
por Luis Camilo Romero
La historia es quien define a sus actores. Unos vienen reconocidos por su acumulado de luchas. Otros quedarán en la memoria de los pueblos como lo que fueron: políticos fracasados del siglo XX. Gonzalo Sánchez de Lozada, Jorge «Tuto» Quiroga, Samuel Doria Medina, Carlos Mesa y otros siguen su lógica de asalto al poder para continuar con su modelo neoliberal.
La historia del movimiento popular está llena de episodios de lucha heroica por la vigencia de los derechos. Tuvo en la huelga de hambre —con Domitila Chúngara y Luis Espinal— un instrumento épico que, hace más de 40 años, permitió arrancar a la dictadura el retorno de la democracia.
En rigor, debido al peso político de restaurar el proceso democrático, se descuidó la profundización del Estado Plurinacional. Quizás esto ocurrió porque los actores estratégicos en las entrañas del movimiento popular estaban más preocupados por sus propias reyertas que por los temas estratégicos para el fortalecimiento estatal.
Los actores del reciente conflicto entre la Central Obrera Boliviana (COB), la CSUTCB y otras organizaciones con el gobierno —conflicto que en principio exigía el pliego petitorio y otras demandas— abandonaron ese propósito y establecieron como única exigencia la dimisión de Rodrigo Paz, señalando la incapacidad gubernamental para resolver los problemas económicos del país.
Al margen de lo que puedan afirmar otros, el rol que jugaron en esas movilizaciones tanto Mario Argollo (COB), como el dirigente de la Federación de Campesinos Túpac Katari, Vicente Salazar, y el senador suplente Nilton Condori, considero que son los únicos actores legítimos que no podemos descartar a futuro. Porque desde el inicio supieron dar la cara, incluso en momentos en que se trataba de desvirtuar el movimiento o vincularlo con el líder cocalero Evo Morales. Situación que jamás se dio.
Dicha afirmación pone por encima de cualquier versión antojadiza —y lejos de la verdad— que las supuestas «fuerzas oscuras» de las que hablan las autoridades de gobierno pretendan desestabilizar el proceso democrático, o que en todo ese movimiento esté la instructiva de Morales.
La paranoia de las autoridades ha sido de alta dimensión. El vocero, a voz en cuello, repetía que existe un «plan macabro» supuestamente financiado por el narcotráfico. Acusó a Morales y a dirigentes afines de promover movilizaciones y bloqueos para desestabilizar al país y «romper la democracia».
De estas declaraciones hemos tenido varias, y por supuesto se han puesto en evidencia en la Asamblea Legislativa con tonalidades diferentes. Siempre en ese mismo grado de paranoia que no solo expresa malas intenciones, sino que inventa conspiraciones o planes ocultos detrás de la movilización.
Un actor por demás visible en estos tiempos es el Comité Cívico Pro Santa Cruz, que igualmente culpó a Evo Morales de impulsar un proceso de desestabilización al gobierno, e incluso afirmó que se estaría gestando un golpe de Estado liderado por el líder cocalero y sus aliados. Al no tener eco sus constantes llamados para articular un solo cuerpo en la cruceñidad, quiere sacar a flote declaraciones que ya no son para este tiempo.
Las directrices que hace años se tenían con Branko Marinković y Luis Fernando Camacho en los Comités Cívicos de Santa Cruz imponían una línea conspirativa con mandatos de una dictadura regional, con la eficaz colaboración de los medios corporativos de comunicación y de la cúpula de la Iglesia Católica, que actuó como otro aliado y que «bendijo» a quienes ellos pusieron en el golpe de 2019.
Afirmar entonces que la derecha defiende la democracia es un insulto a la inteligencia del pueblo. Porque quienes hoy se presentan como abanderados nunca lucharon por la libertad contra la dictadura; muchos, de hecho, formaron parte de ella.
Diferentes actores —partidos políticos y organizaciones sociales del bloque popular— tratan de atribuirse la continuidad del sujeto histórico. Esto significa que cada uno de ellos se ve a sí mismo como el legítimo representante y portador de esa historia de lucha que ha marcado el país.
De ahí que creer que en medio aparezca Evo Morales liderando las movilizaciones es caer en la ingenuidad. Solo con nombrarlo, lo que hacen es hacer crecer su imagen, ya muy desgastada. Bien sabemos que, después de escenarios similares de agitación social en 2024 y 2025 —con sus bloqueos y marchas—, Morales perdió la vigencia de su liderazgo y su perfil como gestor de unidad del bloque popular.
En este proceso donde se vuelven a mostrar los actores, queda claro: si el caudillo cae, toda la red cae con él. El líder es el significante que articula las demandas de sus seguidores, no solo políticas, ideológicas y orgánicas, sino también de proyectos sólidos.
Volviendo a lo que decíamos al inicio sobre los actores protagónicos de esta coyuntura —los liderazgos de la COB, de la CSUTCB y el senador Condori—, estos no deben caer en los mismos niveles de desesperación que otros. Ese error de creer que al contar con respaldo de sus organizaciones afines ya se les prepara el camino para promoverse como candidatos a la presidencia: no va por ahí la cosa.
En ese contexto, el pueblo tampoco debe caer en los cantos de sirena de esos lobos con piel de oveja. Aquellos que, a más de 23 años de la caída de Sánchez de Lozada y otros genocidas, pretenden levantar cabeza, destruir el proceso que se construyó con legitimidad, y volver a someter a Bolivia al pasado neoliberal.
El gobierno, sin legitimidad y carente de propuestas, en lo único que está afanado es en desmontar el Estado Plurinacional y volver a la República para gobernar para la élite empresarial y política, privatizar las empresas estatales, liberalizar el trabajo, cumplir los mandatos del Fondo Monetario Internacional y poner de rodillas al pueblo.
Al paso de seis meses, vemos que el gobierno se cae por sí solo. Quizás esta primera gesta gloriosa de la COB, la CSUTCB y algunas organizaciones plenamente convencidas —con sus movilizaciones— volverán a retomar con otro espíritu las gestas emancipadoras para dar el último empujoncito. Ese empujón que espera un gobierno que nunca estuvo del lado del pueblo. Es más: nunca debió llegar.
Luis Camilo Romero, comunicador boliviano para América Latina y el Caribe









