Argentina. La economía crece, pero no para todos
Para contrarrestarlo hace falta otro proyecto de país, sustentado en un programa económico y político que atienda la satisfacción de las más amplias necesidades populares.
Para contrarrestarlo hace falta otro proyecto de país, sustentado en un programa económico y político que atienda la satisfacción de las más amplias necesidades populares.
Es ineludible, a más de 565 días de su desaparición, dirigir las pesquisas a quienes sean los verdaderos responsables del hecho. La justicia declara que somos iguales ante la ley y que nadie está por sobre la justicia. ¿Y entonces?
Debemos tener presente que los seis gobiernos de “centro-izquierda” que hemos tenido desde 1990 (y particularmente los de la Concertación hasta 2010) legitimaron, consolidaron y profundizaron el modelo económico neoliberal impuesto por la dictadura.
Al final podemos ver cómo un «indulto» es mucho más que eso, pues termina evidenciado el entramado político de la derecha Republicana de Trump, la Entidad Sionista, los negocios de la ciberseguridad, las empresas tecnológicas gigantes y las «pequeñas derechas locales», todo en función de garantizar la prolongación de la Unipolaridad gringa a punta de guerras.
Independientemente del resultado final de la crisis actual, por la estructura que sostiene al Estado, la conflictividad se mantendrá latente.
El neoliberalismo chileno logró algo particularmente eficaz, producir sujetos capaces de criticar el sistema mientras se forman para administrarlo.
No nos enfrentamos a un capitalismo que se está desmoronando o que está cayendo en el rentismo, sino a un sistema fuerte, rentable, dinámico y competitivo. Y ese es precisamente el problema.
Desde los sectores indígenas, campesinos, feministas y de izquierda, las propuestas neoliberales se perciben como una amenaza que podría recentralizar el poder económico, reducir las políticas redistributivas y sociales y debilitar los derechos colectivos y de las mujeres.
Es que si fuera cierto que el capitalismo está en descomposición desde 1914; si la clase obrera retrocede como fuerza social desde hace un siglo; si además es traicionada una y otra vez por sus direcciones, sin cuestionarlas nunca de raíz, habría que concluir que la transformación revolucionaria de la sociedad, la socialización de los medios de producción, es una utopía.
Mientras Washington mantenga abierta la opción militar y mientras Israel deba sostener posiciones cada vez más extensas, el conflicto seguirá funcionando bajo una lógica de desgaste acumulativo.