El Circo del Poder 

Por José A. Amesty Rivera

Lo que pasó con Donald Trump y aquella imagen religiosa donde aparece con rasgos de Jesucristo, no es una simple anécdota de redes ni un meme más que se fue viral. La imagen existió, se publicó en su red Truth Social y después la borraron cuando empezó la ola de críticas. Pero lo importante no es ese ida y vuelta en internet, sino lo que deja ver sobre cómo se construye hoy el poder en política.

Para decirlo claro, no hay pruebas serias de que Trump se crea literalmente un mesías o una figura divina. Eso puede sonar llamativo para el escándalo o la burla, pero no explica nada de fondo. El punto no es religioso en sentido literal, es político, simbólico, de cómo se juega con las imágenes y los mensajes.

Hoy la política ya no se mueve solo con discursos o programas, se mueve con imágenes, emociones y provocaciones. Y en ese terreno, lo que importa no es tanto lo que se dice, sino lo que se logra generar en la gente, reacciones, discusiones, enojos, apoyos, rechazo, todo esto suma. 

Trump entiende muy bien este juego, sabe que una imagen polémica corre más rápido que cualquier explicación larga. Sabe que el escándalo lo mantiene en el centro de la conversación, y en estos tiempos, estar en el centro de la atención es una forma de poder. 

Por eso la pregunta no es si Trump “se cree” una figura religiosa, la pregunta es por qué se deja que aparezcan o circulen símbolos religiosos alrededor de su figura. 

La religión no es cualquier cosa, no es un adorno, es algo muy fuerte: identidad, valores, comunidad, forma de ver el mundo. En EEUU, sobre todo en sectores conservadores, el cristianismo tiene un peso enorme en la política; Trump no entra allí como líder religioso, pero sí como alguien que conecta con ese mundo. 

No necesita decir “soy un mesías”; le alcanza con no cortar del todo esas ideas que algunos ya tienen de él, esta ambigüedad le sirve: Unos lo ven como defensor de valores tradicionales, otros lo ven casi como un salvador político, y él queda justo en el medio de todo eso.

Esto no aparece de la nada, tiene un proceso bastante claro: 

Primero, hay una base social donde la religión y la política ya están mezcladas desde hace tiempo.

Después vienen los que producen contenido, seguidores, páginas, influencers políticos que hacen imágenes, memes y videos donde el líder aparece como héroe, como figura fuerte, casi como personaje épico. 

Luego vienen las redes sociales, que hacen que todo eso se multiplique y se vuelva viral en minutos.

Y al final hay algo clave, cuando el propio líder comparte ese contenido o no lo rechaza claramente, le da más fuerza, lo vuelve “aceptable”, lo legitima sin decirlo directamente.

No es una conspiración armada desde arriba; es más bien una mezcla de mucha gente produciendo contenido que termina empujando en la misma dirección.

¿Y por qué funciona todo esto? 

Porque no entra primero por la cabeza, entra por la emoción. Una imagen con símbolos religiosos toca cosas profundas: protección, fe, esperanza, miedo, salvación; no hace falta explicarla mucho, se siente.

También simplifica todo; en lugar de hablar de economía, pobreza o conflictos internacionales, se arma una historia más realizable, un líder fuerte contra enemigos, alguien que “protege” frente al caos. 

Además, la gente no solo apoya o rechaza una idea política, sino que empieza a sentir que ese líder representa lo que uno es, y cuando pasa esto, ya no se discute como algo externo, se defiende como si fuera propio.

Y otro punto importante; todo esto genera reacción todo el tiempo, da igual si es apoyo o crítica, lo importante es que se hable de eso, que circule, que no desaparezca del foco, que circule…

Y esto tiene efectos claros: 

Primero, se deja de lado lo importante, en vez de discutir políticas reales, se discuten imágenes o polémicas. 

Segundo, la sociedad se divide más, todo se vuelve “a favor o en contra”, sin puntos medios.

Tercero, se debilita la idea de verdad política; ya no importa tanto si algo es cierto o no, sino si impacta o no.

Cuarto, la política se vuelve cada vez más centrada en una sola persona, no en ideas o proyectos colectivos. 

Esto no es solo cosa de Trump, es una forma de hacer política que se está viendo en muchos países: la imagen pesa más que las ideas, la emoción más que el argumento, y el líder más que el proyecto. 

En América Latina esto no nos es extraño; ya hemos visto líderes muy fuertes, muy personales, donde la religión y la política se mezclan, y donde la figura del líder se vuelve central. Lo nuevo ahora es la velocidad, lo que antes tomaba años, hoy puede hacerse viral en horas. 

El problema no es una imagen suelta en redes, el problema es un sistema político donde las imágenes empiezan a valer más que las ideas. 

Desde una mirada crítica latinoamericana, esto preocupa no solo por Trump, sino por lo que representa: una política cada vez más emocional, más mediática y menos enfocada en lo estructural. 

Pero hay que cuidarse de no caer en lo fácil; decir que alguien está “loco” o que es un “mesías delirante” no explica nada, eso solo sirve para descargar enojo, pero no para entender.

Lo importante es ver cómo se arma todo esto, por qué funciona y qué condiciones hacen que tanta gente lo acepte o lo reproduzca. 

Trump no necesita ser un mesías, le basta con ocupar el lugar que el sistema actual le permite, el de figura central del espectáculo político permanente. 

La imagen religiosa no es una confesión ni una locura, en este contexto, es una herramienta dentro de una política donde lo que manda es la atención, la emoción y la identidad.

Y ahí está el problema de fondo, no en una imagen, sino en el tipo de política que hace que una imagen así tenga poder. 

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