Chile / Opinión. Saliendo de la derrota

Por Carlos Lafferte

El resultado del plebiscito constitucional de salida es una derrota de los pueblos, de las masas trabajadoras, empobrecidas, marginadas y excluidas por el neoliberalismo y de toda la izquierda anticapitalista, el que  profundiza la derrota que se le impusiera el 15 de noviembre de 2019.

La perspectiva de un levantamiento popular general después del 18 de octubre tuvo su límite estructural y su fracaso en el soporte que la sostenía: una izquierda social y política fragmentada, afirmada en la “diversidad posmoderna” que inculcó la filosofía neoliberal, y que imposibilitó la construcción de una conducción estratégica de las luchas a nivel nacional.

La no lectura de aquella derrota por los fragmentos político – sociales de la izquierda instaladas en posiciones antineoliberales o anticapitalistas marcó su incapacidad para comprender que las demandas de los pueblos habían sido trasladadas a la lucha constitucional en la coyuntura que se abría. Esta incomprensión llevó a unos sectores de esta izquierda a respuestas insuficientes, a otros a la abstinencia de hacer política y, a algunos de ellos, a la agresión a la Convención Constituyente, en una situación política en la que su ilegitimación era la tarea estratégica de los partidos y medios del orden neoliberal.

La no consideración de la derrota del 15 de noviembre llevó a algunos fragmentos de esta izquierda a intentar mantener la ofensiva popular apoyada en los sectores más de punta del movimiento de masas, principalmente en el centro de la capital, en tanto que los sectores medios, integrados a las fuerzas políticas que se harían del gobierno, asumían la dirección ideológica y política del movimiento general a partir de la gigantesca marcha del 25 de octubre, arrebatando para sí  y representando la idea del cambio.

En la nueva coyuntura constitucional abierta por los acuerdos neoliberales el 15 de noviembre, ignorada por los fragmentos de la izquierda antineoliberal y anticapitalista, llevó a que estas evadieran su rol de retaguardia ideológica y teórica  de los sectores más cercanos a la política del levantamiento en la CC, así como a que rechazaran transformarse en los agitadores y propagandistas en los territorios de las propuestas antineoliberales que surgían de las Comisiones de la CC, desechando así las posibilidades de generar, más allá de la propia convención, una mirada estratégica de la organización, la conciencia y la fuerza social territorial para luchar por una Constitución que rompiera con el neoliberalismo y abriera espacios a sus derechos y demandas en una perspectiva socialista, desde la idea de la lucha por una Asamblea Constituyente Originaria.

La Convención se constituyó así en un espacio aislado socialmente, encerrado en las normas de la ley que la crea, con una mayoría de 2/3 neoliberales y 1/3 crítico al neoliberalismo disgregado y confuso, con negociaciones y acuerdos que la limitan, bajo el ataque estratégico de las fuerzas neoliberales.

En este vacío social y político  dejado por  nuestra izquierda en la coyuntura constitucional, el neoliberalismo fundacional le impuso comunicacionalmente al gobierno neoliberal travestista la derrota de la opción  Apruebo, llevándolo a negociaciones y acuerdos previos al plebiscito de salida, en los que se establecían los nudos irreformables del modelo  neoliberal, negociación que se cerraría en el congreso con un senado que la propia CC había prolongado en sus funciones hasta el 2026.

El debilitamiento de la presencia de la CC y  la casi desaparición de todo discurso de los sectores otrora más cercanos al levantamiento del 18 de octubre dejó espacios al gobierno para asumir en un mismo proceso la convocatoria al Apruebo y la negociación del plebiscito y sus resultados, usando para ello a sus estropeadas figuras de la concertación y de la nueva mayoría, desarmando y confundiendo la respuesta popular el plebiscito.

No ha habido una convocatoria desde la izquierda anticapitalista o extrainstitucional a votar Rechazo. En general se convocó a votar nulo o a abstenerse. Sin embargo, por un lado, la participación electoral en este plebiscito fue la más alta de la historia electoral chilena, llegando al 85,3 %, que además es significativa si se considera que la participación en el plebiscito de entrada fue 50,9 %.  Y, por otro, el voto nulo alcanzó solo el 1,5 %. Se podía pensar que las personas que no votaban en las elecciones anteriores  – y que ahora lo hacían arrastradas bajo penas judiciales – incrementaran, como se hizo, la participación electoral y que, convocadas por un sector de izquierda, lo hicieran votando nulo, elevando esta cifra al menos a los dos dígitos. No fue así. De los casi 5 millones de votantes que se agregaron a la elección de manera obligatoria solo un 1,5 % votó efectivamente nulo. De esto es posible concluir que la incidencia y por tanto la responsabilidad política de la izquierda anticapitalista y extrainstitucional en la derrota del movimiento de las masas trabajadoras y populares en el plebiscito es nula.

La distribución de las preferencias de las nuevas personas votantes en las comunas más pobres indican una muy significativa votación del rechazo, variando definitivamente los resultados registrados en el plebiscito de entrada hacia las posiciones del neoliberalismo fundacional. Ello entrega una dato de gran importancia para la reflexión de la izquierda real, anticapitalista, pues la derrota vivida en este plebiscito evidenciaría que después de más de 40 años de neoliberalismo fundacional y travestista, sus consecuencias ideológicas y hasta subculturales en el mundo de la pobreza están alojadas en el sentido común neoliberal, y siguen reproduciéndose y ampliándose en desde hondas precariedades a partir de estrategias de éxito individual en su mundo social popular y pobre.

Tal situación de constituye como un llamado a esta izquierda a reflexionar críticamente sobre su real inserción en el mundo social popular de la pobreza, de la marginación y la exclusión social. A reconocer su instalación en sectores de punta de los territorios, politizados y de larga historia social y política, lejos de las grandes masas empobrecidas, construidas como guetos subculturales del neoliberalismo atroz.   Es un llamado de atención  a aquellas micro orgánicas que reclaman períodos pre revolucionarios, poder popular y revolución socialista, lejos del factor central de la revolución: su carácter de masas. Un llamado a dejar de ser una izquierda revolucionaria discursiva para insertarse profundamente en ellas, en su vida cotidiana para romper desde ahí su sentido común neoliberal e impulsarlas a la dignidad humana del trabajo, de la solidaridad, de lo colectivo.

Reflexionar e internalizar la certeza de que para reiniciar el camino hacia un nuevo ciclo de luchas en una perspectiva de derechos, democrática y revolucionaria, se requiere de una organización político social que las conduzca, las articule, transformando las necesidades y exigencias populares por una vida y un entorno humanamente digno en fuerza social transformadora. Una reflexión que resuelva los traumas del centralismo democrático del pasado – del que han abusado posmodernistas de todo tipo –  con una ecuación que considere más democracia interna, a partir de dirigentas y dirigentes elegidos y mandatados por las instancias respectivas y removibles a cada momento por estas mismas. Con todo el centralismo necesario para ser eficaces en la conducción y dirección de las luchas.

La salida de la derrota obliga a atender el conjunto de las luchas de los pueblos, articulando espacios y formas de lucha legales, semilegales y no legales que lleven a un incremento de su fuerza y su organización social y política. Convocar a las masas, de acuerdo con sus niveles de conciencia, en torno a las demandas del 18 de octubre y a las resoluciones mayoritarias votadas en las Comisiones de la Convención Constitucional, articulando desde ellas una Plataforma Antineoliberal y Democrática de los Pueblos. Llamando a luchar en contra la renovación de la constitución de Pinochet y Lagos que realizan gobierno y las alianzas neoliberales. Avanzando, con claridad y sin prisa, en las condiciones de inserción, de conciencia y organización de las masas que permitan  llamar a luchar por un Gobierno de los Pueblos que habitan Chile, un gobierno de las masas trabajadoras, marginadas y excluidas y reprimidas  por el neoliberalismo y su estado policial. Un gobierno que realice sus demandas de dignidad y justicia social y las asegure desde una nueva Constitución Política nacida de una  Asamblea Constituyente Originaria. Avanzando hacia la crisis política del neoliberalismo y el despliegue de las masas en revolución.

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