Bolivia. La crisis crónica del Estado colonial
Independientemente del resultado final de la crisis actual, por la estructura que sostiene al Estado, la conflictividad se mantendrá latente.
Independientemente del resultado final de la crisis actual, por la estructura que sostiene al Estado, la conflictividad se mantendrá latente.
Desde los sectores indígenas, campesinos, feministas y de izquierda, las propuestas neoliberales se perciben como una amenaza que podría recentralizar el poder económico, reducir las políticas redistributivas y sociales y debilitar los derechos colectivos y de las mujeres.
El actual mandatario boliviano quiere borrar de la historia este pasado de lucha y en una pose desafiante ha señalado que es momento para definir entre “el pasado o la patria”, sin tomar en cuenta que ese pasado es el presente de los pueblos indios e indígenas.
Es el mandatario de las nuevas derechas latinoamericanas que más rápido perdió legitimidad, y enfrenta un levantamiento popular cuyas causas hay que entender en las primeras medidas de gobierno, en su débil estructura política y en las características emancipatorias de los movimientos populares bolivianos.
Tres semanas de protestas han sacudido al corazón de Sudamérica. Los aymaras y quechuas creen que el conflicto ordena, pone las cosas en su lugar, el caos de la batalla se entiende como una expiación de trabas, un sinceramiento de posiciones y la construcción de un orden. Veamos cuanto ha ordenado esta visión ritual de la violencia el campo político boliviano.
La bandera de esta resistencia no es un partido ni una figura. Es la Constitución misma —el texto que el Estado está obligado a respetar y que hoy se ha convertido en la demanda mínima del pueblo movilizado y en el mayor temor de quienes se benefician del desorden actual.
El gobierno, sin legitimidad y carente de propuestas, en lo único que está afanado es en desmontar el Estado Plurinacional y volver a la República para gobernar para la élite empresarial y política
La composición del gabinete, las decisiones tomadas y la “burbuja del poder” nos demuestran un gobierno autócrata, centrada en la figura del presidente, que, como buen neoliberal, ha tomado la receta del FMI como programa económico-político de gobierno.
Está comprobado que la etapa actual se asemeja a lo vivido en el tiempo neoliberal. Llegará el día en que estos oscurantistas rindan cuentas al pueblo. Entonces, muchos de los que hoy se ufanan de «demócratas» ya no podrán ocultar sus verdaderas intenciones ni sus falsos disfraces.
La pequeña propiedad —históricamente protegida por su carácter indivisible, inembargable y orientado a la subsistencia familiar— pasa a integrarse en una lógica de mercado donde la tierra puede ser embargada, vendida o utilizada como garantía financiera.