensayo sobre la lucidez” eran sus palabras.

Pero en lo estrictamente literario, con innovadores recursos formales, Saramago hizo una escritura que obliga un nuevo lector. La morfología de sus textos rompiendo la gramática convencional, hace que él se tenga que introducir en estos para comprenderlos. Juego tan inteligente y original, que es como hacerlo partícipe de la escritura.

Cien años conmemoramos del nacimiento del Camarada José. El escritor que cautivó y acrecentó las convicciones de jóvenes comunistas de varias generaciones persuadiéndonos de que el camino era correcto. Y hoy que se habla de clases subalternas y del mundo de los nadies, su obra los reivindica diciéndole al poder que en todo caso ellos están ahí. Y que no habrá futuro sin ellos, como tampoco sin unas briznas, ojalá muchas, de amor.

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