Nada de nada

por Jesús Gómez Gutiérrez.

Hoy no hay elecciones. Esto es importante, incluso crucial. Si las hubiera, el votante medio de la izquierda sistémica se acordaría súbitamente de la pobreza, la exclusión, la injusticia o la destrucción de la sanidad pública y, tras ponerse una flor metafórica en el ojal -o catorce pinzas metafóricas en la nariz-, saldría a ejercer su concepto de la participación, consistente en introducir papeletas en una urna cada mil cuatrocientos y muchos días, salvo convocatoria anticipada o repetición de comicios. Para entonces, ya empezaría a estar cansado. Habría asistido a misas (perdón, debates televisivos), se habría pasado los programas políticos por el forro (¿programa? ¿Qué es eso?) y, naturalmente, habría cargado desde su tremenda altura ética contra los indeseables que se abstienen de votar y los que votan opciones sin posibilidades (de ser izquierda sistémica). Pero, por suerte para él, ya ha quedado claro que hoy no hay elecciones y, en consecuencia, puede hacer lo que hace constantemente entre jornada y jornada electoral: nada de nada.

Al contrario de lo que ese tipo de personas parecen creer, los procesos políticos existen. Empiezan un martes o un jueves del montón, y mueren o crecen en relación directa con la actitud de la mayoría, que desde luego incluye al votante medio de la izquierda sistémica y, desde luego, determina el resultado de las propias convocatorias electorales. Lo que no se ha sembrado antes, no se recoge entonces. Es una obviedad, y de las feas, porque demuestra que nuestro personaje es un clon del votante medio de la derecha, con la diferencia de que el segundo no finge tener compromiso social. Pobreza, exclusión, injusticia, destrucción de la sanidad pública, añadan lo que consideren oportuno: durante los mil cuatrocientos y muchos días de marras (mil ochocientos y pocos en otros países), ese ejemplo de virtudes se encoge de hombros, se desentiende tranquilamente de sus supuestas preocupaciones y se declara abstencionista en lo tocante a cualquier forma de organización y lucha, como bien sabe la menguadísima minoría que intenta mantener el comatoso pulso de la calle. Total, ya vota, ¿no? Sin mencionar el hecho de que protestar es arriesgado. Y, para empeorar las cosas, los moralistas no suelen salir vírgenes del contacto con la realidad.

Dentro de unos meses, cuando se vuelva a instalar la carpa del circo electoral y vuelva la misma troupe socialdemócrata (aunque la mona se vista de seda, etcétera), el votante medio de la izquierda sistémica regresará al cuento del voto útil y a la capciosa verdad del peligro de la ultraderecha, que no habría llegado tan lejos si la izquierda no se hubiera convertido en un club globalista y pequeñoburgués. Quizá les salga bien, quizá no; pero, en cualquier caso, y gracias a la pasividad de ese votante, toda la política social y económica se seguirá inclinando hacia la reacción. Los procesos existen, sí, y hay procesos que no se cambian de la noche a la mañana.

Madrid, mayo.

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