
por Pablo Ruiz de Aretxabaleta
Paul Laverty, guionista habitual de Ken Loach, recibió en Gasteiz el premio de la Asociación de Víctimas del 3 de Marzo a su trayectoria en defensa de la clase obrera. Destaca la necesidad de la memoria para luchar contra el poder. Ha hallado activistas que le dan esperanza en cada proyecto. «Tenemos poder para cambiar las cosas, pero hace falta confianza», sostiene.
«Me impactó ‘Cartas perdidas’, un documental sobre mujeres presas durante el franquismo. Necesitamos recordar a la generación más joven qué valores tienen los fascistas y decirles: ‘estáis jugando con eso’»
«La voz de la conciencia está en la calle. En las gradas de fútbol tienen más conciencia moral sobre Palestina que todos los profesores en la universidad».
Tenía que estar declarando ante el juez por la acusación de «terrorismo», por vestir una camiseta con la frase “Genocide in Palestine, time to take action” (“Genocidio en Palestina, es hora de actuar”). Fue detenido en agosto del año pasado y su caso sigue abierto, pero su prioridad fue la solidaridad y para Paul Laverty (Calcuta, 1957), el compromiso es parte de su identidad. El pasado 16 de abril, el guionista habitual del cineasta Ken Loach visitó Gasteiz, donde la Asociación de Víctimas del 3 de Marzo Martxoak 3 premió su trayectoria profesional en defensa de la clase obrera. Lo hizo en la clausura de la Semana del Cine Obrero donde, tras una emocionante entrega del premio, se proyectó la última de las películas de Loach, El Viejo Roble, como colofón a varios días de debates y proyecciones de documentales y cintas de ficción sobre luchas de la clase trabajadora.
El día anterior, el guionista escocés había visitado el barrio de Zaramaga, acompañado de los miembros de la asociación, donde conoció la iglesia de San Francisco y el resto de los escenarios de la masacre de 1976, a algunas de las víctimas y familiares, y los lugares dedicados a la memoria de las luchas de los trabajadores gasteiztarras.
Entre otras, Laverty es el guionista de películas como Yo, Daniel Blake (2016, Palma de Oro en Cannes), El olivo (2016), La canción de Carla (1996), El viento que agita la cebada (2006, Palma de Oro en Cannes), Felices dieciséis (2002, premio al Mejor Guión en Cannes), En un mundo libre (2007, Premio Osella al Mejor Guion en Venecia) o Yuli (2018, Premio del Jurado al Mejor Guión en Zinemaldia). En la conversación va saltando de un tema a otro, de las luchas de trabajadores al auge del fascismo, al genocidio de los palestinos o al laborismo británico. Y en el hilo de la charla, une una acción solidaria con una reflexión, una frase recogida en un libro, una película o apuntes sobre la memoria histórica. En cualquier caso, siempre expresa su gran admiración por las personas activistas, las que mantienen las luchas que él recoge en sus guiones, en cualquier parte del mundo. Y entre ellas, las que forman parte de la Asociación de Víctimas del 3 de Marzo.
¿Qué impresión tuvo de la visita a Zaramaga y a la Asociación de Víctimas del 3 de Marzo Martxoak 3?
Me tocó muy profundamente y fue un gran honor estar invitado. Pero siento que lo fui en nombre de un grupo, porque conmigo llevo la presencia de Ken Loach, la productora Rebeca O’Brien, el director artístico Fergus Clegg y mucha gente de nuestro equipo en el que hemos trabajado juntos durante muchos años. Siento que no es un honor para mí personalmente, sino para este grupo de gente con quien he tenido la gran suerte de colaborar durante muchos años. Lo que me impresionó mucho es el poder del testimonio. Hablé con Andoni (Txasko), que a la edad de 20 años le golpearon de manera tan bestial. Ha tenido 10 u 11 operaciones en su ojo. Me impresionó mucho Francisco (Aznar), porque solo tenía 17 años y, si hubiera sobrevivido, habría tenido menos años que yo. También tuve el gran placer de hablar con José Luis, el hermano de Pedro (Martínez Ocio), que murió. Y siempre me pasa lo mismo cuando escucho el testimonio de gente así. Son vidas con años de trauma, lo que han sufrido cuando perdieron a su hijo de 27 años. Siempre es el detalle, la vida que han robado. Hay algo muy poderoso en el testimonio, en estar en este sitio e imaginar a 5.000 personas dentro de la iglesia, la barbaridad de tirar gases lacrimógenos dentro y después disparar con metralletas. Es la barbaridad, la crueldad, la falta de piedad…

(Raul Bogajo | FOKU)Necesitamos recuperar la memoria. En Edimburgo hace un par de días hubo una celebración de la Segunda República y se presentó el documental “Cartas perdidas”. Me impactó mucho. Son cartas de mujeres encarceladas durante la época de Franco. Entre el sábado, cuando lo vimos, y lo de ayer, me hizo reflexionar mucho sobre que muchos jóvenes ahora estén flirteando con la derecha y con Vox. Y demuestra otra vez la importancia de recordar nuestra historia. Estoy seguro de que los jóvenes podrían ver este documental y ver la barbaridad contra las mujeres en la prisión, la llamada abierta a violarlas porque eran de izquierdas, el llamamiento de uno de los generales que participó en la “Desbandá” [Queipo de Llano] a la violación en masa, «para que conozcan hombres de verdad», los fusilamientos, el miedo en los pueblos… Había una carta que me tocó mucho, la de un médico que fue a ayudar durante la noche a una niña muy enferma de 5 años, de una familia de izquierdas. Los fascistas lo descubrieron, fueron a su casa y le rompieron las piernas. Ese tipo de valores tienen los fascistas, y necesitamos recordárselo a la generación más joven, decirles: «estáis jugando con eso». Esta es la fuerza de la memoria. Me hace recordar ese libro maravilloso, El libro de la risa y el olvido, de Milan Kundera. Hay una frase que me encanta. «La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido». Esto me parece clave. Eso es lo que sentí ayer también.
Me sentí muy tocado. Juan y José Luis, Rebeca, Lander [miembros de la asociación], de la manera más humilde explicando su trabajo, su sitio, su oficina, sus fotos… Esto me parece superimportante, el compromiso. Estoy imaginando las reuniones, buscando fondos, organizando, todo eso durante 50 años, y encuentro algo muy profundo en eso. Creo que hay algo muy fuerte dentro del ser humano. Cuando no hay justicia tiene esta capacidad de resistir, porque (Manuel) Fraga nunca se enfrentó a la justicia.
La impunidad de los autores. Como experimento mental, muchas veces he pensado si se hubiera llevado a Tony Blair, George Bush y José María Aznar al Tribunal de La Haya. Me pregunto si hubiera ocurrido la guerra en Irán. Pero escaparon. No solo eso. Ellos, como Tony Blair, han hecho una fortuna. Es uno de los hombres más ricos en Gran Bretaña. Tenemos que recordar sus nombres, como los de Fraga y Martín Villa. Estamos viviendo en tiempos de gran impunidad.
Como en Palestina. Me impacta mucho este personaje, Bezalel Smotrich, el ministro israelí. Tenemos que recordar lo que dijo: «Estamos desmantelando Gaza, ladrillo por ladrillo. Esto no tiene precedentes y el mundo no nos detendrá». No solo está hablando de genocidio de manera abierta, se burla del mundo. Está diciéndolo abiertamente. A pesar de todos los informes de Amnistía Internacional, Human Rights Watch, la asociación de expertos del Holocausto, organismos de Naciones Unidas, Francesca Albanese… que dicen que es un genocidio. Tenemos los términos de la Convención sobre Genocidio de 1951. Hay una organización maravillosa en Londres, Forensic Architecture, que tiene uno de los documentos más importantes del año pasado, porque son miles y miles de datos, con la colaboración rigurosa de expertos, que demuestran la forma de genocidio con la comida, las universidades, hasta con la tierra. Es la manera de quitar la posibilidad de vida. Es muy detallado. Tenemos la obligación de pararlo, incluso si nuestros gobiernos no están respetando nuestras acciones. Es lo que tenía en mi camiseta. “Genocide in Palestine, time to take action”.
El Gobierno británico llegó al extremo de declarar terrorista a Palestine Action y ha desatado una fuerte represión.
Nos acusaron de ser terroristas y ahora estamos esperando la comparecencia ante los jueces. Es totalmente surrealista. Pero, a la vez, en nuestra ciudad, Edimburgo, hay fábricas de armas vendiendo partes del F-35 al Ejército de Israel. Hay fondos de pensiones de trabajadores públicos en West Lothian invirtiendo en Lockheed Martin. Así es como sobrevive el Estado del apartheid, por esta colaboración diaria de los negocios, las finanzas, la Universidad de Edimburgo, las pensiones de nuestros trabajadores… Edimburgo es el segundo centro financiero más fuerte de Gran Bretaña y tiene muchas conexiones con los negocios en Cisjordania. Son hilos que juntos son muy fuertes. Francesa Albanese hizo un informe sobre Caterpillar, Volvo, Airbnb y un montón de organizaciones. Me recuerda las ideas de Hannah Arendt, la filósofa que escribió sobre el totalitarismo y la banalidad del mal. «La triste realidad es que la mayor parte del mal lo cometen personas que nunca se deciden a ser buenas o malas». Cuando todo el mundo es culpable, ya nadie lo es, porque la comunidad está ya implicada, la culpabilidad se reparte.
El mal está hecho por gente decente. Esto es para mí mucho más interesante que los malos trajeados vendiendo bombas. Hay grupos como Elbit que venden drones que van a matar niños en sus casas, pero, ¿qué pasa con la gente con Airbnb? ¿Con los trabajadores públicos, los universitarios? Todos colaborando un poquito.
En esta fábrica de Edimburgo, el 90% de lo que hacen es buenísimo, es para medir lo que está pasando en Amazonia o la erosión en las costas, pero solo una pequeña parte del F35. Tengo amigos que están empezando con estos procesos para señalar a estos ejecutivos y que se enfrenten a su comunidad. Eso debe ser un debate y necesitamos el trabajo riguroso de los activistas. He encontrado tantos activistas que me dan mucha esperanza, como los 24 de Filton, de los que 18 han pasado casi dos años en la prisión preventiva, sin juicio. Les han destruido la vida.
(Raul Bogajo | FOKU)Se ganó su caso, pero el Gobierno ha recurrido.
Lo interesante es cómo el Gobierno llegó a hacer eso. Por la empresa Elbit. Israel formó un grupo de presión con la ministra Yvette Cooper. Ahora está en Asuntos Exteriores, pero antes estuvo en el Ministerio de Interior y ella, con Elbit, decidió prohibir Palestine Action como grupo de terroristas. Esta es la clave. Muchos activistas echan la culpa a la Policía y a la represión, pero es como con Fraga, la gente que tiene el poder. Y ahí tenemos otra vez la importancia de la memoria. A ella le encantaría seguir simulando que es progresista, ahora en el Ministerio de Exteriores, pero el lío que ha dejado con miles y miles de detenidos frente a un sistema legal, es una vergüenza. Un desastre en el sistema de justicia con tantas personas acusadas de ser terroristas, que en su vida han hecho daño ni a un gusano. Sacerdotes, profesores, enfermeras…
¿Qué respuesta ha habido? ¿Dónde están los sindicatos? Ha habido algunos, pero no todos. ¿Dónde está la profesión jurídica? Con un par de excepciones, silencio. Silencio institucional. La voz de la conciencia está en la calle, en las gradas de fútbol, en el Glasgow Celtic. He leído que también en las aficiones del País Vasco. Tienen más conciencia moral que todos los profesores en la universidad.
Ahora el Gobierno español es mucho más progresista, pero no empezó así. Me alegro mucho de lo que dijo Pedro Sánchez pero, ¿qué pasa con la colaboración en Cisjordania de la que depende el Estado de apartheid? Hay que ir más allá. Es lo mismo que en Irlanda. Hay un movimiento de base que es fortísimo, pero Irlanda tiene muchas colaboraciones con Israel. Y también hay muchos activistas, como el chico que fue detenido cuando saboteó con un martillo un avión gringo en el aeropuerto Shanon. «Esto es por los niños de Gaza», decía, y entendí su furia.
La gente tiene esta capacidad de continuar, como vosotros (señala a Juan Ibarrondo, de Martxoak 3), eso es el motor. Muchas veces es aburrido. Me acuerdo de cuántas reuniones de grupos de solidaridad que me volvían loco. Es una tortura, pero eso es la máquina de la solidaridad. Para esta gente tengo un cariño y un respeto enorme. Y he encontrado a gente así en cualquier proyecto que hemos tenido. Hicimos “Pan y Rosas” en Estados Unidos con las limpiadoras, que estaban superaisladas, no tenían conexión con un sindicato, o en “Soy Daniel Blake”, con la gente que estaba ayudando de una manera muy particular, con problemas muy complejos.
¿Cómo debe reflejar el cine todas estas luchas, todos estos movimientos? El cine no cambia el mundo, lo que cambia el mundo es el activismo. El cine y las historias son parte del mundo, para enfrentar las contradicciones. Por ejemplo, en la película “It’s a free world”, sobre un joven trabajador que explota a todos sus compañeros, se entiende cómo llegó a ser así. Y el buen cine, como un buen libro, intenta capturar las contradicciones, las dificultades, los matices de la vida. No hay buenos temas, hay buenas historias.
La productora Studio Canal nos dejó proyectarla fuera de los cines y la llevamos a bibliotecas, iglesias, sindicatos. Fui a muchos de estos debates, y mucha de esta gente no había estado en el cine en su vida. Me impresionó mucho. Recuerdo en París, con 1.000 trabajadores, gente de un sindicato, viendo la película y después el debate, la furia. Ojalá el cine ayude.

(Raul Bogajo | FOKU) Se trata de contar historias en las que se vean reflejados y vean reflejadas sus luchas. Sí, te ayuda a reflexionar, pero también a gente que no ha tenido esa experiencia. Es tal vez la manera de ponerte en los zapatos de otro, porque se puede ver cómo son las manos del trabajador, sus ojos, su piel. Es un medio de comunicación muy fuerte, pero también creo que muchas veces se exagera su importancia. Dependemos de los activistas, de la gente que hace el trabajo duro y se organiza.
¿Cómo está la situación de la izquierda ahora en Gran Bretaña? Es deprimente, luchando entre sí, no sé. ¿Has visto este fiasco ahora con el nuevo partido? Es casi criminal, mezcla de estupidez y mala organización. No me sorprende que tantos jóvenes hayan dicho; «Fuck you». Cuando empezó esta iniciativa con (Jeremy) Corbyn y (Zarah) Sultana, había 800.000 personas que querían afiliarse. Hubiera sido increíble una base así de potente. Pobre Ken, que ha vivido todo eso. Durante toda su vida su mantra ha sido «tenemos que organizar la manera de relacionarnos y unirnos los distintos grupos» o, si no, pasaría eso. Había un objetivo abierto pero hemos perdido el rumbo. Era una oportunidad superimportante y ha sido un fracaso por el sectarismo y oportunismo.
A la hora de reflejar las historias en el cine, también domina el pesimismo, las distopías. Necesitaríamos algo más de esperanza. ¿Sigue siendo más fácil imaginar el fin del mundo que del capitalismo? Ayer leí un artículo sobre AMOC (la corriente de circulación del agua del Atlántico) y la posibilidad de que, si fallara, el impacto sería enorme para todo Europa y una crisis total para África. Tenemos que escuchar a los científicos y enfrentarnos a la crisis sobre el cambio climático, pero lo que es absolutamente increíble es que en estos años hemos usado más combustibles fósiles que en toda nuestra historia. Eso más o menos lo podría entender, pero la subvención a las corporaciones es imperdonable. Los terraplanistas están en el poder; BP British Petroleum ha decidido dejar sus iniciativas verdes; tenemos a Trump, que ya sabemos cómo es. Cuando vemos lo que están diciendo los científicos y lo que están haciendo las corporaciones en tándem con los políticos, demuestra la profunda crisis que tenemos, que también es una crisis de imaginación. Estamos dejándoles arruinar a la próxima generación. Más que nunca necesitamos gente organizada para no perder la esperanza. Si no tenemos esperanza, no hay resistencia.
Había una frase del documental que vimos anoche que me encantó. «Estamos aprendiendo a dejar atrás nuestro miedo». Estamos adoctrinados para tener miedo a la ley, a la Policía, a todo. Pero ir a la cárcel es una experiencia y mucha gente en este país ha sufrido eso. Cuando me detuvieron, había mucha gente que no tenía capacidad de hacer frente a eso, que tenía muchos nervios.
Había una mujer anciana, casi no podía caminar, con dos muletas. Había venido el día anterior de Glasgow. Cuando tuvo que enfrentarse al juez, estaba temblando. Tuve que llevarla al banquillo y lloraba diciendo: «No puedo aguantar los llantos de los niños bajo las bombas. No puedo dormir». Todo el mundo allí sentía vergüenza de lo que estaba pasando. No solo es cuestión de reaccionar. Es cómo podemos influir, provocar el cambio. Esto me parece lo más importante, como los sindicatos en Italia con los barcos que iban a Israel. Tenemos poder en nuestras manos, pero hace falta confianza. Y, obviamente, tenemos medios de comunicación contra nosotros y la traición del Partido Laborista, como en muchas partes de Europa. Volvemos otra vez a lo básico. ¿Cómo podemos controlar nuestra economía, nuestra política? Sin organizarnos y sin cooperación, no vamos a poder enfrentarnos a estos poderosos.

(Raul Bogajo | FOKU) Creo que la tierra está fértil ahora para esto, pero necesitamos ser eficaces, rigurosos. Necesitamos rigor, talento para atraer a todos estos jóvenes, porque siento que hay hambre de cambiar las cosas. Voy a Edimburgo, a Madrid, a Berlín, a París. ¿Quién puede pagar la vivienda? ¿Por qué tenemos Airbnb en cada ciudad? ¿Por qué tenemos Uber? Tenemos cuatro universidades en Edimburgo. ¿No podemos organizar otra red dentro de nuestra ciudad para que la ganancia vaya a nuestras escuelas en lugar de a California? Lo pongo como ejemplo. Hace falta imaginación. ¿Por qué no podemos organizar eso? ¿No podemos organizar una alternativa a Airbnb? Me vuelve loco este tema, la necesidad de controlar nuestra economía. Son cosas básicas pero, sin imaginarlo y sin hablar de eso, le dejamos al turismo internacional destruir nuestras ciudades. Imagina que esta ganancia, en vez de ir a California, vaya a nuestras comunidades.
Ayer hablábamos de los sacerdotes de la Teología de la Liberación en América Latina y de la «opción por los pobres». Imagina un movimiento así para dar preferencia a los productos europeos en lugar de a los de Estados Unidos, coches, bicicletas, zapatos… es superdifícil, pero imagina que sea parte del debate. Hay gente ahora en Gran Bretaña que ha decidido no visitar Estados Unidos. El vino en California está entrando en crisis por los canadienses, como en el apartheid de Sudáfrica.
Si las dos cabezas del genocidio son Israel y Estados Unidos, vamos a hacer lo que podamos en nuestra vida, en nuestra comunidad, para aislarlos. Necesitamos una campaña para eso y esto conecta con tu pregunta. Perdemos la esperanza cuando nos sentimos sin control. Pero aún podemos ejercer un poquito de poder con mucha más gente, sentirnos mejor y después buscar la próxima etapa. Necesitamos imaginar maneras de alimentarnos a nosotros mismos.
¿Cree que la juventud se ha desconectado de estos mensajes de transformación? ¿Se siente implicada? Es un estereotipo decir que a los jóvenes no les importa, pero esa no es mi experiencia. Tengo tres hijos y a ellos les importa todo. Uno se fue a trabajar con una organización, No Name Kitchen, que ayuda a inmigrantes de África, de Gaza, Myanmar y Siria, y aprendió mucho. Mira la gente que está en contacto con los jóvenes en Gaza por Instagram. Mira las marchas con las llaves en la mano por la vivienda en España. Recuerdo que durante la guerra de Irak yo estaba en una marcha en Madrid de más de 100.000 personas. El mismo día en Barcelona, en Londres… hubo millones de personas. No paramos nada, pero la cuestión siempre es, ¿cómo podemos influir?
Frederick Douglas fue un esclavo que llegó a ser un líder abolicionista, y tiene un par de párrafos que para mí son el secreto de la vida política en su discurso sobre la “Emancipación de las Indias Occidentales”, de 1857.
«Permítanme ofrecerles unas palabras sobre la filosofía de la reforma. Toda la historia del progreso de la libertad humana demuestra que todas las concesiones hechas hasta ahora a sus augustas reivindicaciones han nacido de una lucha decidida. El conflicto ha sido intenso, agitador, absorbente y, por el momento, ha hecho callar todos los demás tumultos. Debe ser así o no hay progreso. Quienes dicen favorecer la libertad y, sin embargo, deploran la agitación, son hombres que quieren cosechas sin arar la tierra; quieren lluvia sin truenos ni relámpagos: quieren el océano sin el terrible rugido de sus muchas aguas. Esa lucha puede ser moral o puede ser física, o puede ser tanto moral como física, pero debe ser lucha. El poder no concede nada sin una exigencia. Nunca lo ha hecho y nunca lo hará».
(Raul Bogajo | FOKU) ¿Cómo se enfrenta a la necesidad de financiación el cine que usted y Ken Loach hacen? El cine no es solo tesis. Si fuera solo tesis, sería un aburrimiento. Yo he tenido la suerte de encontrar un grupo de gente con habilidades maravillosas. Ken no escribe; yo no dirijo, pero nos encontramos en el medio como cineastas y somos nuestros mayores críticos -tienes que ser tu propio crítico, más duro que los otros-. Y después necesitas gente que pueda buscar financiación y gente que invierta y quiera recibir su dinero a la vez. Porque puedes decir: «Ah, qué buena historia sobre Cuba, pero hemos perdido 200.000», entonces, fuck of. Vivimos en el mundo real.
Para conseguir eso se necesita tener diferenes habilidades. No es mi especialidad, menos mal. Rebecca O’Bryan tiene esa habilidad, Ken es un director buenísimo, una directora de casting, Kahleen Crawford, los directores de fotografía, Robbie Ran y Barry Acrkoyd…. He tenido la suerte de que esta gente esté involucrada con las ideas de mi imaginación.
Es un gran grupo, pero nunca lo doy por hecho. Por eso trabajo duro. Para “El viento que agita la cebada” estuve meses estudiando la historia para estudiar las contradicciones. Decidimos que todos los personajes fueran de ficción y esto me salvó de los detalles, de fechas, pero somos fieles a los tiempos. También con “Soy Daniel Blake” tuve que estudiar muy profundamente el sistema de bienestar, que bastante complejo, y las contradicciones de la gente; ver qué es propaganda, qué es mentira. Exige realizar un trabajo riguroso, de periodista, antes de escribir una palabra.
Eso es también lo que necesitamos de los activistas y en política. Tenemos que persuadir a la gente para cambiar y desafiar al poder de verdad. No podemos lanzar eslogans o retóricas que no van a querer. Necesitamos jóvenes con talento, con determinación.
¿Cómo está su situación por la acción de solidaridad con Palestina? Lo último que sé es que tenía una citación, me llamaron ayer, pero tenía este compromiso y estoy aquí con vosotros (la Asociación Martxoak 3). Hemos pedido un aplazamiento. Pero mi caso no es excepcional. Soy uno de entre 2.000 personas. Todavía están deteniendo a gente que lleva esa camiseta. La Corte Suprema de Inglaterra anuló la declaración como terrorista de Palestine Action, pero el Gobierno recurrió y las autoridades y la Policía decidieron continuar la misma política hasta que se resuelva.
¿En qué está trabajando ahora? Tengo tres proyectos y un compromiso muy fuerte con ellos. No son temas fáciles y es mucho más difícil buscar los fondos, pero luchamos para conseguirlos. Estoy trabajando con muy buenos colaboradores. Ahora no puedo trabajar con Ken, que va a cumplir 90 años en junio y está muy bien de salud y de ánimo. Hablamos cada semana. Manda muchos recuerdos también para la Asociación de Víctimas del 3 de marzo.
¿Alguna recomendación? “Cartas Perdidas”, sobre las cartas de mujeres encarceladas durante el franquismo. Sus testimonios. Me encantaría ver este documental en cada escuela aquí, y también en cada escuela de nuestro país, porque eso es exactamente la política del fascismo, y no solo para los jóvenes.


