Por Carlos Ernesto Cano

La política latinoamericana ha entrado en una nueva fase, donde la estética del líder fuerte y las soluciones simplistas seducen a un electorado cansado. El fenómeno que comenzó Nayib Bukele en El Salvador se ha convertido en el molde para una nueva derecha radical que, con el rostro de Abelardo de la Spriella, amenaza con llegar a la presidencia de Colombia.
Este domingo, en la segunda vuelta electoral, el país se enfrenta a una disyuntiva que trasciende lo ideológico y plantea una pregunta fundamental sobre el futuro de su democracia.
El «modelo Bukele» o el autoritarismo con envoltorio cool
El «Modelo Bukele» no es un simple proyecto de seguridad, sino una sofisticada construcción discursiva que fusiona la coerción estatal con una retórica de eficiencia neoliberal. Se trata de un «autoritarismo neoliberal» que, mediante una dicotomía y gramática moral —»ciudadanos honestos» versus «terroristas»—, legitima un régimen de excepción permanente.
Bukele ha perfeccionado el arte de la comunicación política: afirma una creencia popular (la democracia es valiosa), añade un dato (la inseguridad) y construye una nueva verdad: que una «dictadura cool» y da seguridad es aceptable . Como él mismo alardeó, se ha convertido en la «dictadura más cool del mundo».
Pero bajo la estética de líder moderno y millennial que se pasea con chaleco antibalas y usa redes sociales para gobernar, se esconde una agenda profundamente regresiva. El bukelismo no es una ruptura con el neoliberalismo, sino su continuación, aunque con características más crueles. La digitalización del Estado, el uso de criptomonedas y las promesas de eficiencia ocultan políticas de austeridad, vigilancia y privatización que trasladan la carga a los ciudadanos más vulnerables.
En El Salvador, mientras las megacárceles se llenan con decenas de miles de detenidos —muchos de ellos inocentes—, los problemas estructurales de pobreza, vivienda y educación siguen sin resolverse.
Abelardo de la Spriella: el espejo colombiano
Abelardo de la Spriella es la encarnación de este modelo en Colombia. Ha ganado la primera vuelta con un discurso que bebe directamente de las fuentes de Bukele, Milei, Noboa y Trump. Promete construir 10 megacárceles y aplicar «mano dura» contra los grupos armados, terminando con la política de «paz total».
En lo económico, propone una «motosierra al estilo Milei» contra el Estado, reduciendo la burocracia en un 40% y aplicando recetas de ajuste fiscal. Su eslogan de «Patria Milagro» busca empaquetar estas políticas en un discurso de esperanza y renovación nacional.
Sin embargo, el programa de Abelardo de la Spriella no se limita a la seguridad y la economía. Su discurso está plagado de declaraciones misóginas, machistas y homofóbicas que forman parte central de su estrategia de provocación identitaria.
Se ha vanagloriado del tamaño de sus genitales en una entrevista, ha llamado ignorante a una periodista por hacerle una pregunta, y ha ridiculizado a un candidato rival por su orientación sexual, afirmando que su «condición» no tiene arreglo. Defiende la «familia tradicional», se opone al aborto y a la adopción por parejas del mismo sexo, y ha planteado «poner a Dios en las aulas». Estas posiciones, que buscan polarizar y movilizar a un electorado conservador, son el caldo de cultivo para una política de exclusión y odio.
El peligro del populismo punitivo
El atractivo de líderes como Bukele y de la Spriella reside en su capacidad para capitalizar el descontento y el miedo de una ciudadanía harta de la violencia y de la política tradicional. Pero el populismo punitivo que ofrecen es una trampa. La «mano dura» no solo es ineficaz para resolver problemas complejos como el narcotráfico o la desigualdad, ya lo hemos visto en países como Guatemala, sino que erosiona los cimientos de la democracia.
Bukele ha demostrado que, tras la promesa de seguridad, se oculta un proyecto de concentración de poder que anula la división de poderes, persigue a la prensa crítica y convierte los derechos humanos en un obstáculo.
En Colombia, un país con una geografía fragmentada y décadas de conflicto, la aplicación del modelo Bukele es inviable y peligrosa. Pero eso no importa, porque lo que se exporta no es un plan de gobierno, sino una estética, una actitud. Es la puesta en escena del líder fuerte, del hombre que se pone el uniforme y promete resolverlo todo con autoridad.
Detrás de esa fachada, sin embargo, el discurso neoliberal sigue su curso: se reduce el Estado para los servicios públicos y los derechos sociales, pero se fortalece su brazo represivo.
Un eco del pasado y un peligro para el futuro
Las «dictaduras cool» del siglo XXI son tan peligrosas como los discursos fascistas del siglo pasado. Aunque cambien las formas y se vistan con la modernidad de las redes sociales y la tecnología blockchain, su esencia es la misma: la construcción de un enemigo interno (comunistas, pueblos originarios, diversidades, maras, etc.) para justificar la excepción, la exaltación de un líder providencial por encima de las instituciones, y la promesa de un orden que se impone por la fuerza. Son movimientos que prosperan en el fracaso de las democracias para responder a las necesidades de su gente, pero su solución es la muerte misma de la democracia.
Este domingo, Colombia decidirá si se suma a esta ola autoritaria. Votar por de la Spriella no es simplemente elegir un cambio de gobierno; es legitimar un modelo que ha demostrado en El Salvador su capacidad para vaciar la democracia de contenido, silenciar las voces disidentes y someter a la población a un régimen de sospecha permanente. Es elegir el camino de la seguridad a cambio de la libertad, una promesa tan antigua como falaz, que siempre termina en el mismo lugar: la dictadura.
Fuente: https://festivalesmedia.org/blog/de-bukele-a-de-la-spriella-en-colombia
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