
por Camilo Katari
Esta es una pregunta reiterada por muchos colegas del exterior, y la verdad es muy difícil explicar las raíces históricas de lo que hoy ocurre en Bolivia.
Un primer punto es que la rebelión es una constante en Bolivia, pero hay que saber diferenciar a sus actores. Los primeros rebeldes fueron los generales de Atahuallpa que supieron resistir más de treinta años en la fortaleza de Willkabamba. Luego vendrían los más grandes levantamientos de los rebeldes de Norte Potosí (Tomás Katari), del Cuzco (Tupak Amaru), y del altiplano y valles (Tupak Katari Bartolina Sisa). Sobre estas rebeliones se asentaron las guerras de guerrillas, donde brillaron el Moto Méndez, Juana Azurduy, el Mburubicha Cumbay, Miguel Lanza y muchos más. Pero el Estado Nación “Bolivia” no se edificó sobre esos cimientos, sino que fueron las oligarquías regionales de cuño colonial las que escamotearon esas rebeliones populares y se adueñaron de territorios y del poder económico/social. Ese es el origen de la formación social boliviana.
El Estado anti-indio, creó un imaginario basado en la modernidad occidental. Europa era la imagen y el modelo, en ella no cabían los “caribes”. El sistema educativo fue el mejor dispositivo de reproducción de este imaginario, enriquecido luego con la incorporación del “servicio militar obligatorio” y el “sagrado deber con la patria”.
No vamos a citar las innumerables rebeliones de las comunidades aymaras, quechuas y guaraníes, solamente pondremos el acento en Zarate Willka, quien trató de “regenerar Bolivia” y fue fusilado por el general Pando, con quien colaboró en su objetivo de consolidar a la ciudad de La Paz como “sede de gobierno”. Eran días aciagos del final de un siglo y el nacimiento de otro (1800 – 1900).
Las rebeliones violentas tuvieron su pausa con Santos Marka T’ula, que confiado en la justicia demandó la devolución de tierras al Estado por la vía legal. Santos murió en la cárcel. Mientras tanto se consolidaba “la conciencia nacional” en las arenas del Chaco que daría lugar a la primera gran pulsación del poder campesino, obligando al gobierno “revolucionario” de Víctor Paz a dictar la Ley de Reforma Agraria (1953), cooptando de esta manera la potencia rebelde generada desde 1936 en el novedoso “sindicalismo campesino”. Esta cooptación tuvo su más alto momento cuando el general René Barrientos logró el “Pacto Militar Campesino”, subordinando a los pueblos indios e indígenas a todas las dictaduras militares que le sucedieron.
Ya en el siglo XX será Felipe Quispe quien reivindique la energía india como fuerza política para poner fin al gobierno de “Goni” Sánchez de Lozada. Esta memoria histórica fue definitiva para que Evo Morales gane las elecciones del año 2005 con la promesa de “refundar el Estado” a través de una Constitución Política, que efectivamente concretó muchas demandas históricas de los pueblos indios.
El actual mandatario boliviano quiere borrar de la historia este pasado de lucha y en una pose desafiante ha señalado que es momento para definir entre “el pasado o la patria”, sin tomar en cuenta que ese pasado es el presente de los pueblos indios e indígenas. Este es el motivo principal e histórico de la terca resistencia aymara y quéchua y algunos pueblos y naciones de la amazonia que no se han doblegado a las tentadoras ofertas para detener la resistencia frente al desmantelamiento del Estado Plurinacional, forjado por ellos mismos. Los núcleos racistas de origen colonial saben bien que es una confrontación de siglos y salen a defender sus privilegios. Lo hicieron el año 2008, el 2019 y lo hacen hoy.
El gobierno promovió “marchas por la democracia” con los mismos actores y actoras del golpe del año 2019; ofreció bonos, reducción de impuestos, ventajas en concesiones mineras y finalmente recomponer su gabinete con la inclusión de organizaciones sociales, una nueva oferta de cooptación al mejor estilo “barrientista”.
Es posible que el gobierno logre su objetivo (cooptación de dirigencias sociales), pero la rebelión permanente será el telón de fondo de su gobierno, o por el contrario será el fantasma de su alejamiento del poder político.


