
por Stephen Maher
Los gigantes tecnológicos que ocupan las cimas de la economía moderna no han inventado un nuevo modo de producción: son, sencillamente, capitalistas explotadores en el sentido clásico.
Uno de los dogmas más persistentes de la izquierda es la idea de que la inversión productiva está dando paso a la especulación improductiva, lo que conduce al «vaciado» de la economía industrial y al declive del capitalismo. Al fin y al cabo, parece obvio que los capitalistas prefieren ganar dinero rápido antes que emprender el arduo y arriesgado proceso de producir realmente algo. El neofeudalismo está en boga.
Estos argumentos se han centrado típicamente en el supuesto papel parasitario de las finanzas y el «capital ficticio».
Más recientemente, sin embargo, se han ampliado para describir un «capitalismo rentista» emergente, en el que la extracción de renta a través del poder monopolístico y el control sobre el Estado ha desplazado a la producción como el medio principal a través del cual los capitalistas acumulan riqueza. En realidad, la distopía que se está desarrollando a nuestro alrededor no es el resultado del colapso de la lógica del capitalismo, sino la expresión directa de esa lógica.
En un artículo reciente en Sidecar, por ejemplo, Dylan Riley reitera el importante punto que a menudo se asocia con su coautor, Robert Brenner, de que la «dependencia generalizada del mercado» es el fundamento básico del capitalismo. Es decir, la característica definitoria del capitalismo es que se trata de un sistema en el que tanto la clase dominante como las masas trabajadoras dependen del mercado para su bienestar. Entre otras cosas, esto tiene implicaciones fundamentales para cómo entendemos la transición al capitalismo, resumida brevemente por Riley en el artículo. Nos lleva a centrarnos en las relaciones de producción dentro de las sociedades, en lugar de solo en sus conexiones comerciales externas con un «sistema mundial», a la hora de determinar la naturaleza de su modo de producción.
Riley insiste en que la crítica de izquierda no debe dirigirse a capitalistas concretos y sus historias específicas de violencia, sino a la lógica del capitalismo. Sin embargo, su afirmación posterior de que los capitalistas acumulan hoy en día cada vez más riqueza a través de la búsqueda de rentas, la extracción política y el saqueo, en lugar de la «inversión productiva», es conceptualmente confusa y carece de respaldo empírico. De hecho, estas afirmaciones se basan precisamente en la falta de análisis de «la dinámica del sistema» y «sus leyes de movimiento» que él denuncia acertadamente.
Para empezar, cabría preguntarse: ¿cuál es la fuente de la «renta» que supuestamente extraen estos capitalistas? Para que el valor se extraiga en forma de renta, primero debe producirse. La única forma de eludir este requisito sería adoptar la visión neoclásica de que el poder de fijación de precios de las empresas crea valor de la nada. Si partimos de un marco que entiende el valor como el resultado de procesos materiales reales llevados a cabo por seres humanos reales, esta explicación no resulta muy satisfactoria. La renta, junto con el beneficio y el interés, debe entenderse, por lo tanto, como un derecho sobre un fondo finito de plusvalía producida en toda la economía, tal y como muestra Karl Marx.
Esto, a su vez, implica relaciones específicas —sistémicas— entre la renta y el beneficio. La renta es una deducción de la producción total generada en toda la economía. Esto significa que no puede expandirse sin límite. Está limitada por lo que se ha producido realmente. Si se resta la renta del beneficio, esto solo podría llegar hasta cierto punto antes de que la producción dejara de ser viable —socavando así la fuente de la renta, así como la reproducción de todo el sistema—. El «estímulo para obtener ganancias» (en términos de Marx) debe ser suficiente para impulsar a los capitalistas a invertir en actividades productivas, o la renta en sí misma se vuelve imposible.
Si las actividades rentistas fueran sistemáticamente más lucrativas que la inversión productiva, entonces todos los capitalistas intentarían convertirse en rentistas, como da a entender Riley. Y si lo hicieran, la avalancha de capital hacia estos sectores intensificaría la competencia y empujaría los rendimientos de vuelta hacia la media social. Ese es el quid de la teoría de la competencia en Marx y es lo mismo que se encontraría en cualquier escuela de negocios: el capital se retira de los sectores con rendimientos por debajo de la media y se dirige a aquellos con rendimientos por encima de la media, lo que da lugar a una tendencia hacia la igualación de la tasa de ganancia. Eso no significa que las ganancias no puedan ser más altas en un sector que en otro. Solo implica que la inversión buscará los rendimientos más altos y que esta inversión afecta a la capacidad y, por lo tanto, a la competencia y a las ganancias.
Por lo tanto, unos rendimientos persistentemente superiores a la media requieren la existencia de alguna barrera a la igualación competitiva de la tasa de ganancia. Algunas empresas deben ser capaces de impedir que otros capitales entren en estos sectores como resultado de su control sobre alguna condición de producción o circulación que otros no pueden reproducir o a la que no pueden acceder; en otras palabras, deben poseer poder de monopolio. De hecho, así es precisamente como Marx define la renta: ingresos derivados de ventajas de mercado específicas que no pueden ser eliminadas por la competencia.
Si abandonamos el vínculo de Marx entre la renta y el monopolio, entonces la renta puede llegar a referirse a cualquier ingreso derivado de la propiedad. Pero todos los capitalistas poseen y controlan condiciones de producción y circulación: fábricas, almacenes, sistemas logísticos, software, marcas, redes de clientes, patentes, sistemas de pago, plataformas, etc. Si se entiende que la propiedad por sí sola genera renta, entonces el beneficio como categoría distinta tiende a desaparecer por completo en la renta.
Teniendo en cuenta todo esto, el análisis de Riley sugiere efectivamente que el capitalismo está siendo sustituido por alguna forma de «neofeudalismo», ya que la acumulación de riqueza a través del «saqueo» socava la competencia y conduce a la suspensión de las «leyes de movimiento» del capitalismo.
Sin embargo, esto no se sostiene empíricamente. Como Scott Aquanno y yo demostramos en un artículo reciente en la Review of Radical Political Economics, las grandes empresas tecnológicas que suelen ser el blanco de estos argumentos no han obtenido de forma persistente beneficios por encima de la media. Sus beneficios han oscilado en torno a la media. Tampoco hay pruebas de que la movilidad del capital en la economía se haya reducido de la forma que requerirían los argumentos del «capital monopolista» o del «capitalismo rentista».
Esto significa que, incluso si asumimos que las actividades de estas empresas son totalmente «improductivas» (lo cual no es realmente el caso), sus ingresos no son renta. Más bien, serían lo que Marx denomina «beneficio comercial», o el beneficio que obtienen los capitales que desempeñan funciones de circulación y realización.
Google, Meta, Amazon y otras empresas similares no se limitan a extraer valor de las empresas productivas, sino que construyen y gestionan infraestructuras que otros capitales utilizan para hacer circular mercancías, reducir los tiempos de rotación, realizar plusvalía y competir con mayor eficacia.
Las empresas mercantiles están sometidas a la disciplina competitiva de mejorar continuamente —incluso revolucionar— las condiciones de circulación. Esto incluye las infraestructuras de telecomunicaciones, almacenamiento y logística, así como la publicidad. De este modo, el análisis de Marx sobre el capitalismo sigue ofreciendo una poderosa explicación de los rápidos procesos de desarrollo tecnológico y logístico que presenciamos a nuestro alrededor cada día. Lejos de apartarse de las leyes de movimiento del capitalismo, estas dinámicas son expresiones cristalinas de las mismas.
Como sugiere Riley, los capitalistas ciertamente odian la competencia. Todos quieren destruir a sus rivales y obtener poder monopolístico. Pero esto simplemente no es posible. No hay forma de detener lo que Anwar Shaikh llama la «guerra entre empresas», ya que estas luchan por maximizar su parte del excedente social total —especialmente cuando las grandes finanzas pueden proporcionar a las corporaciones gigantes el poder de fuego necesario para derribar cualquier barrera a la competencia en busca de beneficios por encima de la media. La competencia no es contingente, sino constitutiva del sistema.
Por último, la idea de que las empresas no están realizando «inversiones productivas» es simplemente un mito. Las empresas centrales del capitalismo contemporáneo están invirtiendo masivamente en capital fijo, logística, software, centros de datos, inteligencia artificial, infraestructura energética y cadenas de suministro globales. La inversión empresarial sigue siendo elevada, el gasto en investigación y desarrollo ha crecido, la innovación tecnológica ha avanzado rápidamente y las empresas líderes siguen enzarzadas en una competencia de precios despiadada. Las teorías del monopolio tienen dificultades para explicar todas estas dinámicas.
No nos enfrentamos a un capitalismo que se está desmoronando o que está cayendo en el rentismo, sino a un sistema fuerte, rentable, dinámico y competitivo. Y ese es precisamente el problema.
Fuente: Jacobin
Traducción: Antoni Soy Casals









