China: El tercer mandato de Xi Jinping

Por Michael Roberts

I-Crecimiento, producción y consumo

Esta semana se reúne el Congreso del Partido Comunista de China. Es un evento importante no solo para China, sino también a nivel mundial. Los medios de comunicación occidentales se han concentrado en el hecho de que el actual líder del partido, Xi Jinping, será confirmado para un tercer mandato como líder del partido, algo sin precedentes y, por lo tanto, también seguirá siendo presidente de China cuando el Congreso Nacional se reúna el próximo mes de marzo.

Naturalmente, los expertos occidentales están totalmente en contra de que Xi tenga un tercer mandato. El gurú keynesiano del FT, Martin Wolf, considera que la continuación de Xi en el poder será «peligrosa» para China y el mundo. «Es peligroso para ambos. Sería peligroso incluso si hubiera demostrado ser un gobernante extraordinario. Pero no lo ha hecho. Tal como está la cosa, los riesgos son los de osificación doméstica y el aumento de fricciones externas… Diez años siempre es más que suficiente… Es simplemente realista esperar que los próximos 10 años de Xi sean peores que los anteriores«. Y, al parecer, estos ya han sido bastante malos.

El antagonismo hacia Xi y la actual dirección china tiene poco que ver con la falta de democracia y el régimen de partido único en China: los expertos occidentales y las agencias internacionales rara vez lo mencionaron en sus análisis previos de China antes de que Xi llegara al poder. El fuerte antagonismo actual tiene realmente que ver con dos cosas: 1) bajo Xi, la política económica de China ha hecho hincapié en el control estatal y una reducción de la influencia del sector capitalista; y 2) bajo Xi, China se resiste a ser contenida y exprimida por el imperialismo estadounidense en su creciente intento de detener el progreso de China como un importante rival comercial y tecnológico.

Cuando se trata del estado actual de la economía de China y de sus perspectivas futuras, los analistas occidentales (y especialmente los que tienen su sede cerca de Hong Kong, Taiwán, etc.) oscilan entre los que creen que la economía china está a punto de implosionar bajo el peso de la enorme deuda y la crisis inmobiliaria y los que predicen un largo estancamiento debido a la evolución demográfica, la debilidad de la demanda de consumo y un crecimiento cada vez más lento de la productividad, inducidos por la inclinación de Xi a favor del Estado por encima del mercado.

Durante décadas, los analistas occidentales han estado prediciendo la desaparición y el colapso de China bajo el peso del aumento de la deuda y el control estatal. Pero no se ha materializado. Ahora el énfasis principal está en argumentar que China ya no puede expandir su producción nacional a un ritmo razonable y no podrá salir de lo que se llama la «trampa de los ingresos medios» y así satisfacer las necesidades de la población urbanizada, a menos que rompa con su economía dirigida por el Estado y permita que el sector capitalista florezca para satisfacer las demandas de consumo de la floreciente clase media.

Pero, ¿esta visión del futuro económico de China es más correcta que la mantenida en las últimas dos décadas de que China estaba a punto de implosionar? En primer lugar, ¿cuál es el estado actual de la economía china? Por primera vez desde la década de 1990, es probable que el crecimiento del PIB real de China este año y el próximo sea inferior al crecimiento promedio en la región de Asia Oriental. Este año, el crecimiento económico probablemente estará por debajo del 3 % y el próximo año aumentará a alrededor del 4,5 %. Eso está muy por debajo del objetivo a largo plazo de un crecimiento alrededor del 5 % anual.

¿Por qué? Hay dos razones. La primera es el impacto del COVID y la política de cero COVID de China. Occidente nunca aplicó tal política y, finalmente, solo confió en las vacunas para superar el peor impacto de la COVID en las vidas y la salud. Pero el virus continúa propagándose en varias formas por todas las economías, causando aún más muertes y, sobre todo, enfermedades persistentes por consecuencias del «COVID a largo plazo» que han impedido que millones de personas trabajen. China rechazó este enfoque de «abrir la economía». En cambio, impuso confinamientos estrictos y drásticos a la primera señal de que las infecciones crecieran y todavía lo sigue haciendo. El gobierno no estaba preparado para repetir el desastre de la primera erupción de la epidemia en Wuhan. Como resultado, China ha tenido la tasa de mortalidad por COVID más baja del mundo.

El Centro Chino para el Control y la Prevención de Enfermedades advirtió que si el país seguía las estrategias de apertura adoptadas por países como el Reino Unido y los Estados Unidos, causaría cientos de miles de casos al día, de los cuales más de 10.000 presentarían síntomas graves si hubiera un brote comunitario considerable. «No estamos listos para adoptar estrategias de ‘apertura’ que se basan únicamente en la hipótesis de la inmunidad colectiva inducida por la vacunación defendida por ciertos países occidentales», escribió el Centro.

Una razón clave por la que China adoptó los confinamientos, así como las vacunas para frenar el COVID, fue la relativa debilidad de su servicio de salud pública y la carencia de las últimas vacunas de ARNm más efectivas. China tiene una red irregular de hospitales con escasos recursos y una enorme población de ancianos con un mayor riesgo de enfermedad grave, así como la eficacia comparativamente baja de las vacunas producidas en su país. Si bien hay más camas de hospital per cápita en China que en los EEUU y el Reino Unido, el número de camas de cuidados intensivos disponibles, crucial para mantener vivos a los pacientes infectados de Covid-19, es una cuarta parte de la media de la OCDE. Los recursos son especialmente escasos fuera de las grandes ciudades, las zonas rurales tienen la mitad de los médicos y camas per cápita que las zonas urbanas.

China lanzó la primera ola de vacunas a una velocidad vertiginosa, vacunando a más de 22 millones de personas al día en su punto álgido. A nivel nacional, se han administrado 3.000 millones de dosis de vacunas a las 1.400 millones de personas del país. China ha enviado alrededor de 1.600 millones de dosis de vacunas a los países en desarrollo, lo que la convierte en el mayor exportador de vacunas del mundo. Los funcionarios y expertos de salud chinos creen que han evitado al menos 200 millones de infecciones y 3 millones de muertes.

Sin embargo, hay signos de que las vacunas domésticas, que utilizan vacunas tradicionales inactivadas, donde el patógeno se mata o modifica para que no pueda replicarse, producen respuestas inmunes más débiles frente al virus Covid-19 que el nuevo ARN mensajero utilizado en las vacunas Moderna y BioNTech/Pfizer y la tecnología de vectores virales de Johnson & Johnson y AstraZeneca. En los últimos 12 meses, la propagación de las variantes altamente infecciosas Delta y Omicron ha puesto de relieve la falta de eficacia de estas vacunas. Los confinamientos han continuado de vez en cuando durante todo este año y esto ha hecho que la recuperación económica sea más intermitente y débil como resultado.

Pero China prefirió salvar vidas que crecer económicamente. Por supuesto, los analistas occidentales afirman que la política «cero COVID» de confinamiento de China tiene más que ver con el control de la población por parte de un régimen autocrático. Sin embargo, la mayoría de las encuestas de opinión realizadas han mostrado un amplio apoyo a esta política por parte de la población, aunque es cierto que la «fatiga del confinamiento» está empezando a tener un impacto, principalmente porque la política sanitaria no tiene ningún respaldo democrático y simplemente se impone desde arriba.

La otra razón por la que el crecimiento económico de China se ha debilitado este año es la desaceleración general hacia una crisis en el resto del mundo. Las principales economías capitalistas están atrapadas en la congestión de la cadena de suministro, la débil expansión de la inversión y ahora el aumento de las tasas de interés y la inflación que amenazan la recesión global.

El crecimiento del comercio mundial ha disminuido. La Organización Mundial del Comercio considera que es probable que las exportaciones e importaciones totales de bienes crezcan solo un 1 % en 2023. Las proyecciones más recientes del Banco Mundial sitúan el crecimiento del PIB de China este año en un 2,8 %, por debajo de su pronóstico inicial del 5 % y muy por debajo del resto de Asia.

Pero China no se dirige a una depresión como las economías del G7. De hecho, tanto el Banco Mundial como el FMI esperan que el PIB real de China aumente más del 4 % el próximo año, mientras que la mayoría de las economías del G7 se contraerán o tendrán un crecimiento cercano al cero.

A largo plazo, los analistas occidentales calculan que China se dirige hacia un crecimiento mucho más lento y esto amenazará el futuro de Xi. Hasta ahora, el récord de crecimiento económico sin precedentes de China se ha basado en altas tasas de inversión y exportaciones de productos manufacturados al resto del mundo.

Pero la caída del COVID y la disipación de la recuperación económica mundial han golpeado con fuerza el crecimiento de las exportaciones. Las exportaciones cayeron en términos de dólares un 1 %  el año de la crisis de COVID y luego aumentaron bruscamente el año de recuperación global 2021 en un 21 %. Pero en los primeros ocho meses de este año (2022) las exportaciones se han reducido al 7,1 %. Como resultado, la producción industrial ha aumentado solo un 3,6 % y las ventas minoristas solo han crecido un 0,5 %. La inversión en activos fijos se ha mantenido más fuerte, cerca del 6 % anual, gracias al aumento de la inversión en infraestructura (carreteras, ferrocarriles, puentes y servicios públicos).

A partir de aquí, los analistas occidentales afirman que China entrará en un período de bajo crecimiento y no escapará de la «trampa de ingresos medios» en la que están encerradas tantas de las llamadas economías emergentes. China no se pondrá al día ni siquiera con el nivel de PIB de los EE. UU. como se esperaba anteriormente.

Esta afirmación se basa en dos suposiciones. En primer lugar, que el envejecimiento de la población de China y el declive del sector en edad de trabajar reducirán las tasas de crecimiento y, en segundo lugar, que el modelo de crecimiento chino de alto ahorro y alta inversión ya no es valido.

China no podrá crecer tan rápido como antes, ya que la población activa está disminuyendo y habrá un aumento insuficiente en la productividad del trabajo para compensarlo. He tratado extensamente en publicaciones anteriores estas afirmaciones de los expertos occidentales de que la disminución de la población en edad de trabajar de China y su tasa de crecimiento decreciente de la productividad implican que comenzará a fallar. Los argumentos son débiles y erróneos. De hecho, incluso con parámetros occidentales ajustados (A) del crecimiento de la productividad laboral durante el período del COVID, China lo ha hecho mucho mejor que la «dinámica» EE.UU.

A largo plazo, el FMI pronostica que China crecerá a una tasa débil del 5 % anual. Pero esa tasa seguiría siendo más del doble de rápida que la de EE.UU, y más de cuatro veces más rápida que el resto del G7, y eso suponiendo que no haya crisis en las economías del G7 en los próximos cinco años.

El otro argumento de los analistas occidentales es que China no podrá crecer a un ritmo razonable a menos que cambie de ser una economía de alto ahorro, alta inversión y orientada a las exportaciones a ser una economía capitalista tradicional dirigida por el consumidor como existe en la mayoría de las principales economías capitalistas, particularmente en los Estados Unidos y el Reino Unido. La razón habitual de este punto de vista es que las tasas de consumo personal son demasiado bajas en China y esto frenará el crecimiento impulsado por la demanda.

Por ejemplo, esta es la opinión de Chen Zhiwu, profesor de finanzas y economía chinas en la Universidad de Hong Kong. Chen argumenta que, bajo Xi, se han dejado de lado las principales reformas favorables al sector privado y una economía liderada por el consumidor. «Las 60 reformas habrían ampliado en gran medida el papel del consumo y las iniciativas privadas», dice. «Sin embargo, la agenda de reformas orientadas hacia al mercado se ha dejado de lado en gran medida… lo que ha dado lugar a un papel más importante del Estado y un papel más reducido del sector privado». Según Chen, esto significará que la economía de China se estancará a partir de ahora.

Otro importante e influyente analista occidental, Michael Pettis, que tiene su sede en Shanghai, utiliza un argumento similar, a saber, que lo que empujará a China hacia un estancamiento similar al japonés es la incapacidad de expandir el consumo personal y continuar aumentando la inversión a través del crecimiento de la deuda. No es casualidad, en mi opinión, que ambos analistas provengan del sector financiero.

Y, sin embargo, ¿cómo puede alguien afirmar que las economías maduras «dirigidas por el consumidor» del G7 han tenido éxito a la hora de lograr un crecimiento económico constante y rápido, o que los salarios reales y el crecimiento del consumo han sido más fuertes allí? De hecho, en las economías capitalistas del G7 el consumo no ha logrado impulsar el crecimiento económico y los salarios se han estancado en términos reales en los últimos diez años, mientras que los salarios reales en China se han disparado.

Esta es la cuestión esencial. El consumo está aumentando mucho más rápido en China que en el G7 porque la inversión es mayor. Uno sigue a la otra; no es un juego de suma cero. La opinión de Pettis es un análisis keynesiano simplista que ignora incluso la opinión de Keynes de que es la inversión la que hace crecer una economía, con el consumo siguiéndola, no viceversa.

Y no todo el consumo tiene que ser «personal»; más importante es el «consumo social», es decir, los servicios públicos como la salud, la educación, el transporte, la comunicación y la vivienda; no solo los automóviles y los electrodomésticos. El aumento del consumo de servicios sociales básicos no se tiene en cuenta en los índices de consumo personal. China también tiene un largo camino por recorrer de consumo social, pero está muy por delante de sus pares de mercados emergentes en muchas áreas sociales y no tan lejos de las principales economías del G7, que comenzaron más de 100 años antes. Me remito a los economistas de Citibank en su reciente estudio en profundidad de la economía china. «En otras palabras, es muy posible que la economía china ofrezca mayores oportunidades de consumo sin que el consumo sea un objetivo específico de su política». «El ingreso disponible de los hogares ha estado creciendo más rápido que el PIB en términos reales en los últimos años (excepto 2016), una tendencia que probablemente se mantendrá en el futuro. Al mismo tiempo, el desbloqueo de los efectos de la riqueza debería ayudar al consumidor».

El verdadero desafío para el futuro económico de China es cómo evitar que gran parte de su inversión vaya a áreas improductivas como las finanzas y la propiedad inmobiliaria, que ha llevado a serios problemas. Y también de qué manera se deben manejar las crecientes contradicciones entre el Estado y el sector capitalista en China en el tercer mandato de Xi.

II- Propiedad, deuda y prosperidad común

La razón por la que los analistas occidentales son tan escépticos sobre el modelo chino es que parten de un modelo económico diferente de crecimiento. Están convencidos de que China solo puede tener «éxito» (¡como las economías del G7!) si su economía depende de la inversión rentable de las empresas privadas en un «mercado libre». Y, sin embargo, la evidencia de los últimos 40 e incluso 70 años es que un modelo económico de planificación dirigido por el Estado como el de China ha tenido mucho más éxito que sus pares de «economía de mercado» como la India, Brasil o Rusia, e incluso el G7.

Las lecciones del colapso financiero global y la Gran Recesión de 2009, la Larga Depresión resultante hasta 2019 y el impacto económico de la caída de la pandemia son que la introducción de una producción más capitalista con fines de lucro no sostendrá el crecimiento económico y ciertamente no producirá «prosperidad común». La verdadera pregunta es si esa inversión produce nuevo valor o se desperdicia en consumo improductivo, por ejemplo, especulación inmobiliaria y financiera y gasto militar.

Y en este tema, es el gran sector capitalista de China el que amenaza la prosperidad futura de China. El verdadero problema es que en los últimos diez años (e incluso antes) los líderes chinos han permitido una expansión masiva de la inversión improductiva y especulativa por parte del sector capitalista de la economía. En el impulso de construir suficientes casas e infraestructura para el fuerte aumento de la población urbana, los gobiernos centrales y locales dejaron la tarea a los promotores privados. En lugar de construir casas para alquilar, optaron por la solución de «mercado libre» de los promotores privados que construyen casas para vender. Por supuesto, había que construir las casas, pero como señaló el presidente Xi más tarde, «las casas son para vivir, no para especular».

Beijing quería casas y los funcionarios locales querían ingresos. Los proyectos de vivienda capitalistas ayudaron a lograr ambos. Pero el resultado fue un gran aumento en los precios de la vivienda en las principales ciudades y una expansión masiva de la deuda. De hecho, el sector inmobiliario ha alcanzado ahora más del 20% del PIB de China. El sector de la propiedad privada de China está ahora compuesto por empresas «zombies», al igual que el 15-20% de las empresas de las principales economías capitalistas. La pregunta es si las autoridades chinas van a permitir que estas empresas quiebren. Los gobiernos locales están tratando de garantizar que las casas prometidas por compañías constructoras como Evergrande a 1,8 millones de chinos se construyan asumiendo ellos los proyectos, mientras muchos promotores inmobiliarios quiebran.

No va a haber un colapso financiero en China. Eso se debe a que el gobierno controla las palancas financieras del poder: el banco central, los cuatro grandes bancos comerciales estatales, que son los bancos más grandes del mundo, y los llamados «bancos malos», que absorben los préstamos malos, así como los grandes administradores de activos, que son la mayoría de las empresas más grandes. El gobierno puede ordenar a los cuatro grandes bancos que cambien préstamos en mora por participaciones en el capital y olvidarlas. Puede decirle al banco central, el Banco Popular de China, que haga lo que sea necesario. Puede decirle a los administradores de activos estatales y a los fondos de pensiones que compren acciones y bonos para apuntalar los precios y financiar a las empresas. Puede decirle a las empresas de activos del Estado que compren deudas incobrables a los bancos comerciales. Puede hacer que los gobiernos locales absorvan los proyectos inmobiliarios hasta terminarlos. Así que hay que descartar una crisis financiera porque el Estado controla el sistema bancario.

El desorden inmobiliario actual es una señal de que la economía china está cada vez más influenciada por el caos y los caprichos del sector basado en los beneficios. Al igual que en las economías capitalistas de Occidente, la rentabilidad del sector capitalista de China ha disminuido.

Y es el sector privado el que peores resultados ha tenido durante el COVID y después. Las ganancias en el sector capitalista han estado disminuyendo. Los beneficios acumulados de las empresas industriales de China en los primeros ocho meses de 2022 cayeron un 1,4 % en comparación con 2021, ya que los altos precios de las materias primas y las interrupciones de la cadena de suministro debido a las restricciones por el COVID-19 continuaron reduciendo los márgenes e interrumpiendo la actividad de las fábricas. Pero las ganancias de las empresas industriales estatales aumentaron un 14 %, mientras que las del sector privado cayeron un 9 %. Solo el sector estatal sigue creciendo. Esto es lo que también sucedió en la crisis financiera mundial de 2008-9, que China evitó al expandir la inversión estatal para reemplazar a un sector capitalista «vacilante».

El sector capitalista ha aumentado su tamaño e influencia en China, junto con la desaceleración del crecimiento del PIB real, la inversión y el empleo, incluso bajo Xi. Un estudio reciente encontró que el sector privado de China ha crecido no solo en términos absolutos, sino también en relación a las empresas más grandes del país, medido por los ingresos o (para las que cotizan en bolsa) por el valor de mercado, desde un nivel muy bajo, cuando el presidente Xi fue confirmado como el principal dirigente en 2010, hasta ser una parte significativa hoy. Las empresas estatales todavía dominan entre las empresas más grandes en términos de ingresos, pero su preeminencia se está erosionando.

Esto está intensificando las contradicciones entre la rentabilidad del sector capitalista y la inversión productiva estable en China. La acumulación de activos financieros e inmobiliarios basada en enormes préstamos está restando potencial de crecimiento.

La inversión en el sector estatal siempre ha sido más estable que la inversión privada en China. China sobrevivió, incluso prosperó, durante la Gran Recesión, no debido a un impulso de gasto gubernamental de estilo keynesiano para el sector privado, como argumentaron algunos economistas, tanto en Occidente como en China, sino debido a la inversión estatal directa. Esta desempeñó un papel crucial en el mantenimiento de la demanda agregada, previno recesiones y redujo incertidumbre para todos los inversores.

Cuando la inversión en el sector capitalista se ralentiza, como lo hace a medida que el crecimiento de las ganancias se ralentiza o disminuye, en China el sector estatal puede intervenir. La inversión del sector público creció rápidamente en concreto durante 2008-09 y 2015-2016, cuando el crecimiento de la inversión del sector no público se desaceleró. Como mostró David Kotz en un artículo reciente: «La mayoría de los estudios actuales ignoran el papel de las empresas estatales en la estabilización del crecimiento económico y la promoción del progreso técnico. Argumentamos que las empresas estatales están desempeñando un papel positivo para el crecimiento de varias maneras. Las empresas estatales estabilizan el crecimiento en las recesiones económicas realizando inversiones masivas. Las empresas estatales promueven importantes innovaciones técnicas invirtiendo en áreas de progreso técnico con más riesgo. Además, las empresas estatales adoptan un enfoque a largo plazo en relación a los trabajadores, que será favorable a la transición hacia un modelo económico más sostenible. Nuestro análisis empírico indica que las empresas estatales en China han promovido el crecimiento a largo plazo y han compensado el efecto adverso de las recesiones económicas».

La burbuja inmobiliaria alimentada por la deuda también ha aumentado drásticamente las desigualdades de ingresos y riqueza en China. Y es bien sabido que China tiene un nivel muy alto de desigualdad de ingresos. Su índice gini de desigualdad de ingresos es alto para los estándares mundiales, aunque ha caído en los últimos años.

De hecho, el llamamiento de Xi a la «prosperidad común» es un reconocimiento de que el sector capitalista fomentado por los líderes chinos (y del que obtienen mucho beneficio personal), se ha salido tanto de control que amenaza la estabilidad del control del Partido Comunista. Lo que Xi y los líderes chinos han llamado la «expansión desordenada del capital».

Vease el comentario del multimillonario Jack Ma antes de ser «reeducado» por las autoridades: «El consumo chino no es impulsado por el gobierno, sino por el espíritu empresarial y el mercado… En los últimos 20 años, el gobierno fue muy fuerte. Ahora se están debilitando. Es nuestra oportunidad; es nuestra oportunidad para ver cómo la economía de mercado, el espíritu empresarial, pueden desarrollar un consumo real». – The Guardian, 25 de julio de 2019

El año pasado, el gobierno chino estableció una zona especial para implementar la «prosperidad común» en la provincia de Zhejiang, que también es la sede de varias corporaciones prominentes de Internet, entre ellas Alibaba. Y Xi anunció planes para difundir la «prosperidad común», anunciando una dura represión contra las élites ricas, incluido el creciente grupo de multimillonarios tecnológicos de China.

En su reunión de agosto de 2021, el Comité Central de Finanzas y Economía, presidido por Xi, confirmó que la «Prosperidad Común» era «un requisito esencial del socialismo» y debería ir de la mano de un crecimiento de alta calidad. El objetivo declarado de la Prosperidad Común es «regular los ingresos excesivamente altos» para garantizar la «prosperidad común para todos».

Hay dos razones por las que Xi y su mayoría en la dirección del PCCh han lanzado el proyecto de «prosperidad común». La primera es la experiencia de la pandemia de COVID. Al igual que en las principales economías capitalistas, la pandemia expuso enormes desigualdades entre la población en general en China, no solo en ingresos, sino también en el aumento de la riqueza de los multimillonarios, que han cosechado enormes beneficios durante el COVID, mientras que la mayoría de los chinos, especialmente los grupos de ingresos medios, han sufrido confinamientos, pérdida de ingresos y aumento del coste de la vida. La proporción de riqueza personal de los multimillonarios de China se duplicó del 7 % en 2019 al 15 % del PIB en 2021.

Si se permitiera que esto continuara, comenzaría a abrir fisuras en el PCCh y en el apoyo del partido entre la población. Xi quiere evitar otra protesta como la de la Plaza de Tiananmen en 1989, después del gran aumento de la desigualdad y la inflación producidas por las reformas del «mercado social» de Deng. El gobierno tuvo que actuar para frenar la expansión desenfrenada de la inversión improductiva y especulativa.

La represión de Xi contra los multimillonarios y su llamamiento a reducir la desigualdad es otro giro en la dirección política en zig-zag de la élite burocrática china: desde las primeras décadas de Mao hasta las reformas de «mercado» de Deng en la década de 1980; de la privatización de algunas empresas estatales en la década de 1990 hasta el regreso a un control estatal mas firme de los niveles superiores de decisión de la economía tras la crisis global de 2009; de la flexibilización del crédito especulativo posterior hasta la nueva campaña contra el sector capitalista para alcanzar la «prosperidad común».

Estos zigzags son ineficientes y una pérdida de recursos. Suceden porque la dirección de China no es responsable ante sus trabajadores: no hay órganos de democracia obrera. No hay planificación democrática. Solo los 100 millones de miembros del PCCh tienen algo que decir sobre el futuro económico de China, y realmente solo cuentan los que están en los sectores de decisión importantes. La respuesta a la minicrisis de China no son más reformas «liberalizantes» hacia el capitalismo. Lo que China necesita es revertir la expansión del sector privado e introducir planes más efectivos de inversión estatal, pero con la participación democrática del pueblo chino en el proceso. De lo contrario, los llamamientos de la dirección a la «prosperidad común» serán solo palabras.

En el tercer y último apartado, trataré de las presiones externas sobre China, en particular, el endurecimiento de la estrategia del imperialismo estadounidense y sus aliados para contener y aislar a China y reducir su percibida amenaza a la hegemonía estadounidense.

III- Microprocesadores, doble circulación e imperialismo

Mientras Xi Jinping prometía al congreso nacional del PCCh que China «ganará resueltamente la batalla» en áreas clave de tecnología, los empleados de las empresas de tecnología en China y en otros lugares tenían que dejar las herramientas y parar. Docenas de los cientos de ejecutivos e ingenieros con ciudadanía estadounidense o tarjetas verdes de residencia en EEUU que trabajan en o con el sector de semiconductores en China, muchos de ellos nacidos en China, han recibido instrucciones de sus empresas, ya sean extranjeras o chinas, para que dejen de trabajar mientras sus empleadores buscan una aclaración legal de la nueva regla estadounidense que impide a los ciudadanos y residentes estadounidenses apoyar a la avanzada industria de microprocesadores chinos sin un permiso específico.

Pero ya es evidente que Estados Unidos, gracias al consenso bipartidista en Washington, está decidido a frenar la puesta al día tecnológica de China. Esto tiene implicaciones masivas para las ambiciones de Beijing en áreas como la inteligencia artificial y la conducción autónoma de vehículos. La nueva Ley de Chips introducida por la administración Biden va acompañada de un informe de 139 páginas publicado por la Oficina de Industria y Seguridad del Departamento de Comercio.

El informe analiza no solo la participación de las empresas estadounidenses en la venta de productos tecnológicos a China, sino también qué estadounidenses (es decir, a cualquier persona con un pasaporte o tarjeta verde estadounidense) están implicados. Esto pone en una posición muy difícil a los muchos fundadores de las empresas tecnológicas chinas que fueron educados en los EE.UU y adquirieron un pasaporte estadounidense de paso. También hará que sea mucho más difícil para las empresas tecnológicas chinas atraer talento. Del mismo modo, los laboratorios de I+D establecidos por algunas empresas chinas en los EEUU ahora parecen vulnerables. Alibaba tiene laboratorios de investigación en Seattle y Silicon Valley, mientras que Tencent también tiene un laboratorio de investigación en Seattle. Y EE.UU pondrá la presión necesaria para evitar que la empresa holandesa ASML y las empresas japonesas suministren a China.

Todo lo anterior deja claro hasta qué punto China es ahora tratada como «un enemigo» de los Estados Unidos. Esto va mucho más allá de lo que solía llamarse «contención». También plantea la cuestión de cuánto tiempo Beijing pondrá la otra mejilla, porque hasta ahora no ha hecho nada para dificultar la vida de las empresas estadounidenses que operan en China, salvo sus restricciones por el Covid, dado que quiere seguir fomentando la inversión extranjera directa.

El movimiento de los EEUU en relación con los chips tiene grandes implicaciones para TSMC y otras empresas taiwanesas dada la cantidad de semiconductores que Taiwán exporta al continente. Las exportaciones de chips (circuitos integrados) de Taiwán a China ascendieron a 155.000 millones de dólares en 2021 y 105.000 millones de dólares en los primeros ocho meses de 2022, y representaron el 36 % y el 38 %, respectivamente, del total de las importaciones chinas de chips. De hecho, el aspecto más interesante del viaje de Nancy Pelosi a Taiwán a principios de agosto fue su reunión con el fundador de TSMC Morris Chang y el presidente Mark Liu, especialmente en el contexto de la legislación sobre semiconductores aprobada por el Congreso a finales de julio, que proporcionará 52.700 millones de dólares en subsidios para alentar a los fabricantes de chips a construir fábricas en Estados Unidos

TSMC ya está construyendo una fabulosa planta en Arizona. La construcción de la fábrica comenzó en junio de 2021 y, según se informa, su instalación principal ya está terminada, mientras que la producción está programada para comenzar en 2024. Bajo la legislación sobre chips, TSMC estará obligada a transferir su tecnología a los EEUU.

A diferencia de los intentos anteriores de las administraciones de Trump y Biden de apuntar a empresas chinas específicas para que no accedan a tecnologías avanzadas (la prohibición contra Huawei fue el ejemplo clásico), las nuevas reglas cubren efectivamente a todas las entidades chinas. Ellas, o sus proveedores estadounidenses y extranjeros, tendrán que solicitar una licencia para obtener o proporcionar acceso a tecnologías avanzadas de chips.

Si la estrategia de EE.UU resulta efectiva -y la respuesta de una amplia gama de empresas no chinas que operan en el sector congelando sus contratos con China sugiere que podría serlo-, aislaría a China de los elementos de construcción esenciales de la mayoría de las tecnologías del siglo XXI.

¿Por qué EE.UU está aplicando estas drásticas medidas contra el comercio y la tecnología de China? Por el temor de que China pueda convertirse no solo en una fuente de fabricación e importación para los consumidores estadounidenses, sino también en un rival en todas las áreas de hegemonía estadounidense en la economía mundial.

Lo que desencadenó en particular esta nueva política sobre China por parte de los Estados Unidos fue el colapso financiero global y la Gran Recesión. Gracias a su modelo económico controlado por el Estado, China sobrevivió y se expandió mientras el capitalismo occidental colapsaba. China se estaba convirtiendo rápidamente no solo en una economía manufacturera de mano de obra barata para la exportación, sino en una sociedad urbanizada de alta tecnología con ambiciones de extender su influencia política y económica, incluso más allá de Asia Oriental. Eso fue demasiado para las economías imperialistas cada vez más débiles.

Estados Unidos y otras naciones del G7 han perdido terreno ante China en el sector manufacturero, y su dependencia de los insumos chinos para su propia fabricación ha aumentado, mientras que la dependencia de China de los insumos del G7 ha disminuido.

Según un informe reciente de Goldman Sachs, la economía digital de China ya es grande, representa casi el 40 % del PIB y está en rápido crecimiento, contribuyendo con más del 60 % del crecimiento del PIB en los últimos años. «Y hay un amplio espacio para que China digitalice aún más sus sectores tradicionales». La participación en el PIB de TI de China aumentó del 2,1 % en el primer trimestre de 2011 al 3,8 % en el primer trimestre de 2021. Aunque China todavía está a la zaga de Estados Unidos, Europa, Japón y Corea del Sur en su cuota de TI en el PIB, la brecha se ha ido reduciendo con el tiempo. No es de extrañar que Estados Unidos y otras potencias capitalistas estén intensificando sus esfuerzos para contener la expansión tecnológica de China.

China ha gastado más de 100 millones de dólares para acelerar el desarrollo de una industria nacional de fabricación de chips. Es un componente crítico de su programa «Made in China 2025», que establece los planes de China para dominar en 2049 la inteligencia artificial, los vehículos autónomos, la tecnología de la información de próxima generación, las telecomunicaciones, la robótica avanzada y la industria aeroespacial, entre otros sectores relacionados con la tecnología.

Así que la estrategia de EE.UU cambió. Si China no iba a colaborar con el imperialismo y abrir su economía por completo a la inversión extranjera y continuaba expandiendo su base tecnológica para competir con los Estados Unidos, entonces había que frenarla. El recientemente fallecido Jude Woodward escribió un excelente libro describiendo esta estrategia de contención que comenzó incluso antes de que Trump lanzara su guerra arancelaria comercial con China al asumir la presidencia de los Estados Unidos en 2016. La política de Trump, al principio considerada imprudente por otros gobiernos, ahora se está adoptando en todos los ámbitos, después del fracaso de los países imperialistas a la hora de proteger vidas durante la pandemia.

El objetivo es debilitar la economía de China y destruir su influencia y tal vez lograr un «cambio de régimen». Bloquear el comercio con aranceles; bloquear el acceso chino a la tecnología y sus exportaciones; aplicar sanciones a las empresas chinas; y enfrentar a los deudores con China; todo esto puede ser costoso para las economías imperialistas. Pero el costo puede valer la pena, si China puede ser derrotada y la hegemonía de Estados Unidos asegurada.

El congreso del PCCh hizo hincapié en la respuesta de China. «Debemos adherirnos a la ciencia y la tecnología como la fuerza productiva número uno, el talento como el recurso número uno, [y] la innovación como la fuerza impulsora número uno». Beijing considera que la decisión de tratar de congelar la fabricación doméstica china a partir de un cierto nivel de avance tecnológico es profundamente provocativa. Obligar a China a depender de la producción extranjera para los chips más avanzados y mejores alimenta claramente el miedo de Xi al «vasallaje tecnológico». Así que China se está moviendo hacia un modelo de crecimiento más autosuficiente.

Esa es la base de lo que la dirección de Xi llama un modo de desarrollo de «doble circulación», en el que el comercio y la inversión en el extranjero se combinan con la producción para el enorme mercado interno.

El modelo de doble circulación se anunció formalmente por primera vez en una reunión del Politburó en mayo de 2020 y establece un reequilibrio de la economía china separándola de la «circulación internacional» (el primer tipo de circulación en la que China ha confiado, a saber, la dependencia de la demanda externa como estímulo para el crecimiento) hacia la «circulación interna», o el aumento de la autosuficiencia.

El punto político más caliente en el intenso conflicto entre Estados Unidos y China es Taiwán. Taiwán (Formosa) fue ocupado por las fuerzas nacionalistas en China después de que los comunistas chinos ganaran la guerra civil y tomaran el control del país en 1949. Desde el principio, el gobierno comunista chino y las Naciones Unidas reconocieron a Taiwán como parte de China. Pero desde el principio, los nacionalistas fueron respaldados por los Estados Unidos con fondos y armas, primero con el objetivo de derrocar a los comunistas en el continente y más tarde, cuando eso se hizo imposible, para mantener la autonomía de la isla de China. Y desde el auge de la economía china, Estados Unidos y el resto del bloque imperialista han alentado las políticas de los taiwaneses para construir y asegurar su independencia total. Taiwán podría convertirse en una espina permanente para China y también en la plataforma de lanzamiento de operaciones militares contra Beijing en el futuro.

La invasión rusa de Ucrania ha dado a los Estados Unidos y a la OTAN la excusa para intensificar el cerco económico, político y militar de China con Taiwán como su centro. Según la definición más amplia de intervención militar, Estados Unidos ha participado en casi 400 intervenciones militares entre 1776 y 2019, con la mitad de estas operaciones desde 1950 y más del 25% en el período posterior a la Guerra Fría. Estas intervenciones han girado en torno a la economía, el territorio, la protección social, el cambio de régimen, la protección de ciudadanos y diplomáticos estadounidenses, el imperio y la construcción institucional. Estados Unidos respaldado por una OTAN extendida, que ya no está confinada a la costa atlántica, ve a China como la siguiente área de «intervención» futura.

Los medios de comunicación occidentales ayudan hablando continuamente del llamado «comportamiento agresivo» de China y sus violaciones de derechos humanos. Cualquiera que sea la verdad en estas acusaciones, son fácilmente igualadas por los crímenes del imperialismo solo en el siglo pasado: la ocupación y masacre de millones de chinos por el imperialismo japonés en 1937; las continuas y horribles guerras posteriores a 1945 llevadas a cabo por el imperialismo contra el pueblo vietnamita, en América Latina y las guerras interpuestas en África y Siria, así como la invasión de Irak y Afganistán, y la horrible pesadilla de Yemen por el abominable regimen pro-americano de Arabia Saudí. Sin olvidar la horrible pobreza y la desigualdad en la que viven miles de millones de personas bajo el modo de producción imperialista.

Pero el conflicto económico y político entre China y los Estados Unidos es el principal problema geopolítico del siglo XXI, mucho mayor que la guerra entre Rusia y Ucrania. El asesor de Seguridad Nacional de EEUU, Jake Sullivan, lo resumió recientemente. «Esta es una década decisiva… en la que se establecerán los términos de nuestra competencia con la República Popular China». Continuó: «La asertividad de la República Popular China en el país y en el extranjero está promoviendo una visión iliberal en los ámbitos económico, político, de seguridad y tecnológico en competencia con Occidente», China debe ser detenida porque «es el único competidor (de los Estados Unidos) con la intención de remodelar el orden internacional y tiene una creciente capacidad para hacerlo».

China se encuentra en una encrucijada en su desarrollo. Su sector capitalista tiene problemas cada vez más profundos de rentabilidad y deuda. Pero la dirección actual se ha comprometido a continuar con su modelo económico dirigido por el Estado y su control político autocrático. Y parece decidida a resistir la nueva política de «contención» de las llamadas «democracias liberales». El comercio, la tecnología y la «guerra fría» política se calentarán durante el resto de esta década, mientras que el planeta también se calienta.

Fuente: https://thenextrecession.wordpress.com

Traducción: G. Buster

Fuente: https://sinpermiso.info/textos/china-el-tercer-mandato-de-xi-jinping

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