El himno de La Internacional: Una deriva española

por José Sierra

Arriiiba, parias de la tieeerra… No, seguramente no es eso lo que se oyó por primera vez en España, en 1900, del himno que, desde entonces, cantamos y cantamos sin parar. Lo que más bien debió de oírse fue algo así como Arriiiba los pobres del muuundo… La cosa tuvo lugar en el Centro de Sociedades Obreras que, en el número 24 de la madrileña calle de Relatores, albergaba la sede de una multitud de sociedades de oficio. El día de su inauguración, y tras varias intervenciones habladas, “el Orfeón Socialista cantó el himno ‘La Internacional’, despertando entre los 8.000 trabajadores que se extendían por el espacioso local, […] delirante entusiasmo” (El Globo, 24-I-1900; la cifra suena a errata).

La coral había sido organizada “recientemente” (La Correspondencia de España, 26-I-1900), pero no era el primer orfeón obrero español (para una consideración general acerca del lugar de los orfeones en las culturas obreras, vale la pena Ph. Gumplowicz. “Le dossier orphéon: Musique et sociabilités”, en Collectif Revoltes Logiques. Esthétiques du peuple. Paris: La Découverte, 1985). Desde 1893, existía en Bilbao otro, igualmente integrado en un centro de sindicatos de oficio, que acompañaba cada año los actos conmemorativos del Primero de Mayo o de La Comuna de París. Es más, de esa matriz (y bajo la dirección del “compañero Bernardo”), habían ido desprendiéndose hijuelas en otros centros obreros como Eibar o Sestao (La Dinastía, 3-V-1894). No parece que La Internacional formase parte de su repertorio; en el 1º de Mayo de 1896, por ejemplo, los cantos ejecutados fueron el Himno Operario del 1º de MayoLa Fiesta del TrabajoA la RevoluciónLos TrabajadoresA la CommuneAl ObreroLa Unión y El Pan del Pobre, estas dos últimas, al parecer “nuevas” (La Lucha de Clases, 25-IV-1896). Dos años más tarde, en 1898, el orfeón publicaba un folleto que se anunciaba como “Himnos socialistas cantados por el Orfeón Socialista de Bilbao (letrillas)”, y se vendía por el humilde precio de 25 céntimos (La Lucha de Clases, 29-I-1898), hoy inencontrable.

Volvamos a Madrid. Tras aquella primera velada, La Internacional parece haberse oído en cada acto sindical de masas: en el Teatro Eldorado, con ocasión del aniversario de La Comuna, el 18 de marzo de 1900, al lado de otros himnos más habituales, como La Marsellesa (seguramente la de la Paz [véase https://kaosenlared.net/la-marsellesa-de-la-paz/]) y A la Comuna (El Heraldo de Madrid, 19-III-1900); y también, claro está, en la velada vespertina en el Teatro Novedades con la que el obrerismo madrileño celebraba el Primero de Mayo, tras el mitin mañanero en el Frontón Central y la merienda y gira campestre en la Fuente de la Teja (Correo de Madrid, 2-V-1900). Y así años y años, salvo tiempos de censuras y prohibiciones.

Concretamente, ¿qué era lo que cantaba el Orfeón Socialista?, ¿qué letra de La Internacional? Vayamos al origen del asunto (véase S. Llano. “Noising forth social change: The Orfeón Socialista de Madrid, 1900-1936”. Journal of Spanish Cultural Studies, XX [3], 2019, p. 257-270). En el marco de la Asociación Artístico-Socialista, que incluía también un centro dramático de aficionados (El Heraldo de Madrid, 26-IV-1900), el coro había sido creado por Francisco Mora Méndez, que sin duda compartía la creencia, expresada por el semanario vasco La Lucha de Clases (11-III-1905) de que, a diferencia de los discursos, “la música […] alcanza a seducir todas las inteligencias, por menguadas que fueren, y sus vibraciones, si son algo inspiradas, electrizan a los adeptos de un ideal y contagian los órganos sensitivos de la masa indiferente”.

En 1900, Mora (Figura 1) acababa de trasladarse a Madrid, procedente de Barcelona. Había nacido en 1842 en una aldea toledana, y de muy niño trasladado a Madrid, en donde aprendió el oficio de zapatero, el que siempre consideró el suyo. La peripecia vital de quien es referencia insoslayable del obrerismo español (incluyendo su condición de fundador de la Primera Internacional en nuestro país, corresponsal de Engels y participante en las agrias disputas entre socialistas y anarquistas) es relativamente conocida (Figura 2); pero nos interesa aquí destacar que, de muy joven, sacó tiempo para, además de aprender a leer y escribir, cursar estudios de canto en el Conservatorio madrileño, en donde aprovechó las enseñanzas de Ruperto Chapí, lo que hubo de permitirle aceptar contratos de intérprete lírico en Cataluña y en Francia.

Sus estancias en este país y, tal vez sobre todo, su correspondencia internacional debieron de permitirle tener conocimiento de la aparición en 1887 de aquel himno, L’Internationale, que a iniciativa del Partido Obrero Francés, creado en 1882, haría suyo la Segunda Internacional, constituida en 1889.

¿Pero qué himno era aquel?, ¿cuáles sus paroles, y cuál su musique? Otra vez, habremos de remar hacia atrás, regresar un momento a La Comuna de París, aquel mundo inaugural de tantas cosas (con la buena ayuda aquí de R. Brécy. “À propos de ‘L’Internationale’ d’Eugène Pottier et de Pierre Degeyter”. Revue d’Histoire Moderne et Contemporaine, 1974 [2], p. 300-308) . Todo parece haber empezado con la pena de un comunero tras la caída de un amigo. El poeta obrero Eugène Pottier (Figura 3), que ya había participado en la revolución de 1848, estaba igualmente en las barricadas de 1871. Incluso había sido diputado de distrito y, en lo suyo, había colaborado con Courbet en la creación de la Fédération des Artistes de la Commune de Paris y, tal vez, en la demolición de la columna Vendôme; incluso pudiera haberse cruzado con Rimbaud por calles y tabernas, o con Louise Michel colocando adoquines para defender una calle. Libró la vida y, con su pena, se puso a salvo en Inglaterra y en Estados Unidos. No así su amigo Gustave Lefrançois (como otras varias decenas de miles de comuneros y comuneras, que fueron masacrados o enviados a enloquecer en los presidios coloniales), a quien dedicará un poema en septiembre de 1871, cuyo manuscrito está hoy conservado en el Instituto de Historia Social de Amsterdam (Figura 4).Vuelto del exilio en 1880, el Partido Obrero Francés (y más concretamente, su agrupación de Lille) le encargará a un ya muy viejo Pottier (o a él mismo y algún otro) que reformulase su poema para darle forma de canto. La música le será encargada al tornero flamenco Pierre Degeyter (sorprendentemente fotografiado en 1931, ya de viejo, por un periodista español desplazado al parisino barrio de Saint-Denis: Figura 5), que trabajaba en Lille y que, allí, dirigía en sus horas libres un orfeón obrero que llevaba el guapo nombre de La Lira de los Trabajadores. En su sede habría de ser cantada L’Internationale por primera vez en público. Corría 1888, el mismo año en que el cadáver de Pottier era multitudinariamente inhumado en el cementerio del Père Lachaise, y también el mismo en que letra y música del himno eran publicadas (Figura 6), abriendo así un grifo más que secular de sonoridad e iconografía emancipatorias (Figuras 7 y 8, de Théophile Steinlen 1895 y Franz Masserel 1972, respectivamente).

La versión impresa y musicada decía así:

(Estribillo)

C’est la lutte finale,

Groupons-nous et demain

L’Internationale

Sera le genre humain.

1

Debout! les damnés de la terre!

Debout! les forçats de la faim!

La raison tonne en son cratère,

C’est l’éruption de la fin.

Du passé faisons table rase.

Foule esclave, debout! Debout!

Le monde va changer de base:

Nous ne sommes rien, soyons tout!

2

Il n’est pas de sauveurs suprêmes:

Ni Dieu, ni César, ni tribun:

Producteurs, sauvons-nous nous mêmes!

Décretons le salut commun!

Pour que le voleur rende gorge,

Pour tirer l’esprit du cachot,

Soufflos nous-même notre forge,

Battons le fer quand il est chaud!

Battons le fer quand il est chaud!

3

L’État comprime el la loi triche;

L’Impôt saigne le malheureux;

Nul devoir ne s’impose au riche;

Le droit du pauvre est un mot creux.

C’est assez languir en tutelle,

L’Égalité veut d’autres lois;

“Pas de droits sans devoirs, dit-elle,

Égaux, pas de devoirs sans droits!”

4

Hideaux dans leur apothéose,

Les rois de la mine et du rail

Ont-ils jamais fait autre chose

Que dévaliser le travail?

Dans les coffres-forts de la bande

Ce qu’il a crée s’est fondu.

En décrétant qu’on le lui rende

Le peuple ne veut que son dû.

5

Les rois nous soûlaient de fumées,

Paix entre nous, guerre aux tyrans!

Appliquons la grève aux armées,

Crosse en l’air et rompons les rangs!

S’ils s’obstinent, ces cannibales,

Á faire de nous des héros,

Ils sauront bientôt que nos balles

Sont pour nos propres généraux.

6

Ouvriers, paysans, nous sommes

Le grans parti des travailleurs;

La terre n’appartient qu’aux hommes,

L’oisif ira loger ailleurs.

Combien de nos chairs se repaissent!

Mais, si les corbeaux, les vautours,

Un de ces matins, disparaissent,

Le soleil brillera toujours! 

Volvamos a nuestra historia. Porque hubo de ser esa publicación (o alguna de las posteriores) la que conociese Francisco Mora. Y él, políglota y capaz de leer partituras, se animó a traducirla. Podemos dudar acerca de la fecha, siempre anterior a 1900, claro está; pero no de que fuese él quien lo hizo. Y no podemos dudar de esa autoría porque es nada menos que Juan José Morato (Figura 9), el gran historiador del primer socialismo español (sobre su vida y obra, véase, claro está, Santiago Castillo Alonso. Trabajadores, ciudadanía y reforma social en España: Juan José Morato, 1864-1938. Madrid: Siglo XXI de España, 2005, 2 vol.), al tiempo que protagonista de esa misma historia, quien nos lo dice taxativamente: “Él fué quien tradujo la letra” (La Libertad, 17-VI-1931).

¿Y qué resultó de ello? Sólo hemos sabido localizar una transcripción completa de la traducción de Mora. Es la que recogía Andrés Saborit, cierto que en época tardía, ya en su exilio tras la Guerra Civil (“Andrés Saborit. Apuntes históricos: Pablo Iglesias, PSOE y UGT. Fundación Pablo Iglesias. Consultado el 10/07/2015.” ):

¡Arriba los pobres del mundo!

¡En pié los esclavos sin pan!

Alcémonos todos al grito de

¡Viva la Internacional!

Rompamos al punto las trabas

que impiden el triunfo del bien.

Cambiemos el mundo de base

hundiendo el imperio burgués.

Agrupémonos todos

en la lucha final,

y se alcen los pueblos, con valor,

por la Internacional.

El hombre del hombre es hermano;

derechos iguales tendrán.

Los odios que el mundo envenenan,

del mundo lanzados serán.

El día que el triunfo alcancemos

ni esclavos ni dueños habrá.

La tierra será un paraíso,

la patria de la Humanidad.

Agrupémonos todos

en la lucha final,

y se alcen los pueblos, con valor,

por la Internacional.

Conviene señalar que, desde muy pronto, fueron apareciendo pequeñas variantes, especialmente en la estrofa inicial. Seguramente las más tempranas lo hicieron en el muy poderoso socialismo vasco de comienzos del siglo XX. Tan pronto como en 1902, en efecto, nos informan de ello (y del rápido arraigo del himno) dos testimonios tan menudos como significativos en su feliz coincidencia temporal y léxica. En el semanario satírico socialista El Ruido del 3 de agosto de ese año (Figura 10), quienquiera que se ocultase bajo el seudónimo de Confetti, daba cuenta de la algarada carlista que el 31 de julio se había producido en el entorno del quiosco de música del Arenal, cuando al acabar el concierto con el Gernikako arbola, un grupo de bizkaitarras se alzaron en gritos pidiendo más y más, y comenzaron a manifestarse en grupos, pronto disueltos por la policía. Confetti (se ve que era autor muy amante de los puntos suspensivos) se refería a ello como una “abigarrada confusión, con sus gritos acalorados, con sus amenazas iracundas, con sus pasiones revueltas… Un grupo alegre pasó por mi lado, cantando en son de protesta el himno de los Trabajadores… Y a solas luego, en íntimo solidoquio [sic] con mi voz interior, sentía dentro del cerebro las notas confusas, dispersas, apagadas… ‘Arriba los pobres del mundo, / de pié los esclavos sin pan, / y gritemos todos unidos: / ¡viva la Internacional!’”. Remataba: “¡El Guernicaco! ¡La Internacional! Esto matará á aquello”.

Unas semanas más tarde, un redactor anónimo del periódico socialista La Lucha de Clases (23-VIII-1902) daba noticia de la visita que dos concejales habían hecho a una colonia escolar veraniega; y escribía: “Las niñas que componen la colonia de Gordejuela cantaron en presencia de los compañeros Cerezo y Lasheras la siguiente estrofa del himno socialista La Internacional: ‘¡Arriba los pobres del mundo! / De pie los que no tienen pan! / Y gritemos todos unidos: / ‘¡Viva la Internacional!’ Bueno es que esas niñas sientan ya lo que llamó el gran Amicis ‘punzada cerebral del Socialismo’, porque ellas serán las obreras y las madres de los obreros del porvenir”. ¡Toma ya…!

Muy otra cosa que esas variantes es la aparición ulterior de versiones enteramente distintas, fuese en el campo anarquista (seguramente en el marco de la Federación Anarquista Ibérica, nacida en 1927) o en el comunista, probablemente desde que la Revolución de Octubre (y luego la Tercera Internacional) hiciesen suyo el himno. Es esta última la que, tanto en España como en Hispanoamérica, se nos viene a los labios como si de un servomecanismo se tratase. Recuperaba algo que la traducción de Mora había perdido, especialmente aquella poderosa (¡y casi hegeliana!) referencia a la revolución como un acontecimiento volcánico y tonante: “Atruena la razón en marcha”. La directa impronta soviética de la versión española es perceptible en un detalle que, por minúsculo que sea, no deja de resultar elocuente: en lo que para quien escribe es la primera publicación de música y letra de esa versión (a reserva, claro, de que pudiese haber aparecido antes de la Guerra Civil en Mundo Obrero, hoy por hoy de consulta llamativamente no fácil), incluía indicaciones en cirílico (Figura 11).

Pero esa es otra historia, así que volvamos a lo nuestro. Tanto Morato como Saborit coincidían en que la traducción y el ajuste musical de La Internacional no eran perfectos: “aunque [sí] en lo esencial…”, decía el segundo; el primero, por su parte, mucho más claro, mencionaba que la letra había sido traducida “con muy escasa fidelidad, porque si siempre es dificilísimo traducir verso conservando metro y hasta rima, infinitamente más lo es cuando el verso ha de sujetarse a la música en los acentos, cesuras, etc.”. Y ponía el ejemplo del estribillo: Mora se habría visto obligado a añadirle el famoso con valor, “que implicó e implica una modificación de la música” (La Libertad, 17-VI-1931).

Ese prurito, ese picor persistente trajo consecuencias: “Ahora hay en el socialismo español -seguía Morato en 1931- buenos músicos, orquestas, masas corales y poetas […]; no hay, pues, razón para no revisar la versión española de La Internacional”. Algo intentó: “Hace ya bastantes años, el que esto escribe quiso publicar una traducción castellana de la letra lo más fiel posible, y encomendó el trabajo a un joven compañero suyo en el ‘Heraldo’, laborioso, cultísimo, buen escritor y poeta, pero modestísimo en grado excesivo. Era este joven E. Ferraz Revenga”.

Emilio había nacido, de acuerdo con informaciones de la Biblioteca Nacional, en Valencia, al filo de 1890. Cuatro años más tarde, aparece en listas de uno de los más prestigiados colegios de la ciudad, el Vives (https://www.tebeosfera.com). Debió de recibir en él (y seguramente también en su propia casa) una formación literaria excepcional, al menos si se considera que en 1901 publicaba su primer cuento, “La mariposa”, en el madrileño Album de los Niños (20-V-1901). Estudiará Filosofía y Letras en Madrid con un aprovechamiento académico que habría de llevarlo a recibir el premio fundado por Manuela Rivadeneyra, viuda de Pi i Margall, en el curso 1909-10 (La Época, 1-X-1910). Ese mismo año se descolgaba con un poema de homenaje a los republicanos portugueses (Era Nueva: Periódico Republicano [de Cáceres], 17-XII-1910).

Al tiempo que se preparaba para una oposición de funcionario de los servicios de Estadística (que obtendría en 1913 con destino en Alicante y, desde los años 20, en Toledo), el joven se echaba al mundo literario (Figura 12). Al menos hasta la Guerra Civil, lo hará tocando varias teclas simultáneamente: la de la poesía, la del cuento y la del género lírico, fuese sainete o zarzuela.

En este último campo, Ferraz parece haber tenido una resonancia pública muy variable y nunca estruendosa; incluso un crítico como Pedro Navarro, de España Nueva: Órgano de la Unión Republicana (30-I-1914), lamentaba, a propósito de Galope de amor,  que escritor tan “culto y de gusto depurado se [dejase] arrastrar por la monomanía ‘operetéstica’, y [… pusiese] su inteligencia al servicio del Becerro de Oro. […] No quiere esto decir que esté mal ‘Galope de amor’, sino solamente que es una opereta más, ni más vulgar ni menos discreta que las que produjeron á algún traductor 100.000 pesetas en un año. Si Ferraz Revenga se proponía demostrar que no es menester ir a Viena para componer operetas, perdió su tiempo, pues de sobra sabemos que tiene mucho más talento del que se precisa para escribirlas originales”. Con todo, la exigida relación entre libretista y compositor debió de reforzar en Ferraz la musicalidad de sus versos, construidos con arreglo a una culta y muy correcta métrica.

Son estos, los poemas, los que cimentaron su fama de buen escritor y, con mucha probabilidad, los que en mayor medida atrajeron a Morato. Los hizo de todo género y asunto, sin excluir uno en defensa del divorcio, tan temprano como de 1912 (La Noche, 17-III-1912) y dedicada al reformista ilustrado y republicano Luis Morote; u otro, de 1913, sobre la violencia contra las mujeres (La Unión Democrática [Alicante], 20-VI-1913); u otro aún, para terminar, sobre la huelga obrera (El Obrero Balear: Órgano de la Federación Socialista Balear, 18-VII-1914), con estrofas como estas, muy cultamente medidas:

“Poned el alma entera en un trabajo

de recios leñadores: con tesón,

cortad, herid, hasta arrancar de cuajo

el tronco de la odiosa explotación.

Con agudas piquetas, albañiles,

edificios de infamia demoled;

pescadores, los déspotas y viles

aprisione en sus mallas vuestra red.

Salid pronto a la luz de la victoria,

mineros; con ardor minad, minad,

hasta que separéis toda la escoria

que empobrece a la triste Humanidad.”

Y por lo que hace a la narrativa, campo en el que escribió cuentos humorísticos, fantásticos,  “pícaros” (El libro de la gaya doctrina, 1912), “para mujeres” (Oro, incienso y mirra, 1913)  o incluso una novelita en clave sobre la pomada artística y política del momento (Se vende un alma, 1914), será en los cuentos para niños (por, ejemplo, La princesa sin lágrimas, de 1911, o Los sueños de Caperucita, de 1912) en donde haya de resultar mayor el reconocimiento de su aportación. “Fuera de algunas excepciones”, escribía un crítico a propósito de Caperucita, “¿qué hay en nuestra novelística infantil que no sea ñoño y pesado, cuando no rematadamente estúpido? […] El Sr. Ferraz Revenga […] constituye un caso literario de excepción. El exquisito esmero artístico, la penetrante observación psicológica con que esta colección de cuentos infantiles está compuesta, resaltan en cualquiera de las veinte narraciones que contiene” (El Correo, 21-I-1913).

Y en uno esos intensos años, el de 1913, el reconocimiento de su altura le llegaría de nada menos que de Joaquín Dicenta (y nada menos que en una de sus muy leídas columnas de El Liberal, la del 28 de agosto en nuestro caso), en donde el celebrado autor del Juan José, considerada cima de la dramática obrerista de la época, destacaba la condición de rebelde de la obra de Ferraz: “No hay uno de esos cuentos que no lleve entre sus páginas la rebeldía, la protesta contra alguna vergonzosa realidad viviente é imperante”. Nuestro Emilio, a pesar de su aspecto “endeble de cuerpo, tímido de ademán, corto en palabras, pulcro en el vestir, y atildado, casi preciosista, en su estilo”, dejaba paso en su escribir “al revolucionario, al poeta ansioso de cantar las futuras humanidades, al hombre que sueña con el advenimiento de un mundo mejor, donde al amor y la justicia sean únicos dioses”.

No es nada improbable que el espaldarazo público de Dicenta reforzase las prendas que Juan José Morato había creído percibir en Ferraz. Recuérdese que se refería a él como “un joven compañero suyo” en El Heraldo. ¿Querría decir compañero laboral o compañero en el sentido de camarada? Si se considera que Ferraz no parece haber formado parte de la plantilla del Heraldo, ni tampoco haber sido colaborador habitual en él, deberíamos considerar la posibilidad de que nuestro hombre orbitase en la constelación socialista. Abonaría la hipótesis el hecho -que ya conocemos- de haber publicado su poema La Huelga en el órgano de la Federación Socialista Balear; o de haber publicado hacia 1930 dos cuentos (que no hemos podido localizar) con títulos tan significativos como El sindicato de animales o Planteo de una huelga en la editorial madrileña Albero; o, quizá incluso su temprana participación en una “tarde literaria” para niños celebrada a finales de 1912, a iniciativa de Escuela Nueva, en los locales de la Casa del Pueblo madrileña, en donde habría leído ante la chiquillería varios de los cuentos de Los sueños de Caperucita, al lado del militante socialista (y luego comunista de primera hora) Manuel Núñez de Arenas, fundador en España de la institución promotora de la velada (véase, por ejemplo, M.M. del Pozo Andrés. “La Escuela Nueva en España: Crónica y semblanza de un mito”. Historia de la Educación, 2003-04), que habría leído un cuento de Oscar Wilde, y al lado también de Jacinto Benavente, que habría arreglado para guiñol Las diabluras de Polichinela. Del evento, regado con caramelos donados por la Sociedad de Escuelas Laicas, daba razón… El Socialista (27-XII-1912). Son demasiado pocos mimbres, y demasiado frágiles además, para tener la completa certeza de que Ferraz fuese socialista.

Como quiera que sea, el bueno de Emilio cumplió el encargo de Morato. Le salió lo que sigue:

I

“¡Arriba, siervos de la tierra!

¡Arriba, esclavos del hambre!

En su volcán la razón brama:

hora es, al cabo, de que estalle.

Desparezca lo pasado;

turba infeliz, de pie, de pie;

que cambie el mundo; nada somos

cuando debemos todos ser.

II

Ahora no existen redentores:

ni Dios, ni César ni tribuno;

¡Trabajadores, decretemos

la redención de todos juntos!

Porque [sic] el ladrón pague su crimen,

porque [sic] la idea se liberte,

soplad con fuerza en nuestra fragua,

batid el hierro ya caliente.

III

La ley engaña, y el Estado

sangra y oprime al infeliz;

ningún deber se impone al rico;

el pobre tiene el de sufrir.

Acabe, acabe esa tutela;

que la Igualdad pide otras leyes:

no haya deberes sin derechos,

no haya derechos sin deberes.

IV

Odiosos en su apoteosis,

los reyes de trenes y minas,

han expoliado al que trabaja,

sin haber hecho acción más digna.

En sus arcones, los bandidos,

de su maldad guardan el fruto;

al exigir que se lo entreguen

el pueblo pide lo que es suyo.

V

Somos, obreros, campesinos,

la gran familia del trabajo,

la tierra es sólo de los hombres;

será el ocioso desterrado.

¿A cuántos nutre nuestra carne?

Mas si los buitres y los cuervos

huyen al fin, eternamente

lanzará el Sol vivos destellos.

Estribillo

Es la lucha final;

a unirnos, que mañana

la Internacional

será la especie humana…”

No nos es dado saber si a Morato le gustó la cosa. Sí, en cambio que a nada práctico llegó, como tantos otros desechos arrojados a las cunetas de la historia por la benjaminiana locomotora del progreso: flechas de deseo, sin embargo. Quien lea, que intente entonar la versión de Emilio: Arriiiba, siervos de la tieeerra. Y si no le cuadra, no importa; pero que cante, que cante la que sepa, en la lengua que pueda. Pero que la cante: siempre y a voces, a voces. Y empezará a oír que a su lado se alzan otras, otras voces jóvenes y viejas, vivas y muertas: la de Pottier, la de Degeyter, la de Mora, la de Morato, la de Emilio, la de varias generaciones de hombre y mujeres que, a veces muy quedamente, cantan por nuestras bocas.

Viento sur

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