Chile. No creas que he olvidado. Escribe Mauricio Hernández Norambuena, Ramiro

por Mauricio Hernández Norambuena, Ramiro

Cada nuevo aniversario, nos sumimos en la misma tristeza repetida durante tantos años. Es la memoria de quienes todavía vemos los rostros de nuestros hermanos y hermanas congelados en la sorpresa o el espanto de su último día. Muchas veces nos dejamos llevar por cierta retórica del martirio al recordar a nuestros caídos, cual víctimas de un conflicto ajeno a ellos, negando así su convicción militante, la opción política asumida consciente de los riesgos que implicaba, pues enfrentábamos una dictadura brutal que no trepidaba en usar todos los medios del Estado chileno para aplastar cualquier oposición. La tortura y la muerte eran los fantasmas cotidianos que acechaban nuestra rebeldía. Tal vez, dicho extravío se produce cuando nos abandonamos a la memoria como única fuente de dolor, cuando ni siquiera la rabia compensa.

Hoy, con la serenidad del largo tiempo transcurrido y desde el lugar de quienes sobrevivimos a esos días, quisiera recordar con orgullo y enorme admiración la generosa y consecuente entrega de nuestros hermanos Juan Waldemar Henríquez Araya y Wilson Henríquez Gallegos en su último combate en la zona sur de la capital, entre la noche del 15 y la madrugada del 16 de junio del año 1987. En aquella jornada luctuosa conocida como “Matanza de Corpus Christi”, ellos fueron de los pocos rodriguistas que tuvieron la posibilidad de luchar por sus vidas y la de sus hermanos y no sucumbir indefensos ante un enemigo alevoso y cruel.

Juan Waldemar, Arturo en nuestras filas, era el jefe de la escuela de combatientes rodriguistas que funcionaba en calle Varas Mena, comuna de San Miguel. Wilson Henríquez era instructor en la misma escuela. Ambos militantes asumieron la defensa del local, cuando llegó la CNI con la intención de invadir y masacrar a los rodriguistas que allí se encontraban. Nuestros hermanos lograron detener el asalto enemigo el tiempo suficiente para que escaparan por el techo de la vivienda once rodriguistas, a quienes les hubiera esperado una muerte segura. Ellos cumplieron así, de manera cabal e inequívoca, su compromiso ético y el deber como militantes del Frente de velar por la seguridad de sus hermanos subordinados.

Luego, cuando nos reponíamos del golpe devastador de «Corpus Christi» y, desolados, nos resistíamos a aceptar que esos doce cadáveres que mostraban las noticias fuesen los de nuestros hermanos y hermanas, el ejemplo de Juan Waldemar Henríquez Araya y Wilson Henríquez Gallegos nos sacudía y nos daba fuerzas para continuar enfrentando el dolor de esos días.

Este ejemplo de gran consistencia moral atraviesa el tiempo y reclama su lugar, su primacía testimonial, entre quienes luchamos bajo las mismas banderas. Lo demás es llanto y desolación. Este ejemplo nos habla de un horizonte utópico, de una concepción de la política y de un ideario que el Che encarnó y que hace posibles estos actos de sacrificio: la disposición a inmolarse por otro ser humano.

Este ejemplo también trasciende la historia rodriguista y contrasta, de forma elocuente, con el pragmatismo que rige, cual dogma, la conducta de la clase política, en la que, esencialmente, «los valores ya no valen».

Gloria y memoria a nuestros hermanos y hermanas:

Patricio Ricardo Acosta Castro

Esther Angélica Cabrera Hinojosa
Elizabeth Edelmira Escobar Mondaca

Julio Arturo Guerra Olivares

Juan Waldemar Henríquez Araya

Wilson Daniel Henríquez Gallegos

Patricia Angelica Quiroz Nilo

Ricardo Hernán Rivera Silva

Ricardo Cristian Silva Soto

Manuel Eduardo Valencia Calderón
José Joaquín Valenzuela Levi

Recaredo Ignacio Valenzuela Pohorecky


Mauricio Hernández Norambuena, Ramiro, escribió estas palabras el año 2012 desde la prisión de Máxima Seguridad en Campo Grande, Brasil. La Corte Interamericana determinó que el Estado de Brasil violó sus derechos humanos. Hoy está preso en el Recinto Especial Penitenciario de Alta Seguridad en Santiago de Chile y ni siquiera puede escribir cartas.

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