Por José A. Amesty Rivera

Hace unos días, el presidente Donald Trump notificó, a través de su secretario de Defensa, Pete Hegseth, que pone en marcha lo que se denomina un nuevo mapa estratégico. Este se extiende desde Groenlandia hasta el canal de Panamá y los países que lo rodean, bajo el nombre de “La Gran Norteamérica”, y que, según sus palabras, es su “perímetro de seguridad inmediato”. Los principales países incluidos en este mapa de seguridad serían: Groenlandia, Canadá, EEUU, México, Cuba, República Dominicana, Haití, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Colombia, Venezuela, Guyana, Surinam y Ecuador.
Ante esto, nos preguntamos: ¿es esta estrategia la misma Doctrina Monroe? Según lo que veremos más adelante, podríamos decir que no es exactamente la misma, pero sí una versión actualizada con el mismo espíritu. Recordemos que la Doctrina Monroe nació en 1823 y básicamente decía, “Europa no se meta en América” (refiriéndose a América Latina), porque esta región es zona de influencia de Estados Unidos. Con el tiempo, esto se tradujo en intervenciones militares, golpes de Estado directos e indirectos y control político, entre otros.
Entonces, ¿es la “Gran Norteamérica” lo mismo? No es idéntica. Desde una mirada crítica del poder imperial y de la historia de intervenciones, esta estrategia suena menos a “cooperación” y más a una reconfiguración del viejo «patio trasero». No es idéntica porque la geopolítica cambió, ya no hay imperios europeos dominando; ahora los rivales principales son China y Rusia.
Actualmente se utilizan, en mayor o menor medida, acuerdos de cooperación y seguridad compartida en lugar de invasiones directas. Sin embargo, se parece mucho en el fondo, porque mantiene la misma lógica central, “América sigue siendo zona estratégica de EE. UU.” Solo que ahora, en vez de decir “no entren europeos”, dicen “hay que frenar influencias externas”.
La diferencia clave es esta: antes era la Doctrina Monroe, ahora es la Gran Norteamérica. Antes el mensaje era directo, ahora se usa un lenguaje diplomático. Antes era una intervención abierta, ahora es una supuesta integración militar y estratégica. Antes la amenaza era Europa, ahora son China y Rusia. Antes el control era explícito, ahora es más sutil. La izquierda latinoamericana lo resume así, no cambió la doctrina, cambió el discurso; es la Doctrina Monroe con traje moderno.
Analistas más neutrales lo plantearían así, hay una continuidad histórica, pero también cambios reales en las formas. No es una copia exacta, sino una evolución geopolítica. No es que EE. UU. diga lo mismo palabra por palabra, pero la idea de fondo sigue viva: mantener la influencia en América Latina y limitar a las potencias rivales.
Desde la perspectiva de los gobiernos aliados a EEUU, se pretende que la estrategia no se venda como dominación, sino como una necesidad práctica en un mundo peligroso. Por ejemplo, el argumento sería que ningún país puede enfrentar solo amenazas como el narcotráfico o el crimen organizado. Se destaca que sería una seguridad compartida, ya que los carteles operan en redes transnacionales, por lo que contarían con el apoyo militar y tecnológico de Estados Unidos.
En palabras simples, EEUU busca protegerse, pero empuja su frontera hacia el sur. Algunos gobiernos ven ayuda, otros ven control, y la región queda en medio, negociando cuánto cede y cuánto gana.
Veamos cómo se repite este patrón en la práctica comparando momentos históricos con situaciones actuales. Aquí es donde se entiende si hay continuidad.
Infraestructura: Antes, con la separación de Panamá de Colombia en 1903, se construyó el canal y EEUU aseguraba una ruta vital para el comercio y la guerra. Ahora, hay interés en corredores marítimos, puertos y vigilancia regional; es decir, no controlan directamente, pero influyen en quién los maneja y cómo se usan.
Seguridad: Antes había intervenciones en Centroamérica y el Caribe con la excusa de buscar estabilidad. Ahora, la guerra es contra el narcotráfico (fentanilo, cocaína) y se requiere cooperación militar e inteligencia. El discurso cambia, pero la lógica sigue, la seguridad abre la puerta a la presencia externa.
Presencia militar: Antes hubo ocupaciones directas (Haití, Nicaragua, República Dominicana) con marines en el terreno. Ahora hay bases militares, ejercicios conjuntos y asesoría; operaciones coordinadas sin ocupación formal, menos visibles, pero más permanentes y sofisticadas.
Política: Antes había apoyo a golpes de Estado (como en Chile en 1973). Ahora hay presión diplomática, condiciones en acuerdos y apoyo a gobiernos alineados; métodos menos brutales, pero igual de influyentes.
En fin, América Latina sigue siendo territorio de disputa entre potencias. Es un patrón que se repite, se define una “amenaza” externa, se justifica la presencia, se reorganiza la región según intereses estratégicos y se asegura el control indirecto. Esto es, exactamente, el ADN de la Doctrina Monroe.
Entonces, ¿hay continuidad o cambio? El método cambió, el objetivo no tanto. Antes había un dominio directo; ahora, una influencia estructural (militar, política y económica). En castellano crudo, antes entraban con soldados, ahora con acuerdos; antes imponían gobiernos, ahora condicionan decisiones. No es una copia exacta del pasado, pero tampoco es algo totalmente nuevo.
Es una Doctrina Monroe versión siglo XXI, más sofisticada y global, menos visible, pero estratégicamente muy parecida. Para una mirada crítica, esto no es integración, es hegemonía con otro nombre; es seguridad para el norte y control sobre el sur; geopolítica dura disfrazada de cooperación.









